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En Puntos de vista | Amador Palacios hoy 

redacción

Anotaciones Vespertinas

Amador Palacios

 

 

Alameda de Cervera, martes, 1 de julio de 2008 

            He soñado que me ofrecían en Toledo, durante toda una jornada, un importante homenaje de reconocimiento literario; al final de los actos, ¡qué estrambóticos son los sueños!, desfilaron en mi honor la Tarasca y la Custodia de oro prieto del Corpus. El maestro de ceremonias, en la apiñada duración del “solemne” evento, era mi amigo el poeta Enrique Trogal, que vino ex profeso desde Luxemburgo con un nutrido séquito de amigos y compañeros de su división en la Corte Europea de Justicia. Después de las intervenciones, televisadas y retransmitidas en directo, varias chicas, muy jovencitas, aún esbeltas adolescentes, supongo que amantes de la poesía, se acercaban a mí para besarme y agasajarme. Yo intentaba alejarlas, quizá, o sin duda, para ahuyentar las tentaciones, presentándoles a mi mujer, que en todo momento establecía su posición cerca de donde yo me encontraba.

            No exactamente, pero casi aposta, ayer tomé la cómoda autovía de los Viñedos y me acerqué a Toledo a comprar té, al que soy muy aficionado, en la tienda especializada que se encuentra en la calle Ancha, porque en Alcázar, donde tan poco se bebe té, no puedo hallar las especialidades que me gustan. Me abastecí de cuatro de los cinco tipos que son mis preferidos y que gasto habitualmente: el suave keemun chino, un té negro de galante sabor; además, la archiconocida y popular mezcla de té verde con menta o hierbabuena, llamada té moruno; el fragante pakistaní, para tomar con leche; y, por fin, la mejor cosecha, de las tres existentes, del hindú darjeling, de asentada fragancia; de otro té que me gusta, el earl grey, con aroma de bergamota, no compré porque aún me queda bastante. Es delicioso el hecho de permanecer ese ratito en la tienda, viendo cómo te van abriendo las grandes latas del estante, removiendo el contenido y extrayendo (el desatado perfume expandiéndose) la cantidad solicitada. Sólo tomo, normalmente, un solo té al día, a eso de las cinco de la tarde. Y una taza de estos buenos tipos de té, que cuidadosamente preparo, y a veces mezclo (el darjeling  con el earl grey da un apreciable resultado), me proporciona un notorio bienestar en las siguientes horas vespertinas. La conjunción de sabor, color y fragancia que plantea la taza es el placer discreto y exquisito que pocos objetos tan gratamente me donan.

            El domingo, con la habitual compañía de estas andanzas, ocupado en realizar una buena caminata por la Sierra del Guadarrama. Hicimos una ruta circular, partiendo desde el puerto de Cotos, más arriba de Navacerrada. La primera referencia, al poco rato de andadura, es el albergue juvenil El Pingarrón, para después bajar a la garganta entre Cabeza Mediana y Cabezas de Hierro por donde circula no sé si un solo arroyo, el de La Angostura, luego río Lozoya, o varios arroyos heraclitianos (el de Las Guarramillas, el de Las Cerradillas, el de Peña Mala), tal vez diversas denominaciones del proceso de crecimiento del primero. Este camino, que ya conocía, acompañado entonces por el poeta Lorenzo Martín del Burgo, tiene una etapa impresionante cuando se faldea una espaciosa ladera por una cómoda pista desde donde se puede divisar, entre altos pinos asalmonados, la soberbia cima de Peñalara, la cumbre más elevada de esta magna sierra, mostrándose altiva (hasta hace muy poco con neveros) frente a los canchales de las también muy enhiestas Cabezas de Hierro. Al mediodía, nos detuvimos en una idílica praderita al lado del arroyo brioso y fluyente y, sacando las apetecidas viandas y el vino con gaseosa de nuestras mochilas, almorzamos tan ricamente. La vuelta fue algo dura, ascendiendo por una muy empinada cuesta que nos iba devolviendo al punto de partida. Parados junto a la casita que alberga al albergue El Pingarrón, pudimos apreciar en plenitud la inmensa, luminosa y hermosísima panorámica, distinguir las entrañas que acabábamos de recorrer pertenecientes al organismo de la diosa Naturaleza, la, según mi creencia, única divinidad posible. Al penetrar en la concurrida terraza de la venta Marcelino en Cotos para tomar ese refresco reanimador, esa bebida del mundo llamada Coca-Cola, habían transcurrido siete horas justas desde que, en esta misma explanada, nos habíamos tomado el impulsor café de la mañana.

            Me llama la atención el empleo resucitando una vieja frase del antiguo régimen a propósito del triunfo de la selección española en la eurocopa futbolística: “¡Arriba España!”, proferida, tanto por  comentaristas deportivos como por el público en general. “Manolo, ¡arriba España!”, exclamaba ayer, a la temprana hora del café, y aún calentita la victoria, como la taza humeante, una clienta del bar dirigiéndose al camarero. Una paparruchada es, desde luego, manifestar el pseudosesudo comentario oído que establece que el recibimiento a los “héroes” en la plaza de Colón de Madrid reafirma la unidad de España.

 

Alcázar de San Juan, domingo, 22 de junio de 2008 

            A las ocho recogemos a las dos Anas y a Antonio en la puerta de los multicines. Enfilo la “cocha” (Joaquín Brotóns dixit) hacia Herencia y luego por la carretera de Villarta. Aparco a la vera de un camino cabe la carretera y empezamos a andar en dirección al repetidor del Navajo. Buena subida mitigada por la eficacia de los bastones. Ya casi en la cúspide, nos paramos a contemplar el espectáculo singular, que nos sale al paso a la orilla del camino, de dos largas y finas culebras, figurando amorosa pareja, alzando las cabezas al solecillo, besuqueándose, parece que empeñadas en brindarnos coreográficamente esta curiosa exhibición. Avanzamos un poco más por la cuerda y almorzamos, después de descender un pequeño trecho por un rodal trazado por las motos, hasta una poza, centro de un pequeño y lindo vallecillo, arcádico, totalmente tapizado de primorosas florecitas. Al subir hemos contemplado con delectación las amplias perspectivas de la llanura, matizado y terso gran lienzo que desafía, casi con desprecio, a estas tímidas y primerizas elevaciones de la sierra de Herencia, iniciando los Montes de Toledo. Rico almuerzo, como siempre, con vino. El pito que fumamos las dos Anas y yo es el pausado paso previo antes de proseguir por una grácil senda, festoneada de olorosas retamas, hasta La Copa, donde bebemos la fresca agua del pozo, agua que aunque esté junto a una ermita es agua laica. Acabamos rodeando el monte hasta volver al coche. Antonio y yo arrancamos unas ramas de retama florecida para luego poner en un jarrón. La ruta ha sido corta (sólo tres horas) pero muy bonita. Ya en Alcázar, nos tomamos un vino en la cafetería del hotel Barataria. Dejamos a Antonio en su casa. Con Rosario y las Anas, otros dos vinos en La Cervecería del Duende. Al llegar al piso, prescindimos de la comida, satisfechos con las tapas recientes. Ducha y profunda siesta, desconectados los teléfonos. Té. El resto de la tarde, en el salón, leyendo prensa, Biblia, Joyce.

Continúo añadiendo versos al poema que inicié ayer en la Alameda, sobre la simple y bienaventurada cotidianidad de Jesús el Carpintero, afable hombre mortalísimo, el hombre más humano de toda la historia: toma unos chatos con los vecinos, hace el amor de vez en cuando con la “hetaira” de la aldea (¿Magdalena?), juega una partida de dados con su barbudo padre en la mesa de la cocina, buen hijo al que después, increíblemente, convirtieron en un dios depresivo. El poema se inicia en un tono marcadamente coloquial: “Ése al que luego apodan Cristo / y no era más que Chule en la parroquia”. La pieza continúa conformando secuencias de una ficción con personajes contemporáneos: “En las ociosas tardes decretadas, poco antes del ocaso / reúne a sus amigos alrededor de unas botellas, / después de haber barrido un poco / el amplio espacio de la serrería. / Allí están, allí llegan, puntuales a la cita, / sus amigos Curiel, Maroto, Lázaro, / Cañas, Serna, Brotóns, Palacios y Lorenzo / de Almagro”, para acabar el texto centrándome en la expresión de extrañeza que a Jesús le produce la insólita hipótesis de que, partiendo de su vena poética (aunque no escriba, son buenas sus parábolas, sus aforismos, sus sentencias), el futuro le asigne una asombrosa, esa tan influyente divinidad derramada en los siglos y en la tierra. De su fragante discurso sólo oral, alguno de estos amigos, subrepticia y fatalmente, recoge algunas notas. Ante esta posibilidad descomunal, el Carpintero “flipa” o, en mi poema, reflexiona así (copio en prosa): “Imaginad que algunos de los versos que pienso y os refiero alguien los transcribiese (¿vosotros que escribís?) y quedasen inscritos en un turbio futuro cuando yo ya no exista. Bien. Y en ese futuro, alguna conjunción, de las de siempre, de poder o de inquina o de necesidad de alienación, convirtiese estos versos en palabra sagrada, y a mí me hiciesen Dios. Y si esto sucediese, yo, afortunadamente, no podría verificarlo, pues somos nada en cuanto fallecemos y sólo quedaría imponente memoria; y entonces, yo no existo, queda claro, pero tal vez en la memoria sea.”

            Luego cena frugal, un ratito de tele, otro rato de música (emisión de Ars sonora en Radio Clásica) y enseguida a la cama, con el vaso de agua y un libro en la otra mano.

 

Alameda de Cervera, jueves, 12 de junio de 2008 

            En los textos, generalmente de estilo tan pétreo y poco risueño, que conforman el Antiguo Testamento, es excepcional encontrar perlas tan literarias, de contenido tan sensual y expresión tan tersa, como estos cuatro primeros versos que abren el primer libro de los Reyes: “El rey David era ya viejo y entrado en años; lo cubrían con mantas, pero no entraba en calor. / Sus servidores le dijeron: ‘Que se busque para el rey mi señor una joven virgen que sirva al rey y sea su doncella; que duerma sobre tu pecho y el rey mi señor entrará en calor.’ / Buscaron una muchacha hermosa por todos los términos de Israel; encontraron a Abisag la sunamita, y la llevaron al rey. / La joven era extraordinariamente hermosa; era su doncella y le servía, pero el rey no intimó con ella.” No intimó por lo viejo que ya era, pero seguro que calor sí le daba. Abisag le cuidó hasta su muerte, sin salir de la alcoba del rey desfalleciente, alcoba a la que entraba su esposa Betsabé de vez en cuando.

            Avanzo por un libro de divulgación ya clásico y dotado de un alto poder instructivo: La civilización romana. Vida, costumbres, leyes, artes, de Pierre Grimal; un libro que compendia un completísimo repertorio bibliográfico pospuesto a un conjunto de páginas, no muchas, trescientas, sin una sola nota al pie, lo que hace de la obra un ameno relato sobre la historia de Roma y los elementos conformadores de esa que siempre fue muy dinámica sociedad, aun en sus periodos de decadencia. En las primeras páginas de uno de sus capítulos (capítulo 6. “La vida y las artes”), el autor hace una magnífica caracterización de la lengua latina, siempre esforzada en superar, en su rudeza, la elasticidad del modelo griego, hasta que lo consigue, adaptando sus necesidades expresivas a la gravitas y enunciación que en los áureos ejemplos (Cicerón, Virgilio, Horacio, Ovidio) se lograron. Desmintiendo ciertos tópicos que persisten en los ignorantes, Grimal habla de la religiosidad mantenida siempre en esa civilización, donde ningún acto estaba separado de un profundo sentido religioso. Pero Roma no supo, o no quiso, hacer del paganismo la omnipotente y excluyente religión del Estado (aunque fue la religión oficial), confinando la sincera pietas especialmente en el ámbito familiar. Estableció una especie de laicización, o libertad religiosa avant la lettre, que le llevó a permitir cultos foráneos, por muy monoteístas que fuesen, como el culto a Mitra o a Isis, pero, eso sí, reclamando que fueran respetuosos con el sistema establecido y exigiendo que dichos cultos fueran abiertos, estando sometidos a la vigilancia de los magistrados. No hubo respuesta problemática.  Con el cristianismo la cosa ya no fue tan bien, pues esta secta judaica, desde el primer momento dio bastante “por saco”, exhibiendo su enorme ingratitud y apelando a un derecho incomprensible, actitud farisaica que hoy sigue presentando. Las razones de las persecuciones contra los cristianos, aclara Grimal, “residen primeramente en la intolerancia cristiana, inexistente en los otros cultos orientales. Por lo general, fueron los cristianos quienes se mostraron agresivos, negándose a aceptar lo que había llegado a ser el principio esencial de la vida política, la divinidad del emperador, y rehusando también el juramento militar, que era de esencia religiosa.” Lo cachondo ¾si es que se puede definir con este término risueño esta actitud¾ es que luego la iglesia católica se apodera de todas las formas, una por una, del imperio romano, pervirtiendo toda una idéntica terminología que había servido a una estructura perfectamente funcional. Ya lo dicen estas palabras, máximamente autorizadas, del poeta Fernando Pessoa cuando escribe como un filósofo: “Digamos la frase decisiva y afirmadora. La Iglesia Católica no se deriva, no desciende del Imperio Romano. La Iglesia Católica es el Imperio Romano.”

            Casi siempre disfruto de estas buenas lecturas encendido el equipo reproductor de música, bien asintiendo a la programación de Radio Clásica, bien seleccionando audiciones que a veces programo de una manera metódica. Hoy, por ejemplo, en la oficina, he introducido en la ranura, uno tras otro y en riguroso orden, los tres discos que contienen la obra orquestal completa de Muzio Clementi, un compositor romano del siglo XVIII al que Mozart elogia, si bien con algunas reservas. Esta tarde, antes de redactar estas anotaciones, he consumido, también en tres discos, dos suites de jazz, tres de ballet y otras dos de música para sendos filmes de mi admirado compositor soviético Demetrio Shostakovich. La música tiene una definición muy sencilla: sonido trascurriendo en la cadena temporal, nada más. El tiempo, más los silencios intercalados en la secuencia, son su sola materia; sonidos, exentos de significación, deslizándose en el tiempo, es la música. La poesía, se podría decir, también es arte temporal, y no espacial como la pintura o la escultura. Pero el sonido de las palabras, si bien es existente y por muy bello que resulte, se muestra, al contrario que la música, expandiéndose de un modo representacional, pues el sonido, en la literatura, siempre depende del sentido, no expresando nada por sí solo o, como mucho, un remedo burdo de la música. Unamuno afirmaba rotundamente que “algo que no es música es la poesía”. Yo mismo tengo publicado un aforismo que afirma que “la poesía no es música porque es habla”, precisamente porque los sonidos del discurso, subsidiarios del concepto, no pueden ser de la misma categoría que los sonidos puros y naturales de la música. El filósofo Schopenhauer titula así su obra más importante: El mundo como voluntad y representación, estudiando ampliamente el problema del arte. El pensador alemán afirma que la música es consecuencia directa de la voluntad del mundo y no conlleva en sí representación, pues los sonidos de la música, si acaso intentan representar los de la naturaleza, al cabo se confunden con éstos, no trastocando el proceso la técnica exigida, por muy artificiosa que se configure.

               Es clara, en este sentido, la división de las artes: las que con su lenguaje y su materia intentan representar algo ajeno a ese lenguaje y esa materia, como la literatura, la pintura, la escultura, y las que surgen ya acabadas sin esa pretensión de trasponer un lenguaje a otro, como la arquitectura, que no se erige en signo, en símbolo de ningún otro ámbito, y la música, que se eleva exponiendo toda una fuerza intrínseca que no pretende glosar mundos ajenos a su propia caracterización ni querer imitarlos. El listísimo compositor ruso Ígor Stravinski (no hay más que ver su cara de pájaro avispado, con esa nariz, o de zorro sagaz, con esos ojillos) escribe en su Poética musical, con arrojo y resolución, que “la música no tiene y no puede tener como objeto la imitación”, ya que la música, insistimos, es una creación espontánea del mundo, sin que intervenga el pensamiento, pensamiento que siempre desvirtúa y subjetiviza la comprensión del mundo.               

 

Alcázar de San Juan, miércoles, 4 de junio de 2008 

            Como tenemos unos multicines muy cerca, anoche, unos minutos después de cenar ya estábamos reclamando en la taquilla dos entradas de acceso a la sala donde se exhibe Elegy, la última película de Isabel Coixet, realizadora que rueda en inglés, con actores extranjeros (salvo, en esta película, Penélope Cruz) y fuera de España; aunque yo creo que sus producciones contienen un lenguaje sentimental convertido en una estética de carácter muy español. La máxima virtud del film consiste, según mi modesta opinión, en haber logrado desarrollar impecablemente una secuencia cotidiana, sin estridencias argumentales, que transcurre durante un corto periodo (algo más de dos años) en la vida de los personajes, personajes que desarrollan una dialéctica que conforma sus vidas en un tono elegante, de dulce tristeza y sonrisas sardónicas, hasta que todos, los tres personajes principales, se ven rendidos totalmente por el destino. El amor de Consuela (Penélope Cruz) hacia su atractivo, senil y tierno profesor, está descrito con una imbatible naturalidad. La fotografía y la calidad fílmica ajustan cabalmente la diáfana historia del drama de unas vidas corrientes que presenta la fábula. La música al piano que acompaña a largas escenas, presidida por el gran Erik Satie, es, como enuncia el título de la cinta, elegíaca, empeñada en servir lo mejor posible a la acción.

            Anteayer pasaron por la tele, La 2, la producción estadounidense El creyente, dirigida por Henry Bean en 2001 y protagonizada por Ryan Gosling, una película no muy conocida e interesante en la que se cuenta la historia de un estudiante judío, aspirante a rabino, que sin embargo llega a ser un furibundo miembro destacado del movimiento nazi norteamericano. En una escena, uno de los personajes, un anciano judío, víctima del Holocausto, expresa una deducción típicamente bíblica diciendo que el exterminio llevado a cabo por Hitler fue idea nada menos que del dios de Israel para castigar los pecados de ese pueblo elegido. 

            Samuel, dos libros, refiere el establecimiento de la monarquía en Israel, instauración que provoca un poquito de recelo por parte de los “puretas” del pueblo elegido, que piensan que no ha de haber más rey que el propio Yahvé. Sin embargo, el dios, que ya no se hace presente bajo las grandes humaredas y resplandores de antaño, muestra, digamos, un sentimiento humano, al errar en la elección de Saúl (el primer rey), transmitiendo al profeta Samuel esa desazón, nada menos que su arrepentimiento, el paradójico arrepentimiento del dios (1 S, 15, 11). En ese momento Israel, después de las conquistas tras su paso por el Jordán, vive situaciones contradictorias, dominante unas veces, humillado otras. En el segundo libro, David ostenta el protagonismo del relato, manifestando, en el transcurso de los hechos, un proceder no demasiado recto; es taimado en el trato con sus hijos (2 S, 13), le gustan demasiado las mujeres y, combinando rasgos de verdadera nobleza, se muestra cruel muchas veces, como se deja ver en el relato del adulterio cometido con la bella Betsabé, a la que luego convierte en otra de sus mujeres y le da un hijo, Salomón, y que hasta entonces era la mujer de Urías, a quien David decide quitar de en medio haciéndolo enviar a primera línea del frente para que muera. Pero, a la vez, el rey David es capaz de dirigir a Yahvé la mimosa oración: “¿Qué otro pueblo hay en la tierra como tu pueblo Israel a quien un dios haya ido a rescatar para hacerle su pueblo, darle renombre y hacer en su favor proezas y contentos, como expulsar a naciones con sus dioses, al paso de tu pueblo, al que rescataste de Egipto?” (2 S, 7, 23).

            Yahvé es un dios que muy poco se aleja de la tierra, y nunca está en su Olimpo, como haría un dios como es debido. La convivencia constante con su pueblo disimula su condición de triste dios único, solo, sin la compañía, al menos, de un hijo y la paloma, con los que podría comunicarse en un mismo nivel, pues para hablar con los hombres siempre un dios interpone distancias.  A Israel le perdona las ofensas, pero con los israelitas, salvo con los personajes principales, con los que teje la historia a su gusto, es muchísimas veces rematadamente irascible e inhumano. Al comienzo del capítulo 6 se narra el traslado del Arca en dirección a Baalá de Judá. En ese momento el arca es morada que Yahvé prefería en lugar del templo. Pues bien, un tal Uzá, que caminaba al lado del arca, viendo que los bueyes que la trasportaban amenazaban con volcarla, con buen criterio la sujetó para que no cayese y “allí mismo le hirió Dios por tal atrevimiento y murió allí, junto al arca de Dios” (2 S, 6, 7). Lo más sorprendente es que David, en el verso siguiente, se irritó de veras contra esa reacción tan desmesurada y fatalmente terrible de Yahvé. Una nota a pie de página apela al sentido primitivo de lo sagrado, excusando estos atávicos modales. Sé que el texto bíblico se puede leer bajo claves esotéricas y simbólicas o alegóricas, pero la lectura exotérica, de percepción inmediata, que vengo haciendo al comentar algunos detalles de estos libros del Antiguo Testamento,  es también posible y muy lícita, pues las palabras, en primera instancia, dicen lo que dicen; si no, toda la significación bíblica sería una absurda y descomunal y terrible ironía.  

 

Alcázar de San Juan, domingo, 25 de mayo de 2008 

            El miércoles pasado Dionisio Cañas presentó en su pueblo, Tomelloso, y yo estuve allí, su libro Y empezó a no hablar, recién publicado en el sello castellano-manchego Almud. Libro que agrupa una colección versátil de textos poéticos, ya que Dionisio es un poeta experimental, muy incisivo, que a la vez sigue cultivando un discurso tradicional de expresión resonante y de amplio acento narrativo con gran fuerza lírica que recuerda, claro, el Aullido de Ginsberg: “He dormido en la calle y he dormido en el lujo de los hoteles. / He visto a Harlem resucitar de sus cenizas y he amado a un viejo negro. / He tocado jeringuillas de los tecatos de turno. / He visto los condones usados flotar sobre el río Hudson. / He visto el arco iris del SIDA en mi propia habitación.” Este atrayente fondo neoyorkino no tiene nada de impostura, pues Dionisio vivió en la capital del Imperio, pulsando intensamente su trajín, durante más de treinta años.

            Demostrando un alto calibre expresivo, el autor habla del apartamento en la espigada urbe “donde el vómito y la canción eran la misma rosa”, jugando con la imagen sonora de un concepto central en todo lenguaje: la palabra “cosa”, la res latina. Este libro no sólo es polimétrico, combinando prosa, verso, versículo, signos visuales y relieves tipográficos al modo mallarmeano, sino también policromático, con texturas contrastadas que resaltan la riqueza de su dicción. En el poema “P.G.D.C.” la cláusula poética en prosa (nunca unidad prosaica) y el verso lírico muy musical y cadente, se funden en una pieza unitaria, muy valiosa. Y aunque Dionisio Cañas use en estos poemas el recurso de la narración, mas filtrado por la poesía, podemos aplicar a sus formas poéticas estas sentencias cirlotianas: “La poesía sobre todo es síntesis, eliminación de lo narrativo. Sustitución de la extensión por la intensidad. A la monodia del relato novelístico opone la densa polifonía entrecortada de la estrofa.” (Juan Eduardo Cirlot,  “La poesía de Georg Trakl”).

            Dionisio Cañas aprovecha todos los materiales comunicativos consuetudinarios que la tecnología fácilmente nos pone ahora siempre al alcance de la mano, y en este sentido hay en este libro un ácido poema con forma de e-mail, donde el encabezamiento arquetípico del correo electrónico, reflejado en el título, es elemento estético y revelador, fundamental en esta composición. El poema “Nunca mais: petróleo y matrimonio” lo podría haber firmado Jesús Lizano, inmerso este poema en ese juego rutilante de los dobles, fugaces y persuasivos sentidos del lenguaje: “Nunca el florero estuvo tan vacío. Nunca el burro me pareció tan sabio. Nunca la mirada del cartero me pareció tan lejana. Nunca un beso digital pudo ser tan esperado. Nunca un Tú tuvo tan poco Yo…”. Lo mismo para el poema “Come bien, caga fuerte y no temas a la muerte”: “Si uno es siempre uno / por qué hacerse la pregunta / ‘¿quién es uno?’ ”.

            Este tan sugerente Y empezó a no hablar exhibe a raudales el arte de la ingeniosa repetición, destilando hechos y disparando significaciones con el absoluto aliño de la ironía. Ocurre en muchas piezas de esta obra y, con máxima intensidad, en el poema “No time”, escrito en inglés e intraducible, aunque se pueda, pero no se deba, traducir; así comienza: “No time, no time, no time. / No time for roses, / no time for kisses, / no time for lovers.” En una plaquette bilingüe, en castellano y catalán, con diez poemas de Dionisio y publicada en Cataluña el pasado año, ese catalanismo mezquino, abusón y corto de miras, tradujo el poema, cuando en la sección castellana figuraba, naturalmente, en inglés; “No hi ha temps, no hi ha temps, no hi ha temps. / No hi ha tems per a roses, / no hi a temps per a besos, / no hi ha temps per a amants.” Traducción que, evidentemente, quita toda la gracia al poema.

            La última parte da título al libro y en un único poema que debe tener unos 300 y pico versos  ¾no he tenido ganas de contarlos¾, ocupando las páginas 64 a 72, su morosa acción se va estructurando como un readymade sobre muestras de frases muy simples, cotidianas, queriendo llegar al tono discursivo de fondo pueril propio de los insulsos diálogos de Esperando a Godot o el lenguaje nihilista de Samuel Beckett; todos los términos que destacan en el largo poema son signos negativos: nada, silencio, nadie, ninguno, y ese “no sé” tan persistente que evoca la ópera Lulú de Alban Berg, cuando la protagonista de esta obra es sometida al agobiante interrogatorio del Pintor, y ella responde sólo con una patética tirada: Ich weiss es nicht, Ich weiss es nicht, Ich weiss es nicht… (“No lo sé”, “No lo sé”, “No lo sé”…).

            He soñado que estaba en una habitación de hospital, gozando de una plena capacidad de movimientos e incluso disponiendo de un escritorio y un equipo de música dentro del cuarto y, sin embargo, llevando ya mucho tiempo ingresado, aunque obteniendo permisos para salir, venir al piso y comprobar que algunas baldosas estaban hendidas, carcomidas, dejando ver las entrañas del subsuelo, a la vez las entrañas del techo del vecino. En la imagen de las baldosas (y una inversión escénica es muy onírica) yo creo que influye la preocupación por las humedades que han surgido en la casita de La Alameda, como consecuencia de las lluvias que aún siguen cayendo, en algunos puntos del techo que quedan bajo el solarium; y ya sabemos que las azoteas siempre son problemáticas en esta zona debido a la dilatación de los materiales ocasionada por los bruscos contrastes de temperatura que La Mancha padece a lo largo del ciclo estacional. Un problema que Dionisio no tiene en su bombo, situado cerca de mi cabaña, pues el bombo manchego es una construcción de perfecta fábrica. La conjunción de la permanencia en el hospital y el deterioro del suelo del apartamento, no creo (no quiero) que signifique una quiebra de los seguros y sosegados fundamentos sobre los que, a una altura del transcurso de mi existencia, es preciso que descanse mi vida, teniendo muy presente que la vida, como afirmaba Rubén Darío, “la vida es dulce y seria”.

 

Almería, viernes, 16 de mayo de 2008 

            Desde anteayer, en Almería, en el barrio del Zapillo, en el apartamento del anfitrión, el amigo-hermano con el que trato plena y confiadamente desde hace décadas. El barrio almeriense del Zapillo me parece un entorno equilibrado que siento muy acogedor. Queda al lado del puerto, a la orilla del mar y a dos zancadas del centro de la urbe; es un amplio y animado tejido donde la vida comercial se desenvuelve en su justo término; dispone de un gran auditorio y supermercados manejables, zonas pavimentadas de recreo, hotelitos antiguos, palmeras. En su alargado paseo marítimo (como Almería capital no es turística, sin apenas turistas) hay un hostal, humilde, pero con una fachada discreta y resultona que sugiere una nao y se honra de haber alojado a John Lennon, acompañado de su primera mujer Cynthia, cuando el beatle  trabajó en 1966 a las órdenes de Richard Lester en la película How I Won the War (Cómo gané la guerra), rodada en el desierto almeriense. La actitud cívica, la actividad ciudadana que signa el barrio del Zapillo es muy tranquila y comedida, nada jaranera, y su espacio está educadamente compartido por marroquíes y naturales, se podría decir que al cincuenta por ciento. Tomando un vino en la terraza del café París, frente al rumor del mar, me alberga un sentimiento ya doméstico, pues raro es el año que, al menos una vez, no me dejo caer por aquí. Desde las ventanas de la casa de mi amigo se divisan las perspectivas de Almería exhibiendo el modelo de las ciudades magrebíes.

            En la playa del Zapillo termino Jueces.  Secuencias y relatos del libro con un fuerte sabor folclórico, como la archiconocida historia de Sansón, que con trazos seguros presenta al personaje bobo y noble mas ungido ante Dios; o la narración sobre el voto de Jefté (Jc, 11, 29-40), en la que, por una desdichada casualidad (de todos modos previsible y sin piadosa posibilidad de solución en la Escritura), su hija ha de ser ofrecida en holocausto, y ella lo acepta con un tremendo candor sólo solicitando una tregua de dos meses “para ir a vagar por las montañas y llorar mi virginidad con mis compañeras” (Jc, 11, 37). De las batallas que se cuentan en el apéndice bien podría haber hecho Juan Eduardo Cirlot una hermosa recreación poética, pues el discurso bíblico se asemeja al mundo cirlotiano. Sucediéndose unos tras otros varios jefes tribales gobernando muy particularmente, la clave de este período que revela el texto se repite a lo largo de sus páginas y pone el punto y final: “Por aquel tiempo no había rey en Israel y cada uno hacía lo que le parecía bien (Jc, 21, 25).

Todas las olas, cada una sonando con individualizada y bronca nitidez y moviendo una fresca y agradable brisa, me acompañan también en la lectura de las pocas páginas del delicioso librito de Rut, donde la diáfana narración se sostiene en el límpido y efectivo diálogo de los pocos y mondos personajes de este cuento “oriental”. ¡Bonita manera de describir un proceso jurídico de la heredad de la tierra, bajo emblemas tan modosos, sin batallas, sin sangre, sin calmantes aromas! La obrita se interpreta profética, avanzando el universalismo cristiano, pues Rut, moabita, extranjera, es madre de Obed, abuelo del rey David, del que, como sabemos, descendía Cristo.

            Frente a los cárdenos tonos del atardecer, aún unos versos de Walt Whitman-León Felipe, es decir, la “paráfrasis”, como el subtítulo precisa, que el español realizó del Canto a mí mismo o Canto de mí mismo (Song of myself) del americano: “Me gusta olfatear las hojas verdes / y las hojas secas, / las rocas negruzcas de la playa / y el heno que se apila en los pajares.” Comparo la versión original con la traducción española de todo Hojas de hierba, realizada por Francisco Alexander (Visor, 2006), y a su vez con la deliciosa y entusiasta versión de León Felipe y, sin verificar en demasía, bastando un somero vistazo a la longitud tipográfica de los versos, compruebo que hay más palabras en las traducciones españolas que en el mensaje en inglés de Whitman, un alargamiento expresivo que da como resultado, en el caso, extremo, de León Felipe, una apreciable riqueza sintáctica reforzando el hálito de las unidades léxicas. Y esto no supone infidelidad, ya que la poesía se puede traducir, no sólo al hilo de la forma sino partiendo del concepto que León Felipe traslada sin traición desde las potentes proposiciones del gran poeta norteamericano. Juan Eduardo Cirlot escribía, y de nuevo me veo obligado a nombrarlo, que “todo gran poeta sigue siéndolo en traducción, pues la imagen, la esencia del discurso (del drama), el sentimiento en suma se trasvasan perfectamente.”

            Delante de unos barcos pesqueros, anclados desde que estoy aquí, el ferry procedente de Nador se acerca al puerto.  

 

Alameda de Cervera, sábado, 10 de mayo de 2008 

            Mi mujer dice que soy gruñón y protesto por todo, queriendo realmente decir, eso pienso, que tengo un pronto algo vehemente sólo frente a unos cuantos motivos que me exasperan. Mucho exabrupto hay en mis arranques cuando tomo plena conciencia de la indecente presencia del plástico en el momento que nos ha tocado. Plástico que se constituye en el emblema del dominio de unos señores, los Señores del Plástico, y me apuesto una cena a que son los mismos que los de la Guerra. En casa reciclamos; por cada lado basura orgánica, papel, vidrio y plástico, mucho plástico. También se dice que la gente recicla como tonta pero que luego los esbirros del plástico todo lo revuelven sin discriminar lo que pulcramente habíamos separado. De buena fe seguimos reciclando. El problema de los envoltorios en este presente apocalíptico es un grande dilema, ofensivo; con los envoltorios de plástico te hieres, en las falanges o en los dientes, o, como poco, te desesperas. Y en el mercado ya hay que decir “¡soooo!” a la vista del derroche del plástico que el dependiente ase para envolver mil menudencias: un cebollino, al plástico; tres manzanas, a otro plástico; un par de zanahorias, a otra bolsa; y todas esas bolsas dentro de bolsas de plástico y más bolsas de plástico. El otro día, en la carnicería, incluso me lían con plástico, qué absurdo, un bote de lomo de orza ¡herméticamente cerrado! Y ayer, sin ir más lejos, compro en la tienda de delicatessen una caja de las sabrosas tejas de Tolosa; la abro y dentro de una bolsa de plástico hay dos cubetas de plástico con una ridiculez de tejas en cada una envueltas a su vez en más plástico. Pero también debo decir que yo salgo de casa “de rositas”, sin una buena cesta para ir echando los artículos y evitando las bolsas, como hacían nuestras madres en la “dulce” posguerra.

                Otra cosa que me molesta, y ya lo dije aquí, es que últimamente, supongo que por falsas razones que llaman mediáticas,  se altera el nombre de algunas ciudades que conservaban hasta ahora una sólida denominación secular en nuestra lengua, como es el caso de Beijing por Pekín, o Mílan por Milán, o, lo acabo de oír, algo así como [Sanjai] por el afianzado y comprensible Shangai. Eso sin denunciar el fallo gramatical en el que incurren casi todos lo locutores cuando dicen, por ejemplo, “veintiún personas”, o expresiones afines, en lugar del sintagma correcto y concordante “veintiuna personas”, pues, amigo/a periodista, ¿no sabes que “personas” es femenino y el primer numeral, como excepción de la serie indeclinable, sí se dota de género? Y otra última moda que me fastidia bastante es la que da en cambiar, en ciertos eslóganes, el preciso y constitucional nombre de la Comunidad Foral de Navarra por el de Reino de Navarra. Y esto es grave, pues España sí que es un reino pero no compuesto a su vez de sub-reinos, sino de comunidades autónomas. Para que Navarra fuese un auténtico reino tendría que haber al frente de ese territorio, verdad de Perogrullo, un rey y no el presidente de la concisa comunidad uniprovincial. Si otra autonomía, por ejemplo la nuestra, se apodase inconscientemente República de Castilla-La Mancha, ¿se habrían de rasgar algunas vestiduras? Realmente, si se medita un poco, estas divisiones territoriales tienen, por su configuración política y administrativa, carácter de repúblicas más que de monarquías, y en sí mismas, a diferencia del Estado, funcionan como repúblicas. Yo pienso que el Gobierno o las instituciones del Estado deberían llamar la atención sobre esta penosa incorrección que se emite o a tontas y a locas o con algo de ladina intención. 

            Y lo que ya me saca de quicio, y entonces gruño con coraje, es esa intromisión de llamadas telefónicas por parte de empresas que, sin ningún pudor, ambicionan con insolencia el haz de nuestros datos personales. Una vez me llaman de un banco y empiezan por decirme que soy un cliente distinguido. Dejo hablar un buen rato a la voz afectada y, sin hacer el más mínimo comentario, sin permitir que se me oiga ni el resuello, cuelgo sin más. Pero el domingo pasado, a las diez de la noche, recibo la llamada de una señorita con acento hispanoamericano preguntándome, sin un ápice de inicial cortesía, que si estoy contento con mi compañía telefónica. Le respondo: “¿Usted cree que se puede molestar impunemente un domingo a las diez de la noche? ¡Vaya usted a la mierda!”, e interrumpo la comunicación con un golpe seco de auricular.

            ¿Qué más me crispa y me torna picajoso? Bueno, sólo voy a decir que en la avenida que transcurre bajo la ventana del estudio, llevo más tres meses, entre pitos y flautas, viendo aún colgada de la farola la propaganda electoral del PSOE, ondeando dos frases de campaña y el careto de Zapatero. Si hay unos estrictos límites marcados para exhibir la propaganda antes de las elecciones, ¿después no hay que tener esto en cuenta? Lo que no sé si es desidia o desfachatez, pero no puedo evitar pensar mal; al menos es un descuido de un aconsejable proceder ético. Harto de ya de la efigie, llamo a la sede del PSOE, pero siempre me coge el teléfono, y nunca pillo a nadie más, un ordenanza o “jubilado progresista” al que es inútil trasladarle mi protesta sobre  este asunto. Pero… ¡Es maravilloso! Nada más completar este párrafo, poniendo el punto y aparte después de “asunto”, miro otra vez a la ventana, veo cómo chispea y, oh, cómo rápida, milagrosamente, ha desaparecido el cartel-grímpola de Zapatero.

            Ahora estoy en el jardín, absorbido en un bello crepúsculo y oyendo una sinfonía de Mahler que suena desde un disco, la verdad, de plástico. Aparte de esto, poco plástico hay a mi alrededor, compitiendo con los pujantes vástagos: sólo una mesa y unas sillas de plástico como elección más funcional para un espacio situado en un paraje donde el polvo en suspensión tiene notable presencia, siendo el plástico la opción más cómoda para quitar de un mangerazo el polvo acumulado, con una manguera naturalmente de goma o de plástico. En torno a la tumbona de plástico en la que estoy tan ricamente reclinado, también hay unas cuantas macetas de plástico, excelentemente capacitadas para contener una buena tierra que responda eficazmente al cultivo, ya que, aunque no luzcan igual, son más baratas que las de barro.

 

Toledo, viernes, 2 de mayo de 2008 

            Arrellanado en la terraza del añejo hotel-cigarral donde siempre reservo, frente a la insomne panorámica toledana, que evoluciona en la luz como un cambiante monet. En este mismo espacio, ayer, día del Valle, en los intervalos entre acudir al espacio de la romería, subir a la peña del Rey Moro, asistir por la tarde a la procesión y cenar en Casa Pancho de Argés tras la Volksfest, me devoré la última novelita de Eduardo Mendoza El asombroso viaje de Pomponio Flato; nominación irónica lo de “flato”, pues este personaje, eques romano, padece de una dolencia que le hace tirarse muchos y sonoros pedos. Narración muy ligera, desenfadada y divertida hasta el punto de aflojarse la lectura de algunos trechos en intempestiva y abierta risa. Obra que no pretende desarrollar ninguna tesis, si no es la del humor y la de regodearse con socarronería de la miríada de atoradas normas de la religión judaica. Este asombroso viaje es producto afortunado de un escritor experimentado que ahora prueba a escribir un relato tan grácil como un tebeo. Con una expresión totalmente adecuada a los fines que el texto persigue, no es una cosa del otro mundo pero su saldo, que no es poco, es un risueño y atinado conjunto de cachondas páginas.

            Esta tarde (sigue el ceño enigmático de Toledo en la cercana lejanía), y antes de redactar estas anotaciones (el alumbrado de la vieja ciudadela poco a poco gana presencia), he leído de un tirón el libro El aliento natal, del poeta y amigo Francisco Gómez Porro, en primorosa edición publicada en 2005 por Biblioteca Añil Literaria y que no había recibido aún, pues en su día no me envió este libro Alfonsito González Calero, el editor, ni, hasta ahora, el autor. El libro contiene muy buenos poemas que me han recordado a los primeros de Ángel Crespo de quien, sin duda, Paco se influye. Yo escribo también poemas sobre la Naturaleza, pero la alta virtud de los de Paco es que el ambiente rural que retrata se comporta biográficamente, fusionado en las personas que lo pueblan, con una psicología muy dinámica a modo de una referencia expectante que llena de sentido el texto poético, enriquecido con el gran léxico genuino que la Mancha de Villarrubia de los Ojos, de donde es el autor, atesora. Mañana lo volveré a leer otra vez entero, releyendo de nuevo sus mejores poemas, como sin duda es el titulado “Anima mundi”, en el que destaco estos inmejorables versos: “El ritmo del mundo es eterno, / el arte es tan simple como vivir / y la vida un cofre de arcilla / donde se guardan los sueños del pueblo.”; o “Dominios del olvido”, del que extraigo estos otros: “Cuando la nostalgia tizne mi boca / con el vacío de estas vidas sin presente, / ¿qué palabras inventaré / para no zozobrar en la galerna del aceite, / para no ahogarme en la huraña ternura de los pozos?”  

Este libro de Gómez-Porro responde al ideal de una poesía manchega inequívoca en su carácter. Y los necesarios elementos de esa justa caracterización deben ser, a mi juicio, el empleo de un lenguaje castellano fijado en la tendencia económica de la expresión a la vez que en la fuga imaginativa, por un lado, y el reflejo sabiamente sintetizado del paisaje, por otro. El poeta valdepeñero Juan Alcaide hasta hace poco ha sido la emblemática voz poética de la Mancha. Pero Alcaide, más que el paisaje, glosó en sus cantos a un  paisanaje ocupado en unos oficios y costumbres que hoy han periclitado, pues la Mancha ha cambiado mucho con el pragmático ritmo de los tiempos; y la temática de Alcaide, claro, queda hoy un tanto caduca. Ángel Crespo, por el contrario, al haber encuadrado sus poemas que tratan de esta tierra en los elementos esenciales (animales silvestres y domésticos, árboles solitarios, vegetación autóctona y una actitud intemporal de sus habitantes), acuñó un decir poético expresivamente vigoroso todavía enteramente vigente, pues la Naturaleza es inmutable mientras que los detalles sociológicos se marchitan pronto en aras de un siempre urgente anhelo de renovación. Y eso que Crespo empieza a escribir sobre la Mancha, ya en los años cuarenta,  sólo un poquito después de Alcaide, y con más visión, aun compartiendo ambos el mismo aspecto de la realidad circundante.  Esa magnífica observación que Crespo supo llevar a cabo dirigiendo su mirada al entorno manchego, dio lugar a mágicos versos, verosímiles, como éste: “El olor de las vacas es un gato”. No en vano, este corpus poético crespiano centrado en su paisaje natal, se inscribe en el movimiento del “realismo mágico”, surgido en los años 50 y del que él mismo fue fundador.

            Terminado el relato bíblico de Josué, con el que comienza la serie de los libros históricos de la Biblia. Aquí Yahvé ya está más distante del hombre, ya no figura en los textos ese insaciable apetito del calmante aroma tan frecuente en la fase mitológica que describe el Pentateuco, cuando el dios hablaba con Moisés de tú a tú, en relajada camaradería sentados ambos dentro de la Tienda. Ahora Yahvé pone gran empeño, inspirando a Josué, en organizar el éxito de las batallas que acaban rotundamente con Jericó, con Ay, con Jasor y muchos reinos más, aniquilando a cada uno de sus reyes y sus respectivos pueblos enteros, como se dice en una sentencia repetida obsesivamente: “Pasaron a cuchillo a todo ser humano hasta acabar con todos. No dejaron ninguno con vida.” (Jos, 11, 14). Y para que quede claro, la Recapitulación del capítulo 12, final de la primera parte, ofrece una detallada nómina de los treinta y tres reyes vencidos a ambos lados del río Jordán, pórtico, comparable con el abierto mar en la huída de Egipto, de la insidiosa Tierra Prometida.

 

Alcázar de San Juan, viernes, 25 de abril de 2008 

Descubro, advertido por la sapiencia filológica de Aurora, profesora de griego, la idéntica raíz de dos palabras tan significativamente diferentes pero que representan, sin embargo, una forma afín: orquitis (inflamación del testículo) y orquídea (apreciada flor), haciendo resaltar la precisa nominación de la originaria lengua griega. Con este motivo, escribo un pequeño poema, al que titulo “Raíz y paradoja” y que dice así: “Curiosamente orquídea, forma alada, / en su palabra exhibe / el mismo radical / de la palabra orquitis, que presenta / el opuesto concepto: espeso, amorfo. // Otra gran paradoja: / semen de Urano, espuma / en el mar, llega a ser Belleza  Misma: / ¡Venus Urania!”.

Y hablando de griego; intento retomar los estudios de alemán y actualizar mis conocimientos de cara a los exámenes finales en la Escuela Oficial de Idiomas. Empeño estéril, pues ya llevo unas semanas deshabituado y sin asistir a clase. Y lo siento, pues tengo gran afición por esa lengua tan semánticamente precisa y vigorosa, pero que nos resulta tan difícil, siendo su construcción, su morfología y su sintaxis, su caudalosa gramática tan diferente de la estructura neolatina. Como compensación, y hasta que vuelva a seguir (¡otra vez será!) adquiriendo rudimentos del rico idioma alemán, leo escritos de literatos y pensadores alemanes, obras que transcriben buenas expresiones originales que hacen que mantenga el contacto, al menos, con la frase alemana. Y seguiré escuchando los recitativos de La flauta mágica y los de Bastien und Bastienne, una opereta o zarzuela (Singspiel) en un acto que el genio salzburgués compuso siendo aún niño, cosa no rara en Mozart, así como la narración del evangelista en las Pasiones de Bach.

Lo primero que te anuncian en la primera clase es que esa lengua tiene tres géneros, lo que agrava la capacidad de retención del vocabulario correctamente enunciado; géneros introducidos por los artículos der (masculino), die (femenino) y das (neutro), en plural siempre die, esto sólo en nominativo, pues el alemán, como el latín o el griego, se declina; y el neutro no es un género residual, sino muy activo. Y claro, como ocurre también con otras lenguas, se le hace a uno “la picha un lío” al intentar la equivalencia entre el género de nuestras palabras españolas y las correspondientes alemanas; por ejemplo, cuchara, tenedor y cuchillo en alemán presenta, respectivamente, sus géneros al revés que los nuestros: Löffel (masculino), Gabel (femenino) y Messer (neutro). Todos los sustantivos, sean comunes o propios, en alemán se escriben encabezados con mayúscula. De todos modos, hay unas líneas orientativas que indican que un vocablo es neutro. El diminutivo en alemán se forma con las terminaciones –chen, -lein añadiendo una diéresis (¨) a la raíz, resultando vocablos neutros Fräulein (señorita) de Frau (señora, femenino), Mäuschen (ratoncito; también con sentido figurado de “polvete”, orgasmo) de Maus (ratón, femenino); Mädchen es chica, en español femenino y en alemán neutro. También este tercer género refleja ambigüedades o ambivalencias: das Kind es niño o niña, cuyo plural es Kinder, marca de célebres chocolatinas. La mayoría de los nombres de países ostenta el género neutro; así, “nuestra querida España” significaría literalmente algo así como “nuestro querido España” (unser liebes Spanien).

En alemán, apreciable parte del léxico se reparte entre las palabras genuinamente alemanas y los préstamos latinos que avatares de acercamientos y confrontaciones han ido incorporando al acervo germánico, y esas voces latinas, que son muchas, llevan género neutro: der Wagen, coche, masculino / das Auto, coche, neutro, así como Opium, opio, neutro / Schlafmohn, opio (adormidera), masculino. Esta última palabra es un compuesto, fusión de dos conceptos en una sola palabra, el de dormir (schlafen) y amapola, adormidera (Mohn). Si en español la formación de palabras se nutre mayormente del mecanismo de la derivación, en alemán la composición tiene un rendimiento asombroso, hasta el punto de que el hablante actual está habilitado para seguir agregando, de su propia cosecha, nuevas palabras al idioma a través del recurso de la composición. Otra cosa es, claro, que sus creaciones tengan éxito en la masa de hablantes que fijan las normas lingüísticas. El término castellano Modernismo es una derivación, uniéndose el sufijo –ismo a la raíz, procedimiento idéntico al francés (modernisme, surréalisme, cubisme, etc.). En alemán, sin embargo, este término es un compuesto: Jugendstil, dos palabras que combinadas significan “estilo juvenil”.  La concentración y precisión conceptual del compuesto hace que el alemán sea la lengua idónea para el empleo de una terminología tanto filosófica como científica: Literaturwissenschaft, la ciencia literaria, Dasein, el estar en el mundo [término estrella del existenciaismo], Zeitgeist, el espíritu de una época, Urphänomen, el fenómeno originario,  Halsschmerz, el dolor de garganta, etc.

Entre otras cosas, el alemán se parece mucho al griego (y muchos de sus conceptos están tomados del común venero indoeuropeo) en el reflejo de las relaciones espacio-temporales que establecen las preposiciones, proyectando una eficaz representación del código. Cuesta dominar la tan variada rección con que operan los verbos en este sentido, combinando además la preposición a escoger con el caso a seguir. Precisando en lo temporal, en alemán no se ha de usar la misma preposición si decimos alegrarnos de un regalo, o bien ya recibido (entonces über) o por recibir (en este caso auf). Y en el plano espacial, los alemanes se las gastan así, como prueba esta “anécdota”: para expresar la acción de atravesar, por ejemplo, un parque, el idioma utiliza la preposición durch, pero no la misma si se quiere decir que se atraviesa una isla, pues entonces, contraviniendo una exacta concepción semántica, nos caeríamos al mar, debiendo emplearse entonces auf.

            Hoy hace 34 años que estalló la gloriosa Revolución de los Claveles en el vecino país ibérico. No todos los golpes de estado son malos; éste de abril en Portugal fue totalmente modélico. No sólo porque trajo justicia a los portugueses, sino democracia, sin permitir que se perpetuasen, inconvenientemente, los fetiches revolucionarios. En esos decisivos acontecimientos no se derramó ni una gota de sangre y la escenografía tuvo un tono festivo de celebración hippy. Recuerdo que, nada más consolidarse el cambio, Mingote publicó una viñeta en ABC en la que se dibujaba un mapa de Europa con la silueta de Portugal adosada a Francia, quedando el recorte de la España aún franquista como un único apéndice vergonzante. Y recuerdo también que durante mis primeras visitas a Lisboa, diez años después de producirse la Revolución, todavía existía un consejo revolucionario que al poco desapareció con la completa inmersión del renovado sistema en la democracia plena. Es muy recomendable un libro que se publicó en 1978 en las ediciones de El Viejo Topo, donde uno de los más destacados protagonistas de la acción, el militar Otelo Saraiva de Carvalho, relata el minucioso detalle del proceso en unas densas páginas a las que les da el título de Memorias de abril. Otelo cuenta que, pese a la engañosa apariencia de una muy férrea e imbatible dictadura, nada más iniciarse los primeros acordes de Grândola, Vila Morena, santo y seña del comienzo de las operaciones, todas esas barreras que se creían indestructibles, se iban desmoronando como un castillo de naipes.

 

Alcázar de San Juan, sábado, 19 de abril de 2008 

Terminado Números, penúltima entrega del Pentateuco y otro gran depósito legislativo del pueblo de Israel, dedicado fundamentalmente a los censos, y donde se sigue afianzando la condición de jefe militar que Yahvé encarna, dividiendo a su grey en cuerpos de ejército. Dios que no cesa de mostrar, en este marco literario, la crueldad de su carácter orientada a sus indoblegables planes, no dudando en aniquilar, tanto a los propios israelitas, como se muestra en el capítulo 26, “Israel en Peor”, como también a otras tribus, según refiere el capítulo 31, “Guerra santa contra Madián”, en el que se narra que los israelitas matan a todos los varones madianitas, incluyendo sus reyes, tomando en cautiverio a las mujeres y a los niños y apoderándose de sus bienes. Frente a este oneroso balance, Yahvé, sin embargo, no se queda contento, mandando entonces rectificar y ordenando el asesinato de esas mujeres y de esos niños varones que han sobrevivido. En Números se sigue insistiendo sobre el riguroso porcentaje de las ofrendas que Yahvé ha de acaparar, consistente en las mejores carnes que proporcionen, abrasadas, el calmante aroma, completando el menú con la selecta flor de harina y el aceite más fino, además del vino derramado sobre el altar para la libación del exigente dios.

Ante los detalles atroces del relato contenido en estos libros inaugurales, medito mi extrañeza de por qué el cristianismo acogió estos textos judaicos como fundamento de la nueva religión, y no se quedó sólo con el Nuevo Testamento como única base del mensaje revolucionario del Nazareno. ¿Nazareno que es hijo de Yahvé, vástago tan contrario, amoroso y relativista, a su ceñudo padre? ¿O ese Dios Padre de la Trinidad no es la figura transformada de Júpiter (Júpiter significa padre de los dioses), divinidad pagana que no es del todo ajena al cambio universal que el cristianismo propone? ¿No es acaso Cristo un héroe mitológico más, hijo de dios y de mortal? ¿El cristianismo es una secta judaica o una resuelta y sana adaptación del paganismo en el entorno histórico donde vino a nacer? Son dudas que la lectura de todo el texto bíblico supongo que me irá resolviendo.

Lo que sí entiendo, con la fresca lectura de esta atávica colección, es la posición del actual gobierno israelí, operando bajo los rígidos dictámenes de sus textos sagrados, cuando decide tomar represalias sobre los palestinos bajo da igual qué número de muertos. Al realizar estas acciones, el mando judío realiza, pienso yo, bajo la excusa de la seguridad, el necesario y constante holocausto que Yahvé ha de aspirar de nuevo como el sempiterno e incesante “calmante aroma”.

Un estado febril con fondo doloroso me obliga a estar tumbado buena parte del día permitiéndome el consuelo de la profusa lectura de apetecidas páginas. Así, concluyo dos sabrosos libritos de iniciación musical, siendo uno de ellos el delicioso breviario Cómo escuchar la música, del compositor norteamericano Aaron Copland, más la Introducción a la Música de Ottó Károlyi; ambos están dirigidos al gran aficionado, mas lego como yo. Comenzando por describir los cuatro elementos esenciales de la música: ritmo, melodía, armonía y timbre, las dos obras avanzan por la magnífica estructura en que la música se realiza, develándonos su sistema y su código que es geometría dinámica (sonido discurriendo armónicamente por el tiempo, nada menos que eso); un sistema, y de ahí su grandeza, doblegado a la condición infalible del arte. La música, en su predominante carácter sonoro (¡verdad de Perogrullo!) es comparable a la escritura, a la expresión, a la literatura, que en verdad también está sostenida por una base musical, ya que se pueden comparar, como nos habla Károlyi, los sonidos, los acordes o las cadencias musicales con las letras, las palabras o los signos de puntuación del lenguaje hablado, asiento verdadero de la poesía que leemos impresa, pues en el fondo un poema, con todo lo bello, anticonvencional o mágico que nos pueda parecer, no es más que un acto de habla. El filósofo Eugenio Trías, en su reciente El canto de las sirenas (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2007) es muy preciso, en este sentido, cuando escribe: “Posee la música características comunes al lenguaje verbal. Como éste, promueve la articulación del sonido, sólo que la música lo hace sin recurrir a lexemas o morfemas. En música la fonología y la sintaxis suscitan, sin organización de las unidades de significación, el plano semántico, que se produce siempre a través de los afectos y las emociones que la organización del sonido produce.”

Ahora, detrás de los cristales, el viento ulula, llueve a rachas desmelenadas, y en el tan calentito interior el receptor emite la Sinfonía Patética.

Cuando me sumo en estos estados febriles producidos por una fuerte agresión al organismo, mi fraternal compinche el poeta Jesús Maroto me regala un libro; en esta última ocasión el obsequio ha sido El mundo, última novela de Juan José Millás premiada con el último Planeta. La fiebre cunde y no tardo en fatigar la lectura de sus algo más de doscientas  páginas. He apreciado su eficaz expresión narrativa y su fábula tan verosímil. Fábula que desarrolla una amargura muy profunda y también muy a flor de piel, partiendo de una tibia evocación y un cierto costumbrismo muy efectivo, conjugando a la perfección los planos diacrónicos del pasado franquista con los planos sincrónicos de la presente actualidad posmoderna.  Uno de los elementos más atractivos de la novela es la propia novela, el propio movimiento estructural en que el autor la va fraguando y la facilidad, donada admirablemente al lector, de pasearse de arriba abajo por la misma. De este modo, uno llega al final hechizado con el encanto de la historia y su aleccionadora lucidez. Esta vez el polémico galardón ha acertado ofreciendo un vigor muy sugerente.

 

Toledo, jueves, 10 de abril de 2008 

Avanzo con buen ritmo de lectura por el Levítico, confortablemente sentado junto a la amplia ventana que deja ver, desde un alcor que fue propiedad del conde de Romanones, la silueta norte de Toledo, recortando la mole de Tavera, el edificio de la Diputación, el remonte, el Nuncio, San Juan de los Reyes y algunas espadañas, además de la punta de la catedral y, al fondo, el sanatorio del Valle.

Este tercer libro del Pentateuco recoge, una vez más, la descripción del culto tan estricto que Yahvé impone al pueblo elegido, mostrando algún ejemplo despiadado, como la muerte fulminante de Nadab y Abihú, hijos del sumo sacerdote Aarón, que asiste mudo al sacrificio, por no cumplir los ritos con la adecuada exactitud (Lv, 10, 1-3). Este dios exclusivo reclama siempre la sangre y la grasa de animales, sangre y grasa que prohíbe consumir al pueblo reservándoselas para sí, mostrando su acción fecundante, teniendo que negociar en alguna ocasión con el demonio Azazel y provocando lepra para probar al pueblo (Lv, 14, 33), temiendo obsesivamente que Israel tenga la tentación de entregarse a los numerosos dioses mostrados en aquella atávica cultura del oriente bajo la que los textos están escritos. Dios no deja de legislar, dictando sus decretos a Moisés y exigiendo a cambio el “calmante aroma” que humea de los holocaustos.

Posiblemente, o sin duda ligado a esta lectura apasionante, por la noche he tenido el siguiente sueño: Primeramente veo un feo bloque de ladrillo rojo, pero que siento sagrado pues en el sueño es la transposición de la Tienda del Encuentro bíblica. Después, mi mujer y yo estamos en un salón, en una fiesta llena de alemanes, que al principio tienen una actitud simpática y correcta que se va transformando en una conducta peligrosa propia de nazis. Al momento, en la calle está formado un batallón israelí con el encargo de salvar nuestra situación, neutralizando a los germanos. De esa tropa sale una mujer uniformada, naturalmente judía, y se acerca a mi esposa arrancándole anillos, pulseras y zarcillos de oro para evitar que los alemanes se adueñen de ellos, mas apropiándose de esos dijes como pago a la seguridad que nos ofrece. 

 

Alameda de Cervera, martes, 8 de abril de 2008 

En el jardín, con la taza de dorado té darjeeling (mi preferido), el cuaderno y un libro sobre el velador. El té no es droga, por supuesto, pero durante las dos horas después de ingerirlo siento en el organismo un bienestar muy apreciable. Detengo la lectura muchas veces contemplando los árboles en torno y las plantas pujantes que pueblan este amable retiro. La albahaca sube, día a día, así como la menta y el perejil, desde el borde de las estáticas macetas. La enredadera tupe el muro, más densa y satinada que en los días del invierno. El romero se muestra enhiesto, vigoroso. La parra virgen se va enroscando con rapidez en las rejas del ventanal y en la estructura del cenador. Los cactus, orondos, persisten en sus formas “eternas”. El aire es surcado por bandadas de pájaros que se posan y pían en el millar de ramas adyacentes. Frente a la verja tengo a la vista un alto y viejo fresno, que aún reverdece con absoluta regularidad durante todas las primaveras y sobre el que ahora se para una nutrida hilera de aves que escuchan complacidas, o a mí me lo parece, el Catalogue d’oiseaux del devoto compositor, y también ornitólogo, Oliver Messiaen sonando en el pequeño aparato reproductor; aves que parecen reconocer la fraternal urdimbre de la música que remeda sus cantos. Por doquier, ecos de ladridos, maullidos, zumbidos, balidos y órdenes en rumano dadas a las ovejas. Brisa primaveral aireando, cortés, la tibia, húmeda y agradable temperatura. Dicha. Sosiego. Y si la dicha no es completa, y si el sosiego no es total, el consuelo ejerce su poder, en unión de la música, como “mano de santo”.

En estas entremedias, terminado el librito de Stefan Zweig sobre Montaigne, cien páginas que el escritor vienés no llegó a rematar, ya que se suicidó estando ocupado en esta obra en la que quiso reflejar, mirando como en un espejo turbio, tanto sus anhelos, a través de la personalidad libre del autor de Los Ensayos, como la época que tan terriblemente lo había asediado, apelando a la referencia del entorno histórico que rodeó al vividor francés en su siglo, el XVI, lleno de enormes confrontaciones políticas cerriles conformadas en despiadados encontronazos religiosos. Zweig, exiliado en Brasil, no pudo esperar, y así lo escribe en su carta de despedida del mundo, a que sus convencidas esperanzas sobre el futuro de la humanidad se cumpliesen, e impaciente acabó con su vida en 1942, mientras Hitler, que lo había desposeído de todo, continuaba “progresando” en sus erráticos empeños. Él redacta este libro, y otros de esta época, sin documentación, fiado a la memoria. En su libro de recuerdos El mundo de ayer. Memorias de un europeo, una limpia escritura detalla a la perfección ese tan crítico periodo de entreguerras que sufrió una cómoda Europa despistada de su inminente y trágico destino.

La personalidad del personaje que retrata Stefan Zweig, tanto el carácter como el quehacer de Michel de Montaigne son sumamente atractivos. Fue un aristócrata que no deseó en su vida otra misión que la de estar rodeado de sus libros, aislado en una torre de su castillo en compañía de su amada biblioteca. En las vigas del aposento hizo inscribir inscripciones latinas (el latín, y no el francés, había sido su primera lengua) y en una medalla sobre su pecho acuñó este gran lema: Que sais-je? (¿Qué sé yo?). Sobre todo durante diez años, desde los 38 a los 48 de su edad, no hizo otra cosa, desentendido de la administración de su hacienda, más que leer, subrayar lo leído, anotar en los márgenes de los libros y un poco a lo tonto hacer resúmenes de lecturas; así, picando el anzuelo de una vanidad comprensible, publicó todo ese material y, claro, se comprometió inexcusablemente con sus lectores. Y aunque él no se consideraba un profesional de la escritura, o, como escribe Zweig, “él es sólo un refléchisseur [meditador], no un escritor”, la admiración literaria que llegó a suscitar fue muy grande, eso unido a su talante sumamente conciliador. De forma que en Los Ensayos, su única obra (¡1.700 páginas!), Montaigne exprime el jugo de todas las lecturas prestigiosas en su tiempo, mostrándose ante los tiempos venideros como el más exquisito lector. Inaugura un género, el ensayo, que pertenece más a los lectores que a los autores. Sólo al final de su vida se vio obligado a aceptar, sin desearlo, el cargo de alcalde de Burdeos y, ya irremediablemente cansado, rechaza residir en París en la corte de su amigo Enrique de Navarra, que había tomado el poder en Francia convertido en Enrique IV. Prefirió quedarse en su castillete.

Por último, una precisión sobre la pronunciación del apellido del escritor austriaco. Hay gente apasionada por su literatura, que es abundante y variada, llena en sus obras cumbres narrativas de una asombrosa y elevada tensión; gente que, sin embargo, pronuncia el apellido Zweig como “zueig”; en alemán, esa zeta inicial es silbante, como nuestra ese, la uve doble se pronuncia como nuestra uve sencilla y el diptongo “ei” como “ai”; de modo que lo correcto es decir “svaig”, “stefan svaig”.

 

Alcázar de San Juan, viernes, 4 de abril de 2008 

Por la mañana pongo un correo, elogiando su poema aparecido en El Día Cultural del domingo, a María Luisa Mora. Compro tortas resecas en Utrilla y me fumo un pito con Ana a la puerta del curro. En la relojería  adquiero para Rosario un Casio con negras agujas y contundentes marcas horarias sobre fondo blanco para que mire bien la hora en el transcurso de nuestras caminatas. Después de comer, sólo veinte minutos echado en el sofá; volvemos a la Alameda a seguir aseando y ordenando nuestra casita, ya finalizadas las obras. Al principio, he estado ocupado en el jardín, con la manguera quitando el polvo de los vidrios del ventanal, y transplantando los brotes en sus macetones definitivos. Breve descanso, té y cigarro, al solecillo, junto a los gorjeos de los pájaros. Luego trabajo dentro, con el trapo del polvo. Salgo varias veces a tirar basura al contenedor, observando a los tres perrillos que retozan arcádicos, adolescentes. Siempre les llevo algo de comer: hoy sólo tres “crujientes” panecillitos de pan integral, que reciben sin mucho alborozo. De los tres, el blanquillo es el único que se deja acariciar; decidimos llamarlo Jünger, y a los otros Woolf, pues creemos que es una perra, y Céline. Dejamos la faena por hoy, y antes de volver a Alcázar  tomamos un vino en el bar de la aldea. A llegar al piso, antes de preparar la cena, leo dos correos en el ordenador; uno es de María Luisa Mora, contestando a mi e-mail de esta mañana. Me gusta la poesía de esta gran escritora paisana, obra desarrollada en una carrera literaria impecable: sus versos quedan suspensos en la cadencia y son resonantes, su palabra es verdaderamente poética y el efecto recibido es mágico, interiorizándose con el gusto de lo genuino en su elevada manifestación artística. El discurso de sus composiciones exhibe la frescura, la libertad y la entrega del verdadero poeta. En el poema “Debilidad”, que estas líneas aluden (de su libro La respuesta está en el viento), la sencilla oración que exhibe, su requisitoria consuetudinaria hacia el dios, se presenta, gracias al poder de la poesía, con la fuerza de un himno y una naturaleza musical, de lied, que todo gran poema debe ostentar.

Antes de ir a la cama veo un documental sobre la revolución sexual en China. Me jode un poco que el comentarista no diga ni una sola vez Pekín, sino Beijing siempre, una estúpida moda novedosa y pseudo-intelectual que intenta desproveer de su vigor eficaz a las referencias idiomáticas.

 

Alcázar de San Juan, domingo, 30 de marzo de 2008 

A las siete y media suena el despertador, más temprano porque en la madrugada se han adelantado oficialmente los relojes adaptándose al horario de verano. Desayunamos, nos acoplamos en nuestro atuendo de senderistas, agarramos los palos y las mochilas y bajamos a la puerta de los multicines donde hemos quedado con Antonio para que nos recoja en su coche; dentro están también sentados Ana y Jesús. Ya los cinco al completo, nos dirigimos, por la autovía, a Urda para tomar el bello tramo de la carretera hasta Villarrubia de los Ojos. Dejamos el coche en el repetidor y caminamos, descendiendo, por el asfalto, contemplando las imponentes siluetas de los montes que tenemos de frente y el relajante valle, hasta desviarnos por el camino de la Fuente, que nos llevaría a Cinco Casas, a Valdehierro y, por fin, a Puerto Lápice. Al cabo de media hora nos paramos junto a una poza, ahora seca, para tomar el tentempié, tan reconfortante como siempre, tan gustoso el vino con gaseosa, que apuramos. Encima de la piedra, sobre papel de aluminio, reposan tentadoras unas tajadas de torrezno ibérico ahumado de Soria, que me llaman pero que no pruebo por la razón de  mi colesterol. Volvemos por otro camino que nos hace pasar por la casa de los “meapilas”, ahora casa rural pero con tufo aún, creo yo, de meapilas. Arranco dos pequeños ramilletes de cantueso y mejorana, tan profusos en este paisaje. Regresamos al coche (total, cuatro horas dándole a la patilla) y, por Villarrubia, vamos a Puerto Lápice a tomar un vino en la pintoresca plaza. Ya en el piso, comemos sólo una suculenta ensalada con pimientos rojos, anchoas en aceite y boquerones en vinagre; apago los teléfonos (no sea que llame el pesado de Orange) y nos echamos a la siesta en la cama, durmiéndome enseguida casi hasta las seis. Té. Federico Gallego me pone un correo. Oigo un mensaje de voz de Pepe Corredor, que está en Alcázar y me ha llamado desde el teléfono de Paloma, pues él no tiene móvil, sigue funcionando con tarjetas telefónicas. Ha empezado a llover, que buena falta hace. Lectura de la Biblia, me termino el Éxodo. Lectura, que también concluyo, de la biografía de Rommel por el general inglés Desmond Young, a quien Rommel tuvo preso, caballerosamente, durante más de un año, refiriendo con mucha admiración los avatares sufridos por este gran militar alemán al que Hitler “invitó” a envenenarse. Leo un poco el periódico plural del domingo y comienzo a catar un nuevo libro: Páginas escogidas de Montaigne, con selección y comentarios de Pierre Villey y traducido por Enrique Díez-Canedo. Creo que me va a gustar y me va a preparar bien para la lectura de la monografía sobre Montaigne de Stefan Zweig, que ya está esperando en la repisa. Después de cenar y ver un reportaje en la 2 sobre los puntos negros de las carreteras, pongo en el reproductor de DVD una película divulgativa sobre Bach y Ana Magdalena, antigua, en blanco y negro, a pelo (en alemán), en que el afamado clavecinista Gustav Leonhard hace de Bach. En el libro de Montaigne encuentro una preciosa frase de San Agustín: “Tantum doluerunt quantum doloribus se inseruerunt” (Sufrieron en la medida en que se entregaron al dolor), que hay que tomarla como proposición reconfortante y no como presagio de funesta adivinanza.

 

Alcázar de San Juan, viernes, 28 de marzo de 2008 

Comencé hace quince días y sigo con la lectura de la Biblia, desde el principio. Tengo el propósito de leérmela entera, a pesar de conocer casi todo el Nuevo Testamento y algunos libros del Antiguo, siendo mis preferidos de esta primera compilación judaica el Eclesiastés, los Salmos y el delicioso librito Libro de Rut. Jünger califica las dos series como “espermática” la primera y “neumática” la segunda. Él cuenta que tardó diez meses, en plena guerra mundial, en leer la Biblia por segunda vez. Yo ya he concluido el Génesis y estoy acabando el Éxodo. Gozo con la expresión ceñida del texto, sus magníficas oraciones aleteando en los fragantes conceptos, tan gratas al oído. El Dios antiguo es un gran jefe militar, disponiendo a su pueblo marcialmente en una inmensa columna durante la huída de Egipto y a su paso por el mar, colocando al ángel, bien en la vanguardia bien en la retaguardia según las necesidades estratégicas. En el Éxodo se muestra ese añejo dios como un detallado legislador, dando, en un extenso informe inamovible y con sumo escrúpulo en cuanto a las indicaciones materiales, normas precisas a su pueblo elegido, del que teme constantemente su entrega a otros dioses. Me llama mucho la atención el antropomorfismo que Dios exhibe en el Pentateuco, sobre todo por la repetida expresión, que aparece desde el Génesis, “calmante aroma”, referida al placer olfativo de Dios al percibir el humo de los manjares de los sacrificios que se le ofrecen, constituyendo una verdadera recompensa por su onerosa labor organizativa.

El Nuevo Testamento quiso transformar la excesiva rigidez del Antiguo, pero, encauzado en los dictámenes de la Iglesia Católica, muy poco pudo hacer a este respecto. Porque la religión se ha conformado, sobre todo, sostenida en el culto, y en un sistema piramidal, de obediencia. La reforma de Lutero quiso trocar este carácter sacro, sobrenatural, tiñendo de humanismo el compromiso. Es cierto que al penetrar en un templo católico se nota el tajante y logrado empeño de crear en él la apariencia de  morada de Dios, descomunal, exagerada, cuando Dios sólo reside, en verdad, en el pequeño sagrario; mientras que si se pasa a una iglesia protestante, ésta parece ser más un salón para comentar la palabra entre un grupo de hombres piadosos, sin más trascendencia. Una “fe” neopagana, como la de configurar al Creador en la misma Naturaleza (Naturaleza como creador y no como criatura), no necesita de esas capillas que delaten el poder de los hombres excusándose en un dios por ellos forjado, dios inventado y no manifiesto y natural, plural y antidogmático como los árboles o los granos de arena. Yo soy de los que tienen esta fe última, ubicada en la esencia pagana, por supuesto no necesitando ya de la estatuaria de los dioses grecolatinos. Pero si alguna vez volviese a sentir e interiorizar el ecuménico mensaje de Cristo, sin dudarlo me inclinaría a la orientación protestante.

 

Cuenca, jueves, 20 de marzo de 2008 

            Muy a propósito comienzo por citar a Ernst Jünger cuando narra el dilema de enfrentarse a un nuevo diario: “Kirchhorst, 1 de enero de 1947. Año nuevo. He estado sopesando si debía empezar un nuevo diario, pues un diario plantea siempre exigencias. Pero también trae ventajas. Con él se dejan huellas de luz en el oleaje de días vividos; de lo contrario ese oleaje se vuelve oscuro enseguida. También quiero entender el diario más como un goce que como una obligación.” Esta cita se encuentra ya en las últimas páginas del último diario de Radiaciones, obra cuya lectura acabo de concluir y que compendia los seis diarios escritos por el autor alemán durante la segunda guerra mundial y los primeros años de ocupación.

            Todavía con la resaca de esta categórica lectura, cargo la cosecha emotiva declarando que Jünger me parece un autor magnífico. Fue muy longevo, llegando a durar ciento tres años. Participó en las dos guerras mundiales, llegando a ser condecorado, como un héroe, con la Cruz de Hierro, máxima distinción alemana. Militar en ambas contiendas, finalizando la del 14 un día se puso el tabardo de un prisionero inglés porque tenía frío y un compañero, confundiéndolo con el enemigo, le metió tres tiros casi a bocajarro. Pero Jünger fue siempre un hombre vitalmente muy resistente. En la guerra del 39 fue capitán adscrito al Estado Mayor alemán. Pasó mucho tiempo en un París que le fascinaba y donde tuvo muchos contactos artísticos, con Picasso y con Braque, entre otros varios. Él, y el grupo de mandos en el que servía en París, eran desafectos a Hitler y el propio Jünger salvó la vida de judíos. Con extrema lucidez dice del Führer, a quien en sus diarios llama a veces Kniébolo, que Hitler “fue incapaz de entender la distinción entre el Estado nacional y el Imperium, y también, en el interior, la distinción entre el Estado y el Partido.” Jünger fue practicante de la religión protestante y mostró opiniones singulares respecto a los fenómenos religiosos que estructuran la civilización. Él expresa que católicos y protestantes no han de fusionarse nunca bajo una doctrina común, salvo y él adelanta esta curiosa hipótesis que el Papa canonice a Lutero y lo incluya entre los Padres de la Iglesia. 

            Ayer (esta mañana hemos llegado a Cuenca) pude volver a ver de nuevo, introduciendo el disco en la ranura del reproductor magnético, la excelente película, igualmente alemana, Der Himmel über Berlin (El cielo sobre Berlín), que Wim Wenders realizó en 1987, colaborando en el guión el conocido y polémico novelista austriaco Peter Handke. Historia muy poéticamente expresada (en sus diálogos, en su plasticidad) que exhibe una fábula en que dos ángeles se sitúan en la ciudad de Berlín, observando la existencia humana, y uno de ellos vence en el deseo que ambos tienen por gozar con las limitaciones de los hombres. La textura es característicamente alemana, mezclando en el producto obtenido lucidez, melancolía, belleza e intenso pensamiento, perfumadas las secuencias con ecos de una filosofía clásica donde resuena Homero, Virgilio, Nietzsche, Rilke y tal vez, quizá, también Jünger. Alemania es, avalada, marcada por su lengua y sus conceptos, sin duda el estado más europeo, siendo su idioma el que más se acerca a la estructura relacional griega, y el carácter de Europa más hondo está ahí, en la Grecia clásica, su raíz primigenia, y no Roma ni, por supuesto, la Iglesia Católica (la misma cosa que el Imperio Romano), como ladinamente nos quieren hacer creer. De forma que el mito auténtico de Europa es germánico, indoeuropeo, más que latino.

            Ahora atardece y desde la ventana aún puedo divisar en detalle la hermosa vista de la hoz del Huécar, ornada con los últimos reflejos del astro. Esperamos la hora de salir para el Auditorio, a escuchar el segundo concierto de nuestra presencia en esta última edición de la Semana de Música Religiosa de Cuenca. Esta mañana, en esa misma sala,  la JONDE y el Coro Nacional de España interpretaron dos obras de Olivier Messiaen, cuyo centenario cumple honrosamente la Semana ; en una de ellas (Trois petites liturgies de la Présence Divine), Philippe Arrieus ejecutaba en un extraño artilugio denominado  “ondas Martenot”, invento de Maurice Martenot y que es un instrumento formado por un teclado, un altavoz y un generador de baja frecuencia. Dentro de un rato, como digo, asistiremos a la audición de una obra de mucho empaque, densa y muy numerosa en su conjunción sinfónica, el War Réquiem (para solistas, coro de niños, coro mixto, gran orquesta y orquesta de cámara) de Benjamín Britten, una obra que, presentando formas vanguardistas, desarrolla un tempo clásico y humanista, y será puesta  en escena, dentro de un rato como digo, por varias agrupaciones turinesas  y solistas bajo la batuta de Juanjo Mena. 

            En la espera, y en el sosiego del silencioso cuarto del hotel, he recordado el sueño que tuve anoche: yo estaba en la habitación de una vivienda, con la puerta cerrada, en la que había una cama, con un niño muerto sobre ella, al que estaba yo maquillando. De pronto noto que el niño se remueve; como ocurre en los sueños, esto no me sorprende grandemente y abro la puerta y comunico el hecho a la familia hierática que está sentada en la habitación contigua. Este sueño lo cuento aquí en homenaje a Jünger, que cuenta tantos en sus diarios, pero la verdad es que me incomoda un poco relatarlo. Quizá contar las pesadillas, reflexiono, no conlleve buenos presagios.  

            Me agrada mucho en estos días la ilusión de estar presente en los conciertos a los que, grácil y paulatinamente, la fortuna me permite asistir: en el Espacio Torner, antigua iglesia de San Pablo, mañana sonará el Cuarteto para el final de los tiempos, del gran Messiaen, pieza de insólita formación instrumental (clarinete, violín, chelo y piano), ya que fue compuesta en el campo de concentración de Görlitz pensada para los instrumentos que pudo pillar allí. Inspirada en el Apocalipsis, se estrenó en dicho campo en 1941 ante una audiencia de cinco mil prisioneros y guardias. El propio Messiaen, profundo católico y creador colorista, tocaba un viejo piano vertical, desafinado, que arrumbado palidecía en una dependencia carcelaria, despertando de nuevo a la vida bajo el tacto vivífico del músico. Y seguirán dos conciertos más, con obras de Bach (partitas y sonatas para violín solo), Mahler (Totenfeier), Brahms (Ein deutsches Réquiem).

La hermosura de asistir a un concierto, a estos buenos conciertos que ofrece la Semana de Cuenca, consiste en presenciar el transcurso completo de la existencia musical: sucesión de sonidos formando armonía superpuestos en la cadena temporal; naciendo, viviendo, muriendo. Sólo sonido y tiempo, ni más ni menos, es la música. Lo demás (estética, filosofía, historia, sentimiento) es accesorio. Y ver a los intérpretes congregados en semicírculo en su taller sonoro (las notas y silencios) y material (los instrumentos), laborando con tanto esmero, es toda una gozada.