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En Puntos de vista | Amador Palacios hoy 

redacción

 

 

Bajo Véspero
(Diario 2008-2009)

Amador Palacios

 

 

Cuenca, jueves, 20 de marzo de 2008 

            Muy a propósito comienzo por citar a Ernst Jünger cuando narra el dilema de enfrentarse a un nuevo diario: “Kirchhorst, 1 de enero de 1947. Año nuevo. He estado sopesando si debía empezar un nuevo diario, pues un diario plantea siempre exigencias. Pero también trae ventajas. Con él se dejan huellas de luz en el oleaje de días vividos; de lo contrario ese oleaje se vuelve oscuro enseguida. También quiero entender el diario más como un goce que como una obligación.” Esta cita se encuentra ya en las últimas páginas del último diario de Radiaciones, obra cuya lectura acabo de concluir y que compendia los seis diarios escritos por el autor alemán durante la segunda guerra mundial y los primeros años de ocupación.

            Todavía con la resaca de esta categórica lectura, cargo la cosecha emotiva declarando que Jünger me parece un autor magnífico. Fue muy longevo, llegando a durar ciento tres años. Participó en las dos guerras mundiales, llegando a ser condecorado, como un héroe, con la Cruz de Hierro, máxima distinción alemana. Militar en ambas contiendas, finalizando la del 14 un día se puso el tabardo de un prisionero inglés porque tenía frío y un compañero, confundiéndolo con el enemigo, le metió tres tiros casi a bocajarro. Pero Jünger fue siempre un hombre vitalmente muy resistente. En la guerra del 39 fue capitán adscrito al Estado Mayor alemán. Pasó mucho tiempo en un París que le fascinaba y donde tuvo muchos contactos artísticos, con Picasso y con Braque, entre otros varios. Él, y el grupo de mandos en el que servía en París, eran desafectos a Hitler y el propio Jünger salvó la vida de judíos. Con extrema lucidez dice del Führer, a quien en sus diarios llama a veces Kniébolo, que Hitler “fue incapaz de entender la distinción entre el Estado nacional y el Imperium, y también, en el interior, la distinción entre el Estado y el Partido.” Jünger fue practicante de la religión protestante y mostró opiniones singulares respecto a los fenómenos religiosos que estructuran la civilización. Él expresa que católicos y protestantes no han de fusionarse nunca bajo una doctrina común, salvo y él adelanta esta curiosa hipótesis que el Papa canonice a Lutero y lo incluya entre los Padres de la Iglesia. 

            Ayer (esta mañana hemos llegado a Cuenca) pude volver a ver de nuevo, introduciendo el disco en la ranura del reproductor magnético, la excelente película, igualmente alemana, Der Himmel über Berlin (El cielo sobre Berlín), que Wim Wenders realizó en 1987, colaborando en el guión el conocido y polémico novelista austriaco Peter Handke. Historia muy poéticamente expresada (en sus diálogos, en su plasticidad) que exhibe una fábula en que dos ángeles se sitúan en la ciudad de Berlín, observando la existencia humana, y uno de ellos vence en el deseo que ambos tienen por gozar con las limitaciones de los hombres. La textura es característicamente alemana, mezclando en el producto obtenido lucidez, melancolía, belleza e intenso pensamiento, perfumadas las secuencias con ecos de una filosofía clásica donde resuena Homero, Virgilio, Nietzsche, Rilke y tal vez, quizá, también Jünger. Alemania es, avalada, marcada por su lengua y sus conceptos, sin duda el estado más europeo, siendo su idioma el que más se acerca a la estructura relacional griega, y el carácter de Europa más hondo está ahí, en la Grecia clásica, su raíz primigenia, y no Roma ni, por supuesto, la Iglesia Católica (la misma cosa que el Imperio Romano), como ladinamente nos quieren hacer creer. De forma que el mito auténtico de Europa es germánico, indoeuropeo, más que latino.

            Ahora atardece y desde la ventana aún puedo divisar en detalle la hermosa vista de la hoz del Huécar, ornada con los últimos reflejos del astro. Esperamos la hora de salir para el Auditorio, a escuchar el segundo concierto de nuestra presencia en esta última edición de la Semana de Música Religiosa de Cuenca. Esta mañana, en esa misma sala,  la JONDE y el Coro Nacional de España interpretaron dos obras de Olivier Messiaen, cuyo centenario cumple honrosamente la Semana ; en una de ellas (Trois petites liturgies de la Présence Divine), Philippe Arrieus ejecutaba en un extraño artilugio denominado  “ondas Martenot”, invento de Maurice Martenot y que es un instrumento formado por un teclado, un altavoz y un generador de baja frecuencia. Dentro de un rato, como digo, asistiremos a la audición de una obra de mucho empaque, densa y muy numerosa en su conjunción sinfónica, el War Requiem (para solistas, coro de niños, coro mixto, gran orquesta y orquesta de cámara) de Benjamin Britten, una obra que, presentando formas vanguardistas, desarrolla un tempo clásico y humanista, y será puesta  en escena, dentro de un rato como digo, por varias agrupaciones turinesas  y solistas bajo la batuta de Juanjo Mena. 

            En la espera, y en el sosiego del silencioso cuarto del hotel, he recordado el sueño que tuve anoche: yo estaba en la habitación de una vivienda, con la puerta cerrada, en la que había una cama, con un niño muerto sobre ella, al que estaba yo maquillando. De pronto noto que el niño se remueve; como ocurre en los sueños, esto no me sorprende grandemente y abro la puerta y comunico el hecho a la familia hierática que está sentada en la habitación contigua. Este sueño lo cuento aquí en homenaje a Jünger, que cuenta tantos en sus diarios, pero la verdad es que me incomoda un poco relatarlo. Quizá contar las pesadillas, reflexiono, no conlleve buenos presagios.  

            Me agrada mucho en estos días la ilusión de estar presente en los conciertos a los que, grácil y paulatinamente, la fortuna me permite asistir: en el Espacio Torner, antigua iglesia de San Pablo, mañana sonará el Cuarteto para el final de los tiempos, del gran Messiaen, pieza de insólita formación instrumental (clarinete, violín, chelo y piano), ya que fue compuesta en el campo de concentración de Görlitz pensada para los instrumentos que pudo pillar allí. Inspirada en el Apocalipsis, se estrenó en dicho campo en 1941 ante una audiencia de cinco mil prisioneros y guardias. El propio Messiaen, profundo católico y creador colorista, tocaba un viejo piano vertical, desafinado, que arrumbado palidecía en una dependencia carcelaria, despertando de nuevo a la vida bajo el tacto vivífico del músico. Y seguirán dos conciertos más, con obras de Bach (partitas y sonatas para violín solo), Mahler (Totenfeier), Brahms (Ein deutsches Requiem).

La hermosura de asistir a un concierto, a estos buenos conciertos que ofrece la Semana de Cuenca, consiste en presenciar el transcurso completo de la existencia musical: sucesión de sonidos formando armonía superpuestos en la cadena temporal; naciendo, viviendo, muriendo. Sólo sonido y tiempo, ni más ni menos, es la música. Lo demás (estética, filosofía, historia, sentimiento) es accesorio. Y ver a los intérpretes congregados en semicírculo en su taller sonoro (las notas y silencios) y material (los instrumentos), laborando con tanto esmero, es verdaderamente una gozada.  

 

Alcázar de San Juan, viernes, 28 de marzo de 2008 

Comencé hace quince días y sigo con la lectura de la Biblia, desde el principio. Tengo el propósito de leérmela entera, a pesar de conocer casi todo el Nuevo Testamento y algunos libros del Antiguo, siendo mis preferidos de esta primera compilación judaica el Eclesiastés, los Salmos y el delicioso librito Libro de Rut. Jünger califica las dos series como “espermática” la primera y “neumática” la segunda. Él cuenta que tardó diez meses, en plena guerra mundial, en leer la Biblia por segunda vez. Yo ya he concluido el Génesis y estoy acabando el Éxodo. Gozo con la expresión ceñida del texto, sus magníficas oraciones aleteando en los fragantes conceptos, tan gratas al oído. El Dios antiguo es un gran jefe militar, disponiendo a su pueblo marcialmente en una inmensa columna durante la huída de Egipto y a su paso por el mar, colocando al ángel, bien en la vanguardia bien en la retaguardia según las necesidades estratégicas. En el Éxodo se muestra ese añejo dios como un detallado legislador, dando, en un extenso informe inamovible y con sumo escrúpulo en cuanto a las indicaciones materiales, normas precisas a su pueblo elegido, del que teme constantemente su entrega a otros dioses. Me llama mucho la atención el antropomorfismo que Dios exhibe en el Pentateuco, sobre todo por la repetida expresión, que aparece desde el Génesis, “calmante aroma”, referida al placer olfativo de Dios al percibir el humo de los manjares de los sacrificios que se le ofrecen, constituyendo una verdadera recompensa por su onerosa labor organizativa.

El Nuevo Testamento quiso transformar la excesiva rigidez del Antiguo, pero, encauzado en los dictámenes de la Iglesia Católica, muy poco pudo hacer a este respecto. Porque la religión se ha conformado sustentada sobre en el culto encauzándose en un sistema piramidal de obediencia. La reforma de Lutero quiso trocar este carácter sacro, sobrenatural, tiñendo de humanismo el compromiso. Es cierto que al penetrar en un templo católico se nota el tajante y logrado empeño de crear en él la apariencia de  morada de Dios, descomunal, exagerada, cuando Dios sólo reside, en verdad, en el pequeño sagrario; mientras que si se pasa a una iglesia protestante, ésta parece ser más un salón para comentar la palabra entre un grupo de hombres piadosos, sin más trascendencia. Una “fe” neopagana, como la de configurar al Creador en la misma Naturaleza (Naturaleza como creador y no como criatura), no necesita de esas capillas que delaten el poder de los hombres excusándose en un dios por ellos forjado, dios inventado y no manifiesto y natural, plural y antidogmático como los árboles o los granos de arena. Yo soy de los que tienen esta fe última, ubicada en la esencia pagana, por supuesto no necesitando ya de la estatuaria de los dioses grecolatinos. Pero si alguna vez volviese a sentir e interiorizar el ecuménico mensaje de Cristo, sin dudarlo me inclinaría a la orientación protestante.

 

Alcázar de San Juan, domingo, 30 de marzo de 2008 

A las siete y media suena el despertador, más temprano porque en la madrugada se han adelantado oficialmente los relojes adaptándose al horario de verano. Desayunamos, nos acoplamos en nuestro atuendo de senderistas, agarramos los palos y las mochilas y bajamos a la puerta de los multicines donde hemos quedado con Antonio para que nos recoja en su coche; dentro están también sentados Ana y Jesús. Ya los cinco al completo, nos dirigimos, por la autovía, a Urda para tomar el bello tramo de la carretera hasta Villarrubia de los Ojos. Dejamos el coche en el repetidor y caminamos, descendiendo, por el asfalto, contemplando las imponentes siluetas de los montes que tenemos de frente y el relajante valle, hasta desviarnos por el camino de la Fuente, que nos llevaría a Cinco Casas, a Valdehierro y, por fin, a Puerto Lápice. Al cabo de media hora nos paramos junto a una poza, ahora seca, para tomar el tentempié, tan reconfortante como siempre, tan gustoso el vino con gaseosa, que apuramos. Encima de la piedra, sobre papel de aluminio, reposan tentadoras unas tajadas de torrezno ibérico ahumado de Soria, que me llaman pero que no pruebo por la razón de mi colesterol. Volvemos por otro camino que nos hace pasar por la casa de los “meapilas”, ahora casa rural pero con tufo aún, creo yo, de meapilas. Arranco dos pequeños ramilletes de cantueso y mejorana, tan profusos en este paisaje. Regresamos al coche (total, cuatro horas dándole a la patilla) y, por Villarrubia, vamos a Puerto Lápice a tomar un vino en la pintoresca plaza. Ya en el piso, comemos sólo una suculenta ensalada con pimientos rojos, anchoas en aceite y boquerones en vinagre; apago los teléfonos (no sea que llame el pesado de Orange) y nos echamos a la siesta en la cama, durmiéndome enseguida casi hasta las seis. Té. Federico Gallego me pone un correo. Oigo un mensaje de voz de Pepe Corredor, que está en Alcázar y me ha llamado desde el teléfono de Paloma, pues él no tiene móvil, sigue funcionando con tarjetas telefónicas. Ha empezado a llover, que buena falta hace. Lectura de la Biblia, me termino el Éxodo. Lectura, que también concluyo, de la biografía de Rommel por el general inglés Desmond Young, a quien Rommel tuvo preso, caballerosamente, durante más de un año, refiriendo con mucha admiración los avatares sufridos por este gran militar alemán al que Hitler “invitó” a envenenarse. Leo un poco el periódico plural del domingo y comienzo a catar un nuevo libro: Páginas escogidas de Montaigne, con selección y comentarios de Pierre Villey y traducido por Enrique Díez-Canedo. Creo que me va a gustar y me va a preparar bien para la lectura de la monografía sobre Montaigne de Stefan Zweig, que ya está esperando en la repisa. Después de cenar y ver un reportaje en la 2 sobre los puntos negros de las carreteras, pongo en el reproductor de DVD una película divulgativa sobre Bach y Ana Magdalena, antigua, en blanco y negro, a pelo (en alemán), en que el afamado clavecinista Gustav Leonhard hace de Bach. En el libro de Montaigne encuentro una preciosa frase de San Agustín: “Tantum doluerunt quantum doloribus se inseruerunt” (“Sufrieron en la medida en que se entregaron al dolor”), que hay que tomarla como proposición reconfortante y no como presagio de funesta adivinanza.

 

Alcázar de San Juan, viernes, 4 de abril de 2008 

Por la mañana pongo un correo, elogiando su poema aparecido en El Día Cultural del domingo, a María Luisa Mora. Compro tortas resecas en Utrilla y me fumo un pito con Ana a la puerta del curro. En la relojería  adquiero para Rosario un Casio con negras agujas y contundentes marcas horarias sobre fondo blanco para que mire bien la hora en el transcurso de nuestras caminatas. Después de comer, sólo veinte minutos echado en el sofá; volvemos a la Alameda a seguir aseando y ordenando nuestra casita, ya finalizadas las obras. Al principio, he estado ocupado en el jardín, con la manguera quitando el polvo de los vidrios del ventanal, y transplantando los brotes en sus macetones definitivos. Breve descanso, té y cigarro, al solecillo, junto a los gorjeos de los pájaros. Luego trabajo dentro, con el trapo del polvo. Salgo varias veces a tirar basura al contenedor, observando a los tres perrillos que retozan arcádicos, adolescentes. Siempre les llevo algo de comer: hoy sólo tres “crujientes” panecillitos de pan integral, que reciben sin mucho alborozo. De los tres, el blanquillo es el único que se deja acariciar; decidimos llamarlo Jünger, y a los otros Woolf, pues creemos que es una perra, y Céline. Dejamos la faena por hoy, y antes de volver a Alcázar  tomamos un vino en el bar de la aldea. A llegar al piso, antes de preparar la cena, leo dos correos en el ordenador; uno es de María Luisa Mora, contestando a mi e-mail de esta mañana. Me gusta la poesía de esta gran escritora paisana, obra desarrollada en una carrera literaria impecable: sus versos quedan suspensos en la cadencia y son resonantes, su palabra es verdaderamente poética y el efecto recibido es mágico, interiorizándose con el gusto de lo genuino en su elevada manifestación artística. El discurso de sus composiciones exhibe la frescura, la libertad y la entrega del verdadero poeta. En el poema “Debilidad”, que estas líneas aluden (de su libro La respuesta está en el viento), la sencilla oración que exhibe, su requisitoria consuetudinaria hacia el dios, se presenta, gracias al poder de la poesía, con la fuerza de un himno y una naturaleza musical, de lied, que todo gran poema debe ostentar.

Antes de ir a la cama veo un documental sobre la revolución sexual en China. Me jode un poco que el comentarista no diga ni una sola vez Pekín, sino Beijing siempre, una estúpida moda novedosa y pseudo-intelectual que intenta desproveer de su vigor eficaz a las referencias idiomáticas.

 

Alameda de Cervera, martes, 8 de abril de 2008 

En el jardín, con la taza de dorado té darjeeling (mi preferido), el cuaderno y un libro sobre el velador. El té no es droga, por supuesto, pero durante las dos horas después de ingerirlo siento en el organismo un bienestar muy apreciable. Detengo la lectura muchas veces contemplando los árboles en torno y las plantas pujantes que pueblan este amable retiro. La albahaca sube, día a día, así como la menta y el perejil, desde el borde de las estáticas macetas. La enredadera tupe el muro, más densa y satinada que en los días del invierno. El romero se muestra enhiesto, vigoroso. La parra virgen se va enroscando con rapidez en las rejas del ventanal y en la estructura del cenador. Los cactus, orondos, persisten en sus formas “eternas”. El aire es surcado por bandadas de pájaros que se posan y pían en el millar de ramas adyacentes. Frente a la verja tengo a la vista un alto y viejo fresno, que aún reverdece con absoluta regularidad durante todas las primaveras y sobre el que ahora se para una nutrida hilera de aves que escuchan complacidas, o a mí me lo parece, el Catalogue d’oiseaux del devoto compositor, y también ornitólogo, Oliver Messiaen sonando en el pequeño aparato reproductor; aves que parecen reconocer la fraternal urdimbre de la música que remeda sus cantos. Por doquier, ecos de ladridos, maullidos, zumbidos, balidos y órdenes en rumano dadas a las ovejas. Brisa primaveral aireando, cortés, la tibia, húmeda y agradable temperatura. Dicha. Sosiego. Y si la dicha no es completa, y si el sosiego no es total, el consuelo ejerce su poder, en unión de la música, como “mano de santo”.

En estas entremedias, terminado el librito de Stefan Zweig sobre Montaigne, cien páginas que el escritor vienés no llegó a rematar, ya que se suicidó estando ocupado en esta obra en la que quiso reflejar, mirando como en un espejo turbio, tanto sus anhelos, a través de la personalidad libre del autor de Los Ensayos, como la época que tan terriblemente lo había asediado, apelando a la referencia del entorno histórico que rodeó al vividor francés en su siglo, el XVI, lleno de enormes confrontaciones políticas cerriles conformadas en despiadados encontronazos religiosos. Zweig, exiliado en Brasil, no pudo esperar, y así lo escribe en su carta de despedida del mundo, a que sus convencidas esperanzas sobre el futuro de la humanidad se cumpliesen, e impaciente acabó con su vida en 1942, mientras Hitler, que lo había desposeído de todo, continuaba “progresando” en sus erráticos empeños. Él redacta este libro, y otros de esta época, sin documentación, fiado a la memoria. En su libro de recuerdos El mundo de ayer. Memorias de un europeo, una limpia escritura detalla a la perfección ese tan crítico periodo de entreguerras que sufrió una cómoda Europa despistada de su inminente y trágico destino.

La personalidad del personaje que retrata Stefan Zweig, tanto el carácter como el quehacer de Michel de Montaigne son sumamente atractivos. Fue un aristócrata que no deseó en su vida otra misión que la de estar rodeado de sus libros, aislado en una torre de su castillo en compañía de su amada biblioteca. En las vigas del aposento hizo inscribir inscripciones latinas (el latín, y no el francés, había sido su primera lengua) y en una medalla sobre su pecho acuñó este gran lema: Que sais-je? (“¿Qué sé yo?”). Sobre todo durante diez años, desde los 38 a los 48 de su edad, no hizo otra cosa, desentendido de la administración de su hacienda, más que leer, subrayar lo leído, anotar en los márgenes de los libros y un poco a lo tonto hacer resúmenes de lecturas; así, picando el anzuelo de una vanidad comprensible, publicó todo ese material y, claro, se comprometió inexcusablemente con sus lectores. Y aunque él no se consideraba un profesional de la escritura, o, como escribe Zweig, “él es sólo un refléchisseur [meditador], no un escritor”, la admiración literaria que llegó a suscitar fue muy grande, eso unido a su talante sumamente conciliador. De forma que en Los Ensayos, su única obra (¡1.700 páginas!), Montaigne exprime el jugo de todas las lecturas prestigiosas en su tiempo, mostrándose ante los tiempos venideros como el más exquisito lector. Inaugura un género, el ensayo, que pertenece más a los lectores que a los autores. Sólo al final de su vida se vio obligado a aceptar, sin desearlo, el cargo de alcalde de Burdeos y, ya irremediablemente cansado, rechaza residir en París en la corte de su amigo Enrique de Navarra, que había tomado el poder en Francia convertido en Enrique IV. Prefirió quedarse en su castillete.

Por último, una precisión sobre la pronunciación del apellido del escritor austriaco. Hay gente apasionada por su literatura, que es abundante y variada, llena en sus obras cumbres narrativas de una asombrosa y elevada tensión; gente que, sin embargo, pronuncia el apellido Zweig como “zueig”; en alemán, esa zeta inicial es silbante, como nuestra ese, la uve doble se pronuncia como nuestra uve sencilla y el diptongo “ei” como “ai”; de modo que lo correcto es decir “svaig”, “stefan svaig”.

 

Toledo, jueves, 10 de abril de 2008 

Avanzo con buen ritmo de lectura por el Levítico, confortablemente sentado junto a la amplia ventana que deja ver, desde un alcor que fue propiedad del conde de Romanones, la silueta norte de Toledo, recortando la mole de Tavera, el edificio de la Diputación, el remonte, el Nuncio, San Juan de los Reyes y algunas espadañas, además de la punta de la catedral y, al fondo, el sanatorio del Valle.

Este tercer libro del Pentateuco recoge, una vez más, la descripción del culto tan estricto que Yahvé impone al pueblo elegido, mostrando algún ejemplo despiadado, como la muerte fulminante de Nadab y Abihú, hijos del sumo sacerdote Aarón, que asiste mudo al sacrificio, por no cumplir los ritos con la adecuada exactitud (Lv, 10, 1-3). Este dios exclusivo reclama siempre la sangre y la grasa de animales, sangre y grasa que prohíbe consumir al pueblo reservándoselas para sí; dios que muestra en todo momento su acción fecundante, teniendo que negociar en alguna ocasión con el demonio Azazel y provocando lepra para probar al pueblo (Lv, 14, 33), temiendo obsesivamente que Israel tenga la tentación de entregarse a los numerosos dioses mostrados en aquella atávica cultura del oriente bajo la que los textos están escritos. Dios no deja de legislar, dictando sus decretos a Moisés y exigiendo a cambio el “calmante aroma” que humea de los holocaustos.

Posiblemente, o sin duda ligado a esta lectura apasionante, por la noche he tenido el siguiente sueño: Primeramente veo un feo bloque de ladrillo rojo, pero que siento sagrado pues en el sueño es la transposición de la Tienda del Encuentro bíblica. Después, mi mujer y yo estamos en un salón, en una fiesta llena de alemanes, que al principio tienen una actitud simpática y correcta que se va transformando en una conducta peligrosa propia de nazis. Al momento, en la calle está formado un batallón israelí con el encargo de salvar nuestra situación, neutralizando a los germanos. De esa tropa sale una mujer uniformada, naturalmente judía, y se acerca a mi esposa arrancándole anillos, pulseras y zarcillos de oro para evitar que los alemanes se adueñen de ellos, mas apropiándose de esos dijes como pago a la seguridad que nos ofrece. 

 

Alcázar de San Juan, sábado, 19 de abril de 2008 

Terminado Números, penúltima entrega del Pentateuco y otro gran depósito legislativo del pueblo de Israel, dedicado fundamentalmente a los censos, y donde se sigue afianzando la condición de jefe militar que Yahvé encarna, dividiendo a su grey en cuerpos de ejército. Dios que no cesa de mostrar, en este marco literario, la crueldad de su carácter orientada a sus indoblegables planes, no dudando en aniquilar, tanto a los propios israelitas, como se muestra en el capítulo 26, “Israel en Peor”, como también a otras tribus, según refiere el capítulo 31, “Guerra santa contra Madián”, en el que se narra que los israelitas matan a todos los varones madianitas, incluyendo sus reyes, tomando en cautiverio a las mujeres y a los niños y apoderándose de sus bienes. Frente a este oneroso balance, Yahvé, sin embargo, no se queda contento, mandando entonces rectificar y ordenando el asesinato de esas mujeres y de esos niños varones que han sobrevivido. En Números se sigue insistiendo sobre el riguroso porcentaje de las ofrendas que Yahvé ha de acaparar, consistente en las mejores carnes que proporcionen, abrasadas, el calmante aroma, completando el menú con la selecta flor de harina y el aceite más fino, además del vino derramado sobre el altar para la libación del exigente dios.

Ante los detalles atroces del relato contenido en estos libros inaugurales, medito mi extrañeza de por qué el cristianismo acogió estos textos judaicos como fundamento de la nueva religión, y no se quedó sólo con el Nuevo Testamento como única base del mensaje revolucionario del Nazareno. ¿Nazareno que es hijo de Yahvé, vástago tan contrario, amoroso y relativista, a su ceñudo padre? ¿O ese Dios Padre de la Trinidad no es la figura transformada de Júpiter (Júpiter significa padre de los dioses), divinidad pagana que no es del todo ajena al cambio universal que el cristianismo propone? ¿No es acaso Cristo un héroe mitológico más, hijo de dios y de mortal? ¿El cristianismo es una secta judaica o una resuelta y sana adaptación del paganismo en el entorno histórico donde vino a nacer? Son dudas que la lectura de todo el texto bíblico supongo que me irá resolviendo.

Lo que sí entiendo, con la fresca lectura de esta atávica colección, es la posición del actual gobierno israelí, operando bajo los rígidos dictámenes de sus textos sagrados, cuando decide tomar represalias sobre los palestinos bajo da igual qué número de muertos. Al realizar estas acciones, el mando judío realiza, pienso yo, bajo la excusa de la seguridad, el necesario y constante holocausto que Yahvé ha de aspirar de nuevo como el sempiterno e incesante “calmante aroma”.

Un estado febril con fondo doloroso me obliga a estar tumbado buena parte del día permitiéndome el consuelo de la profusa lectura de apetecidas páginas. Así, concluyo dos sabrosos libritos de iniciación musical, siendo uno de ellos el delicioso breviario Cómo escuchar la música, del compositor norteamericano Aaron Copland, más la Introducción a la Música de Ottó Károlyi; ambos están dirigidos al gran aficionado, mas lego como yo en la escritura musical. Comenzando por describir los cuatro elementos esenciales de la música: ritmo, melodía, armonía y timbre, las dos obras avanzan por la magnífica estructura en que la música se realiza, develándonos su sistema y su código que es geometría dinámica (sonido discurriendo armónicamente por el tiempo, nada menos que eso); un sistema, y de ahí su grandeza, doblegado a la condición infalible del arte. La música, en su predominante carácter sonoro (¡verdad de Perogrullo!) es comparable a la escritura, a la expresión, a la literatura, que en verdad también está sostenida por una base musical, ya que se pueden comparar, como nos habla Károlyi, los sonidos, los acordes o las cadencias musicales con las letras, las palabras o los signos de puntuación del lenguaje hablado, asiento verdadero de la poesía que leemos impresa, pues en el fondo un poema, con todo lo bello, anticonvencional o mágico que nos pueda parecer, no es más que un acto de habla. El filósofo Eugenio Trías, en su reciente El canto de las sirenas (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2007) es muy preciso, en este sentido, cuando escribe: “Posee la música características comunes al lenguaje verbal. Como éste, promueve la articulación del sonido, sólo que la música lo hace sin recurrir a lexemas o morfemas. En música la fonología y la sintaxis suscitan, sin organización de las unidades de significación, el plano semántico, que se produce siempre a través de los afectos y las emociones que la organización del sonido produce.”

Ahora, detrás de los cristales, el viento ulula, llueve a rachas desmelenadas, y en el tan calentito interior el receptor emite la Sinfonía Patética.

Cuando me sumo en estos estados febriles producidos por una fuerte agresión al organismo, mi fraternal compinche el poeta Jesús Maroto me regala un libro; en esta última ocasión el obsequio ha sido El mundo, última novela de Juan José Millás premiada con el último Planeta. La fiebre cunde y no tardo en fatigar la lectura de sus algo más de doscientas  páginas. He apreciado su eficaz expresión narrativa y su fábula tan verosímil. Fábula que desarrolla una amargura muy profunda y también muy a flor de piel, partiendo de una tibia evocación y un cierto costumbrismo muy efectivo, conjugando a la perfección los planos diacrónicos del pasado franquista con los planos sincrónicos de la presente actualidad posmoderna.  Uno de los elementos más atractivos de la novela es la propia novela, el propio movimiento estructural en que el autor la va fraguando y la facilidad, donada admirablemente al lector, de pasearse de arriba abajo por la misma. De este modo, uno llega al final hechizado con el encanto de la historia y su aleccionadora lucidez. Esta vez el polémico galardón ha acertado ofreciendo un vigor muy sugerente.

 

Alcázar de San Juan, viernes, 25 de abril de 2008 

Descubro, advertido por la sapiencia filológica de Aurora, profesora de griego, la idéntica raíz de dos palabras tan significativamente diferentes pero que representan, sin embargo, una forma afín: orquitis (inflamación del testículo) y orquídea (apreciada flor), haciendo resaltar la precisa nominación de la originaria lengua griega. Con este motivo, escribo un pequeño poema, al que titulo “Raíz y paradoja” y que dice así: “Curiosamente orquídea, forma alada, / en su palabra exhibe / el mismo radical / de la palabra orquitis, que presenta / el opuesto concepto: espeso, amorfo. // Otra gran paradoja: / semen de Urano, espuma / en el mar, llega a ser Belleza  Misma: / ¡Venus Urania!”.

Y hablando de griego; intento retomar los estudios de alemán y actualizar mis conocimientos de cara a los exámenes finales en la Escuela Oficial de Idiomas. Empeño estéril, pues ya llevo unas semanas deshabituado y sin asistir a clase. Y lo siento, pues tengo gran afición por esa lengua tan semánticamente precisa y vigorosa, pero que nos resulta tan difícil, siendo su construcción, su morfología y su sintaxis, su caudalosa gramática tan diferente de la estructura neolatina. Como compensación, y hasta que vuelva a seguir (¡otra vez será!) adquiriendo rudimentos del rico idioma alemán, leo escritos de literatos y pensadores alemanes, obras que transcriben buenas expresiones originales que hacen que mantenga el contacto, al menos, con la frase alemana. Y seguiré escuchando la narración del evangelista en las Pasiones de Bach, así como los recitativos de La flauta mágica y los de Bastien und Bastienne, una opereta o zarzuela (Singspiel) en un acto que el genio salzburgués compuso siendo aún niño, cosa no rara en Mozart.

Lo primero que te anuncian en la primera clase es que esa lengua tiene tres géneros, lo que agrava la capacidad de retención del vocabulario correctamente enunciado; géneros introducidos por los artículos der (masculino), die (femenino) y das (neutro), en plural siempre die, esto sólo en nominativo, pues el alemán, como el latín o el griego, se declina; y el neutro no es un género residual, sino muy activo. Y claro, como ocurre también con otras lenguas, se le hace a uno “la picha un lío” al intentar la equivalencia entre el género de nuestras palabras españolas y las correspondientes alemanas; por ejemplo, cuchara, tenedor y cuchillo en alemán presenta, respectivamente, sus géneros al revés que los nuestros: Löffel (masculino), Gabel (femenino) y Messer (neutro). Todos los sustantivos, sean comunes o propios, en alemán se escriben encabezados con mayúscula. De todos modos, hay unas líneas orientativas que indican que un vocablo es neutro. El diminutivo en alemán se forma con las terminaciones –chen, -lein añadiendo una diéresis (¨) a la raíz, resultando vocablos neutros Fräulein (señorita) de Frau (señora, femenino), Mäuschen (ratoncito; también con sentido figurado de “polvete”, orgasmo) de Maus (ratón, femenino); Mädchen es chica, en español femenino y en alemán neutro. También este tercer género refleja ambigüedades o ambivalencias: das Kind es niño o niña, cuyo plural es Kinder, marca de célebres chocolatinas. La mayoría de los nombres de países ostenta el género neutro; así, “nuestra querida España” significaría literalmente algo así como “nuestro querido España” (unser liebes Spanien).

En alemán, apreciable parte del léxico se reparte entre las palabras genuinamente alemanas y los préstamos latinos que avatares de acercamientos y confrontaciones han ido incorporando al acervo germánico, y esas voces latinas, que son muchas, llevan género neutro: der Wagen, coche, masculino / das Auto, coche, neutro, así como Opium, opio, neutro / Schlafmohn, opio (adormidera), masculino. Esta última palabra es un compuesto, fusión de dos conceptos en una sola palabra, el de dormir (schlafen) y amapola, adormidera (Mohn). Si en español la formación de palabras se nutre mayormente del mecanismo de la derivación, en alemán la composición tiene un rendimiento asombroso, hasta el punto de que el hablante actual está habilitado para seguir agregando, de su propia cosecha, nuevas palabras al idioma a través del recurso de la composición. Otra cosa es, claro, que sus creaciones tengan éxito en la masa de hablantes que fijan las normas lingüísticas. La concentración y precisión conceptual del compuesto hace que el alemán sea la lengua idónea para el empleo de una terminología tanto filosófica como científica: Literaturwissenschaft, la ciencia literaria, Dasein, el estar en el mundo [término estrella del existenciaismo], Zeitgeist, el espíritu de una época, Urphänomen, el fenómeno originario,  Halsschmerz, el dolor de garganta, etc.

Entre otras cosas, el alemán se parece mucho al griego (y muchos de sus conceptos están tomados del común venero indoeuropeo) en el reflejo de las relaciones espacio-temporales que establecen las preposiciones, proyectando una eficaz representación del código. Cuesta dominar la tan variada rección con que operan los verbos en este sentido, combinando además la preposición a escoger con el caso a seguir. Precisando en lo temporal, en alemán no se ha de usar la misma preposición si decimos alegrarnos de un regalo, o bien ya recibido (entonces über) o por recibir (en este caso auf). Y en el plano espacial, los alemanes se las gastan así, como prueba esta “anécdota”: para expresar la acción de atravesar, por ejemplo, un parque, el idioma utiliza la preposición durch, pero no la misma si se quiere decir que se atraviesa una isla, pues entonces, contraviniendo una exacta concepción semántica, nos caeríamos al mar, debiendo emplearse entonces auf.

            Hoy hace 34 años que estalló la gloriosa Revolución de los Claveles en el vecino país ibérico. No todos los golpes de estado son malos; éste de abril en Portugal fue totalmente modélico. No sólo porque trajo justicia a los portugueses, sino democracia, sin permitir que se perpetuasen, inconvenientemente, los fetiches revolucionarios. En esos decisivos acontecimientos no se derramó ni una gota de sangre y la escenografía tuvo un tono festivo de celebración hippy. Recuerdo que, nada más consolidarse el cambio, Mingote publicó una viñeta en ABC en la que se dibujaba un mapa de Europa con la silueta de Portugal adosada a Francia, quedando el recorte de la España aún franquista como un único apéndice vergonzante. Y recuerdo también que durante mis primeras visitas a Lisboa, diez años después de producirse la Revolución, todavía existía un consejo revolucionario que al poco desapareció con la completa inmersión del renovado sistema en la democracia plena. Es muy recomendable un libro que se publicó en 1978 en las ediciones de El Viejo Topo, donde uno de los más destacados protagonistas de la acción, el militar Otelo Saraiva de Carvalho, relata el minucioso detalle del proceso en unas densas páginas a las que les da el título de Memorias de abril. Otelo cuenta que, pese a la engañosa apariencia de una muy férrea e imbatible dictadura, nada más iniciarse los primeros acordes de Grândola, Vila Morena, santo y seña del comienzo de las operaciones, todas esas barreras que se creían indestructibles, se iban desmoronando como un castillo de naipes.

 

Toledo, viernes, 2 de mayo de 2008 

            Arrellanado en la terraza del añejo hotel-cigarral donde siempre reservo, frente a la insomne panorámica toledana, que evoluciona en la luz como un cambiante monet. En este mismo espacio, ayer, día del Valle, en los intervalos entre acudir al espacio de la romería, subir a la peña del Rey Moro, asistir por la tarde a la procesión y cenar en Casa Pancho de Argés tras la Volksfest, me devoré la última novelita de Eduardo Mendoza El asombroso viaje de Pomponio Flato; nominación irónica lo de “flato”, pues este personaje, eques romano, padece de una dolencia que le hace tirarse muchos y sonoros pedos. Narración muy ligera, desenfadada y divertida hasta el punto de aflojarse la lectura de algunos trechos en intempestiva y abierta risa. Obra que no pretende desarrollar ninguna tesis, si no es la del humor y la de regodearse con socarronería de la miríada de atoradas normas de la religión judaica. Este asombroso viaje es producto afortunado de un escritor experimentado que ahora prueba a escribir un relato tan grácil como un tebeo. Con una expresión totalmente adecuada a los fines que el texto persigue, no es una cosa del otro mundo pero su saldo, que no es poco, es un risueño y atinado conjunto de cachondas páginas.

            Esta tarde (sigue el ceño enigmático de Toledo en la cercana lejanía), y antes de redactar estas anotaciones (el alumbrado de la vieja ciudadela poco a poco gana presencia), he leído de un tirón el libro El aliento natal, del poeta y amigo Francisco Gómez Porro, en primorosa edición publicada en 2005 por Biblioteca Añil Literaria y que no había recibido aún, pues en su día no me envió este libro Alfonsito González Calero, el editor, ni, hasta ahora, el autor. El libro contiene muy buenos poemas que me han recordado a los primeros de Ángel Crespo de quien, sin duda, Paco se influye. Yo escribo también poemas sobre la Naturaleza, pero la alta virtud de los de Paco es que el ambiente rural que retrata se comporta biográficamente, fusionado en las personas que lo pueblan, con una psicología muy dinámica a modo de una referencia expectante que llena de sentido el texto poético, enriquecido con el gran léxico genuino que la Mancha de Villarrubia de los Ojos, de donde es el autor, atesora. Mañana lo volveré a leer otra vez entero, releyendo de nuevo sus mejores poemas, como sin duda es el titulado “Anima mundi”, en el que destaco estos inmejorables versos: “El ritmo del mundo es eterno, / el arte es tan simple como vivir / y la vida un cofre de arcilla / donde se guardan los sueños del pueblo.”; o “Dominios del olvido”, del que extraigo estos otros: “Cuando la nostalgia tizne mi boca / con el vacío de estas vidas sin presente, / ¿qué palabras inventaré / para no zozobrar en la galerna del aceite, / para no ahogarme en la huraña ternura de los pozos?”  

Este libro de Gómez-Porro responde al ideal de una poesía manchega inequívoca en su carácter. Y los necesarios elementos de esa justa caracterización deben ser, a mi juicio, el empleo de un lenguaje castellano fijado en la tendencia económica de la expresión a la vez que en la fuga imaginativa, por un lado, y el reflejo sabiamente sintetizado del paisaje, por otro. El poeta valdepeñero Juan Alcaide hasta hace poco ha sido la emblemática voz poética de la Mancha. Pero Alcaide, más que el paisaje, glosó en sus cantos a un  paisanaje ocupado en unos oficios y costumbres que hoy han periclitado, pues la Mancha ha cambiado mucho con el pragmático ritmo de los tiempos; y la temática de Alcaide, claro, queda hoy un tanto caduca. Ángel Crespo, por el contrario, al haber encuadrado sus poemas que tratan de esta tierra en los elementos esenciales (animales silvestres y domésticos, árboles solitarios, vegetación autóctona y una actitud intemporal de sus habitantes), acuñó un decir poético expresivamente vigoroso todavía enteramente vigente, pues la Naturaleza es inmutable mientras que los detalles sociológicos se marchitan pronto en aras de un siempre urgente anhelo de renovación. Y eso que Crespo empieza a escribir sobre la Mancha, ya en los años cuarenta,  sólo un poquito después de Alcaide, y con más visión, aun compartiendo ambos el mismo aspecto de la realidad circundante.  Esa magnífica observación que Crespo supo llevar a cabo dirigiendo su mirada al entorno manchego, dio lugar a mágicos versos, verosímiles, como éste: “El olor de las vacas es un gato”. No en vano, este corpus poético crespiano centrado en su paisaje natal, se inscribe en el movimiento del “realismo mágico”, surgido en los años 50 y del que él mismo fue fundador.

            Terminado el relato bíblico de Josué, con el que comienza la serie de los libros históricos de la Biblia. Aquí Yahvé ya está más distante del hombre, ya no figura en los textos ese insaciable apetito del calmante aroma tan frecuente en la fase mitológica que describe el Pentateuco, cuando el dios hablaba con Moisés de tú a tú, en relajada camaradería sentados ambos dentro de la Tienda. Ahora Yahvé pone gran empeño, inspirando a Josué, en organizar el éxito de las batallas que acaban rotundamente con Jericó, con Ay, con Jasor y muchos reinos más, aniquilando a cada uno de sus reyes y sus respectivos pueblos enteros, como se dice en una sentencia repetida obsesivamente: “Pasaron a cuchillo a todo ser humano hasta acabar con todos. No dejaron ninguno con vida.” (Jos, 11, 14). Y para que quede claro, la Recapitulación del capítulo 12, final de la primera parte, ofrece una detallada nómina de los treinta y tres reyes vencidos a ambos lados del río Jordán, pórtico, comparable con el abierto mar en la huída de Egipto, de la insidiosa Tierra Prometida.

 

Alameda de Cervera, sábado, 10 de mayo de 2008 

            Mi mujer dice que soy gruñón y protesto por todo, queriendo realmente decir, eso pienso, que tengo un pronto algo vehemente sólo frente a unos cuantos motivos que me exasperan. Mucho exabrupto hay en mis arranques cuando tomo plena conciencia de la indecente presencia del plástico en el momento que nos ha tocado. Plástico que se constituye en el emblema del dominio de unos señores, los Señores del Plástico, y me apuesto una cena a que son los mismos que los de la Guerra. En casa reciclamos; por cada lado basura orgánica, papel, vidrio y plástico, mucho plástico. También se dice que la gente recicla como tonta pero que luego los esbirros del plástico todo lo revuelven sin discriminar lo que pulcramente habíamos separado. De buena fe seguimos reciclando. El problema de los envoltorios en este presente apocalíptico es un grande dilema, ofensivo; con los envoltorios de plástico te hieres, en las falanges o en los dientes, o, como poco, te desesperas. Y en el mercado ya hay que decir “¡soooo!” a la vista del derroche del plástico que el dependiente ase para envolver mil menudencias: un cebollino, al plástico; tres manzanas, a otro plástico; un par de zanahorias, a otra bolsa; y todas esas bolsas dentro de bolsas de plástico y más bolsas de plástico. El otro día, en la carnicería, incluso me lían con plástico, qué absurdo, un bote de lomo de orza ¡herméticamente cerrado! Y ayer, sin ir más lejos, compro en la tienda de delicatessen una caja de las sabrosas tejas de Tolosa; la abro y dentro de una bolsa de plástico hay dos cubetas de plástico con una ridiculez de tejas en cada una envueltas a su vez en más plástico. Pero también debo decir que yo salgo de casa “de rositas”, sin una buena cesta para ir echando los artículos y evitando las bolsas, como hacían nuestras madres en la “dulce” posguerra.

                Otra cosa que me molesta, y ya lo dije aquí, es que últimamente, supongo que por falsas razones que llaman mediáticas,  se altera el nombre de algunas ciudades que conservaban hasta ahora una sólida denominación secular en nuestra lengua, como es el caso de Beijing por Pekín, o Mílan por Milán, o, lo acabo de oír, algo así como [Sanjai] por el afianzado y comprensible Shangai. Eso sin denunciar el fallo gramatical en el que incurren casi todos lo locutores cuando dicen, por ejemplo, “veintiún personas”, o expresiones afines, en lugar del sintagma correcto y concordante “veintiuna personas”, pues, amigo/a periodista, ¿no sabes que “personas” es femenino y el primer numeral, como excepción de la serie indeclinable, sí se dota de género? Y otra última moda que me fastidia bastante es la que da en cambiar, en ciertos eslóganes, el preciso y constitucional nombre de la Comunidad Foral de Navarra por el de Reino de Navarra. Y esto es grave, pues España sí que es un reino pero no compuesto a su vez de sub-reinos, sino de comunidades autónomas. Para que Navarra fuese un auténtico reino tendría que haber al frente de ese territorio, verdad de Perogrullo, un rey y no el presidente de la concisa comunidad uniprovincial. Si otra autonomía, por ejemplo la nuestra, se apodase inconscientemente República de Castilla-La Mancha, ¿se habrían de rasgar algunas vestiduras? Realmente, si se medita un poco, estas divisiones territoriales tienen, por su configuración política y administrativa, carácter de repúblicas más que de monarquías, y en sí mismas, a diferencia del Estado, funcionan como repúblicas. Yo pienso que el Gobierno o las instituciones del Estado deberían llamar la atención sobre esta penosa incorrección que se emite o a tontas y a locas o con algo de ladina intención. 

            Y lo que ya me saca de quicio, y entonces gruño con coraje, es esa intromisión de llamadas telefónicas por parte de empresas que, sin ningún pudor, ambicionan con insolencia el haz de nuestros datos personales. Una vez me llaman de un banco y empiezan por decirme que soy un cliente distinguido. Dejo hablar un buen rato a la voz afectada y, sin hacer el más mínimo comentario, sin permitir que se me oiga ni el resuello, cuelgo sin más. Pero el domingo pasado, a las diez de la noche, recibo la llamada de una señorita con acento hispanoamericano preguntándome, sin un ápice de inicial cortesía, que si estoy contento con mi compañía telefónica. Le respondo: “¿Usted cree que se puede molestar impunemente un domingo a las diez de la noche? ¡Vaya usted a la mierda!”, e interrumpo la comunicación con un golpe seco de auricular.

            ¿Qué más me crispa y me torna picajoso? Bueno, sólo voy a decir que en la avenida que transcurre bajo la ventana del estudio llevo más tres meses, entre pitos y flautas, viendo aún colgada de la farola la propaganda electoral del PSOE, ondeando dos frases de campaña y el careto de Zapatero. Si hay unos estrictos límites marcados para exhibir la propaganda antes de las elecciones, ¿después no hay que tener esto en cuenta? Lo que no sé si es desidia o desfachatez, pero no puedo evitar pensar mal; al menos es un descuido de un aconsejable proceder ético. Harto de ya de la efigie, llamo a la sede del PSOE, pero siempre me coge el teléfono, y nunca pillo a nadie más, un ordenanza o “jubilado progresista” al que es inútil trasladarle mi protesta sobre  este asunto. Pero… ¡Es maravilloso! Nada más completar este párrafo, poniendo el punto y aparte después de “asunto”, miro otra vez a la ventana, veo cómo chispea y, oh, cómo rápida, milagrosamente, ha desaparecido el cartel-grímpola de Zapatero.

            Ahora estoy en el jardín, absorbido en un bello crepúsculo y oyendo una sinfonía de Mahler que suena desde un disco, la verdad, de plástico. Aparte de esto, poco plástico hay a mi alrededor, compitiendo con los pujantes vástagos: sólo una mesa y unas sillas de plástico como elección más funcional para un espacio situado en un paraje donde el polvo en suspensión tiene notable presencia, siendo el plástico la opción más cómoda para quitar de un mangerazo el polvo acumulado, con una manguera naturalmente de goma o de plástico. En torno a la tumbona de plástico en la que estoy tan ricamente reclinado, también hay unas cuantas macetas de plástico, excelentemente capacitadas para contener una buena tierra que responda eficazmente al cultivo, ya que, aunque no luzcan igual, son más baratas que las de barro.

 

Almería, viernes, 16 de mayo de 2008 

            Desde anteayer, en Almería, en el barrio del Zapillo, en el apartamento del anfitrión, el amigo-hermano con el que trato plena y confiadamente desde hace décadas. El barrio almeriense del Zapillo me parece un entorno equilibrado que siento muy acogedor. Queda al lado del puerto, a la orilla del mar y a dos zancadas del centro de la urbe; es un amplio y animado tejido donde la vida comercial se desenvuelve en su justo término; dispone de un gran auditorio y supermercados manejables, zonas pavimentadas de recreo, hotelitos antiguos, palmeras. En su alargado paseo marítimo (como Almería capital no es turística, sin apenas turistas) hay un hostal, humilde, pero con una fachada discreta y resultona que sugiere una nao y se honra de haber alojado a John Lennon, acompañado de su primera mujer Cynthia, cuando el beatle  trabajó en 1966 a las órdenes de Richard Lester en la película How I Won the War (Cómo gané la guerra), rodada en el desierto almeriense. La actitud cívica, la actividad ciudadana que signa el barrio del Zapillo es muy tranquila y comedida, nada jaranera, y su espacio está educadamente compartido por marroquíes y naturales, se podría decir que al cincuenta por ciento. Tomando un vino en la terraza del café París, frente al rumor del mar, me alberga un sentimiento ya doméstico, pues raro es el año que, al menos una vez, no me dejo caer por aquí. Desde las ventanas de la casa de mi amigo se divisan las perspectivas de Almería exhibiendo el modelo de las ciudades magrebíes.

            En la playa del Zapillo termino Jueces.  Secuencias y relatos del libro con un fuerte sabor folclórico, como la archiconocida historia de Sansón, que con trazos seguros presenta al personaje bobo y noble mas ungido ante Dios; o la narración sobre el voto de Jefté (Jc, 11, 29-40), en la que, por una desdichada casualidad (de todos modos previsible y sin piadosa posibilidad de solución en la Escritura), su hija ha de ser ofrecida en holocausto, y ella lo acepta con un tremendo candor sólo solicitando una tregua de dos meses “para ir a vagar por las montañas y llorar mi virginidad con mis compañeras” (Jc, 11, 37). De las batallas que se cuentan en el apéndice bien podría haber hecho Juan Eduardo Cirlot una hermosa recreación poética, pues el discurso bíblico se asemeja al mundo cirlotiano. Sucediéndose unos tras otros varios jefes tribales gobernando muy particularmente, la clave de este período que revela el texto se repite a lo largo de sus páginas y pone el punto y final: “Por aquel tiempo no había rey en Israel y cada uno hacía lo que le parecía bien (Jc, 21, 25).

Todas las olas, cada una sonando con individualizada y bronca nitidez y moviendo una fresca y agradable brisa, me acompañan también en la lectura de las pocas páginas del delicioso librito de Rut, donde la diáfana narración se sostiene en el límpido y efectivo diálogo de los pocos y mondos personajes de este cuento “oriental”. ¡Bonita manera de describir un proceso jurídico de la heredad de la tierra, bajo emblemas tan modosos, sin batallas, sin sangre, sin calmantes aromas! La obrita se interpreta profética, avanzando el universalismo cristiano, pues Rut, moabita, extranjera, es madre de Obed, abuelo del rey David, del que, como sabemos, descendía Cristo.

            Frente a los cárdenos tonos del atardecer, aún unos versos de Walt Whitman-León Felipe, es decir, la “paráfrasis”, como el subtítulo precisa, que el español realizó del Canto a mí mismo o Canto de mí mismo (Song of myself) del americano: “Me gusta olfatear las hojas verdes / y las hojas secas, / las rocas negruzcas de la playa / y el heno que se apila en los pajares.” Comparo la versión original con la traducción española de todo Hojas de hierba, realizada por Francisco Alexander (Visor, 2006), y a su vez con la deliciosa y entusiasta versión de León Felipe y, sin verificar en demasía, bastando un somero vistazo a la longitud tipográfica de los versos, compruebo que hay más palabras en las traducciones españolas que en el mensaje en inglés de Whitman, un alargamiento expresivo que da como resultado, en el caso, extremo, de León Felipe, una apreciable riqueza sintáctica reforzando el hálito de las unidades léxicas. Y esto no supone infidelidad, ya que la poesía se puede traducir, no sólo al hilo de la forma sino partiendo del concepto que León Felipe traslada sin traición desde las potentes proposiciones del gran poeta norteamericano. Juan Eduardo Cirlot escribía, y de nuevo me veo obligado a nombrarlo, que “todo gran poeta sigue siéndolo en traducción, pues la imagen, la esencia del discurso (del drama), el sentimiento en suma se trasvasan perfectamente.”

            Delante de unos barcos pesqueros, anclados desde que estoy aquí, el ferry procedente de Nador se acerca al puerto.  

 

Alcázar de San Juan, domingo, 25 de mayo de 2008 

            El miércoles pasado Dionisio Cañas presentó en su pueblo, Tomelloso, y yo estuve allí, su libro Y empezó a no hablar, recién publicado en el sello castellano-manchego Almud. Libro que agrupa una colección versátil de textos poéticos, ya que Dionisio es un poeta experimental, muy incisivo, que a la vez sigue cultivando un discurso tradicional de expresión resonante y de amplio acento narrativo con gran fuerza lírica que recuerda, claro, el Aullido de Ginsberg: “He dormido en la calle y he dormido en el lujo de los hoteles. / He visto a Harlem resucitar de sus cenizas y he amado a un viejo negro. / He tocado jeringuillas de los tecatos de turno. / He visto los condones usados flotar sobre el río Hudson. / He visto el arco iris del SIDA en mi propia habitación.” Este atrayente fondo neoyorkino no tiene nada de impostura, pues Dionisio vivió en la capital del Imperio, pulsando intensamente su trajín, durante más de treinta años.

            Demostrando un alto calibre expresivo, el autor habla del apartamento en la espigada urbe “donde el vómito y la canción eran la misma rosa”, jugando con la imagen sonora de un concepto central en todo lenguaje: la palabra “cosa”, la res latina. Este libro no sólo es polimétrico, combinando prosa, verso, versículo, signos visuales y relieves tipográficos al modo mallarmeano, sino también policromático, con texturas contrastadas que resaltan la riqueza de su dicción. En el poema “P.G.D.C.” la cláusula poética en prosa (nunca unidad prosaica) y el verso lírico muy musical y cadente, se funden en una pieza unitaria, muy valiosa. Y aunque Dionisio Cañas use en estos poemas el recurso de la narración, mas filtrado por la poesía, podemos aplicar a sus formas poéticas estas sentencias cirlotianas: “La poesía sobre todo es síntesis, eliminación de lo narrativo. Sustitución de la extensión por la intensidad. A la monodia del relato novelístico opone la densa polifonía entrecortada de la estrofa.” (Juan Eduardo Cirlot,  “La poesía de Georg Trakl”).

            Dionisio Cañas aprovecha todos los materiales comunicativos consuetudinarios que la tecnología fácilmente nos pone ahora siempre al alcance de la mano, y en este sentido hay en este libro un ácido poema con forma de e-mail, donde el encabezamiento arquetípico del correo electrónico, reflejado en el título, es elemento estético y revelador, fundamental en esta composición. El poema “Nunca mais: petróleo y matrimonio” lo podría haber firmado Jesús Lizano, inmerso este poema en ese juego rutilante de los dobles, fugaces y persuasivos sentidos del lenguaje: “Nunca el florero estuvo tan vacío. Nunca el burro me pareció tan sabio. Nunca la mirada del cartero me pareció tan lejana. Nunca un beso digital pudo ser tan esperado. Nunca un Tú tuvo tan poco Yo…”. Lo mismo para el poema “Come bien, caga fuerte y no temas a la muerte”: “Si uno es siempre uno / por qué hacerse la pregunta / ‘¿quién es uno?’ ”.

            Este tan sugerente Y empezó a no hablar exhibe a raudales el arte de la ingeniosa repetición, destilando hechos y disparando significaciones con el absoluto aliño de la ironía. Ocurre en muchas piezas de esta obra y, con máxima intensidad, en el poema “No time”, escrito en inglés e intraducible, aunque se pueda, pero no se deba, traducir; así comienza: “No time, no time, no time. / No time for roses, / no time for kisses, / no time for lovers.” En una plaquette bilingüe, en castellano y catalán, con diez poemas de Dionisio y publicada en Cataluña el pasado año, ese catalanismo mezquino, abusón y corto de miras, tradujo el poema, cuando en la sección castellana figuraba, naturalmente, en inglés; “No hi ha temps, no hi ha temps, no hi ha temps. / No hi ha tems per a roses, / no hi a temps per a besos, / no hi ha temps per a amants.” Traducción que, evidentemente, quita toda la gracia al poema.

            La última parte da título al libro y en un único poema que debe tener unos 300 y pico versos  ¾no he tenido ganas de contarlos¾, ocupando las páginas 64 a 72, su morosa acción se va estructurando como un readymade sobre muestras de frases muy simples, cotidianas, queriendo llegar al tono discursivo de fondo pueril propio de los insulsos diálogos de Esperando a Godot o el lenguaje nihilista de Samuel Beckett; todos los términos que destacan en el largo poema son signos negativos: nada, silencio, nadie, ninguno, y ese “no sé” tan persistente que evoca la ópera Lulú de Alban Berg, cuando la protagonista de esta obra es sometida al agobiante interrogatorio del Pintor, y ella responde sólo con una patética tirada: Ich weiss es nicht, Ich weiss es nicht, Ich weiss es nicht… (“No lo sé”, “No lo sé”, “No lo sé”…).

            He soñado que estaba en una habitación de hospital, gozando de una plena capacidad de movimientos e incluso disponiendo de un escritorio y un equipo de música dentro del cuarto y, sin embargo, llevando ya mucho tiempo ingresado, aunque obteniendo permisos para salir, venir al piso y comprobar que algunas baldosas estaban hendidas, carcomidas, dejando ver las entrañas del subsuelo, a la vez las entrañas del techo del vecino. En la imagen de las baldosas (y una inversión escénica es muy onírica) yo creo que influye la preocupación por las humedades que han surgido en la casita de La Alameda, como consecuencia de las lluvias que aún siguen cayendo, en algunos puntos del techo que quedan bajo el solarium; y ya sabemos que las azoteas siempre son problemáticas en esta zona debido a la dilatación de los materiales ocasionada por los bruscos contrastes de temperatura que La Mancha padece a lo largo del ciclo estacional. Un problema que Dionisio no tiene en su bombo, situado cerca de mi cabaña, pues el bombo manchego es una construcción de perfecta fábrica. La conjunción de la permanencia en el hospital y el deterioro del suelo del apartamento, no creo (no quiero) que signifique una quiebra de los seguros y sosegados fundamentos sobre los que, a una altura del transcurso de mi existencia, es preciso que descanse mi vida, teniendo muy presente que la vida, como afirmaba Rubén Darío, “la vida es dulce y seria”.

 

Alcázar de San Juan, miércoles, 4 de junio de 2008 

            Como tenemos unos multicines muy cerca, anoche, unos minutos después de cenar ya estábamos reclamando en la taquilla dos entradas de acceso a la sala donde se exhibe Elegy, la última película de Isabel Coixet, realizadora que rueda en inglés, con actores extranjeros (salvo, en esta película, Penélope Cruz) y fuera de España; aunque yo creo que sus producciones contienen un lenguaje sentimental convertido en una estética de carácter muy español. La máxima virtud del film consiste, según mi modesta opinión, en haber logrado desarrollar impecablemente una secuencia cotidiana, sin estridencias argumentales, que transcurre durante un corto periodo (algo más de dos años) en la vida de los personajes, personajes que desarrollan una dialéctica que conforma sus vidas en un tono elegante, de dulce tristeza y sonrisas sardónicas, hasta que todos, los tres personajes principales, se ven rendidos totalmente por el destino. El amor de Consuela (Penélope Cruz) hacia su atractivo, senil y tierno profesor, está descrito con una imbatible naturalidad. La fotografía y la calidad fílmica ajustan cabalmente la diáfana historia del drama de unas vidas corrientes que presenta la fábula. La música al piano que acompaña a largas escenas, presidida por el gran Erik Satie, es, como enuncia el título de la cinta, elegíaca, empeñada en servir lo mejor posible a la acción.

            Anteayer pasaron por la tele, La 2, la producción estadounidense El creyente, dirigida por Henry Bean en 2001 y protagonizada por Ryan Gosling, una película no muy conocida e interesante en la que se cuenta la historia de un estudiante judío, aspirante a rabino, que sin embargo llega a ser un furibundo miembro destacado del movimiento nazi norteamericano. En una escena, uno de los personajes, un anciano judío, víctima del Holocausto, expresa una deducción típicamente bíblica diciendo que el exterminio llevado a cabo por Hitler fue idea nada menos que del dios de Israel para castigar los pecados de ese pueblo elegido. 

            Samuel, dos libros, refiere el establecimiento de la monarquía en Israel, instauración que provoca un poquito de recelo por parte de los “puretas” del pueblo elegido, que piensan que no ha de haber más rey que el propio Yahvé. Sin embargo, el dios, que ya no se hace presente bajo las grandes humaredas y resplandores de antaño, muestra, digamos, un sentimiento humano, al errar en la elección de Saúl (el primer rey), transmitiendo al profeta Samuel esa desazón, nada menos que su arrepentimiento, el paradójico arrepentimiento del dios (1 S, 15, 11). En ese momento Israel, después de las conquistas tras su paso por el Jordán, vive situaciones contradictorias, dominante unas veces, humillado otras. En el segundo libro, David ostenta el protagonismo del relato, manifestando, en el transcurso de los hechos, un proceder no demasiado recto; es taimado en el trato con sus hijos (2 S, 13), le gustan demasiado las mujeres y, combinando rasgos de verdadera nobleza, se muestra cruel muchas veces, como se deja ver en el relato del adulterio cometido con la bella Betsabé, a la que luego convierte en otra de sus mujeres y le da un hijo, Salomón, y que hasta entonces era la mujer de Urías, a quien David decide quitar de en medio haciéndolo enviar a primera línea del frente para que muera. Pero, a la vez, el rey David es capaz de dirigir a Yahvé la mimosa oración: “¿Qué otro pueblo hay en la tierra como tu pueblo Israel a quien un dios haya ido a rescatar para hacerle su pueblo, darle renombre y hacer en su favor proezas y contentos, como expulsar a naciones con sus dioses, al paso de tu pueblo, al que rescataste de Egipto?” (2 S, 7, 23).

            Yahvé es un dios que muy poco se aleja de la tierra, y nunca está en su Olimpo, como haría un dios como es debido. La convivencia constante con su pueblo disimula su condición de triste dios único, solo, sin la compañía, al menos, de un hijo y la paloma, con los que podría comunicarse en un mismo nivel, pues para hablar con los hombres siempre un dios interpone distancias.  A Israel le perdona las ofensas, pero con los israelitas, salvo con los personajes principales, con los que teje la historia a su gusto, es muchísimas veces rematadamente irascible e inhumano. Al comienzo del capítulo 6 se narra el traslado del Arca en dirección a Baalá de Judá. En ese momento el arca es morada que Yahvé prefería en lugar del templo. Pues bien, un tal Uzá, que caminaba al lado del arca, viendo que los bueyes que la trasportaban amenazaban con volcarla, con buen criterio la sujetó para que no cayese y “allí mismo le hirió Dios por tal atrevimiento y murió allí, junto al arca de Dios” (2 S, 6, 7). Lo más sorprendente es que David, en el verso siguiente, se irritó de veras contra esa reacción tan desmesurada y fatalmente terrible de Yahvé. Una nota a pie de página apela al sentido primitivo de lo sagrado, excusando estos atávicos modales. Sé que el texto bíblico se puede leer bajo claves esotéricas y simbólicas o alegóricas, pero la lectura exotérica, de percepción inmediata, que vengo haciendo al comentar algunos detalles de estos libros del Antiguo Testamento,  es también posible y muy lícita, pues las palabras, en primera instancia, dicen lo que dicen; si no, toda la significación bíblica sería una absurda y descomunal y terrible ironía.  

 

Alameda de Cervera, jueves, 12 de junio de 2008 

            En los textos, generalmente de estilo tan pétreo y poco risueño, que conforman el Antiguo Testamento, es excepcional encontrar perlas tan literarias, de contenido tan sensual y expresión tan tersa, como estos cuatro primeros versos que abren el primer libro de los Reyes: “El rey David era ya viejo y entrado en años; lo cubrían con mantas, pero no entraba en calor. / Sus servidores le dijeron: ‘Que se busque para el rey mi señor una joven virgen que sirva al rey y sea su doncella; que duerma sobre tu pecho y el rey mi señor entrará en calor.’ / Buscaron una muchacha hermosa por todos los términos de Israel; encontraron a Abisag la sunamita, y la llevaron al rey. / La joven era extraordinariamente hermosa; era su doncella y le servía, pero el rey no intimó con ella.” No intimó por lo viejo que ya era, pero seguro que calor sí le daba. Abisag le cuidó hasta su muerte, sin salir de la alcoba del rey desfalleciente, alcoba a la que entraba su esposa Betsabé de vez en cuando.

            Avanzo por un libro de divulgación ya clásico y dotado de un alto poder instructivo: La civilización romana. Vida, costumbres, leyes, artes, de Pierre Grimal; un libro que compendia un completísimo repertorio bibliográfico pospuesto a un conjunto de páginas, no muchas, trescientas, sin una sola nota al pie, lo que hace de la obra un ameno relato sobre la historia de Roma y los elementos conformadores de esa que siempre fue muy dinámica sociedad, aun en sus periodos de decadencia. En las primeras páginas de uno de sus capítulos (capítulo 6. “La vida y las artes”), el autor hace una magnífica caracterización de la lengua latina, siempre esforzada en superar, en su rudeza, la elasticidad del modelo griego, hasta que lo consigue, adaptando sus necesidades expresivas a la gravitas y enunciación que en los áureos ejemplos (Cicerón, Virgilio, Horacio, Ovidio) se lograron. Desmintiendo ciertos tópicos que persisten en los ignorantes, Grimal habla de la religiosidad mantenida siempre en esa civilización, donde ningún acto estaba separado de un profundo sentido religioso. Pero Roma no supo, o no quiso, hacer del paganismo la omnipotente y excluyente religión del Estado (aunque fue la religión oficial), confinando la sincera pietas especialmente en el ámbito familiar. Estableció una especie de laicización, o libertad religiosa avant la lettre, que le llevó a permitir cultos foráneos, por muy monoteístas que fuesen, como el culto a Mitra o a Isis, pero, eso sí, reclamando que fueran respetuosos con el sistema establecido y exigiendo que dichos cultos fueran abiertos, estando sometidos a la vigilancia de los magistrados. No hubo respuesta problemática.  Con el cristianismo la cosa ya no fue tan bien, pues esta secta judaica, desde el primer momento dio bastante “por saco”, exhibiendo su enorme ingratitud y apelando a un derecho incomprensible, actitud farisaica que hoy sigue presentando. Las razones de las persecuciones contra los cristianos, aclara Grimal, “residen primeramente en la intolerancia cristiana, inexistente en los otros cultos orientales. Por lo general, fueron los cristianos quienes se mostraron agresivos, negándose a aceptar lo que había llegado a ser el principio esencial de la vida política, la divinidad del emperador, y rehusando también el juramento militar, que era de esencia religiosa.” Lo cachondo ¾si es que se puede definir con este término risueño esta actitud¾ es que luego la iglesia católica se apodera de todas las formas, una por una, del imperio romano, pervirtiendo toda una idéntica terminología que había servido a una estructura perfectamente funcional. Ya lo dicen estas palabras, máximamente autorizadas, del poeta Fernando Pessoa cuando escribe como un filósofo: “Digamos la frase decisiva y afirmadora. La Iglesia Católica no se deriva, no desciende del Imperio Romano. La Iglesia Católica es el Imperio Romano.”

            Casi siempre disfruto de estas buenas lecturas encendido el equipo reproductor de música, bien asintiendo a la programación de Radio Clásica, bien seleccionando audiciones que a veces programo de una manera metódica. Hoy, por ejemplo, en la oficina, he introducido en la ranura, uno tras otro y en riguroso orden, los tres discos que contienen la obra orquestal completa de Muzio Clementi, un compositor romano del siglo XVIII al que Mozart elogia, si bien con algunas reservas. Esta tarde, antes de redactar estas anotaciones, he consumido, también en tres discos, dos suites de jazz, tres de ballet y otras dos de música para sendos filmes de mi admirado compositor soviético Demetrio Shostakovich. La música tiene una definición muy sencilla: sonido trascurriendo en la cadena temporal, nada más. El tiempo, más los silencios intercalados en la secuencia, son su sola materia; sonidos, exentos de significación, deslizándose en el tiempo, es la música. La poesía, se podría decir, también es arte temporal, y no espacial como la pintura o la escultura. Pero el sonido de las palabras, si bien es existente y por muy bello que resulte, se muestra, al contrario que la música, expandiéndose de un modo representacional, pues el sonido, en la literatura, siempre depende del sentido, no expresando nada por sí solo o, como mucho, un remedo burdo de la música. Unamuno afirmaba rotundamente que “algo que no es música es la poesía”. Yo mismo tengo publicado un aforismo que afirma que “la poesía no es música porque es habla”, precisamente porque los sonidos del discurso, subsidiarios del concepto, no pueden ser de la misma categoría que los sonidos puros y naturales de la música. El filósofo Schopenhauer titula así su obra más importante: El mundo como voluntad y representación, estudiando ampliamente el problema del arte. El pensador alemán afirma que la música es consecuencia directa de la voluntad del mundo y no conlleva en sí representación, pues los sonidos de la música, si acaso intentan representar los de la naturaleza, al cabo se confunden con éstos, no trastocando el proceso la técnica exigida, por muy artificiosa que se configure.

               Es clara, en este sentido, la división de las artes: las que con su lenguaje y su materia intentan representar algo ajeno a ese lenguaje y esa materia, como la literatura, la pintura, la escultura, y las que surgen ya acabadas sin esa pretensión de trasponer un lenguaje a otro, como la arquitectura, que no se erige en signo, en símbolo de ningún otro ámbito, y la música, que se eleva exponiendo toda una fuerza intrínseca que no pretende glosar mundos ajenos a su propia caracterización ni querer imitarlos. El listísimo compositor ruso Ígor Stravinski (no hay más que ver su cara de pájaro avispado, con esa nariz, o de zorro sagaz, con esos ojillos) escribe en su Poética musical, con arrojo y resolución, que “la música no tiene y no puede tener como objeto la imitación”, ya que la música, insistimos, es una creación espontánea del mundo, sin que intervenga el pensamiento, pensamiento que siempre desvirtúa y subjetiviza la comprensión del mundo.               

 

Alcázar de San Juan, domingo, 22 de junio de 2008 

            A las ocho recogemos a las dos Anas y a Antonio en la puerta de los multicines. Enfilo la “cocha” (Joaquín Brotóns dixit) hacia Herencia y luego por la carretera de Villarta. Aparco a la vera de un camino cabe la carretera y empezamos a andar en dirección al repetidor del Navajo. Buena subida mitigada por la eficacia de los bastones. Ya casi en la cúspide, nos paramos a contemplar el espectáculo singular, que nos sale al paso a la orilla del camino, de dos largas y finas culebras, figurando amorosa pareja, alzando las cabezas al solecillo, besuqueándose, parece que empeñadas en brindarnos coreográficamente esta curiosa exhibición. Avanzamos un poco más por la cuerda y almorzamos, después de descender un pequeño trecho por un rodal trazado por las motos, hasta una poza, centro de un pequeño y lindo vallecillo, arcádico, totalmente tapizado de primorosas florecitas. Al subir hemos contemplado con delectación las amplias perspectivas de la llanura, matizado y terso gran lienzo que desafía, casi con desprecio, a estas tímidas y primerizas elevaciones de la sierra de Herencia, iniciando los Montes de Toledo. Rico almuerzo, como siempre, con vino. El pito que fumamos las dos Anas y yo es el pausado paso previo antes de proseguir por una grácil senda, festoneada de olorosas retamas, hasta La Copa, donde bebemos la fresca agua del pozo, agua que aunque esté junto a una ermita es agua laica. Acabamos rodeando el monte hasta volver al coche. Antonio y yo arrancamos unas ramas de retama florecida para luego poner en un jarrón. La ruta ha sido corta (sólo tres horas) pero muy bonita. Ya en Alcázar, nos tomamos un vino en la cafetería del hotel Barataria. Dejamos a Antonio en su casa. Con Rosario y las Anas, otros dos vinos en La Cervecería del Duende. Al llegar al piso, prescindimos de la comida, satisfechos con las tapas recientes. Ducha y profunda siesta, desconectados los teléfonos. Té. El resto de la tarde, en el salón, leyendo prensa, Biblia, Joyce.

Continúo añadiendo versos al poema que inicié ayer en la Alameda, sobre la simple y bienaventurada cotidianidad de Jesús el Carpintero, afable hombre mortalísimo, el hombre más humano de toda la historia: toma unos chatos con los vecinos, hace el amor de vez en cuando con la “hetaira” de la aldea (¿Magdalena?), juega una partida de dados con su barbudo padre en la mesa de la cocina, buen hijo al que después, increíblemente, convirtieron en un dios depresivo. El poema se inicia en un tono marcadamente coloquial: “Ése al que luego apodan Cristo / y no era más que Chule en la parroquia”. La pieza continúa conformando secuencias de una ficción con personajes contemporáneos: “En las ociosas tardes decretadas, poco antes del ocaso / reúne a sus amigos alrededor de unas botellas, / después de haber barrido un poco / el amplio espacio de la serrería. / Allí están, allí llegan, puntuales a la cita, / sus amigos Curiel, Maroto, Lázaro, / Cañas, Serna, Brotóns, Palacios y Lorenzo / de Almagro”, para acabar el texto centrándome en la expresión de extrañeza que a Jesús le produce la insólita hipótesis de que, partiendo de su vena poética (aunque no escriba, son buenas sus parábolas, sus aforismos, sus sentencias), el futuro le asigne una asombrosa, esa tan influyente divinidad derramada en los siglos y en la tierra. De su fragante discurso sólo oral, alguno de estos amigos, subrepticia y fatalmente, recoge algunas notas. Ante esta posibilidad descomunal, el Carpintero “flipa” o, en mi poema, reflexiona así (copio en prosa): “Imaginad que algunos de los versos que pienso y os refiero alguien los transcribiese (¿vosotros que escribís?) y quedasen inscritos en un turbio futuro cuando yo ya no exista. Bien. Y en ese futuro, alguna conjunción, de las de siempre, de poder o de inquina o de necesidad de alienación, convirtiese estos versos en palabra sagrada, y a mí me hiciesen Dios. Y si esto sucediese, yo, afortunadamente, no podría verificarlo, pues somos nada en cuanto fallecemos y sólo quedaría imponente memoria; y entonces, yo no existo, queda claro, pero tal vez en la memoria sea.”

            Luego cena frugal, un ratito de tele, otro rato de música (emisión de Ars sonora en Radio Clásica) y enseguida a la cama, con el vaso de agua y un libro en la otra mano.

 

Alameda de Cervera, martes, 1 de julio de 2008 

            He soñado que me ofrecían en Toledo, durante toda una jornada, un importante homenaje de reconocimiento literario; al final de los actos, ¡qué estrambóticos son los sueños!, desfilaron en mi honor la Tarasca y la Custodia de oro prieto del Corpus. El maestro de ceremonias, en la apiñada duración del “solemne” evento, era mi amigo el poeta Enrique Trogal, que vino ex profeso desde Luxemburgo con un nutrido séquito de amigos y compañeros de su división en la Corte Europea de Justicia. Después de las intervenciones, televisadas y retransmitidas en directo, varias chicas, muy jovencitas, aún esbeltas adolescentes, supongo que amantes de la poesía, se acercaban a mí para besarme y agasajarme. Yo intentaba alejarlas, quizá, o sin duda, para ahuyentar las tentaciones, presentándoles a mi mujer, que en todo momento establecía su posición cerca de donde yo me encontraba.

            No exactamente, pero casi aposta, ayer tomé la cómoda autovía de los Viñedos y me acerqué a Toledo a comprar té, al que soy muy aficionado, en la tienda especializada que se encuentra en la calle Ancha, porque en Alcázar, donde tan poco se bebe té, no puedo hallar las especialidades que me gustan. Me abastecí de cuatro de los cinco tipos que son mis preferidos y que gasto habitualmente: el suave keemun chino, un té negro de galante sabor; además, la archiconocida y popular mezcla de té verde con menta o hierbabuena, llamada té moruno; el fragante pakistaní, para tomar con leche; y, por fin, la mejor cosecha, de las tres existentes, del hindú darjeling, de asentada fragancia; de otro té que me gusta, el earl grey, con aroma de bergamota, no compré porque aún me queda bastante. Es delicioso el hecho de permanecer ese ratito en la tienda, viendo cómo te van abriendo las grandes latas del estante, removiendo el contenido y extrayendo (el desatado perfume expandiéndose) la cantidad solicitada. Sólo tomo, normalmente, un solo té al día, a eso de las cinco de la tarde. Y una taza de estos buenos tipos de té, que cuidadosamente preparo, y a veces mezclo (el darjeling  con el earl grey da un apreciable resultado), me proporciona un notorio bienestar en las siguientes horas vespertinas. La conjunción de sabor, color y fragancia que plantea la taza es el placer discreto y exquisito que pocos objetos tan gratamente me donan.

            El domingo, con la habitual compañía de estas andanzas, ocupado en realizar una buena caminata por la Sierra del Guadarrama. Hicimos una ruta circular, partiendo desde el puerto de Cotos, más arriba de Navacerrada. La primera referencia, al poco rato de andadura, es el albergue juvenil El Pingarrón, para después bajar a la garganta entre Cabeza Mediana y Cabezas de Hierro por donde circula no sé si un solo arroyo, el de La Angostura, luego río Lozoya, o varios arroyos heraclitianos (el de Las Guarramillas, el de Las Cerradillas, el de Peña Mala), tal vez diversas denominaciones del proceso de crecimiento del primero. Este camino, que ya conocía, acompañado entonces por el poeta Lorenzo Martín del Burgo, tiene una etapa impresionante cuando se faldea una espaciosa ladera por una cómoda pista desde donde se puede divisar, entre altos pinos asalmonados, la soberbia cima de Peñalara, la cumbre más elevada de esta magna sierra, mostrándose altiva (hasta hace muy poco con neveros) frente a los canchales de las también muy enhiestas Cabezas de Hierro. Al mediodía, nos detuvimos en una idílica praderita al lado del arroyo brioso y fluyente y, sacando las apetecidas viandas y el vino con gaseosa de nuestras mochilas, almorzamos tan ricamente. La vuelta fue algo dura, ascendiendo por una muy empinada cuesta que nos iba devolviendo al punto de partida. Parados junto a la casita que alberga al albergue El Pingarrón, pudimos apreciar en plenitud la inmensa, luminosa y hermosísima panorámica, distinguir las entrañas que acabábamos de recorrer pertenecientes al organismo de la diosa Naturaleza, la, según mi creencia, única divinidad posible. Al penetrar en la concurrida terraza de la venta Marcelino en Cotos para tomar ese refresco reanimador, esa bebida del mundo llamada Coca-Cola, habían transcurrido siete horas justas desde que, en esta misma explanada, nos habíamos tomado el impulsor café de la mañana.

            Me llama la atención el empleo, resucitando una vieja frase del antiguo régimen, a propósito del triunfo de la selección española en la eurocopa futbolística: “¡Arriba España!”, proferida, tanto por  comentaristas deportivos como por el público en general. “Manolo, ¡arriba España!”, exclamaba ayer, a la temprana hora del café, y aún calentita la victoria, como la taza humeante, una clienta del bar dirigiéndose al camarero. Una paparruchada es, desde luego, manifestar el pseudosesudo comentario oído que establece que el recibimiento a los “héroes” en la plaza de Colón de Madrid reafirma la unidad de España.

 

Alameda de Cervera, jueves, 10 de julio de 2008 

            Combinado de últimas lecturas: los dos libros de Crónicas, la extensa introducción de José María Valverde al Ulises de Joyce; también de Joyce, la traducción por Dámaso Alonso del Retrato del artista adolescente. Además, Primer amor, de Samuel Beckett y algunos poemas de Beckett, traducida la primera obra del discípulo predilecto de Joyce por Félix de Azúa y los segundos por Jenaro Talens. En el texto bíblico me llama la atención que el nombre de Satán signifique “la ira de Yahvé” (1 Cro, 21, 1). En la recapitulación histórica que establece Crónicas, es muy equilibrada, y atrayente la contraposición entre los dos más importantes reyes de Israel, David y su hijo Salomón, el primero simbolizando la guerra, el combate, la artimaña, y el segundo la paz, la poesía, la sabiduría. Lo cierto es que a veces la lectura de la Biblia resulta sumamente áspera, pero mi empeño al completarla es abarcar la magna estampa, panorámica y detallada, de la civilización que nos ha tocado. Volviendo a la literatura contemporánea: Beckett fue muy apreciado por el grupo de los poetas novísimos españoles, en los años 70. Ya he nombrado a dos traductores de su obra; además, la novela Molloy tiene una versión de Pere Gimferrer y la célebre obra teatral Esperando a Godot, escrita en francés por Beckett (Premio Nobel en 1969), tiene otra de Ana María Moix, hermana del malogrado Terenci, novelista prolífico y fumador empedernido. Primer amor es un relato que, como escribe Azúa en la introducción, destila humor a espuertas, pero también ese sempiterno desprecio por la clase burguesa. En la traducción de los poemas del irlandés realizada por Talens, detecto un error, o mejor, una elección forzada por la censura franquista, cuando esta antología se publicó en Los Libros de Enlace de Seix Barral en 1970; Jenaro Talens se ve obligado a traducir “el burdel de Zeus” cuando en el original figura “el burdel de Cristo” (en inglés, “kip of Christ”). Yo había pensado, tras estas aproximaciones, empozarme en la morosa lectura del Ulises, animado por la magnífica introducción de Valverde. Para abrir boca, comienzo antes con la lectura del Retrato, gustándome mucho las largas páginas que reproducen el discurso del predicador jesuita en unos ejercicios espirituales a los que asiste el protagonista, el semiautobriográfico Stephen Dedalus; sin embargo, abandono la lectura cuando ya no me quedan más de treinta páginas. Me pasa con la literatura inglesa; no dudo del genio de sus grandes autores, pero esa literatura, digo, me resulta pastosa (me pasa con algunas novelas de Virginia Woolf) y me pierdo en el hilo argumental, yo creo que debido a la persistente introspección, que reproduce la intimidad del a veces atropellado pensamiento, en que esos grandes literatos incurren; puede ser que sus páginas reflejen un entorno neblinoso muy propio, ese “puré de guisantes” que un español difícilmente entiende. Así que dejaré la lectura del Ulises para mejor ocasión. Me gustan más los escritores de lengua alemana, con una expresión recia a la que francamente mucho más me acerco. Dudo entre leer por primera vez Las tribulaciones del estudiante Törles, del austríaco Robert Musil, autor de su más famosa obra El hombre sin atributos, o quizá releer Los Buddenbrook de Thomas Mann, una novela que, recuerdo, muestra un potente nervio alrededor de Antonie, Tony Buddenbrook, un texto colmado de adjetivos y aposiciones y de términos en francés, empleo creo dado por una clara intención irónica, ya que es obra que critica al estamento burgués prusiano, connotando el ingente empleo de la adjetivación tal vez la tendencia burguesa a la acumulación y el superfluo detalle; y el abuso del francés, la actitud esnobista de esa tan “venerada” clase social (venerada, en efecto, entre comillas, pues es mucha la hipocresía que yace entre los pliegues de su orden emblemático). La clara tesis de Mann es que al final, irremediablemente, ese pulcro orden burgués cae deviniendo un estado de cosas ruinoso y taciturno. 

 

Alameda de Cervera, domingo, 20 de julio de 2008 

            Cuando la tristeza tiene como única misión arrastrar un denso silencio anonadante, y persiste con densidad la ausencia de fluidez de ese diálogo simpático de aceptada convivencia, entonces uno opta por el método, la medida distribución del horario, la actividad continuada, el ejercicio, no fumar mucho y beber moderadamente, a ser posible sólo vino. Es preciso que durante estos días nos soseguemos con la talla del Buda, al que hay que contemplar, prenderle la plegaria misteriosa y encenderle un calmante aroma de penetrante loto.

Después del desayuno, lecturas: Mann y esos libros de la Biblia tan literarios: Tobías, Judit, Ester. Me enternezco con la asombrosa figura de Judit, presentada en el texto como la encarnación de la República inexistente de Israel. Subrayo una grandiosa imagen, muy expresiva y ampliamente visual, cuando el texto relata que el espíritu de Nabucodonosor está a punto de arrasar a Israel, imagen que así se escribe: “Sus montes se embriagarán de su sangre” (Jdt, 6, 4). A medio día, quilómetro de coche hasta la piscina. Hago unos anchos y leo en la hierba un capítulo de Los Buddenbrook. Comida, larga siesta, té. Faenas: plancho, friego cacharros, hago una tortilla de patata y cebolla; trabajo fuera, regando los coches y el jardín. Antes de la cena, apurando el ocaso, buen paseo transpirador de hora y media por estos campos.

            Frente a mi cabaña, una antigua casa de labor con bodega hoy es utilizada para acoger, mayormente los fines de semana, concentraciones o “convivencias” promovidas por un grupo religioso, gentes que yo creía que eran del Opus, pero que, según me desveló un párroco, en realidad son “avilistas” (así, con uve, porque supongo que su patrón inspirador es un probo varón nacido en Ávila). Llegan los sábados por la mañana en coches familiares porque tienen muchos hijos, y las convivencias que organizan están dirigidas precisamente al adoctrinamiento infantil en el ideario cristiano según sus modos de inculcar. Los mayores, si te cruzas con ellos, son esquivos en el saludo, y se nota enseguida que es gente cerrada en su capilla; su recinto conventual siempre tiene las persianas bajadas o, al menos, los visillos corridos. Durante toda su estancia, ni se notan, tal debe ser la disciplina y el recogimiento que aplican a sus actividades; sólo se escucha, levemente, y de vez en cuando, algún son de guitarrilla, típico acompañamiento musical, en estas sociedades, a su oración de acción de gracias, empleando la pedestre estética con la que hoy la iglesia católica se maneja. Mas a eso de las diez de la noche ya se oye el bullir del aceite para freír las pescadillas a consumir en la cena comunal, y a los niños se les da rienda suelta para que salgan un rato a la puerta a solazarse. Entonces este entorno mío, de noche, se puebla de esos  tonos agudos, sobre todo de niñas, más numerosas que los niños. A pesar de la rigidez de su ambiente, en ese momento prima la libertad, la pagana inocencia. Y esta espontánea algarabía hace que, de un tirón, yo escriba este soneto:  

    CORO DE NIÑAS

 

En el ocaso de este campo ardido

unas niñas en torno de una mesa

de camping abren ya su charla ilesa

en un lapso ordenado y requerido.

 

Inocentes, provocan el latido

del corazón del olmo, que sopesa

su enjuto statu quo y el canto henchido

de esos guayabos y en su aplomo cesa.

 

Mas las niñas, después, tendrán tetitas

pujantes como sed de estalagmitas

(¿o estalactitas?) y ¡adiós inocencia!

 

Consumiendo su vida por afanes

ignorarán que un día fueron manes

de un olmo que envidiaba su presencia.

 

            Subo un rato al solarium observando lo ultimísimo de la puesta de sol, el incipiente alumbrado de varios pueblos en el horizonte, antes de que se instale el negro cielo de la noche amparando a la tierra insegura. En las noches de luna nueva, desde este promontorio doméstico, el paisaje se me muestra como una auténtica bahía. La tierra, oscura, simula el mar, la luz parpadeante de esos pueblos cercanos, exhibidos, como digo, al filo del horizonte: Campo de Criptana, Arenales de San Gregorio, Pedro Muñoz, Villafranca de los Caballeros, Herencia, etc., evocan reflejos de agua; los coches que se deslizan por la autovía, son claramente lanchas muy rápidas; el rumor de los nocturnos motores de riego es el sempiterno murmullo nocturnal marino.

            En la siesta, un sueño relacionado con el que referí el día 1 de julio. Nada menos que me daban el premio Nobel. En el jurado, Jesús Maroto y Enrique Trogal; este último, mi querido José Enrique, se mostraba en el sueño muy cabrito y ponía serias reservas a la concesión. El sueño era tan inverosímil que, dentro de la propia secuencia onírica, se iba desmoronando la imposible aseveración del mismo.

            Por la tarde me ha llamado el alcalde, pedáneo, de Alameda de Cervera, invitándome a ser el pregonero de las fiestas de San Lorenzo, a celebrar en la aldea dentro de tres semanas. Le agradezco su amable invitación, pero declino el ofrecimiento. Yo no quiero destacar en la aldea y en su pequeña sociedad, donde pretendo ser cordial manteniendo, sin embargo, las debidas distancias. ¿Qué les diría a estos simpáticos “lamedeños”? ¿Comprenderían en verdad mi intento de compartir la experiencia contraponiendo mi condición de forastero, de alegre residente veraniego, con el carácter de su naturaleza profundamente enraizada a unas costumbres que sólo puedo vislumbrar en difusa, inexacta perspectiva? 

 

Lugo, miércoles, 6 de agosto de 2008 

            Miguel Ángel Curiel me presta ahora el sosiego de su estudio, y la visión de un gran puente de piedra, con muchos ojos, por donde pasa el ferrocarril, y la  muy verde panorámica que se aprecia desde el amplio ventanal de su retiro, permitiéndome así la oportunidad de trazar, en acuerdo y solaz, algunas breves anotaciones vespertinas. En el ejemplar de su Biblia, que con gesto gustoso (y una pizca irónico) también me presta, termino el libro primero de los Macabeos, interrumpido al emprender el trozo del Camino de Santiago que hoy concluyo, y avanzo por el segundo. El relato del contenido de estos dos dilatados textos, situados históricamente en el apogeo helenístico, refiere la incesante batalla del pueblo de Israel, ya un auténtico ejército, mostrando su lograda fortaleza nacional. El nombre de Yahvé no aparece, quedando Dios sólo como una referencia, no muy insistente, sin esa implicación tan directa que presentan los libros anteriores. Su expresión exhibe uno de los más atractivos estilos literarios bíblicos, imantado de esa fuerza de la imagen y esa sugerencia grandiosa que los ejemplos orientales consiguen: “Los ejércitos se dispusieron para entrar en batalla y se tocaron las trompetas. A los elefantes les habían mostrado zumo de uvas y moras para prepararlos al combate.” (1 M, 6, 33-34). En los comienzos del segundo libro, el Prefacio del autor encarna una verdadera “poética”, con matices y una claridad que podría proyectar una producción ensayística actual: “profundizar, resolver las cuestiones y examinar punto por punto corresponde al que compone la historia; pero buscar concisión al exponer y renunciar a tratar el asunto de forma exhaustiva debe concederse al divulgador.” (2 M, 30-31).

Extraigo asimismo de las estanterías de Curiel algunos títulos de nuestro común Jesús Maroto (Para callar con ella, La verdad se complica, Metáforas radicales); releo, por enésima vez, los poemas de Jesús. En el pomar poético de este autor toledano, La verdad se complica es un árbol de frutos muy maduros que se degustan en su punto. Los equiparo con las jugosísimas piezas poéticas de Bukowski, encontrando en ellas mucha afinidad con los textos fragantes, y tan bien musitados, de nuestro amigo: ajustada crónica de la vida cotidiana, sin sentimentalismos tópicos, encajados en un consecuente molde rítmico que se sustenta en el hálito respiratorio de la proferencia lingüística, llegando a ser los poemas de ambos escritores un producto muy humano, hecho, podríamos decir, de pensamiento orgánico.

Antes de volver al salón con todos, donde espera el regocijo de la amistad y la estatura de la afable copa de vino, leo varias composiciones de Octavio Paz incluidas en su mítica antología poética La Centena, publicada en Barcelona, en Barral, en 1969. Releo la ya tantas veces paladeada estrofa: “Quizá morir con otro no es morirse. / Quizá morimos sólo porque nadie / quiere morirse con nosotros, nadie / quiere mirarnos a los ojos.” Poderosa sintaxis perteneciente a la primera fase poética del mexicano, en los años 30. De Ladera Este, libro escrito en la década de los 60, vuelvo a gozar con la lectura de la Carta a León Felipe. Si los versos citados se elevan sobre todo en un ritmo silábico canónico, dominando en esa primera fase el endecasílabo y el alejandrino, en el poema dedicado al proteico poeta español la proposición tiene la contundencia del decir poético pronunciado con resolución en una serie de exhalaciones que la disposición gráfica manifiesta con claridad. En veinte años (los que recoge esa antología), Octavio Paz no cesó de experimentar, evolucionando siempre al progresar en la escritura y publicación de sus libros. Ése es el reto; un poeta ha de aspirar (si puede, pues es difícil) a que su obra no culmine dando sólo a la estampa meras colecciones consecutivas de libros, sino que dicha obra cumpla de verdad una misión de verdadero progreso para que el lector pueda francamente apreciar las verdaderas mudas del lenguaje al que se enfrenta.

Descanso en casa del buen amigo, magnífica persona y excelente poeta que para mí es Miguel Ángel Curiel, este talaverano que desde hace bastantes años reside en Lugo caldeado por su galleguiña. Al mediodía de hoy he rematado las nueve etapas planeadas del primitivo Camino de Santiago, desde Oviedo hasta Lugo, alcanzando un total de casi doscientos quilómetros a pie. Estas diversas rutas del “Camino” se afianzan en su prestigio con el moldeado y variopinto peso de la tradición. Discurren en verdad entre selectos y sobrecogedores paisajes españoles; en esta ocasión, entre la altiva y brillante montaña asturiana y el espeso y dulce monte gallego, más suave que la anterior. Mi afición al senderismo me lleva a situar este conjunto de entrelazadas sendas en el magno ideal del sano ejercicio que practico; es decir, el más grande atractivo lo encuentro en que superan las meras excursiones que realizo habitualmente (sobre todo por los Montes de Toledo y también, con alguna frecuencia, por la sierra madrileña del Guadarrama y, eventualmente, por Cuenca, o por Cazorla, etc.), alzándose, a través de su programada continuidad, en el que considero el viaje más suculento, el viaje a pie ¾sucesivos paseos sin retorno¾, un viaje que conlleva grandes ventajas y placeres: el mejor consiste en vivir la morosa degustación de la contemplación de la naturaleza, además de pisar terreno insólito, ese espacio rural, profundo e íntimo, sentido dinámicamente, que los trayectos en coche han de desconocer por fuerza. En esas jornadas, con mi mochila “que siempre va conmigo” y acompasando el paso con la vara, yo no soy peregrino, sino sólo un ferviente caminante. No me mueve (desdeño toda otra mística) más que un afán deportivo y saludable a la hora de decidir hollar estos caminos balsámicos durante unos cuantos días, deteniéndome cada día, entre la salida y la meta fijadas por las dos capitales norteñas, en pequeños pueblines donde yanto, yazgo, desentumezco los pinreles y doy una vuelta al atardecer por la plaza y las calles adyacentes de cada lugar en que diariamente recalo, sólo calzado con sandalias, mientras las botas se arrinconan en el cuarto de la pensión (no me alojo en albergues de peregrinos) hasta la mañana siguiente, cuando surge el hermoso amanecer que casi siempre me sorprende caminando.

 

Berlín, lunes, 25 de agosto de 2008 

            La transmisión de los textos bíblicos se hace de manera interesada. No en vano, a la jerarquía eclesiástica parece agradarle poco que el feligrés lea mucho la Biblia por su cuenta, prefiriendo que atienda a las directrices de la predicación desde el púlpito o a las consignas emitidas por los acreditados pastores. Y si no lo recomienda explícitamente, claramente conduce su intención de una manera implícita. El común cree que cuando Cristo está a punto de expirar, tiene un arranque de tremenda lucidez que le hace exclamar: “Eloí, Eloí, Lamá Sabakhtaní” (“¡Dios, Dios, ¿por qué me has abandonado?!”). Pero no. Lo que Cristo, agonizante, hace al lanzar esta frase es delirar, comportándose naturalmente como un moribundo, canturreando, al ir perdiendo la conciencia del grave momento vital postrero, el salmo 22, que tan bien, como buen judío, había aprendido, y que comienza con esta imprecación: “¡Dios, Dios, ¿por qué me has abandonado?!”. Observemos que Cristo no realiza su exclamación diciendo ¡Padre!, como algunas traducciones consignan, sino el más distante ¡Dios!, Eloí, término en arameo (al parecer la lengua materna de Jesús) derivado del término hebreo Elohim.

            Sueño que Ángel Crespo regresaba de las sombras de la muerte, manteniendo su cada vez más robusta memoria, para acometer un importante trabajo literario que no llegó a realizar en vida. Necesitaba documentarse, desempolvar su vieja máquina de escribir, asir el frasquito corrector, desplegar los papeles en blanco y toda la materia requerida. Hablábamos los dos en el sueño de esta puntual circunstancia, él vistiendo su atuendo acostumbrado, su sempiterna americana de paño a cuadritos, esa tela llamada de pata de gallo. En la secuencia onírica yo ponía, expectante, mi mano sobre su hombro para comprobar si se detenía en su franco corpachón o si se deslizaba por una apariencia incorpórea.

            He soñado también que entraba en un restaurante de postín que estaba especializado en carne nada menos que de ratón. El “chef” me comentaba que cuando sus ratones padecían de diarrea, con su caca hacía unas pastas riquísimas, muy valoradas en el mundillo gastronómico. Al despertar, pienso que le podría pasar este argumento a Albert Boadella, por si pudiera aprovecharlo Els Joglars en una de sus próximas sátiras.

            En el avión que me ha traído a Berlín leí en el último número de la revista madrileña El invisible anillo un artículo del que fue mi entrañable amigo Lorenzo Martín del Burgo y con el que estoy definitivamente distanciado a causa de un desencuentro irrecuperable debido a incomprensibles disparates ideológicos en los que continuadamente él venía incurriendo y yo no pude soportar más. El artículo habla del consagrado escritor patrio Pedro Antonio de Alarcón, tan célebre y fijado en el canon de la historia literaria española, ¿quién lo duda?, a pesar de que Martín del Burgo afirme que el autor de El sombrero de tres picos está “arrinconado por la perezosa rutina de los estudiosos como un mero autor de novelas de tesis, combatido, para más inri, por la crítica progresista como un recalcitrante reaccionario”. Y enseguida salió la palabrita, “progresista”, que los escritores y articulistas de la más resentida derecha utilizan como un insulto. El artículo mantiene, a lo largo de sus dos páginas, en mayor o menor grado, un tono malintencionado, y bastante hipócrita. Parece mentira que se den tales actitudes en un creador como Lorenzo Martín del Burgo, de un estilo tan singular y estético pero tan carca en sus convicciones personales, y que tacha carpetovetónicamente a la homosexualidad de “pecado nefando”, cosa que le oído de sus propios labios. Puede ser una pose terrible y tremendista que toda esa inquina que él dice sentir la adose a esos críticos progresistas a los que desdeñosamente se refiere con esta injustísima opinión: “hasta sus más encarnizados adversarios no pueden sino rendirse ante la gracia incomparable de El sombrero de tres picos, único de sus libros que salvarían de la hoguera inquisitorial en que celebrarían ver arder el resto.”        

Ya dije en un párrafo anterior que vivimos en la era del plástico. Todo es plástico. No sólo los envases. ¿No es sino plástico el móvil, el ordenador y todos sus posibles accesorios? ¿No es enteramente de plástico esa pseudovivencia que proporciona “Second Life”? ¿No son grandes fetiches de plástico las construcciones cúbicas en las orillas de las autovías, enjaezadas de luminosos neones y que proporcionan un amor de plástico? ¿Qué papel el del plástico sino cumplir lo falso, ahogarse en la frustrada aspiración de confundirse con el noble material de la frasca de vidrio o la carcasa de metal o madera? La densa grafía de este mundo de plástico está representada por el número incalculable de bolsas de plástico, de basura o de asas; cada “bolsa de plástico zarandeada de acá para allá por el viento sucio”, como se lee en la última novela de Rosa Montero Instrucciones para salvar el mundo, que he terminado de leer en estos días berlineses; una frase que resume la triste situación de algunas vidas inmersas en el sólo aparentemente ordenado entorno de plástico que nos rodea por doquier; metáfora, en suma, que define a Daniel, el más triste personaje de la historia.

            A Rosa Montero le ha salido un relato redondo, tanto desde el punto de vista del fondo como de la forma. La fábula presenta la incongruencia del presente que se vive, sobre todo en las deshumanizadas grandes urbes. Las secuencias de la narración muchas veces son un pretexto para la denuncia, asimilándose la dicción en las mismas a la diáfana expresión de los contenidos expuestos en las columnas que Montero asiduamente publica en el diario El País y en su suplemento dominical; así, el dar cuenta, desolador, de la injusticia en los países, o la hipocresía moral, o la impotencia del ser confuso y perdido en un patético destino.

Y el desarrollo de este fondo novelístico se lleva a cabo con un realismo muy cabal, especialmente característico en todos los escritos de la autora, vertiéndose en una escrupulosa sintaxis que resulta ser altamente imitativa de la exacta intención que la fábula pretende. Y ese diagnóstico de la vida cotidiana que la novela constantemente expone, es trascrito tantas veces haciendo uso de un tono poético altamente aleccionador que el lector gustosamente acoge como una dulce transpiración en su ejercicio personal de lectura. Matías, personaje central del libro, es un taxista que había trabajado, con gran denuedo y profesionalidad, en una empresa de mudanzas, una persona que “disfrutaba con la aniquilante explosión de energía que era cada mudanza, con el reto de velocidad casi circense que se imponían los equipos para acabar cuanto antes, con la sensación de ser una especie de cirujano de vidas ajenas que va imponiendo violentamente el orden en las casas. Porque al hacer una mudanza salía todo, se abrían cajones que llevaban años sin abrirse y se vaciaban armarios cuyos fondos hacía medio siglo que nadie tocaba. Era como rajar un vientre con bisturí y empezar a sacar el enredo de entrañas, los infinitos detritus que los humanos vamos acumulando en nuestro enfermizo afán de acaparar.”

  La disposición de esta obra cumple con los preceptos aristotélicos aflorando de modo natural y, por supuesto, ignorando toda retórica superflua. Las proporciones entre su acción y el marco de lugar y tiempo están perfectamente ajustadas. Sus recursos estilísticos oscilan entre una crudeza, no escabrosa, reflejo del ambiente que la narración exhibe, y una ironía demoledora que parte del mucho absurdo del mundo de hoy. Pasado el primer medio centenar de páginas, como debe ser, la novela empieza a atar sus cabos y a “enganchar” sin remedio y gozosamente al lector. La acción es lineal, otorgando un tributo magnífico al hilo temporal, y a la vez muy dinámica. En sus páginas finales hay un delicioso respingo unamuniano, al interpelar la autora directamente a un personaje que creímos pasar desapercibido. Nada en este relato es casual, todo responde a una muy bien trabada causalidad. Y su final, que agradecido recibe el lector, es deliciosamente lopiano, convirtiendo esta historia en circular, volviendo a normalizar unas vidas que han conformado para el lector una circunstancia excepcional, ennobleciéndose así unos cuantos destinos que tan sólo propendían a ser el de unos pobres diablos. De este modo tan decisivo, y a la vez tan sutil, hace sus grandes transformaciones la mejor literatura.

            Ya se agotan estos días tan estupendos pasados en Berlín, metrópoli cuyo gran mérito es una considerable extensión de pavimento, edificios, y lo que entendemos por mobiliario urbano, entre mucho verde y mucha agua erigiendo los barrios emblemáticos. Sus anchurosas calles y avenidas son la síntesis que atestigua un carácter de impronta homogénea a la vez que diversa. Esta definición, tal vez de Perogrullo, se endulza en el recuerdo rememorando las fachadas de la gran urbe, con ese verde claro, acuoso, en el tono azulado de un suave limo; el movimiento del flujo de los trenes sobre grandes ancas de hierro sobresaliendo entre las aristas de las fachadas; la económica, mas suficiente, iluminación de las calles; las bicicletas deslizándose, silenciosas, sobre los carriles, sobre la calzada, sobre las aceras.

Efectivamente; en el antiguo Berlín del este quedan esos grandotes bloques “prefabricados” recubiertos de placas de ese color verdoso, o un almagre también muy diluido, o beige. Nada de piedra aristocrática. Los alzó así la estética y el planteamiento socio-económico del antiguo bloque comunista; pero hoy se siguen construyendo: en frente de mi hotel, en la Mollstrasse, están levantando uno con módulos prefabricados, sin estructura ni ladrillos. En la Karl-Marx-Allee (avenida de Carlos Marx), escaparate del antiguo régimen de la extinta RDA, se aprecian, ya en demasía, estos que les llamaron “palacios de los trabajadores" (Arbeiterpaläste). Uno de los más atractivos “morbos”, si no el que más, al visitar Berlín, es su tremenda historia reciente, la conciencia del este y el oeste, que pervive aún, al menos en su configuración urbanística. Yo me he alojado, ya lo insinué, en el antiguo Berlín oriental, que tiene, creo, un ambiente más seductor que el otro; pero la suma es magnífica. He pateado bien en estos días largos barrios repletos de encanto, de vida, de quehacer: Kreuzberg, Prenzlauer Berg, Mitte, Friedrichshain (en el que ahora resido, cerca de Alexanderplatz), Zeitung Viertel (barrio de la Prensa), etc., amplio conjunto que conforma varios berlines dentro del gran Berlín.  Se pueden ver todavía restos de muro diseminados en varias zonas. La muestra que más me ha gustado es la que se exhibe en la Bernauerstrasse, dividida salvajemente por el muro. Se acompaña con paneles informativos  y antiguas fotos y una adecuada simulación desde la que se puede imaginar la primigenia desolación producida por ese paredón vergonzoso.

En Berlín, y en general en toda Alemania, es una auténtica hermosura ver los trenes cruzando el espacio y cruzándose unos a otros gestando la envidiable rapidez en los desplazamientos: metros, trenes, autobuses, tranvías, circulando constantemente, trasladando a la gente en un periquete. En España, el tren eficaz, funcional, económico, está postergado, y los que ordenan están cebados sólo en el Ave, bajo este lema: o Ave o nada. La iluminación pública en Berlín es tenue, ilumina tus pasos, no deja la ciudad a ciegas, pero así se consume menos, se ahorra. En esta sociedad avanzada, en línea con los países de Europa del norte, he visto el “rizar el rizo” del reciclaje: hay contenedores, separadamente, para el vidrio blanco, para el verde y para el marrón. Y Berlín es más barato que Madrid, y casi que Alcázar. Apenas hay moscas, pero aquel que consume en las innumerables terrazas de los innumerables cafés y restaurantes berlineses tiene como simpáticas pero molestas visitantes a unas engolosinadas avispas que no dejan, la verdad, de incordiar.

Me gustó mucho haber asistido a una actuación de la West-Eastern Divan Orchestra, creada por Daniel Baremboim y compuesta de músicos israelitas y palestinos, que interpretó, en el podio el propio Baremboim, el concierto para tres pianos de Mozart, en la primera parte, y el primer acto de Las Valquirias, de Wagner, en la segunda. La convocatoria ¾realizada en el Waldbühne, anfiteatro que imita al de Epidauro, situado junto al estadio olímpico (con su rotundo diseño nazi), en la afueras de la ciudad¾ se llenó con varios cientos de alemanes, de berlineses, que antes del concierto y en el descanso, dispusieron sus tarteras y bebidas sobre los asientos y merendaron tan ricamente, guardando el máximo silencio cuando suena la música, y convirtiendo el alto espectáculo en una fiesta popular. Hoy, último día de nuestra estancia (llegamos hace una semana), hemos querido visitar la casa-museo donde vivió el poeta y dramaturgo Bertolt Brecht, en la Chausseestrasse, que dispone de una librería y un restaurante que ofrece las recetas que Helene, la mujer de Brecht, preparaba en la intimidad de su hogar. No hemos caído en que hoy es lunes y todo ello estaba cerrado. Nos hemos contentado con visitar la sencilla y “acogedora” tumba de Brecht y su esposa en el “romántico” Französischer und Dorotheenstädtischer Friedhof, uno de los múltiples cementerios de la ciudad.  

 

Alameda de Cervera, martes, 9 de septiembre de 2008 

El día primero del mes se cerró la piscina, y ahora ni siquiera el bar de José Ángel, único en la aldea, está abierto, y en las tardes de estas jornadas que declinan, dotadas de un barrunto ya otoñal, si bien aún muestran sólida temperatura, dispongo de dilatado tiempo para leer la combinación de libros con que trasiego ahora: los Salmos bíblicos, El mundo en el oído, de Ramón Andrés, y las Confesiones de San Agustín. El ensayo de Andrés, publicado en Acantilado este mismo año, está centrado en el mundo de la música, pero no trata sobre los autores conocidos de la historia musical, sino que es una aproximación al papel crucial, evolutivo, anónimo, que ha tenido la naturaleza y el arte del sonido, y sobre todo su interpretación de base pitagórica, en el transcurso de las grandes civilizaciones; no en vano el subtítulo de la obra es El nacimiento de la música en la cultura. En el capítulo dedicado a Israel, se destaca la importancia del Salterio en la religión hebraica. Los salmos, apunta atinadamente el autor del libro, “cantan un nacimiento, una creación, un camino, una forma de estar en la tierra y de aguardar la muerte como tránsito hacia el supremo bien”. La ejecutoria de estos cantos era exacerbada y se hacía acompañar por la danza, a veces muy frenética, tanto que Mikal, hija de Saúl y esposa de David, al que legendariamente se le atribuye el cuerpo general del Salterio, despreció a su marido al verle danzar vestido sólo con un efod de lino, como si estuviera loco, ido o fuera de sí, según se lee en el segundo libro de Samuel (6, 13-16). En la civilización católica, por el contrario, a la música se la trató, y se la sigue tratando, con sumo cuidado y recato, siempre viendo peligros en su belleza intrínseca. A Pergolesi le censuraron su Stabat Mater por la “alarmante” sensualidad que contenía la magnífica partitura. Sin embargo, al surgir el protestantismo, el estilo musical se enriquece, pues la iglesia luterana abandona los cantos en latín, que la Contrarreforma conserva, a favor “de una música de lentas y sencillas melodías, en lengua vernácula, acompañada por instrumentos y que los fieles aceptaban con agrado. La música protestante ofrecía a los compositores la posibilidad de hacer una interpretación musical de las Escrituras; en este punto la figura de Bach luce como un faro que todavía nos deslumbra.” Esto escribe el castellano-manchego Pedro Mombiedro en su libro Una mirada a la Semana de Música Religiosa de Cuenca. Ramón Andrés inserta entre sus comentarios esta oportuna cita de Lutero: “Satán es el espíritu de la tristeza; por eso no puede proporcionar alegría y por eso mismo le desagrada la música”, resaltando la contundencia de la forma del salmo 150, última pieza del Salterio, “para percatarse del valor primordial de la música como medio de alabanza divina”, subrayando a su vez que grandes compositores, como Bach, Bruckner, Stravinsky o Britten, acudieron a esta composición para influirse provechosamente de su luminosidad: “Alabadlo [a Dios] con el toque de cuerno, / alabadlo con arpa y con cítara, / alabadlo con tambores y danzas, / alabadlo con cuerdas y flautas, / alabadlo con címbalos sonoros, / alabadlo con címbalos y aclamaciones.”

            San Agustín, en su gráciles, a la par que severas Confesiones, fluctúa “entre el daño que del deleite de oír cantar puede seguirse, y la utilidad que por la experiencia sé que puede sacarse”, rechazando la melodía en el interior de los templos, mas admitiendo “aprobar la costumbre de cantar, introducida en la Iglesia, para que por medio de aquel gesto y placer que reciben los oídos, el ánimo más débil y flaco se excite y aficione a la piedad”. Son palabras de unas memorias deliciosas, primoroso fruto del filósofo y esmerado escritor que fue. Bajo una ideología muy paulina, se dirige a Dios con fórmula mayestática, tratándolo de Vos. Nada más abrir el libro, uno se encuentra con estas refinadas y pulidas disertaciones: “Pero enseñadme, Señor, y haced que entienda si debe ser primero el invocaros que el alabaros, y antes el conoceros que el invocaros. // Mas, ¿quién os invocará sin conoceros? Porque así se expondría a invocar otra cosa muy diferente de Vos, el que sin conoceros os invocara y llamara. O decidme si es menester antes invocaros, para poder conoceros.”      

 

Alameda de Cervera, miércoles, 17 de septiembre de 2008 

Job es un libro de los de más preciado contenido intelectual y teológico del conjunto bíblico. Ya en su configuración formal, comenzando por un prólogo, concebido como un relato popular, y seguido de poemas emotivos y vigorosos, es, desde un punto de vista literario, altamente atractivo. Su contenido es un diálogo entre Job y sus amigos, potenciado por una calibrada y creciente resonancia poética, en el que se pone de manifiesto la potestad de Dios y su arbitraria omnipotencia que rechaza cualquier posible consideración o juicio humano sobre la misma; conversación en la que mete baza el propio Yahvé. En esa creciente dialéctica, Job, reclamando su inocencia, llega a cuestionar el poder divino, reprochando al dios que, ingrato, en verdad permite que la existencia del malvado es más satisfactoria que la del piadoso. Lo que desde el principio se deja traslucir es que Satán está incluido en la personalidad divina; Satán, quizá como heterónimo, al que el “buen dios” endosa la para él molesta misión de arruinar totalmente al resignado Job, más para reafirmar su orgullo, su voluntad absoluta, que para probarlo. Así habla, tan confidencialmente en este libro, Yahvé a Satán: “De acuerdo. Métete con sus posesiones, pero no le pongas la mano encima” (Jb, 1, 12), “Lo dejo en tus manos, pero respeta su vida” (Jb, 2, 6).

Al leer la Biblia uno cae en perfecta cuenta de la mala transmisión (interesada, ya lo dijimos) de la Escritura. Puerilmente, los catecismos sólo se limitan a ponderar la paciencia del santo Job, pero callan el resto. En el libro, Job insiste en que carece de culpa, mas sus amigos le contradicen diciéndole que si ha caído en desgracia seguramente ha sido por faltas que no recuerda, o no reconoce, o por haber omitido actos virtuosos que en verdad le cumplía realizar. Dios —quien, en complicidad con Satán, como vemos, castiga a su siervo incurriendo realmente en una acción injusta, sólo manifestando su inmensa capacidad de maniobra—, al final censura a los amigos de Job por sus erróneos argumentos, dando la razón al protagonista, a quien devuelve, reduplicadas, sus riquezas, dotándolo asimismo de una nueva familia.

Octavio Paz parece alegorizar maravillosamente esta concepción en un pequeño poema en prosa perteneciente a la sección “Trabajos del poeta” de su libro ¿Águila o sol? (1949-1950), donde refiere la existencia del pueblecito, por él construido con “piedrecitas, basuras y yerbas”, llamado Tilantlán. Sus habitantes “adoraban a las Manos, que los habían hecho, pero temían a los Pies, que podrán destruirlos”. Una alegre mañana, el pie derecho del poeta aplastó despreocupadamente la ciudad y sus moradores, “y sus sacerdotes jamás sospecharon que Pies y Manos no eran sino las extremidades de un mismo dios”.

Ha comenzado la vendimia. Las prietas uvas tintas y los grandes racimos de las esféricas uvas blancas ya se ofrecen, henchidas, sensuales, exhalando su dulce y silencioso clamor, para ser recogidas. En estas melifluas tardes que la estación hace avanzar acortándolas con discretos arrullos vespertinos, circulan los tractores que arrastran grandes y funcionales remolques de color verde transportando las uvas que agonizan; al fondo se despliega el esplendoroso cromatismo del ocaso manchego en el horizonte serrano. Y así, día tras día, estos días de vendimia se deslizan en términos transidos de sabores. La cooperativa, toda ella un rumor de afanosos motores, empieza a acumular montones de casca y, mediando una justa y lenta dinámica, se cumple el maravilloso proceso de la morosa decantación con el fin de que al final del otoño se superen esos medidos pasos decadentes hasta que la uva, que fue redonda y plena, repose, ya precioso fluido, en la copa luminosa codiciada espaciosamente por nuestro abierto paladar, sajado por la esperanza del gusto.

En estas jornadas uno se siente y respira muy bien sumido en el entorno de la aldea y sus campos pletóricos. Una de las mayores satisfacciones de esta estancia que cierra el ciclo veraniego, antes de trasladarnos al recogido apartamento urbano, consiste en realizar largos paseos por estas alfombradas extensiones agrícolas, esta red de caminos que acercan el paisaje a la anhelada contemplación. Todos los días mi señora y yo, yo atizando el bastón, por si acaso los perros, yo cubierto con sombrero de paja, caminamos por los vastos alrededores (oleaje de viñas) que rodean nuestra amable cabaña, nuestra pequeña y confortable villa. Ahora nos topamos con maquinuchos que se meten entre las cepas emparradas y succionan los racimos en un santiamén suprimiendo las tradicionales cuadrillas. Según el tiempo de que dispongamos, elegimos una de las varias rutas que ya tenemos diseñadas para este menester. Casi siempre salimos al camino de las Tintoreras, carreterín que conduce hasta la pedanía de Cinco Casas, para iniciar una senda u otra y acabar rematando un trayecto más largo o más corto, dependiendo de la mucha o poca premura que se tenga. Quizá el que preferimos es uno que nos lleva dos horas y media, acercándonos a la Casa del Duende y que yo he rebautizado, por su orientación, como Casa del Poniente, una atractiva alquería en ruinas que conserva una bella geometría de paredones de cal endémica y evocadora impronta “cézanniana”. Desde aquí viramos hasta otro vértice donde está situado un bombo de gran tamaño, propiedad del poeta Dionisio Cañas. Si está Dionisio dentro, nos bebemos el vaso que el vate insigne ofrece al caminante y charlamos un rato con él. Regresamos tomando de nuevo el camino de las Tintoreras. Si disponemos de más tiempo, enfilamos en dirección Argamasilla-Tomelloso, pasando por una sugerente explanada cuajada de pequeños bombos deshabitados, pareciendo el conjunto la sabana africana; dejamos en el flanco derecho la Finca Pequeña, que de pequeña no tiene nada, hasta enlazar con uno de los trechos de la reticular ruta quijotesca y volvemos a La Alameda por el borde del canal del Gran Prior, completando un total de cuatro horas, o algo más, dándole a la patilla.

            Durante estos paseos conversamos largamente mi interlocutora y yo, siendo los temas variados dentro de una panoplia de asuntos que se suelen repetir. Últimamente hemos abordado, una vez más, la situación de la literatura actual, y especialmente la poesía, en el ámbito de Castilla-La Mancha: papel del escritor en la sociedad regional, apoyos editoriales, difusión de la producción literaria por parte del poder, tanto de la administración pública como de los diversos organismos privados con solvencia económica, etc. Y el balance, expresado a una altura de la caminata, cuando ya llevamos unos centenares de metros andados, suele ser desolador, penoso. Yo puedo hablar con fundamento de causa, pues además de haber publicado en empresas ajenas a Castilla-La Mancha, e incluso fuera de España, también han aparecido varios, yo diría que bastantes de mis libros en editoras regionales. Generalmente han tenido una escasa, o nula en más de un caso, distribución comercial. Pero no sólo eso; el primor en la presentación del producto (tipografía, elección del papel, correcta disposición de caja y márgenes, etc.), salvo puntual y honrosa excepción que enseguida detallaré, ha brillado por su ausencia. ¡Qué diferencia con la prestancia de los libros que he publicado en las madrileñas Adonais, Hiperión o Júcar, en la maña Olifante o en la extremeña Palinodia!

Una de mis primeras entregas poéticas, Billete heterónimo, fue finalista del premio Rafael Morales y salió en la colección Melibea de Talavera de la Reina; se imprimió sin índice, pese a haber revisado pruebas. Mis Tragedias sólo subjetivas, otro poemario, se alzó con el premio Barcarola; la edición fue más bien fea, los tipos no estaban mal pero el papel fue muy mal elegido, y la ilustración de portada francamente pedestre y horrorosa; no se distribuyó más que a través de un protocolo mínimo y coyuntural, pese a que ese lanzamiento que mantienen mis paisanos con la revista del mismo nombre y los eventos que organizan con tan buen presupuesto, está guarnecido de tanto aparente “pisto”. En el Servicio de Publicaciones de la Junta publiqué hace poco un libro de ensayos sobre literatura de vanguardia en Castilla-La Mancha. La verdad es que el trato fue inmejorable en el proceso de preparación del libro y el encargo magníficamente retribuido. El tema del trabajo proporcionaba una oportunidad buenísima para reconocer y difundir debidamente las bases culturales contemporáneas de este territorio aún tan tierno históricamente. No hubo nada de eso y además la impresión del libro fue bastante deficiente: interlineado exagerado y ausencia de hoja de cortesía, por nombrar sólo dos defectos, además de que si yo no hubiese dado al mentado servicio una lista con casi trescientas direcciones que debían acoger en justicia el libro, creo que la administración no hubiese mandado, debidamente, ni un solo volumen. Va a ser lo que dice un amigo mío, poeta castellano-manchego: “Somos escritores internacionalmente desconocidos, naturales de una región sin ‘glamour’. Desengañémonos”.

Hace ya más de un lustro publiqué una antología de mi obra poética (Pajarito bañándose en un charco), prologada excelentemente por Antonio Lázaro, en la, sin duda, editorial más decana de la región en esos momentos, El Toro de Barro, fundada por Carlos de la Rica a mediados de los años sesenta. Al morir De la Rica, un dilecto discípulo suyo, Carlos Morales, tomó las riendas de la editorial, añadiendo cien números a los ciento cincuenta que Carlos de la Rica había publicado. Morales contaba con dinero, aunque no con un esmerado criterio de selección. Imprimió demasiado durante unos años para luego desinflarse y malgastar ese precioso legado del cura Carlos. Su sostenimiento hubiese supuesto una encomiable y grata aventura. Y las generaciones literarias de la región hubiésemos encontrado un cauce idóneo, confiado, permanente y estable, en una “cuadra” que se prometía muy agradable, con la ventaja de haber sido una iniciativa privada, sin presiones y sin las plúmbeas directrices del ente oficial.

A pesar de esta última opinión, donde más a gusto me he encontrado a la hora de publicar ha sido en las dos ocasiones que lo he hecho en la Biblioteca de Autores Manchegos, editorial adscrita a la Diputación de Ciudad Real. Primeramente, el responsable directo de la correcta andadura del ya tan extenso catálogo es José Luis Loarce, que lleva más de veinte años bien experimentado en estas siempre tan delicadas lides del complicado mundo del libro. La Biblioteca de Autores Manchegos ha conseguido hacerse con unos mil doscientos suscriptores, y eso hace que las ediciones lleguen a una confortable tirada de casi dos mil ejemplares sin que dichos ejemplares duerman en cajas, y eternamente, el sueño de los justos. La distribución es acertada, muy jocunda en la provincia de Ciudad Real, donde no faltan existencias en ninguna librería que se precie. Cuando salen los libros se emiten enseguida oportunas notas de prensa para todos los medios y se organizan diligentemente presentaciones de los títulos que van apareciendo, eligiendo bien las fechas y los lugares a celebrar. En 1991 publiqué un ensayo sobre el movimiento postista y el año pasado mi hasta ahora último libro de poemas. La confección de la edición llega a ser exquisita en algunas colecciones, por su elección tipográfica, la disposición de la caja, el papel empleado, las suculentas ilustraciones que realiza Teo Serna para la colección Ojo de Pez, la más sabrosa de las colecciones literarias de esta ejemplar editorial manchega.

Anoche, a medianoche, llegamos de Madrid, donde disfrutamos de una velada estupenda asistiendo a un concierto impecable en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional a cargo de los joviales y disciplinados chicos de la JONDE [Joven Orquesta Nacional de España]. El repertorio, muy atractivo: el Cuarteto para el fin de los tiempos, de Olivier Messiaen, y el Sexteto en Do Mayor del húngaro Ernst von Dohnányí (1877-1960), una jocosa y galante composición que recoge un renovado y delicioso espíritu romántico. El cuarteto de Messiaen quizá sea la obra más emblemática de la producción musical del siglo veinte, conjuntando la más alta espiritualidad religiosa católica sentida por su autor con el más acusado vanguardismo y riqueza tímbrica. Esta pieza fue compuesta en el otoño de 1940, cuando el músico estaba cautivo en el campo de concentración de Stalag, presentándose, en primera audición, ante un auditorio de cinco mil personas, entre presos y carceleros, en enero del año siguiente. Jean Le Boulaire era el violinista, Henri Akoka el clarinetista, Etienne Pasquier el violonchelista y el propio Messiaen el pianista, actuando sobre un teclado desafinado; esos instrumentos, de ahí la inusual formación del cuarteto, fueron los únicos de que se podía disponer en el campo.

 

Alcázar de San Juan, martes, 30 de septiembre de 2008

Volvemos ahora mismo de La Alameda, después de haber pasado, como siempre, un agradable rato en el taller de Alfredo [Martínez], un amplísimo espacio situado en una de las céntricas calles de la aldea. Vemos dispuestas, calentitas, encima de una redonda mesa descomunal, casi tan grande como piedra de molino, las últimas piezas que Alfredo acaba de sacar del horno; el semblante de esas cerámicas combina la textura emblemática de la alfarería popular, alegre, desenfadada, y el sello intelectual (juguetón e irónico) del arte más deliberado. Le compramos una jarra graciosa y picuda decorada con franjas festivamente coloreadas, un cuenco de buen tamaño que nos sirva de ensaladera o de gran frutero, con ese verdeazul tan propio del artista, y una fuente mediana, con luminosos y seguros trazos suprematistas, que pensamos regalar a una buena amiga por su próximo cumpleaños. Alfredo es un gran artista y uno de los más completos que conozco. Dedicado todos los días a conformar su obra, a observarla reflexionando, domina la pintura, el dibujo, la escultura, la cerámica, el torno, el grabado, el collage y otras tentativas que, de su mano, siempre causan sorpresa. Su intensa relación con su creación y su taller es idéntica a la que mantenía Joan Miró en Mont-roig con el dilatado estudio donde el inmortal artista español faenaba totalmente entregado y entusiasta en un muy vivo espacio; dato que se ha podido verificar en los paneles explicativos y el catálogo de la exposición “Miró: Tierra” que acaba de expirar en Madrid. Hace unos días Alfredo me pidió un texto para el folleto de una panorámica exposición de su obra que va a realizar próximamente. Será un honor tener la posibilidad de escribir sobre él. Lo haré encantado.

            Sólo dos días me ha llevado la lectura de la novelita La Avenida del Sol (el diminutivo se debe únicamente a su extensión) de Thomas Brussig; así traduce el título Rosa Pilar Blanco, para Siruela, del original alemán Am kürzeren Ende der Sonnenallee. Es un texto desenfadado y desmitificador. Su acción transcurre en Berlín y se ambienta en la zona oriental poco tiempo antes de la caída del Muro. Una pandilla de jóvenes se muestra disconforme con la realidad política y opresiva, aunque de manera ingenua y en ocasiones disparatada, siendo la clave de la narración reconfortante y humorística y no trágica, como cabría esperar de todo relato surgido de la sangrante y estúpida división de Alemania y especialmente de su capital. Existe una comedia cinematográfica basada en esta obra, que Leander Haussmann realizó en 1993.

            Ya nos hemos trasladado a la urbe para pasar la temporada invernal. En el campo podríamos haber aguantado el mes de octubre, y gozar de la aún no rigurosa, y ciertamente maternal, temperatura del otoño, si no fuese porque las obligaciones perentorias y los recelos de la estación (dilatados horarios laborales, asistencia a clases, inminentes nieblas en la autovía) nos fuerzan en cierto modo a renunciar a la apetecida tranquilidad del entorno rural. En el final del día, ahora descansamos de la jornada en un salón orientado a una avenida por la que discurre el tráfico rodado, viendo algún telediario, mientras que allí no tenemos tele. Y lo que ahora más echo de menos al dejar de residir en La Alameda son, principalmente, dos cosas: los agradables paseos por los pagos que nos circundan y el completo silencio que se percibe por las noches; silencio más compacto que el de las noches veraniegas, pues en este tiempo los animalillos ya no están tan dicharacheros, los motores de riego ya han enmudecido y los perros  tienen modorra y no propalan, insolentes, el mordaz insomnio que pregonan desaforados en la época estival. En este señor silencio, la casa, sumida como recogido fruto en la almendra cósmica, esponja sus materiales sin verse extenuada por rumores externos, produciendo un sosiego extremado que hace que nos movamos muy livianos entre las impávidas paredes, elocuentes en su callar. Como despedida de esa estancia paladeada, y remedando el famoso título de Messiaen, escribo esta Cuarteta para el fin del verano:

Las últimas chicharras
chillan, no chamuscadas
por el bochorno antiguo,
sino por la nostalgia.

Desde la mesilla del dormitorio de la cabaña han viajado hasta la mesilla del dormitorio del piso las Confesiones de San Agustín, por las que sigo avanzando sin prisa y sin pausa. Transcurre mucho más de la mitad del libro (llegando casi a su final) y el ilustre autobiografiado aún no se ha sumergido totalmente en el seno de la Iglesia Católica. ¡Lo que le costó al “jodío”! Lo bueno es que llegó a la total asunción cristiana a través de un admirable esfuerzo meditativo, especulativo, paulatino, logrado gracias a su potente capacidad hacia lo filosófico. También es verdad que eran otros tiempos, muy pioneros, los que le tocó vivir, en que el catolicismo no era la cosa consabida y automática de épocas inmediatamente posteriores. El Imperio Romano aún pervivía, el paganismo estaba aún vivo, aunque moribundo (su padre era un pagano), y el primer concilio de Nicea, en el que se continuaba debatiendo la divinidad de Cristo (todavía no se daba por seguro que el Hijo fuese coeterno con el Padre), tuvo lugar en el año 325, próximo al de nacimiento, en 354, del obispo de Hipona. El mismo Agustín confiesa en estas memorias que un texto decisivo para impulsar su pensamiento lo encontró en el Hortensius de Cicerón. Y el santo fue sincero probándolo todo, desde las ideas maniqueas hasta la pasión lujuriosa. A punto de entregarse completamente al dios católico, Agustín encuentra una vía muy directa en Platón, aunque no totalmente convincente aún. Hasta cumplir 33 años no se decide a bautizarse. Su planteamiento filosófico en esta búsqueda afirma que Dios es el único ente que existe plenamente, pues las criaturas no poseen el ser divino, aunque sean buenas de por sí, ya que son obra del Creador. Lo que él quiere es, de alguna manera, participar de la divinidad sumergiéndose, a través de su indoblegable creencia, en ese único ser existencial, confundirse con esa suprema esencia; y como Dios es inmutable, tal como Él le habla en su interior, “no me mudarás en tu sustancia”, sino que “tú te mudarás en mí”. Parece que Agustín, que luchó tanto tiempo contra las fuertes embestidas de su propia concupiscencia, ahora parece, y que nadie se rasgue las vestiduras, que el objeto concupiscente, intelectual, que le domina es la verdad sin dudas de ese Dios que anhela asumir definitivamente.

Al introducir los libros sapienciales, la Biblia da un giro que resulta decisivo frente a la asunción del mensaje que el lector recibe del texto sagrado. En ellos se abandona afortunadamente la justificación de la supervivencia de Israel como colectividad diferenciadora y la palabra se dirige al hombre individual proporcionándole sabios consejos. Si el Eclesiastés (de refinada expresión literaria) basa su interés en un punto de vista pesimista y por eso pretende ser  fatalmente aleccionador, más efectivo, provechoso y amable es el Eclesiástico, compilación que aborda mil asuntos prácticos y morales. Parece adelantar en gran medida los fundamentos de la religión intimista cimentados en el mensaje evangélico. Este libro no está incluido en el canon hebreo.  Hay en él expresiones que, pese a su gravedad de fondo, hoy nos pueden resultar graciosas, más que nada por el resultado en la traducción del texto, como ésta que parece cargada de una sana socarronería: “El que peca contra su Hacedor ¡que caiga en manos del médico!” (Si, 38, 15).

Esta misma siesta he tenido un sueño de esos que se podrían calificar de agudamente escatológicos. Un antiguo amiguete mío, con el que ahora tan sólo me saludo, llega a mi casa y se pone a hacer caca y a hacer pis en medio del salón, ensuciándome las paredes con la meada. Yo lo paso por alto pero, antes de irse, le insto a que recoja la chorcha o el cirote que ha dejado en el centro de la sala, al descubierto. Se niega con razones peregrinas, mostrándose incomprensiblemente irascible. Yo, muy mosqueado, como no podía ser menos, le mando a tomar por culo y le suelto una larga retahíla de reconvenciones sobre su fea conducta. En el sueño soy consciente de que mientras voy hablando y desarrollando esta regañina siento el placer de una buena defecación. Como si mi boca, sensorialmente, fuese culo y mis palabras la mierda.

 

Alcázar de San Juan, viernes, 10 de octubre de 2008 

Con la nueva programación de Radio Clásica se introduce, a primera hora de la mañana, un breve bloque de noticias y lectura sintética de las portadas de los diarios. Creo que esta novedad es una pequeña cagadita que subvierte o desnaturaliza el carácter de esta gran emisora pública, hasta ahora totalmente ajena a la nomenclatura política que mareantemente nos envuelve. Así, ya se repiten en Radio Clásica, como en toda la onda, los insistentes nombres de Rajoy y Zapatero. Con Zapatero estamos muy descontentos los que aspiramos a convivir en un estado convenientemente laico. Porque mientras él anuncia a este respecto —al alimón con su compinche la señora María Teresa— una serie de vanas declaraciones tan sólo oportunistas, la Iglesia Católica se adueña cada vez más de la situación, consiguiendo tácitamente que España siga siendo oficialmente católica, imponiéndose esos funerales de Estado, esas misas de Apertura de los Tribunales, creo que se llaman, y esa persistente situación vergonzosa de la presencia de la catequesis católica en la escuela pública. A su vez, la incongruente forma de la Jefatura del Estado, que aquí recibe el ya ridículo nombre de monarquía, aspira a ser también eterna. Esta Iglesia que nos domina no es una institución bondadosa, sino perversa. Hay mucha gente sencilla, buena, que se consuela honestamente de esta perra vida con la fe cristiana; los curas, aun los más bajos en el escalafón, ya no son tan ingenuos, pues suelen conjugar, abierta o ladinamente, esa proyección de las consignas de poder que emana de la jerarquía. Parece que la propia jerarquía en quien cree verdaderamente, y lo que persigue, es en la omnipotencia del dominio mundano, y no en el modelo emblemático de la humildad de Cristo. La historia de la Iglesia ha sido un memorando muy sangrante, actuando durante dilatados tiempos de su trayectoria como una auténtica organización criminal; cabe recordar en este sentido (son sólo dos ejemplos entre muchos) la sangre derramada por la Inquisición y el absoluto apoyo eclesiástico a la represión franquista en la dictadura.

Hace unos días veo en un diario una foto del jerarca Ratzinger presidiendo el Sínodo. Su rostro está tenso y su semblante muestra desconfianza, mirando de reojo. Está sentado en un solio anticuado y su ropaje es estrambótico, lleno de puntillas, sin faltar en su vestimenta los zapatitos encarnados. Pessoa escribió en El regreso de los dioses que la Iglesia Católica no es que derivase del Imperio Romano, no, era resueltamente ¡el Imperio Romano! ¿No parece el Papa en esta foto el Emperador divinizado? Aunque ya en decadencia, aunque se empeñe en demostrar lo contrario. Una grandiosa pátina sin apenas respuesta de fervorosa acogida. Contrariado por el receso de la práctica religiosa en sus filas tradicionales, ahora el sumo poder eclesial, echándole la culpa de tal situación al mundo moderno, sale con que hay que leer más la Biblia; pues van de culo. Durante tanto tiempo han negado, controlando lo que ellos querían, una lectura libre y espontánea del texto sagrado en sus feligreses, y ahora quieren cubrir esa carencia. En el ámbito protestante, la Biblia, y sobre todo el Nuevo Testamento, sin notas aleccionadoras a pie de página, circula como una literatura popular. Que se anden con cuidado con esa Europa de la que se quejan y donde ejercían una omnímoda influencia, pues es posible que la religiosidad del futuro próximo en este continente se oriente con ventaja absoluta en los más sensatos y serenos cauces de un cristianismo protestante, si bien acomodaticio y burgués no trasnochadamente aristocrático como el cristianismo católico. Y eso lo sabe el Papa al ser de Alemania, donde el compromiso está mejor adaptado a los tiempos (contribuyendo los fieles y no el Estado al propio sostenimiento de los servicios religiosos) y hasta los decorados son normales, sin ese histrionismo tan pasado de moda de la estética vaticana.

Hago una visita a Dionisio Cañas en su bombo, tan pulcro, y me regala una linda publicación que hallo muy interesante y oportuna: el libro Tot Estrujenbank, publicado este mismo año en Madrid por El Garaje Ediciones, y que se erige en una monografía realizada por el propio Dionisio, Mariano Lozano y Juan Ugalde, miembros todos ellos, de los cuatro que fueron, junto a la fallecida Patricia Gadea, del grupo artístico y alternativo Estrujenbank, que empezó a aflorar en el año 1986 y cuyo espíritu se mantiene en estos primeros años del nuevo siglo y milenio. Compuesto de casi doscientas páginas profusamente ilustradas con motivos, dibujos, documentos y recortes de prensa, el contenido de este libro, oportunamente, como decía, recoge la historia del grupo acuñando una extensa cronología, una amplia conversación reciente entre los tres componentes citados sobre los avatares de esta iniciativa, y un catálogo que reproduce las producciones de Estrujenbank. A este corpus fundamental se añade un jugoso artículo de Dionisio Cañas sobre los bares de pueblo, fuente inspiradora crucial para la estética del grupo, y, como epílogo, el análisis de Almudena Baeza “Huy Estrujenbank” sobre sus postulados centrales.

En Estrujenbank lo concreto fecundaba constantemente la mira artística; es decir, el dialecto, o incluso el idiolecto, constituía una de las principales bases de un colectivo que amaba la transgresión y unos canales coloquiales, diferentes de los habituales y que se mostraban como los de más viveza creativa. La idea principal que animaba a este grupo era un sentido paródico de la realidad, intensificando la ironía y remedando los mundos comerciales y publicitarios. El título completo de la marca era: Estrujenbank, hojalatería y pintura en general. Desmitificando al ensimismado autor individual encerrado en su estudio, su empeño era realizar un arte colectivo, desarrollado en performances, comisariados, vídeos, películas, creación de revistas en soportes pobres o consuetudinarios. Se disponía de sala propia. La convivencia entre afines era su gran manera de hacer. Estrujenbank nació, más o menos, en los años de la Movida, pero rechazaron los modos y el culto a la personalidad de la misma, abogando, no por la obsesión del diseño, sino orientándose a lo cutre plasmado con autenticidad y no como mera pose. No se hizo ningún planteamiento estético o teórico, potenciándose así un muy sano dinamismo y una euforia espontánea, lo que supone un factor de permanente  operatividad, ese dinamismo eufórico, en suma, característico de otros movimientos históricos afines, como el español movimiento postista o el dadaísmo, padre de todos ellos.

Estrujenbank usó de procedimientos alegóricos (fusionando mensaje e imagen) con una fuerte y persuasiva carga irónica, siempre reproduciendo en los cuadros su marca propia, su logo característico como seña, machacona y eficaz, de identidad del colectivo. Sobre la realidad cotidiana, convenientemente deformada, este movimiento desarrolla un rico y palpitante planteamiento artístico. Una de las obras más emblemáticas del conjunto producido por Estrujenbank es “Un cosmonauta español podría ir al espacio en 1992”, de 1990, con la connotación fuertemente sarcástica inscrita en la fecha del título y que reproduce, dentro de un vulgar marco dorado, la foto de un recio campesino manchego, agarrando un melón con una sola y vigorosa mano y cubierto con pañuelo de hierbas, como el candidato anunciado “seriamente” en el título de la composición impreso como eslogan en la misma. Y además, los cachondos, tanto difundían sus propuestas en el corazón de Madrid o Nueva York o Barcelona o Bilbao, ¡como en la pequeña pedanía manchega de Cinco Casas!

Hace unos días, escribo en mi diario íntimo esta pequeña entrada: “Día muy corriente, con poco que contar. En la oficina, durante un buen rato, realizando ejercicios de alemán. Un poquito de siesta, té y continúo en el despachete con mis prácticas de alemán. Rosario se va a Mercadona y me quedo esperando al fontanero, que arregla pequeñas averías, cosa que yo podría acometer si fuese mañoso, y con el que me voy, en una vieja furgoneta, a La Alameda para que cambie el grifo del jardín, que gotea, y ajuste otros dentro de la casa. De vuelta, otra vez con deberes de alemán hasta la hora de la cena. Vemos un reportaje en la tele sobre españoles en Brasil. Mi ánimo es, si bien sosegado o neutro, un tanto decaído. El ambiente sociológico que nos rodea, o mejor dicho, que nos cerca, me resulta especialmente mierdoso.”

 

Toledo, sábado, 18 de octubre de 2008 

En este cigarral “tan nuestro” —arropado por un dulce paisaje situado en la antesala de Toledo panorámicamente embebido en posos lumínicos— enfrascado releo, nada menos que cuarenta años después de enfrentarme a él por vez primera, el intenso y arrebatado relato Crimen y castigo, del desdichado ciudadano Fiódor Mijáilovich Dostoievski, traducido del ruso por Cansinos Assens. Vine ayer a Toledo para participar en un ciclo que nos reúne, a lo largo de un trimestre, a cinco poetas toledanos convocados por la librería Taiga. Miguel Ángel Curiel y yo hemos inaugurado este ciclo. La verdad es que soy un ubicuo escritor castellano-manchego. No se me ciñe a una sola provincia. Nací en Albacete y dentro de poco voy a figurar en una guía de la poesía albaceteña actual, estando ya incluido  en sendas antologías, una más genérica y otra más especializada (sólo nueve poetas de Albacete), realizadas hace unos años por el “barcarolo” José Manuel Martínez Cano. Al criarme y vivir muchos años en Toledo (se es donde se hace el bachillerato, que decía aquél) me consideran con justicia poeta toledano. En la provincia de Ciudad Real llevo ya residiendo casi veinte años y se me incluye también en la nómina de los poetas de esta provincia. En ciclos secuenciados escrupulosamente por pertenencia geográfica, he leído, por ejemplo, en compañía de Félix Grande y Joaquín Brotóns, dos de los más representativos poetas de Ciudad Real, o he representado a Ciudad Real en lecturas de tribuna más concurrida con poetas de toda la región. Sólo me falta “conquistar” Cuenca, a la que acudo con frecuencia, convocado también por la literatura, y Guadalajara, con la que, si bien he participado en algún evento, apenas tengo relación.

Bien. A la lectura en la librería Taiga no fue, como otras veces sí que han ido, ningún medio periodístico, ya que todos estaban en el Alcázar en torno a la figura de Eduardo Mendoza, que actuaba a la misma hora que nosotros, Curiel y yo, escritores, no hay que olvidarlo, internacionalmente desconocidos. Yo no sé donde cenaría Mendoza en Toledo, si es que no salió pitando en el último AVE para Madrid, pero nosotros pasamos un buen rato, demorándonos mucho, en la taberna El Antojo, excelente local situado en la bajada de San Juan de los Reyes a la Puerta del Cambrón. Allí pudimos alargar la charla comenzada ya en el tiempo del vino con que obsequió la agradable y pulcra librería toledana. El Antojo dispone de una cuidada bodega de sabrosos vinos y cavas y ofrece una suculenta gama de tapas, ensaladas y raciones frías presentadas con una auténtica sencillez exquisita. La decoración del local es primorosa, con aires bohemios; la iluminación es precisa, la adecuada para cada rincón, y el trato de su personal se basa en la eficiencia y la cordialidad en su justa medida. Una buena prueba es la cantidad de clientes que reúne durante los fines de semana. Pues allí estábamos alrededor de tres mesas unos cuantos poetas y otra gente de mal vivir del bueno levantando las copas y con la sonrisa puesta, contrarrestando el presente aciago del pinchazo económico. Acababa de conocer a Marcos Ávila, un profuso lector de esos que da gusto y que escribe, con cierto distinguido ocultamiento, versos con un aliento verbal expandido y magnífico. Conversé mucho tiempo en esta buena velada con mi viejo amigo el poeta Santiago Sastre, dotado de una memoria impresionante, quien me iba recordando algunos datos olvidadísimos y que afloraban en esa noche con un compás sorpresivo y  fabuloso.  

            Lógica “aplastante” del curángano Rouco: como el comunismo y el nazismo fueron laicos, indefectiblemente el laicismo lleva al comunismo o al nazismo. Solución, como él dice, organizar el Estado con los evangelios en la mano y que las Cortes se llenen de nuevo de negras sotanas (vid. diario El País de 16 de octubre de 2008, portada y p. 38).

            Sueño que la funda nórdica con la que ya me tapo por las noches llevaba incorporado un mecanismo digital que registraba todas las miles de vueltas que se contabilizan en la cama cuando uno duerme. Todavía en el sueño reflexionaba preguntándome: ¿para qué el dato? Y automáticamente levitaba en derredor, quizá ya en la vigilia, la sentencia de Borges que viene a decir que la democracia es el abuso de la estadística.

            No sé por qué se me ha metido en la cabeza esta “tontá”, pero quiero reflejar en un papel una larga y desdichada lista de esas expresiones hoy muy gastadas, precisamente por el abuso expresivo, expresiones “política” y sosamente correctas, es obvio, pero que, sin embargo, al crearse, al inventarse fueron ingeniosas. Es lo que pasa con el mundo de las metáforas, que al poco tiempo rápidamente se oxidan; expresiones como “por activa o por pasiva” o “aprender a aprender” o “luz y taquígrafos” o “¿me lo dices o me lo cuentas?” o, [a Zapatero], zum Beispiel, “le crecen los enanos”.

 

Ciudad Real, jueves, 30 de octubre de 2008 

En el Hospital General de Ciudad Real, como familiar acompañante de un paciente ingresado. Uno en un hospital se mueve mucho; baja de la habitación a la cafetería, al quiosco de prensa, a los pertinentes mostradores, a la intemperie a fumar, y a estas diversas zonas del aún flamante y vistoso palacio sanitario se accede cómodamente  a través de largos y anchos pasillos, corredores y rampas; recuerda a una terminal de aeropuerto. Incluso hay una espaciosa intersección rotulada así: “Pacientes en itinerancia”, como “Pasajeros en tránsito”.

Parte de ese tiempo lento de morosa estancia en el hospital lo consumo leyendo el último libro de poemas del taranconero Juan Ramón Mansilla, Fugaz, publicado en los delicados formatos de la Biblioteca Añil Literaria y que su autor me acaba de remitir. Leo muy despacio cada poema, paladeando y enjuiciando su disposición sintáctica, y antes de pasar al siguiente releo la pieza y empleo un instante, abstraído, absorbiendo el golpe expresivo. El libro exhala un discurso musitado, impulsado por discretas secuencias fónicas que abrigan tibiamente conceptos sorpresivos; creo que este proceso es garante del lenguaje poético que se precie de serlo. De esta entonación, en general comedida, sobresalen muy de vez en cuando recursos efectistas, sobre todo la aliteración, como ésta: “Notas humeantes / como taza de leche en la noche”, o esta otra, doble, combinando el efecto aliterativo de [p] y [s]: “Una grúa entre pinos como un pino / más, apenas diferentes las casas”. Con Mansilla coincido en la gran afición que ambos tenemos por la música. Son varios los poemas de este libro que tienen esta referencia, aludiendo a autores antiguos como Bach, Mozart o Beethoven, o a intérpretes modernos como Miles Davis o Billie Holiday. Estas referencias musicales consiguen evocar, de una manera muy tangible en la disposición de los niveles lingüísticos del poema, una sugerente realidad con sordina. Presidido por este asunto, si bien lateral e irónicamente, hay un soberbio poema en Fugaz, quizá el mejor del conjunto, “Pequeña serenata diurna”, remedando, como se puede deducir sin dificultad, el título de la célebre pieza mozartiana Eine kleine Nachtmusik, y que copio entero:   

Suave la mañana con su algodón manchado
y las moreras mostrando las horas
a la borrosa luz.
 
La noche ha sido larga. Hubo vino en los vasos
y al alba irrumpió el maleficio de la verdad
corriente.
 
Pero, aún así, nos miramos y sonreímos
sin tener muy claro si todo ese daño
nos duele.
 
Si en tu corazón resucita aquella noche,
su espectro tañerá las cuerdas que quebró
la mañana. 

                       Este libro, como es común en la poesía de hoy, es altamente testimonial de los elementos sociológicos circundantes así como autobiográfico; por ello (es sólo un espigado ejemplo azaroso) algunas de sus estrofas delatan claramente que Juan Ramón Mansilla es un buen fumador (¡ayayay!). Otro poema magistral del libro es “Manzanas en Amsterdan”, conteniendo ese siempre obsesivamente perseguido final-sorpresa a que aspira el poema viéndose inmejorablemente rematado. Así, después de una visita a Amsterdam, “No las plazas, los puentes, los museos, / nunca los crepúsculos, las auroras. / Todo lugar es el sabor que deja. // Será su acidez, será su dulzura.”

            Concluyo la lectura de Fugaz y pienso que este libro se conjuga con un lenguaje poético manchego (o castellano-manchego si se quiere) que podría resultar emblemático en la poesía actual de esta región. Sus poetas nos influimos por estos paisajes llanos o no abruptos ni exóticos, que no son ni abundantes ni extremados y donde manda una luz extática y precisa e insomne y, claro, los reflejamos en la escritura. Leyendo estos poemas me han sonado, en un compás afín, otras dos grandes voces poéticas “patrias”, la de Jesús Maroto y la de Miguel Ángel Curiel. Y es porque creo que estos tres poetas hacen uso de un elegante castellano desprovisto de preciosismos; en definitiva, es el mantenimiento de la vieja tradición: castellano de Toledo versus castellano de Sevilla. Por usar un símil inteligible, yo diría que los versos de Fugaz son sobrios, rectos y no sinuosos, como los de la primera estrofa del poema “La mariposa de Chuang-Tzé”:

Es cálida esta tarde de febrero
y los almendros visten la franela
malva de todo lo naciente.
Por unos instantes la realidad
nos exime de ser algo distinto
a nosotros según las leyes
falsas de la vida.

 

Alameda de Cervera, viernes, 31 de octubre de 2008 

A las doce hemos llegado a La Alameda desde Valdepeñas; lloviendo. Al salir del coche tres perros sin dueño, mojados, los pobres; se acercan, lastimeros, a rogarnos con su silencio. Les hemos saludado pero sin darles nada.

Esta mañana, antes de levantarnos, echamos un buen polvo. Y a sólo dos días del anterior. Desayunados, haciendo sobremesa del desayuno, hemos salido a la panadería, al herrero, y nos hemos dirigido a Tomelloso a tratar de encontrar a un hombre que vende leña, para comprarle olorosos leños de encina; él no estaba pero sí en la verja apuntados con pintura sus teléfonos. Sobre las doce y media hemos llegado a Manzanares; lloviendo. Hemos recogido al padre de Rosario en la puerta de su residencia y, de inmediato, hemos salido ella y yo y nuestra sobrinilla Nuria, tan amante de la vida social; hemos ido: 1) a la librería la Pecera; allí recibo llamada de Pilar Gómez Bedate, desde Barcelona, donde llueve a mares; 2) a la Biblioteca Municipal; he sacado en préstamo dos óperas, Jenufa, de Janácek, y Ariadna auf Naxos, de Richard Strauss, para fatigarlas, al decir borgiano, durante unos cuantos días; 3) al mesón El Toro, dos vinos y una cocacola. Antes de llegar a comer, una pequeña compra en Mercadona. Después de comer me acuesto la siesta, una hora y media. Té y salida para Valdepeñas. En el bar Penalty, con Joaquín Brotóns, tres o cuatro vinos. Charla sosegada muy entrañable, con el viejo amigo, gozando de un consumo moderado de vino, con efecto de franca simpatía. Sale el tema de Gamoneda; yo estoy de acuerdo con Brotóns en que este autor tan excesivamente laureado era un poeta de provincias, vamos, un tanto provinciano, sin arraigo generacional. Hasta que lo sustentó el poder. Gamoneda hizo una declaración que a mí me dejó turulato; dijo el tío que él no había publicado mucho porque la censura se lo impedía. ¡Cómo si a los demás no les hubiese afectado!

Después otro vino en la Taberna del Buen Bebedor, nos despedimos de Joaquín y volvemos a La Alameda; lloviendo.

 

Hotel Pasadoiro, Puerto de Navacerrada, sábado, 8 de noviembre de 2008 

Poco después de las nueve sorbo el segundo café ardiente del día en el bar-restaurante Dos Castillas, frente a este tradicional hotel. Ya se ven las primeras mochilas, los primeros bastones, las primeras botas de gore-tex, y las más madrugadoras familias dispuestas a pasar un sábado jocoso sobre la nieve. Desciendo el corto trecho del Camino Arias que me acerca al andén donde espero la llegada del diligente tren montañero que, subiendo desde Cercedilla, me deje en la aún más elevada estación del puerto de Cotos. Veinte minutos de trayecto flanqueado por muy enhiestos pinos asalmonados y laderas ceñidas por la nieve. Tras permanecer un instante en la verde explanada de Cotos a partir de la cual suben muchos grupos de gente a Peñalara y desde donde se contempla un soberbio paisaje alpino, inicio la caminata por el Camino Viejo del Paular, coincidente con el GR 10.1, trazado, al parecer, desde Valencia hasta Lisboa.

Se comienza pisando nieve que, sin embargo, desaparece a medida que se va rebajando la cota. Rico silencio festoneado por el canto de algunas aves. Al cabo de hora y media, se cruza la carretera que baja de Navacerrada a La Granja a la altura de las Siete Revueltas, exactamente por la sexta; se sigue un momentito la calzada en dirección a Segovia y al minuto, frente a la antigua venta de El Mosquito, se vuelve a retomar el GR, sin perder la pista asfaltada, y subiendo mucho, hasta la Fuente de la Reina, continuando, ya en un agradable faldeo, apreciando magníficas vistas, hacia el puerto de la Fuenfría. La nieve reaparece. Alto para comer la latilla de melva, con el rico pan segoviano adquirido en Navacerrada esta mañana (y por supuesto dando cuenta de la jarrilla del áureo vino); alto, digo, en la altiplanicie donde pervive la ya mínima ruina de Casarás, apócope de Casa Eraso, que fue un albergue utilizado por las antiguas cortes reales en sus desplazamientos de Madrid a La Granja. Desde ese estupendo balcón se distingue un amplio círculo de laderas espesas y de cumbres nevadas, además de la llanura colindante castellana y el núcleo que conforma la ciudad de Segovia. Cuando he prendido ya el pitillo, medito que si toda criatura natural es divina, los grandes montes, como los que veo, son la personificación del propio Dios, pues lo elevado e imponente nos conduce siempre a imaginarlo.

La Fuenfría está hermosamente tapizada por la nieve, una nieve brillante y corruscante como el azúcar, y en la que a veces me hundo hasta las rodillas. Vuelvo a Navacerrada por la Senda de Cospes y, finalmente, por el llamado Camino Schmid, que debe su nombre a un montañero de principios del siglo veinte que señalizó la vereda que une los puertos de Navacerrada y la Fuenfría. A Eduardo Schmid, como a montañero ideal, lo supongo espigado; aunque no se crea que no hay excelentes aficionados a trasegar la montaña que son recios, incluso gorditos. Estos dos últimos caminos, el de Cospes y Schmid, en la umbría de Siete Picos, estaban totalmente cubiertos de nieve. Por ir pisando huevos sobre la nieve dura, supongo que mañana tendré considerables agujetas. Seis horas me ha llevado realizar este recorrido.

Desde las cinco, ya enclaustrado en este entrañable hotel montañero, adornado de una pátina de elementos afectuosos que lleva ya en su haber, desde los comienzos del desarrollismo franquista, cuatro décadas de antigüedad, con sus pequeñas habitaciones y un confortable calorcillo en todo su interior. Desde la ventana observo los distantes parajes. Destaca sobremanera en ese fondo una, hoy tan de moda, insidiosa y descomunal cruz, vergüenza del laicismo, coronando descaradamente la horrorosa basílica del Valle de los Caídos; el juez Garzón está en el centro de esta oleada informativa. Pero esa cruz no será eterna, pues todo en esta vida, ¡en la única vida!, se acaba. Como en esta vida también se acaba  ¾Gómez de la Serna dixit¾  incluso el jabón de afeitar.

En el angosto cuarto, ejercicios de estiramiento, ducha y un demorado buen descanso metido en la cama, leyendo El Castillo, de Frank Kafka, cuya lectura de sus primeras páginas asocio a este entorno donde ahora resido; el personaje K. también se hunde, como a mí me ha pasado, en la nieve hasta las rodillas. Mientras, mi mujer va hilando, desde la información contenida en la guía hasta sus notas de puño y letra, la posible materialización de la ruta que mañana realizaremos. O bien emprendemos una amplia caminata otra vez hasta el Puerto de Cotos, atravesando el pinar de Valsaín, para terminar en la Loma del Noruego y en la Bola del Mundo; o, lo más seguro, debido a la acumulación de nieve en algunos senderos con malas trazas, repetir el Camino Schmid hasta llegar a Collado Ventoso, anejo a la Fuenfría, para después enlazar con la Carretera de la República, un antiguo proyecto, precisamente republicano, que pensaba unir el tráfico rodado proveniente del norte con Madrid nada menos que por la Sierra del Guadarrama, y que hoy sería una autopista con montones de construcciones a su vera machando el paisaje virginal que hoy podemos contemplar tan a gusto. Menos mal que el “bueno” de Franco impidió tal bárbara acometida. Por esta antigua carretera abortada, si nuestra última decisión prospera, bajaremos a Cercedilla para, desde allí, tomar otra vez el tren montañero que nos deje de nuevo en el Puerto de Navacerrada, antes de regresar en coche a Alcázar.

Ya ha caído la tarde y bajamos al confortable saloncito con billar y chimenea y hacemos tiempo con un buen vino hasta la hora de cenar. Tras un amplio mirador, concebido como un invernadero habitado por crecidas plantas donde se sitúa el restaurante, observamos el gélido exterior. En un termómetro electrónico instalado en el dintel del bar Dos Castillas podemos leer, ¡a las nueve de la noche!, la escasa temperatura que reina en la intemperie, tan sólo un grado. Cenamos unas reconfortantes sopas de ajo, un entrecot y manzana asada. De nuevo en el salón, terminando de ver “Informe Semanal”; un chupito de orujo blanco reposa en la mesita, y los gruesos leños de pino asalmonado arden discretamente en el hogar con el sosiego de su continuado y silencioso rumor

 

Alcázar de San Juan, lunes, 24 de noviembre de 2008 

Paradójicamente, he soñado que padecía un fuerte insomnio. Y lo sueño en la rica hora de la mañana que despunta, cuando es cierto que todos los sonidos que afloran (los vecinos duchándose, el bebé que balbuce, la furgoneta que arranca, y a veces algún bestia utilizando, ¡pobrecico!, el taladro a esas horas) tienden a confusión, transformando la hirsuta realidad en un onírico cañamazo.

Tras un tiempo pensándolo seriamente y estando casi a punto de suspender la lectura, vuelvo a animarme con la Biblia, ya consumidos, por una parte, el relato heroico expuesto en el libro de Daniel y, por otra, el candor del dios descrito en el de Oseas. Porque los tres primeros libros proféticos, Isaías, Jeremías y Ezequiel me produjeron considerable empacho desde unos repetitivos textos, tiesos y cansinos, mostrando un antipático y obcecado Yahvé de los Ejércitos que buena parte de su jornada la emplea reiterándose en las absurdas mediciones de todos los recovecos de ese su templo tan kicht. El capítulo 1 del breve libro de Oseas es magnífico e incluso, pese a la aparente gravedad de lo sentenciado, mueve a una dócil sonrisa. Dios, agotado por la deslealtad de su pueblo, está enfadado como un niño y le dice al profeta: “Anda, toma por mujer una prostituta y engendra hijos de prostitución, porque el país no hace más que prostituirse, alejándose del Señor.” (Os, 1, 2). Casi nos podemos imaginar el gesto de Yahvé al proferir estas palabras, entre la bravata irascible y un chusco puchero en el rictus. Está tan enfadado, que suelta algunas amenazas solemnes que devendrán papel mojado, como siempre: “yo no he de compadecerme más de la casa de Israel y me olvidaré completamente de ellos.” (Os, 1, 6), o, un poco más adelante: “vosotros no sois ya mi pueblo ni yo soy vuestro Dios.” (Os, 1, 9). En este libro Yahvé hace un canto muy tierno, sentido y dolorido sobre su ingrato pueblo, y así, en todo el capítulo 11, el Señor se lamenta, con muy humanas expresiones, de esa díscola comunidad elegida y, en tantas ocasiones, incomprensiblemente amada. Y, de todas formas, ese inmenso amor divino supera siempre la dureza de corazón de Israel, como estas paternales y exhaustas palabras lo atestiguan: “Con cuerdas de cariño los atraía, / con lazos de amor; / fui para él [Israel] como quien alza a un niño / sobre su propio cuello / y se inclina hacia él / para darle de comer.” (Os, 11, 4).

De todos modos, aun conteniendo trechos poéticos de altura, la Biblia no es ciertamente un conjunto literario, sino panfletario; la consigna domina sobre la límpida imagen poética, y muchas veces da la impresión de que la exposición taimada de un presunto fondo esotérico no supone más que una estúpida simbología. Como me he propuesto leerme la Biblia de cabo a rabo, voy a seguir leyéndola de corrido hasta el Apocalipsis. Pero también voy a jugar un poco, para no cumplir, sin más, el ávido ejercicio de leer bajo la imposición de una onerosa penitencia. De entrada, a partir de ahora prescindo de las notas; como los protestantes, libre interpretación. Esto quiere decir que dejo la edición de la Biblia de Jerusalén y me paso a otras más populares, como la de Evaristo Martín Nieto, en la editorial San Pablo, o la de Nácar-Colunga de la Biblioteca de Autores Cristianos. Y cuando termine el Antiguo Testamento (ya me queda muy poco), comenzaré a releer los Evangelios en portugués, en un ejemplar que cogí del cajón de la mesilla en un hotel de Oporto; así disfrutaré plácidamente de las equivalencias surgidas en la traslación de las conocidísimas secuencias desde una lengua familiar y afín, y desde luego comprensible sin esfuerzo, a mi lengua de llegada. Eso sí, volveré al castellano, con el fin de enterarme bien, cuando arribe a los escritos de San Pablo, auténtico codificador y fundador, y no Cristo, de esta religión acaparadora, gran represora en nuestra civilización.

El azar pone en mis manos un glosario, vocabula, de un libro en latín publicado por una editorial alemana. En esta lista se confrontan los términos latinos con las voces germanas correspondientes. Y algunas de estas parejas suscitan mi atención. La palabra alemana Toilette, meridiano préstamo del francés, en latín es sella familiarica o locus sordidus. En argentarius, en español “banquero”, la lengua latina emplea el procedimiento de la derivación, que el español, hijo del latín, usa asimismo en abundancia. Sin embargo, en alemán, siguiendo una rentabilísima tendencia, se utiliza muchísimo en la especificación léxica el procedimiento de la composición; y así, “banquero” es Geldverleiher, “el que presta (Verleiher) dinero (Geld)”. Si “estipendio” es ya, genéricamente, según la RAE, la “paga o remuneración que se da a alguien por algún servicio”, el vocablo latino stipendium se refería concretamente a la soldada, como metonimia originada desde el significado-base de “servicio militar”; el alemán traduce esta palabra con otro compuesto, Kriegsdienst, aglutinando las palabras “servicio” (Dienst) y “guerra” (Krieg). Y al vocablo virginitas (virginidad) le corresponde en alemán todo un concepto sintetizado en Jungfräulichkeit, que se sirve de los dos grandes procedimientos estructurales del léxico de una lengua, composición y derivación; término que define, con precisión verbal, la adecuada feminidad de la mujer adolescente.

Hoy es mi cumpleaños. El poeta Gabino-Alejandro Carriedo (1923-1981), que nació el 12 de diciembre, quiso, sin embargo, adjudicarse literariamente, como fecha de su onomástica, él que no se llamaba Antonio, la del 17 de enero, conocido día de San Antón, patrón de los animales, escribiendo un muy irónico y sabroso trecho en su diario, un diario aún lamentablemente inédito que hoy me sirve para brindar por mi aniversario en este caluroso espacio on-line:

“Lunes, 17 Enero [1949]

Patio Castaño E.- Palencia

            “¡Albricias! ¡Albricias! ¡Felicíteseme! ¡Déseme la enhorabuena, que hoy es San Antón, el patrón de todas las bestias, de todos los animales! Hoy es día de alegría y hay que pregonarlo a voz en grito. Así se lo digo, en sendas cartas, a mi hermana Flora, a Barberán y a Chicharro Hijo. ¿Y qué digo, en realidad? Que hoy es día dichoso, sin más ni más, mi onomástica, mi preciada fecha, la fecha de mi santo y la de todos los de mi especie. ¡Oh, pobre Platero, el peludillo asnete de los blandos ojos y del alegre trotecillo! ¡Y tú, Rocinante amable, el flaco rocín deshacedor de entuertos, cabalgador de la Goria, veterano de ayunos y abstinencias, filósofo caballejo mío! También tú, Clavileño; como el borrico de madera levantado a la memoria del buen Platero. Fiesta toda nuestra ésta de San Antón, señores míos: Felicidades a Sancho Panza, al simple, bondadoso y borriquete Sancho de los refranes, y felicidades a Francisco de Asís, el poverelo, que tan bien conocía el lenguaje de los peces y de los lobos de Gubbio; felicidades le sean dadas a todas las almas sencillas, bobaliconas y a los que ocuparon los últimos puestos en las clases del mundo. ¡Oh, sí, felicidades también a los políticos y conductores de países, y a los mismos Santos Apóstoles nuestra enhorabuena más cumplida! ¡Felicidades, tonto de Coria, Niño de Vallecas, Pablo de Valladolid, Mathama Gandhi, más borrico que ninguno! Y a mí también felicíteseme, que hoy es mi cumpleaños, que nací el 17 de enero y era jueves. Congreguémonos, Padre Santo, Einstein, Doctor Fleming; acercaos también vosotros, obreros analfabetos, mulas de carga, soldados de todos los países; que se aproximen los licenciados en Derecho y Filosofía y Letras, así como los místicos y los poetas de todas las razas y confesiones. Hoy es día de gloria; hoy es el santo de todas las bestias, lo mismo de las terribles fieras que de los cautos pececillos y los mansos borriquetes. Vestiremos nuestras mejores galas, nos enjaezaremos lindamente, con los mejores arreos trotaremos, y comeremos panecillos de San Antón. ¡Cómo sonarán las esquilas colgadas de nuestro cuello! ¿No es verdad, José María Pemán, Alfredo Marquerie y vosotros los poetastros de las 100.000 peñas nacionales? ¡Ajajá! ¡Y qué bien suena este regocijado, inocente y bienintencionado felicidades, a diestro y siniestro! ¡Salúdame, hermano, que hoy cumplo años ¡Saludaros vosotros, animales, llevéis o no llevéis pantalones! ¿Oyes, Truman, y tú, Caudillo (¿caudillo de qué?), y Churchill y Conde Sforza? ¡Loor al rey Abdullah de Transjordania, que también celebra fiesta! ¡Dichosos los ojos que contemplan a todos los Premio Nobel, y a los flores naturales, y a los chicos aplicados en el colegio de San Buenaventura, legalmente reconocido, reunidos hoy, para trotar la calle con las mejores galas! Rebuznaremos, relincharemos, piafaremos, chillaremos, aullaremos, ladraremos, balaremos, graznaremos, entonaremos un canto de felicidad, un te-deum de acción de gracias por haber llegado a cumplir años. ¡Felicidades, animales de todo el mundo! Los Senados, los Congresos, los Sacros Colegios, las Universidades, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, la Comisión para la patata de siembra, la Real Academia Española y la otra no menos real y española de San Fernando, y San Fernando mismo, están hoy de fiesta. Que sea por muchos años.”

 

Alcázar de San Juan, sábado, 6 de diciembre de 2008 

Concluyo la lectura (no relectura) de El castillo, la novela postrera que Kafka empezó a escribir hacia 1922 y que dejó inconclusa, quizá pensando posponer su remate (eso nunca se sabrá a ciencia cierta) cuando el creador superase esa tuberculosis que, por contra, lo llevó a la tumba en el verano de 1924, contando sólo 41 años. La obra muestra, una vez más, el personalísimo estilo de este autor checo que escribió en lengua alemana: Das Schloss es su título original. Según Max Brod, íntimo amigo y albacea del escritor, su lenguaje incorpora, en cuanto a léxico y acentuación, elementos del alemán austriaco. Relacionada con la también inacabada El proceso (Der Process, novela escrita en 1914), el protagonista de El Castillo, llamado simplemente K. (en El proceso era Josef K.), no es una imagen aglutinante de carácter psicológico propia de la novela convencional, sino un observatorio desde el que, con implicación y distancia a la vez, se desgrana una realidad un tanto impávida, movida por una maquinaria deshumanizada que, subrepticiamente unida al deseo existencial, ejecuta sus gastados modos de burocrática impasibilidad. No es baladí que el adjetivo kafkiano defina ese sistema de la existencia concebido esencialmente como absoluto funcionariado. La virtud de El Castillo es el minucioso análisis que sus páginas elaboran a partir de una realidad que transcurre míseramente en un tiempo que, sin embargo, la dota de una considerable riqueza de matices, produciendo un precioso tempo narrativo. Sobre todo, los diálogos que K. mantiene con el personaje Olga son muy ricos en este sentido, donde nada se escapa del triste entorno, el cual, por ser tan suficiente, tan agotadoramente explicado, surge en la página alumbrado de un dinamismo y énfasis dominante, logrando esa expresión literaria que impresiona hondamente al lector.

Kafka, al describir unos ambientes de fondo tan huero, es capaz, como contrapartida, de animar vivamente al estricto y funcional decorado, como las puertas alineadas de esos pasillos interminables que con tanta frecuencia pueblan su literatura. En el “Capítulo decimonoveno”, penúltimo del libro (sigo la edición de Losada en traducción de Francisco Zanutigh Núñez), nos encontramos con este párrafo tan expresivo y vivaz: “El corredor como tal estaba en realidad todavía vacío, pero las puertas ya se movían. Siempre había alguna que se abría y que enseguida se volvía a cerrar. El corredor zumbaba con ese abrir y cerrar de puertas. Por aquí y por allá veía K. en el espacio libre que dejaban las paredes, que no alcanzaban el cielo raso, cómo aparecían y volvían inmediatamente a desaparecer cabezas matinalmente despeinadas.” Un poco más adelante, la descripción intensifica la disposición de esa especie de coreografía que realizan las puertas a la vista del trasiego de los carritos transportando expedientes: “Entonces también las puertas de la cercanía se serenaban, decepcionadas o contentas porque ese objeto de permanente excitación hubiese sido definitivamente eliminado. No obstante, después volvían poco a poco a ponerse en movimiento”. Magnífica prosopopeya, sí señor, que corrobora la unanimidad con que se acepta el estilo potente de Franz Kafka. Este dar movimiento a lo inanimado, exasperando situaciones que se presuponían siempre frías, comienza a desenvolverse magistralmente desde el hieratismo de la primera frase del libro: “Era ya noche cerrada cuando llegó K.”, perfectamente equivalente de la aún más concisa frase alemana: “Es war spät abend als K. ankam”.

Kafka es un autor con suerte, quiero decir permanentemente recordado, para dicha de los lectores. Su referencia está presente en las más variopintas acometidas. La recreación de su perfil es ferazmente ubicua. Se analiza en abundancia lo que tiene que ver con sus secuencias biográficas, por muy recónditas que sean, destacando asimismo la puesta en relación con otras artes de los matices y recodos de su literatura. De lo primero da cuenta el sencillo y fértil relato Kafka y la muñeca viajera, de Jordi Sierra i Fabra, que fue Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en 2007. De lo segundo, el ensayo Kafka va al cine, de Hanns Zischler; ambas publicaciones son novedades editoriales, y aunque el libro de Sierra ya estaba publicado en 2006, la concesión del premio nacional lo ha revalorizado, reeditándose.

Si hay un novelista español que se influya poderosamente por la escritura de Kafka, ese escritor es Miguel Espinosa (1922-1982), un escritor de mucha altura, nacido en una Murcia provinciana para él totalmente insoportable, y que hoy está por desgracia bastante olvidado, aunque algunas de sus novelas tuvieran buenas ediciones algunos años después de morir el autor, publicadas en Alfaguara, como La fea burguesía o Escuela de mandarines. Especialmente en esta última se lleva al extremo el mundo de Kafka, y en un tomo voluminoso y con un estilo acertadamente seco y muy adecuado a la cualidad de la fábula, se describe machaconamente una sociedad muy gastada, milenaria, insulsa, que no tiene más sentido que esa perversa actuación lineal llevada a cabo por sus funcionarios, los mandarines.

Escribo, como la data anuncia, en el día que celebra la enfermiza Constitución Española, que al resistir someterse a una necesaria operación quirúrgica, destila enfermedad en algunos de sus artículos. Y este resultante Estado enfermo sufre el asedio de las directrices y proclamas de un oscuro poder recalcitrante y ruidoso ante el que se caga, no sé por qué, el Gobierno de España. A este grupo de días festivos, o “puente” que debería llamarse de La Constitución, se le conoce mucho más como Puente de La Inmaculada.

 

Madrid, sábado, 20 de diciembre de 2008 

         Un ejemplo estilístico económico, rotundo, de calibrada y perfecta tensión: “Me mantienen despierto unos sueños de gran intensidad.” (De los Diarios de Kafka, 1911, 2 de octubre).

            Como ya dije, leo los Evangelios en portugués (Novo Testamento, traducão e notas por António de Brito Cardoso, Editorial Franciscana, Braga, 1984). Avanzo por el “Sermón de la Montaña” y me detengo en la nota al pie bajo la perícopa donde Cristo se pronuncia sobre los juramentos (Mt. 5, 33-37). El texto es terminante: «“Ouvistes ainda que foi dito aos antigos: Não jurarás falso, mas cumprirás os teus juramentos feitos ao Senhor (Ex. 20, 7). Eu porém, digo-vos: Não jureis de modo nenhum; nem pelo céu porque é o trono de Deus; nem pela terra porque és o escabelo de Seus pés; nem por Jerusalém porque é a cidade do grande rei; nem jurarás pela tua cabeça porque não podes fazer un só cabelo branco ou preto. Mas seja vossa palavra: Sim, sim; não, não; e o que passa daqui procede do Maligno”». En la nota se dice, pese a la nítida declaración de Jesús, que ¾y traduzco¾ “el juramento es lícito, nosotros lo sabemos por la práctica, pero sólo cuando sea necesario”, contraviniendo por el morro las frases inequívocas del Rabí: “No juréis de ninguna manera”, “Decid sencillamente sí o no”, “Lo que pasa de esto viene del Maligno”. ¿Entonces? La Biblia, ¡carajo!, como en el mundo protestante, debe ser ofrecida sin notas, infelices notas (y en esta edición se exhiben “a cascoporro”) dadas a contemporizar perversamente aprovechándose de la “santa” ignorancia del pueblo acomodado buenamente en la devoción.

               Últimamente estoy prendado de un gatito. Un minino que se cuela en nuestro jardín maullando tenuemente, reclamando condumio y, si se cumple la condición de que algo se le pone en el plato, ofreciendo su amistad en forma de cariñosos restregones en la botamanga del pantalón con su menudo y grácil cuerpo y su pelusa tan suavica. Es un ejemplar, no sé si gato o gata, entre gato de Angora y siamés. Al parecer abandonado por sus dueños (aún lleva una cinta antiparasitaria en su frondoso cuello), vagabundea con bastante pachorra por este arrabal de la aldea. Mucho me atrae esa aceptación existencial que el Gato exhibe, su elegancia, su desdén por armar un berrinche tonto (al contrario que el can) si al pedir la comida no la recibe al punto, maullando como mucho un poco más de la cuenta; al instante decide enmudecer y detenerse en el porche y aguardar civilizadamente. Está seguro, por su intuitivo y preciso análisis de la situación, de que la pequeña escudilla, más tarde o más temprano, va a recibir el contenido de una latita de caballa o de migas de atún, cortecillas de queso, rebordes de jamón o, al menos, pan en leche. Como está a gusto, ronronea a mi lado, girando alrededor de mis pantorrillas e intentando, insistente, que me agache para encaramarse a mis rodillas, cosa que impido mas jugando al mismo nivel que él. Si yo lo permitiera, sería para este rollizo gato una satisfacción inmensa pasar al salón y acurrucarse al pie de la estufa. Pero no. Pese a mi incondicional admiración, sé que los gatos son muy cabritos, egoístas por naturaleza, y no quiero ver al lindo gatito en altos y difíciles recovecos como si tal cosa, o haciendo pis en rincones y esquinas para tomar posesión de mi espacio que, en su sicología, ya sería totalmente el suyo. En español, el gato genérico lleva el género masculino, pero en alemán es Katze (femenino), mientras que el gato macho es Kater, palabra que también tiene un sentido metafórico, figurado, significando entonces resaca alcohólica: einen Kater haben.

            Estos domésticos felinos son motivos de inspiración y, desde luego, mucho más literarios que los perros. Su conducta, su agilidad y su belleza enamoran a los escritores, quienes intentan que las palabras devengan artefacto que coincida con la misma autenticidad que el objeto real. Es una imagen tan completa y ceñida la del Gato, que en verdad cuesta rematar con fortuna absoluta cualquier texto que se les dedique. Yo, si mal no recuerdo, tengo escritos dos sonetos dedicados al carácter gatuno, tan asequible y misterioso a la vez. Y cuesta dar, como digo, con una eterna solución y una impecable resolución. Una de esas dos piezas estaba dedicada a otro gato de La Alameda, precioso, blanquinegro, bicho dócil que era llamado por la vecina, su dueña, con el nombre de Macarón. El soneto quedó eliminado de la selección que conformó mi último libro de poemas Licencias de pasaje. Destaco, sin embargo, cuatro versos de los tercetos: Mas, blanquinegro, Macarón  resiste / el paso de los días, sin agobio, / en aceras, poyetes y tejados, // satisfecho en la sombra que lo inviste. En otro libro mío, Tragedias sólo subjetivas, publicado en 1998, también incluí otro soneto al Gato, precisando ya desde el título esta impotencia definitoria: De la imposibilidad de definir al gato, que tampoco después rescaté en mi volumen antológico Pajarito bañándose en un charco, que apareció, con sagaz prólogo de Antonio Lázaro, en la editorial conquense El Toro de Barro en 2001; sólo me quedo, como en el anterior, con los tercetos: Sí. En una simple lista de ambrosías / (agua y comida frescas, fiel cobijo) / el gato fija el ideal de sus días // Mas precisarlo en términos veloces / es muy difícil porque el gato es hijo / de diosas complicadas y precoces. Aunque el comienzo burlón del soneto también se puede resaltar: Dicen que es ente de temperamento / inclinado a un carácter egoísta; / que tiene mente de capitalista / y una tristeza sin abatimiento, cuarteto en el que confluyen los matices que acabo de exponer.

            Pero sobre el Gato se han escrito proposiciones infinitamente más bellas y contundentes que estas mías. Ángel Crespo y Gabino-Alejandro Carriedo tienen sendos poemas que, fuera de la temática específica destinada a estos míticos animales, incluyen un par de versos (uno por cada autor) que son máximas inscripciones en monumentos literarios de altura; de Crespo: El olor de las vacas es un gato; de Carriedo: Los gatos reverencian tu mítica laringe. Esta connivencia entre el gato y las referencias literarias sube de tono en los comienzos de la obra La vuelta al día en ochenta mundos de Julio Cortázar, cuando el argentino describe a su gato Teodoro, en homenaje indirecto al pensador alemán, y refiere las veleidades de sus amigos hacia la personalidad de este michino inmortalizado. No contentos con que el gato de Julio ostentase el Vorname del filósofo Adorno, los amigos quisieron, en momentos puntuales y entusiastas, cambiarle el nombre por el de Tractatus (¡qué bello disparate!) en honor a Wittgenstein, o nada menos que Rainer Maria, e incluso Saint-John Perse ¾(gran nombre para un gato, si se lo mira bien), escribe Cortázar¾ o Dylan (por Dylan Thomas).

            Pero si hay un poema acabado, sin ningún resquicio desmerecedor, dedicado al Gato, es la composición del mismo título (Gato) de Gabino-Alejandro Carriedo incluido en su excepcional bestiario, de 1966, Los animales vivos:

 

Sapiente
que todo lo sabe.
Dulzón
cuando le apetece.
Gato hirsuto
cuando barrunta la crueldad.
Así, rabo empinado, oreja atenta,
bigote sublunar,
uña, diente, mordisco, zarpazo,
gato montés.
Así, ante el fuego, ovillo, curva
permanente,
mirando como el mar
mira,
oh, tú, devuélveme,
gato de siempre
la juventud.  

 

            Como siempre ha de haber gatos aunque no se vean, en Madrid los supongo en otro nivel, a la altura de los tejados. Los habitantes de Madrid también reciben el cariñoso apelativo de gatos. Ahora me encuentro entre esos gatos y otros muchos que no lo son, ya que Madrid recibe en Navidad una enorme afluencia provinciana.  He venido a culturizarme, asistiendo al teatro y a exposiciones, viendo actuar en el Alcázar a mi admirada Maribel Verdú en Un dios salvaje, obra entretenidísima de Yasmina Reza, y contemplando dos suculentas muestras, una sobre arte vanguardista y otra de fotos de García-Alix en el Reina (¡cuánta polla en los daguerrotipos de este célebre artista!), además de otras dos en el Prado: magna exposición de Rembrandt y la primorosa colección de esculturas clásicas del Albertinum de Dresde. ¡Qué hermosura!. Espero que no me pase como a esos japoneses que se saturan de ver mucho arte en poquísimo tiempo y luego sufren alucinaciones.

Bien alojado en un hostal de Chueca ¾ahora escribo en la habitación¾ he trasegado el trazado urbano y saboreado el frugal y suculento menú del restaurante vegetariano que frecuento en la calle Zorrilla. Lo peor: la FNAC y aledaños asquerosamente repletos de individuos. Mañana por la mañana, domingo, y antes de tomar el tren de vuelta, picaré de nuevo, eso creo, en los interminables tenderetes de la  Cuesta Moyano, para seguramente acabar tomando el aperitivo en un contiguo y genuino bar de Atocha al que me llevará mi entrañable amigo y gato el poeta Santiago Ramos, con el que suelo coincidir bajo la marquesina de alguna caseta en esta feria permanente de libros; la de Riudavets, por ejemplo, la más concurrida.

 

Manzanares, miércoles, 24 de diciembre de 2008 

Las brasas silban en bajo continuo. La soprano se desgañita aumentando la vieja incandescencia de las viejas lámparas en el viejo invento de Marconi: Stille Nacht! Heilige Nacht! A pesar de ello, se genera una vaharada simpática en esas tibias lontananzas del espacio doméstico. Frunces, pliegues aprenden un lenguaje de referencia, una koiné en la disposición caótica, de manera que todos los tejidos conversan reclinados en el respaldo de polipiel que amable ofrece la nocturna atmósfera. Sólo hay frío detrás de los cristales, en el mugriento aire libre, tras los silbidos tenues de las brasas (Stille Nacht!); brasas que viven su protagonismo iluminando el agua, pregonando a la mísera intemperie su valía. La silenciosa noche cuelga sobre el país. La triste aldea yace sobre la tierra compacta (Heilige Nacht!) y el corazón se ase, desgraciado, a la templada luz.

Cuando muera el calor de la ceniza, se impondrá un inactivo silencio, y aquella nostalgia de dicha la tendrán que reavivar los sueños del hombre tendido junto a un vaso de agua, esperando la resurrección sepulcral de la mañana.

 

Hotel Albamanjón, Lagunas de Ruidera, lunes, 5 de enero de 2009 

Con esta estancia doy por finalizadas mis vacaciones navideñas. Esta espaciosa y cuca habitación, caldeada por una bonita salamandra de compacto y atrevido diseño remedando las retorcidas siluetas de la llama, da a una de las “sacras” laderas dispuestas en este esplendoroso oasis manchego; da a la maciza ladera y a una de las primeras lagunas de Ruidera que la imaginativa osadía popular denomina, para ahormar un cabal acoplamiento con el género del sustantivo que la define, laguna  Sampedra, desdeñando graciosamente la acuñación oficial Laguna de San Pedro. Precisamente Sampedra se llama el cuarto desde donde ahora escribo, mientras declina la tarde y en un transcurso agigantado por la hora inminente se nubla la visión de la ladera, a la vez que esa amplia superficie de esmeraldina agua rutilante, que la mañana iluminó con su incansable brío, se torna invisible, aun antes de agotarse por entero la luz.

   La referencia de estos parajes (recónditos, amables, sosegados, hieráticos, del todo inesperados en mitad de la Mancha pelada) confluyó en la secuencia onírica que “viví” hace unas noches, en la que me reencontraba con el poeta Gabino-Alejandro Carriedo, fallecido hace más de un cuarto de siglo y al que tuve la suerte de conocer poco antes de su muerte, acaecida en septiembre de 1981. En el sueño, yo sabía que hablaba con un muerto, mas el propio Carriedo creía que estaba vivo, sin imaginar un óbito que todos los que hemos tratado su figura tenemos ya suficientemente documentado. En un momento de la conversación, le pregunté: “¿Dónde moras?”, y su respuesta fue, cargada para mí de resonancia sobrenatural: “En las Lagunas de Ruidera”; ah, en el mítico espíritu de Ruidera, pensé, aunque lo que él en realidad quería decir, con la que me pareció tan enigmática contestación, es que pasaba la temporada en un chalé enclavado en este parque natural. Carriedo, que, como dije, se suponía vivito y coleando sin más, agarró un mazo de mis artículos en los que he escrito sobre su obra y su histórico papel literario, y que ya suman un cuantioso número, donde, lógicamente, al consignar por primera vez su nombre, acompaño el paréntesis que encierra las dos fechas decisivas en la cumplida vida de una persona. Él, al comprobar la cifra fatal, me mira sorprendido y alarmado exclama: “¿Qué pasa?” Y aquí se interrumpe el sueño.

Anoche, ya totalmente la ladera abatida y durmiendo a oscuras junto a la negra entonces verde agua diurna, bajamos a cenar Rosario y yo al restaurante del hotel, muy tranquilo (sólo otra pareja y nosotros) debido a la baja ocupación en estos finales días navideños. Después del postre, ya en un sofá, frente a un erguido lar, tomo unas copitas de orujo blanco antes de retirarnos a dormir. Resultado: dolor de cabeza en mitad de la noche. Como el organismo se resiste, pese al dolor, a despertar, elabora el sueño para, argumentalmente, enmascarar el incomodo y no volver onerosamente a la molesta vigilia. Dice Freud en su célebre mamotreto que la temática de los sueños halla su explicación, indefectiblemente, en el día anterior. Como continuamente pienso en los progresos, dudosos, de mis estudios de alemán, no es de extrañar que en mi sueño se cumpliese el rotundo vaticinio de Freud, pues me tiré un buen rato soñando que repetía incansablemente esta frase alemana: “Ich habe Kopfschmerz”, “Ich habe Kopfschmerz”…: “Tengo dolor de cabeza”, “Tengo dolor de cabeza”… Hay que aclarar que el sencillo sintagma, correctamente construido, no se enuncia exactamente así, ya que los alemanes construyen esta quejosa frase no en singular sino en plural: “Ich habe Kopfschmerzen”, es decir, no “dolor” (der Schmerz) sino “dolores” (die Schmerzen). Aunque también esta proposición la pueden ensamblar con otro núcleo del predicado distinto al verbo haben (“tener”), utilizando schmerzen (“doler, causar dolor”), diciendo así: “Mir schmerzt der Kopf” (literalmente: “A mí causa dolor la cabeza”).

    Al principio decía que con esta estancia en el muy coqueto hotel Albamanjón, construido en un perfecto enclave “empotrado en la roca”, como reza su eslogan publicitario, prácticamente finalizaban las vacaciones de Navidad, completamente liquidadas cuando en la mañana del día ocho penetre de nuevo en la oficina. Empezaron realmente cuando ya en la lejana fecha del 20 de diciembre pasamos en Madrid un par de días, asistiendo al teatro, visitando exposiciones, viendo las luces azuladas e intensas que adornan la metrópoli durante esas jornadas de incansable trasiego comercial pese a la crisis. Tanto la Nochebuena y el día de Navidad como la Nochevieja y el primer día del año los hemos disfrutado protegidos en el afectuoso ambiente familiar, en Manzanares y Cobisa respectivamente. El resto del período vacacional lo hemos gozado en la absoluta tranquilidad de La Alameda, dedicados a pasear por los campos exhaustos que concienzudamente se preparan para las cosechas venideras desarrollando sus pacientes procesos; fatigando nuestras inseparables lecturas; entregados al ensueño intemporal de la música; asando castañas en la estufa y alimentando al gato que ha hecho guardia en el porche y al que Papá Noel le ha traído la plegada tela de una vieja cortina para calentar el frío asiento de la silla de camping donde el undoso minino se posa. Eso sí, con bastante frecuencia nos hemos aperitiveado en el bar de la aldea. Y además nos hemos desplazado en un par de ocasiones hasta unos multicines cercanos, donde hemos visto El intercambio, la última película dirigida por Clint Eastwood, un film muy bueno, con un excelente ritmo narrativo y una fábula impecable, y Australia, protagonizada por Nicole Kidman, cinta que, sin estar del todo mal, resulta muy larga, pesada, bastante repetitiva y morosa, y con una clara intención propagandística del país-continente que tenemos en las antípodas.

En cuanto a las lecturas, avanzo con agrado en las páginas de una novela de extensión media, no llega a 300 páginas, no muy conocida, de Günter Grass y que lleva por título Malos presagios (Unkenrufe); con sobrada maestría el autor de Danzing (hoy Gdansk, Polonia), recrea, en una historia muy llamativa sobre la creación de un cementerio de la reconciliación en el disputado territorio alemán-polaco, la vivencia de un atractivo personaje a través de sus más íntimos documentos: diario personal, facturas, fotos, etc. Por otra parte, en estos días he concluido una nueva lectura de los cuatro evangelios, claramente diferenciados entre sí en dos grupos: los tres sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas) y el cristológico de Juan. Mucho habría que profundizar para fijar una interpretación minuciosa de las perícopas del texto, fuera de las estúpidas notas que suelen insertarse en las ediciones católicas. Esa anhelada profundización la dejo aplazada sine die. Lo que sí puedo afirmar sin empacho es que la factura de los evangelios es mucho más literaria, grata de abordar, que la mayoría de los libros del viejo testamento, con ese aborrecible y tan marcado discurso panfletario. Incluso los evangelios hacen a veces sobresalir algún detalle humorístico, como en un par de citas de San Lucas que subrayo; en la primera de ellas (Lc, 6, 46), Cristo, con “santa” paciencia, reprocha a sus discípulos su tremenda ignorancia, si bien tan humana: “Me llamáis Señor, Señor, y luego no hacéis lo que os digo.” Desde luego, no se puede negar que el tono irónico se revela en el texto a través de la geminación “Señor, Señor”. Cuando en el versículo 27 del capítulo 11 del mismo evangelio una mujer, entre la multitud, le espeta a Jesús: “Feliz el vientre que te trajo y los senos que te amamantaron”, la exclamación podría tranquilamente ser esta otra, más castiza pero con idéntica equivalencia: “¡Viva la madre que te parió!”, a lo que Cristo, en el versículo siguiente, responde condescendiente, y sonriendo socarronamente aunque la Palabra no lo exprese: “Felices antes los que oyen la palabra de Dios y la guardan”.

      Esta mañana desayunamos dentro del cuarto. El hotel Albamanjón debe ser de los pocos hoteles que suben aún la bandeja del desayuno a las habitaciones y siguen ofreciendo la modalidad “continental”, renunciando al foráneo y costoso “desayuno-bufé”. A media mañana salimos con el coche y lo aparcamos junto al bar La Perca Rosa, situado a la orilla de la última laguna Guadiana abajo. Dispuestos a realizar la consabida e idílica caminata que ya hemos hecho tantas veces, tomamos el camino que se inicia enfrente del que lleva al “Hundimiento”, donde el agua de las lagunas se sumerge para surgir de nuevo llevando la corriente hasta el pantano de Peñarroya. Bordeamos la sucesión de los remansos en el lado opuesto a la carretera de la Ossa. Nuestra senda atraviesa los refugios para la fauna y, por consiguiente, queda prohibido el acceso a los vehículos de motor; prohibición incumplida por dos motoristas, no sé si gilipollas o despistados, con los que nos cruzamos. El trayecto es bellísimo, siempre subyuga de igual manera por muchas veces que se haga. Llegamos a la alargada laguna de La Lengua y nos sentamos unos minutos a la orilla para descansar (llevamos más de hora y media de marcha) y tomar un trago, compadeciéndonos de la poca agua que lleva ahora este completamente hermoso tramo cuando está repleto. Emprendemos el camino de vuelta y en un claro y al sol, pues son las dos,  comemos nuestras latillas de melva con nuestro vino tinto con Casera. Después de cuatro horas dándole a la patilla, un cafelito en La Perca, un cigarrito, coger el coche y de vuelta al hotel. Siestecita chachi en el mullido lecho de La Sampedra. Al levantarnos, bajamos a la cafetería a tomar un té y ocupamos el resto de la tarde leyendo periódicos que hemos comprado esta mañana en la gasolinera de Ruidera.

La ladera y el agua de color esmeralda permanecerán hasta el alba en el vientre de la noche mientras que por la tele están pasando la cabalgata de Reyes retransmitida desde el rumboso municipio de Madrid. Desfile derrochón que parece indicar a todas luces que los ayuntamientos piensan más en el posible rédito electoral que en iluminar honradamente la inocencia de los niños.

 

Alcázar de San Juan, jueves, 22 de enero de 2009 

Si no quieres caldo, toma dos tazas. Digo esto porque, siendo absolutamente descreído en los asuntos del dogma religioso, cuento entre mis parientes a un párroco católico y a un pastor evangélico. Con el protestante me veo muy poco, sólo son capaces de reunirnos los entierros (ni siquiera las bodas), y entonces únicamente nos saludamos sin conversar apenas. Con el católico, por el contrario, suelo almorzar con regular frecuencia. En uno de estos últimos encuentros surgió en la mesa el tema de la virginidad de María. Yo no estoy muy puesto en política eclesiástica, digamos vaticana, pero pensaba que afirmar que la Virgen fue perpetua doncella era cosa de catecismos, triviales apostillas dirigidas al pueblo llano para simplificar las cosas; y hasta ahora estaba plenamente convencido de que, a pesar de ello, los doctores, ¡tiene la Iglesia!, daban por cierto que María fue virgen sólo durante el proceso de concebir y parir a Cristo, según sencilla deducción a partir del evangelio de Mateo (Mt, 1, 25), donde claramente se dice, con suma nitidez gramatical, que José, después de la visita del ángel y confiando ya en su mujer, “no la conoció hasta que dio a luz un hijo y le puso por nombre Jesús.” Repito subrayando la locución drástica : “No la conoció hasta que dio a luz un hijo”. Esta cita la extraigo de la edición de una Biblia católica, la realizada por la Editorial Franciscana de Braga. El verbo usado en el texto griego es gignosco, que significa “conocer” y, en precisa acepción, “conocer en trato íntimo o carnal”, que es la que cuadra obviamente en el versículo citado. Pero claro, a veces se traduce como a uno le viene en gana, y así se origina el equívoco despreciando el sentido-base, como ocurre en la difundida Biblia, igualmente católica, de Nacar-Colunga, de la Biblioteca de Autores Cristianos, al trasladar de este modo el versículo: “[María], sin que él [José] antes la conociese, dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús”. La prestigiosa Biblia de Jerusalén es más ladina e incurre en ambigüedad, sustituyendo “no la conoció hasta que dio a luz”, por un difuso “no la conocía…”. La edición, católica también, de la Editorial San Pablo, comete la marranería de omitir el sentido por el morro, transfiriendo con mucha cara dura: “Y sin haber tenido relaciones, María dio a luz un hijo al que él [José] puso por nombre Jesús.” En suma, no se puede uno fiar de una Palabra tan dudosamente transmitida.

Por supuesto que las biblias protestantes no cometen estas desviaciones, ateniéndose al texto y prescindiendo de las notas falaces. De un hotel de Amsterdam robé un Nuevo Testamento que dormía en el cajón de la mesilla, traducido a cuatro lenguas, alemán, francés, inglés y holandés, en la edición, protestante, publicada por los Gedeones Internacionales, empeñados en poner una Biblia en cada cuarto de hotel del mundo entero, pues otro ejemplar idéntico, o muy parecido, en todo caso también plurilingüe, y que luego regalé a mi pariente el párroco, lo cogí en Madrid del tristemente desaparecido hotel Suecia. En esas cuatro lenguas que completan ese volumen usurpado en Amsterdam, este versículo (“Y no la conoció hasta que dio a luz”) es inequívoco; así, en alemán: “Und er berührte sie nicht, bis sie einen Sohn gebar”, donde el verbo berühren significa “rozar, tocar, entrar en contacto”; en francés: “Mais il ne la connut pas jusqu’à ce qu’elle eût enfanté un fils”; en inglés: “but had no marital relations with her until she had borne a son”.

Otra cuestión controvertida arranca de este fragmento del versículo 7 del cap. 2 del evangelio de Lucas referido al momento del nacimiento de Cristo: “y [María] dio a luz a su hijo primogénito”, (¡ojo!, primogénito y no unigénito), que copio de una de las ediciones católicas que, acechantes sobre la mesa y con el ceño fruncido, ahora me rodean; fragmento que coincide exactamente con lo impreso en la más prestigiosa Biblia protestante, la llamada Reina-Valera, fruto conjunto de dos monjes jerónimos de los siglos XVI-XVII, así apellidados, y que se pasaron al bando de Lutero. Relacionadas con el versículo de Mateo que hemos venido fatigando, estas palabras prueban, ¿o no es así?, que la Virgen tuvo más hijos. Y esto queda clarísimo, y volvemos otra vez a Mateo, cuando  el evangelista cuenta que sus paisanos nazarenos se pasman frente a la sabiduría de Jesús, murmurando esto: “¿No es éste el hijo del carpintero? ¿Su madre no se llama María, y sus hermanos Santiago y José, Simón y Judas? Sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? ¿De dónde pues le viene todo esto?” (Mt, 13, 55-56), versículos que tomo, igualmente, de la Nacar-Colunga. ¿Entonces qué pasa? Lo que pasa, como opina mi pariente el párroco (siempre, como buen cura, sin mojarse estentóreamente), es que la tradición de la Iglesia pesa mucho más que el contenido textual de los escritos sagrados. Y lo más cachondo es que esa tan influyente institución nos reprocha, a los que así pensamos como protestantes, que interpretamos mal, pero que muy mal la palabra divina. Yo sólo discuto sobre lo que dice el texto, porque en el fondo creo que todas estas historias no son más que pura mitología y una desbocada invención, además de un negocio descomunal.


"La mort de Socrate" de Erik Satie

Pero dejemos este mundo inerte y vayamos a otro mundo mucho más franco, fogoso y simpático, aunque también teñido de un dulce cristianismo sin dobleces: el mundo de Satie, el músico Erik Satie, el gran Satie. En vida, este compositor francés, nacido en Normandía en 1866 y fallecido en París en 1925, no obtuvo el reconocimiento por parte del público hasta que no cumplió 45 años; en un primer momento, en enero de 1911, al interpretar el célebre músico Maurice Ravel varias de sus piezas tempranas en un concierto de la Societé Musicale Indépendante, y un lustro después al estrenarse, con un estruendoso éxito revestido de escándalo, el ballet Parade; el productor Serguei Diaghilev, fundador de los Ballets Rusos, había encargado a Satie la partitura, participando en el montaje nada menos que Cocteau y Picasso, que se encargó de los decorados. En esta obra aparece un caballo de circo en escena y a la música se incorpora el teclear de una máquina de escribir, el silbido de una sirena de vapor y el tableteo de una rueda de lotería, novedades muy decisivas en la conformación de la naciente vanguardia artística del siglo. Pero Satie es conocido, sobre todo, por sus obras para piano (Ogives, Sarabandes, Gymnopédies, Gonnossienes), secuencias breves (pocos minutos), agrupadas con frecuencia en trípticos y dotadas de una simplicidad o, mejor dicho, claridad sorprendente que muestra a todas luces la complejidad introspectiva de Satie. El piano fue el instrumento-laboratorio en la experimentación del músico. Él siempre propendió a dotar a su creación musical de una sencillez clásica ejecutada con sensibilidad moderna, suponiendo un retorno a unas fuentes primigenias e intemporales; para el logro de este objetivo, según sus propias declaraciones, se sirvió de un claro modelo: el cubismo de Braque y Picasso. Con más gusto hablaba Satie de pintura que de música.

Satie fue una persona muy afable y extravagante al mismo tiempo. Su dulzura y su ingenuidad estaban asociadas a su lectura de cabecera, los cuentos de Andersen. Se creó algunas enemistades pero con la mayoría, legión, demostró un natural carácter muy bondadoso y amigable. Era muy pobre, siendo esta pobreza un verdadero y fecundo signo de su identidad. “Monsieur le Pauvre” se le llamaba. Como siempre ocurre, un humor anecdótico ha quedado, en una visión superficial, demasiado adherido al conocimiento del personaje, rebajando la opinión de su genio si no se intenta comprenderle en profundidad. Maxime Jacob, un compositor que no hay que confundir con el poeta judío, también cercano a Satie, Max Jacob, confiesa que “sería una traición para con Satie tratar de fijar su personalidad a partir de su conversación o de sus anécdotas”. En el fondo de Erik Satie (el ciudadano que se encargó siete trajes de terciopelo idénticos para vestir siempre igual) había la más extrema melancolía y la más indomable lucidez. En su inconexo y atractivo diario "Memorias de un amnésico" (en buena parte periodístico), empieza declarando que él no es un músico sino un fonometrógrafo. Al componer, él tomaba los sonidos, despojados de carga temática, en su esencia y, como él dice, "los pesaba". Más que un moderno, un avanzado, que lo era, sobre todo fue un antirromántico, desdeñando el influjo narrativo y descriptivo en la composición musical. Actuaba, por consiguiente, no por principios discursivos sino de yuxtaposición, repetitivos. Vanguardia pura que Satie no quiso nunca convertir en dogma. Oyendo sus frases, reiteradas y límpidas como un crecimiento floral dispuesto en la cabal medida del artista, podemos visualizar perfectamente un cuadro de Mondrian, asociándolo a esa sensación melódica y armónica, escueta en su esqueleto y rica en su expansión.

Acabo de concluir la lectura de un libro que me ha resultado delicioso: El mundo de Satie, de Robert Orledge, publicado en Argentina por Adriana Hidalgo Editora. Es una biografía muy peculiar, pues está montada a base de una abundante serie de declaraciones por parte de mucha de la gente que lo conoció y tuvo trato con él. En estas páginas, un trecho de la mezzosoprano francesa Jane Bathori (1977-1970) acierta totalmente describiendo el efecto que del arte satiniano emanaba: “Lo que era tan extraordinario acerca de su música es que, a pesar de ser simple en apariencia, tan fluida, sin fortissimi, sin efectos dramáticos, producía una expresividad de gran originalidad y realismo que aumentaba en intensidad hasta el final, y a veces dejaba al público en un silencio emocionado y admirativo.” Satie fue precursor de realidades que hoy asumimos sin pensar, como la música ambiental. El creó la llamada musique d’ameublement, una “música de mobiliario” que, sin ser escuchada, cumpliese la función, en una sala, de los jarrones, cuadros, lámparas, sillas y otros muebles, avanzando así la función ubicua y despreocupada del hilo musical. El afamado músico Darius Milhaud (1892-1974), amigo hasta el final de Erik Satie, afirma a este respecto que “el futuro habría de probar que Satie tenía razón: hoy en día, niños y amas de casa llenan sus hogares con música tranquila, leyendo y trabajando con el sonido de las radios. Y en todos los lugares públicos, las grandes tiendas y los restaurantes, los clientes se ven sumergidos en una marea interminable de música”. Erik Satie es, junto con Olivier Messiaen, con Leos Janácek, con Dimitri Shostakovich, y tal vez con alguno más que ahora no viene a mi memoria, uno de los contados emblemas de la música del siglo XX. Algunos críticos afirman que la más hermosa pieza de todo el pasado siglo fue su Socrate, para una o cuatro sopranos y piano u orquesta (así de versátil era su concepción musical). Dentro de Socrate, destaca su movimiento más sobrecogedor: “La mort de Socrate”.

 

Alcázar de San Juan, miércoles, 28 de enero de 2009 

            Por la tarde, después de la siesta y el té (Rosario se fue pronto a Manzanares), acabo los Hechos de los Apóstoles, que antes no había leído. Narración ágil de los viajes de San Pablo, seductora aparición de los barcos en el mar y en los puertos. El reproche del texto, si no a la religión sí a la conductas del judaísmo, es permanente. Los paganos son la niña bonita, fruto de las grandes aspiraciones de expansión, a los que se les respeta. Cuando el santo llega a Atenas se encuentra en el Panteón con el lugar al dios desconocido (Hch, 17, 23), y se le hace la boca agua pensando en llenar ese hueco integrador y excluyendo, por descontado, a las demás deidades. Se emociona tanto que alaba en demasía la religiosidad del pueblo griego. Ese tan esporádico bíblico humor surge ahora en el personaje del rey pagano Agripa, quien, asombrado por la impecable retórica del discurso del santo, le dice complacido e irónico: “Por poco me convences…” (Hch, 26, 28). Por este texto, San Pablo, el odioso codificador, me cae un poco mejor de lo que me caía. La moraleja salta, si bien encubierta, proclamando que el cristianismo cabe en el paganismo, no a la inversa.

            En clase de alemán. La profesora nos ha dicho que vamos muy retrasados en lograr una mínima expresión fluida. Me brota el optimismo en ese momento y le replico que tampoco vamos tan mal. Risas de esas  chavalas jovencitas, meiner Mitschülerinnen, que aún van al instituto y que se muestran tan naturales y risueñas, dichosamente incapaces aún de afrontar el tiempo en su grave medida, y que tanto refrescan la fatiga con la que muchas veces transcurren las sesiones en que el pequeño número de alumnos damos batalla a este complejo idioma. Al terminar la clase y despedirme, en alemán, como tenemos impuesto, cometo un lapsus que resulta divertido: en lugar de decir, hasta el lunes, “schönes Wochenende!” (¡buen fin de semana!), me sale “frohe Weihnachten!” (¡feliz Navidad!).

            Termino la introducción de la antología de la poesía hispanoamericana (tercera edición en Alianza, aumentada) preparada por José Olivio Jiménez, canónica, con tan buenas viñetas explicativas del impacto de los poetas que la integran antecediendo a las selecciones ¾siempre justas, equilibradas entre lo subjetivo y lo objetivo y atractivas¾ de las respectivas obras poéticas.

 

Alcázar de San Juan, viernes, 6 de febrero de 2009 

            Hace unos días asisto, en el Teatro Auditorio Municipal de Alcázar de San Juan, a la representación de La Cena, última producción escénica del grupo Els Joglars. Soy entusiasta del tipo de espectáculo ofrecido por esta ya veterana compañía. De sus últimas obras conservo un regusto especial dejado por El retablo de las maravillas, “Cinco variaciones sobre un tema de Cervantes”, que, estrenada hace justamente un lustro en Sevilla, pude un poco más tarde disfrutarla en el madrileño teatro Albéniz.

Recuerdo, como si fuese ayer, el morbo que sentí al ver representar El Joc, la segunda obra de extensa duración que montó el grupo, estrenada en 1970, y que con El diari, presentada dos años antes, conformó el inicio de una etapa definitivamente consolidada y que daba continuación a una prehistoria artística que incluía pequeñas obras de mimo realizadas desde 1962 a 1967. Casi cincuenta años ya de fructífera singladura por mares procelosos de éxitos y recelos siempre sobrevenidos en tonos extremados. Pues bien, El Joc yo la vería quizá en 1972, o 1973, exactamente no recuerdo, en todo caso aún vivía el Dictador. La presencié desde una butaca del salón de actos de los antiguos sindicatos verticales toledanos, en la cuesta del glorioso Alcázar. La pieza se dividía en seis partes, seis juegos, con un descanso después del tercero, una parodia muy divertida sobre el Paraíso Terrenal con sólo tres actores en las tablas representando a Adán, a Eva y a Dios, este último interpretado por Albert Boadella; un Dios que para rematar la escena, aturdido ante la complejidad de esas sus dos primeras criaturas humanas, se dispara con su pistola en la sien. Intervenían en El Joc pocos actores y el montaje escénico era bien sencillo, sólo una rampa circular donde se movían los personajes. El desarrollo de la obra era mudo, desenvolviéndose sólo en artificios mímicos, lo que permitió a Els Joglars representar esta obra en diversos escenarios europeos. Los amigos que fuimos a esa representación, que era gratis, únicamente teníamos una vaga idea (rojeras como éramos además de hippiprogres) de la entonces naciente trayectoria imparable del grupo catalán. Pero el despiste de los organizadores, o los patrocinadores, fue mayúsculo. Entre el público había curas y monjitas que habían llevado a sus internos para que inocentemente se solazaran en el transcurso de una velada que imaginaban ser sólo grácil e inocua escenificación danzarina. Naturalmente, tras el juego en que Dios se suicida, precediendo al descanso, salieron desfilando indignados y silenciosos. ¡Cuánto disfrutamos el grupete prometedor al observar in situ esta reacción!

             Desde luego La Cena, y lo apunta Boadella en el programa, tiene estrecha relación con el Tartufo de Molière: “Vivimos en la época de mayor esplendor del Tartufo. El gran personaje de Molière tiene hoy su máxima expansión en nuestra sociedad. Raudales de palabras altisonantes y una ostentación pública de filantropía son las señas de identidad de una época exhibicionista que se finge magnánima.” La diferencia con la obra del mejor comediógrafo francés es que, si el falso devoto Tartufo queda resueltamente desenmascarado y hundido en la pieza inmortal, en el montaje de Els Joglars la hipocresía persiste bajo un nihilismo irremediable. De forma que La Cena, a pesar de ser bufonesca e histriónica, dotada de ese estilo festivo y afectivo característico de Els Joglars, no es una comedia, al contrario del teatro de Molière, de quien precisa Alain Verjat que “lo suyo eran las mímicas extremadas y las tramas inspiradas en la commedia dell’arte.” El propio dramaturgo galo, en el prefacio a su Tartufo afirma que “las máximas más nobles de una moral severa suelen tener menos fuerza que las de la sátira, y nada corrige mejor a la mayor parte de los hombres que la pintura de sus defectos. Una buena manera de atacar los vicios es exponiéndolos a la risa pública.” Sin embargo, la fábula propuesta por la legendaria “trouppe” española no tiene por objeto aleccionar, sino constatar una penosa realidad con poco arreglo y dudoso final.

            Al concluir la representación de La Cena me alarmé pensando que Els Joglars había ofrecido al numeroso público asistente un intento fallido, pues a pesar de la maestría y el profesionalismo incuestionable de la interpretación, encontré esta nueva obra algo pesada, pasada de bromas y un tanto pobre en los diálogos. La crítica a la nueva gastronomía patria encarnada por el modelo de Ferran Adrià, referencia objetiva realmente payasa, me pareció mejor cuajada en la ya mencionada El retablo de las maravillas. Al salir comenté este indeseado y desolador saldo con Rosario y Ana, que también habían recibido una impresión semejante. ¿Por qué?, nos preguntábamos, deduciendo, con dudas balbucientes, que pese al clímax de comunicación gestual que una pieza debe alcanzar para que sea participativa (situación clave del imprescindible binomio actores-público), en verdad las obras perduran gracias a un texto potente, bastándole así al teatro ser leído si queremos nutrirnos de la fuente más primordial. Aunque, claro, también es cierto que una cosa es la literatura y otra muy distinta el auténtico efecto sensorial y emotivo arropando a toda la colectividad reunida en la sala oscura, tanto desde la escena hipnótica como en su proyección: las repletas localidades ocupadas por individuos hipnotizados.

            Hasta hoy he meditado en este evento y, a toro pasado, creo que La Cena no desmerece mi afición por la trayectoria de esta sólida compañía, y esa impresión, apresurada en una engañosa inmediatez, debía de ser revisada, y a ser posible  “vengada”, asistiendo a una nueva representación de la obra. Porque, además, intervino negativamente haberla visto en el Teatro Auditorio Municipal de Alcázar, un espacio escénico que es, como poco, una mierdecilla, disponiendo de un escenario recortado y con parca y mutilada visión si no se está justo en el centro del patio de butacas, y que deja ver, impudorosamente, el que debe ser absolutamente invisible trasiego tras las bambalinas; este coliseo chapucero tiene mala acústica porque simplemente carece de concha acústica. Esto es un disparate que se ha dejado pasar impunemente y que nunca se recrimina, salvo en corrillos y sin estar ellos presentes, a los munícipes que inauguraron el teatro y que hoy siguen siendo los mismos. Cuando esta caca de local se inauguró hace, creo, casi diez años, estaban muy próximas unas elecciones, y con las prisas (“Bueno ¾quizá pensaron¾ como aparentemente no se aprecia…”) no le pusieron concha acústica, que es el irrenunciable elemento técnico, básico en una construcción de este tipo, (vamos, digo yo). ¡Un auditorio sin concha acústica, qué barbarie!. En aquel acto inaugural, al que asistí provisto de un tarjetón intransferible remitido por el alcalde de Alcázar de San Juan, se incurrió en otra cutrez más que significa ni más ni menos otra racanería acostumbrada: la primera actuación estuvo a cargo del ya entonces muy decadente ballet de María Rosa, al que yo había visto hacía siglos (cuando a dicha formación aún no se la tenía por casposa) en la plaza del Ayuntamiento de Toledo en una de las funciones de los Festivales de España organizados por el Régimen.

Así que en primavera, en un recinto totalmente adecuado y decoroso como es el Gran Teatro de Manzanares, también teatro-auditorio municipal, volveré a ver La Cena. El Gran Teatro de Manzanares tiene una audición muy buena y está dotado de un escenario con una embocadura lo suficientemente panorámica para ver correctamente desde cualquier punto (si bien siempre, hasta en los teatros más prestigiosos, hay “puntos negros”), y también es más lindo, decorado con mejor gusto, cálido y mucho más confortable que éste de Alcázar. Cuando penetras en la sala del Gran Teatro de Manzanares, enseguida se te acercan unas chicas de entallado uniforme para ofrecerte el programa, sonreírte y acomodarte. En el de Alcázar no hay nada de esto, nadie que te ofrezca un programa, si no es una escuálida mesita, nadie que te sonría ni te acomode; sólo un rudo paisano, con un recio jersey marrón o gris, te corta las entradas en la puerta.

 

Alcázar de San Juan, domingo, 15 de febrero de 2009 

            Este fin de semana, acompañando a mi excelente y entrañable amigo Agustín Porras, fecundo creador e incesante animador cultural, que el viernes dio una conferencia en Socuéllamos dentro del acto literario anual que celebra la entrega del premio de poesía “Carmen Arias” en su más reciente convocatoria. La ponencia de Agustín Porras trataba sobre Gustavo Adolfo Bécquer, siendo Agustín un destacado investigador de la vida y la obra del gran poeta español y universal. De no hace mucho es la publicación de una cabal biografía becqueriana debida a su tesón y sus acertadas pesquisas. La charla fue magnífica, brindando al auditorio un conjunto de datos puntuales, ofrecidos amenísimamente, sobre los avatares del inmortal autor patrio. Al público asistente en verdad nos supo a poco su esclarecedora disertación, desmitificando lo que es siempre necesario desmitificar del  tópico recuento vital de Bécquer, deshaciendo así la leyenda de que fue siempre un poeta famélico, atormentado, marginal, y fijando por contra, muy provechosamente, una justa figura centrada en un escritor laborioso que practicó una esforzada y copiosa labor periodística (fue director de varias publicaciones), divulgando además en este formato lo más sabroso de su prosa, contenida, según Agustín, en las Cartas desde mi celda, altamente informativas del entorno personal del poeta y del ambiente sociológico de su tiempo.

            Cuando Agustín Porras habló de la etapa en que los dos hermanos, Valeriano y él, vinieron a Toledo, afectados directamente por las alteraciones derivadas de la Revolución Gloriosa de 1868 (ya que Gustavo Adolfo había estado protegido por el desbancado ministro González Bravo), el ponente contradijo la arrastrada e irreflexiva opinión que sostiene que Valeriano y Gustavo Adolfo residieron en Toledo, ellos más los hijos de ambos, a dos velas, sin ingresar ningún emolumento. Agustín ha dilucidado que los hermanos y la prole se mantuvieron económicamente con lo que el Bécquer pintor cobraba por sus colaboraciones en la Biblioteca Ilustrada de Gaspar y Roig, ilustraciones que aparecían sin firma, sólo figurando en la publicación la mención Laporta, el grabador en esas ediciones.

            Cuando ayer nos volvimos a ver, y yo continué mi labor de anfitrión llevándole a El Toboso, lugar mítico donde los haya, y almorzando juntos en un pintoresco restaurante situado en el cerro de los molinos de viento de Campo de Criptana, Agustín me regaló un primoroso libro, precisamente una reedición, publicada en 1877, de La cazadora salvaje, escrita en inglés por el capitán Mayne-Reid, en traducción de Ángel Avilés, dentro de la serie Aventuras de Mar y Tierra de la citada Biblioteca Ilustrada de Gaspar y Roig. Preciosos grabados a partir de los dibujos originales de Valeriano Bécquer, cuya autoría se deduce claramente en el grabado de la página 48, donde sobre un hermoso alazán un jinete con el torso desnudo lleva en la grupa a una galana y laureada moza que, evocando a Diana cazadora, ahuyenta a un lobo que les sale al encuentro. El jinete presenta en su rostro la misma fisonomía que la del más célebre retrato de Gustavo Adolfo Bécquer realizado por su hermano. Pero ya que en esta colección Valeriano no podía firmar, el artista hace uso en este grabado de una treta reveladora: en el margen inferior izquierdo unos trazos que representan unas briznas de hierba conforman las siglas del pintor, VDB, Valeriano Domínguez Bécquer, o Bastida, pues éste era realmente el segundo apellido de los hermanos que extrajeron de los ancestros ese más sonoro apellido germánico con el que todos los conocemos. Sin duda alguna, éste ha sido el mejor descubrimiento con que, repleto de estímulos, vino y amistad, el soleado y agradable fin de semana me ha obsequiado.

 

Luxemburgo, lunes, 23 de febrero de 2009 

            En el avión que me trajo el viernes a Luxemburgo leo el libro de José Gomez-Menor Siega de pan y flores. Antología poética, editado muy recientemente (tan reciente que en el colofón figura la fecha de hoy) por el sello toledano Ediciones Covarrubias y que lleva como prólogo un consistente texto introductorio del también poeta Santiago Sastre; de Santiago Sastre “fui su maestro. Con el tiempo él lo fue mío”, como dijo Eduardo Chicharro de Carlos Edmundo de Ory. Me han resultado sumamente interesantes estas 16 páginas tan orientativas de Santiago sobre los sobrios y aromáticos poemas del cura Gómez-Menor. En ellas mi entrañable amigo defiende con denuedo la verdad contenida en los versos escrupulosos del ya anciano poeta, acudiendo a una atractiva terminología antigua para conjuntar los matices del concepto de “verdad” que han definido nuestras tres grandes civilizaciones; así, la aletheia griega, poseyendo un sentido ontológico, demostrable; la veritas romana, centrada en el convencimiento, y la emunah judeocristiana (de donde proviene la voz “amén”) que se basa en la confianza. Santiago Sastre hace una lectura cristiana de los poemas de Gómez-Menor, citando incluso a Ratzinger, mas el texto es sumamente honrado y no tiene nada de cicatero, pues todo lo que dice, bajo los presupuestos de esa lectura, es completamente admisible y, se piense como se piense en materia religiosa, ese texto resulta por entero una interpretación verosímil, limpia, nada mendaz o hipócrita. Introducción que responde a la elevada calidad de los poemas de José Gómez-Menor, resueltos en responsables actitudes de compromiso humano y rematados en hechura clásica, con una fragancia y sencillez sintáctica que no elude el singular y repujado léxico tan abundante del mundo del agro, un mundo natural y artesano. Aprecio en este poeta, viejo conocido mío, su abierta disposición ante los hechos del mundo, pese al dogma cristiano que preside su vida, a la hora de afrontar con total honestidad la escritura poética; en sus poemas, el mundo es asumido tal como es y plasmado en los versos con toda la armonía que la Naturaleza, plural, máxima madre o diosa, otorga. Y así, una referencia privilegiada de la poesía de este paisano podría ser la primera proposición del Tractatus wittgensteiniano: “Die Welt ist alles, was der Fall ist” (“El mundo es todo lo que acaece”, o “lo que es el caso”, según otra traducción más literal, si acaso menos sugerente). Me llama la atención que un cura dé tanta importancia al cuerpo, elevándolo a lo más alto de la aspiración cristiana: la metamorfosis, al final del tiempo, en cuerpos gloriosos desde nuestras pobres almas y caducos cuerpos, cuerpos gloriosos de los que gozaremos sensualmente sin cortapisas y sin el desasosiego que produce el pecado, porque ya el pecado no exista ni tenga razón de ser; final del tiempo en el que todos nos veamos desnudos, como desnudo está el Hijo junto al Padre: 

¿Todo será ceniza?
Algo puede cambiar en su destino.
Jesús lleva su cuerpo hacia la muerte
y lo dispone todo para surgir de nuevo.
Desnudo está ante el Padre: diviniza
sutilmente su cuerpo
para hacerlo materia de su eterna presencia.
 
Todo cumple el destino de los cuerpos.

Buena lectura, sin duda alguna, para gozar en medio de los cielos con el ruido de fondo de las precisas hélices penetrando en el reino de los nefelibatas.

Ahora acabamos de regresar de Heidelberg, hermosísima ciudad alemana, a 250 quilómetros de Luxemburgo, una distancia que recorremos sobre la magnífica red que posee Alemania donde grandes autopistas se entrelazan. Heidelberg tiene el río Neckar a sus pies, caudaloso curso que atraviesa otras ciudades importantes hasta llegar al Rin, como Tubinga o Stuttgart. Nada más llegar y aparcar el coche hemos tomado en una linda cafetería un zweiten Frühstück (segundo desayuno, tras el de Luxemburgo) probando los ricos pasteles (Kuchen) tan típicos en toda Alemania. Paseamos por la Ciudad Vieja, con sus bonitas plazas y edificios; subimos al Castillo, desde donde se divisa una impresionante panorámica; comemos barato (Alemania no es cara) y, antes del regreso, divisamos el señorial skyline de Heidelberg desde el Paseo de los Filósofos (Filosofenweg) al que hemos accedido por una serpenteante subida (Schlagenweg). Estando en Alemania se deshacen manidos tópicos, como el que con ignorancia afirma que los alemanes son desabridos; muy al contrario, es gente en general simpática y abierta. En las pocas horas que hemos permanecido en esta ciudad, que mantiene una pionera universidad con su animado ambiente estudiantil, nos han hablado en español varios de los heidelbergianos a los que nos dirigíamos para tratar de trazar correctamente nuestra visita.

Ayer nos desplazamos a Bélgica, a Binche, a unos 200 quilómetros de Luxemburgo, dirección Bruselas, de la que Binche queda muy cerca. Binche es una población del tamaño de Alcázar (unos 27.000 habitantes), de edificios algo tristones, pero famosa por sus carnavales, declarados Patrimonio Oral de la Humanidad. Binche ofrece una fiesta muy colorida, en la que curiosamente (y debe ser a causa de una específica tradición) las mujeres no se disfrazan, siendo una gran parte de las máscaras hombres ya muy maduritos vestidos de mujer. Nos quedamos al cortejo popular que parte de la vieja estación, vetusta, formado por las numerosas comparsas, con el sabor europeo que le prestan esas grandes tubas sonando alegre y potentemente en el desfile. Naturalmente, cayeron unos cuantos tubos de la excelente cerveza belga.

            Me gusta mucho acercarme de vez en cuando a Luxemburgo, y ya llevamos mi mujer y yo unas cuantas visitas. Voy porque allí vive un entrañable y cariñoso primo mío, el poeta Enrique Trogal, autor de una excelente obra poética y dramática. Él ya lleva tres lustros trabajando en la Curia europea radicada en esa capital. El sábado, para reposar del viaje, no salimos de Luxemburgo, dándonos una vueltecita por rincones que nos resultan muy familiares y penetrando en los cafés o las braserías que frecuentamos habitualmente. De forma que anteayer por la tarde no salimos del confortable piso que habita Enrique en la Rue de la Faïencerie, en el centro de esta manejable urbe donde uno cómodamente puede cambiar de registro, pasando del idioma francés al alemán sin problemas. En su estudio Trogal me mostró el trabajo, que ya lleva bastante avanzado, del encargo de traducción al castellano de L’Amour impossible de Barbey d’Aurevilly. Por lo demás ¾¡afuera hacía una rasca…!¾ no nos movimos en toda la tarde del tibio apartamento, ocupados en culturizarnos tranquilamente, haciendo un poquillo de siesta con los ojos entrecerrados, o cerrados, frente a la pantalla mientras sonaba la película Berlin, en realidad la filmación de un concierto relativamente reciente de Lou Reed; luego introdujimos en el reproductor de DVD otra película, Truman Capote, que a los tres nos pareció interesante. Para finalizar, ya a última hora de la tarde, y antes de preparar una pipirrana y un poco de fiambre y abrir una botella de “bon vin rouge” para la cena, vimos un capítulo altamente divulgativo de una serie sobre los germanos emitida por la prestigiosa cadena cultural franco-alemana Arte. Aunque también vimos el telediario de la Uno por el canal internacional de Televisión Española, además de una miaja de baloncesto patrio. Nada de cadenas francesas o alemanas. Por supuesto que durante estos días no nos falta, en ningún momento, una incesante plática sobre los más variados temas.

 

Alcázar de San Juan, martes, 24 de febrero de 2009 

            A las nueve Trogal se marcha a su oficina en la Curia, y bajo con él al garaje para depositar nuestras maletas en el maletero de su Ibiza. Desayunamos Rosario y yo y salimos a dar un voltio por Luxemburgo. Atravesamos el parque, llegamos al cogollo comercial en torno a la Grand Rue, cruzamos el puente y llegamos ―recorriendo esa gran avenida flanqueada por lujosos y grandes edificios propiedad de los bancos― a la estación; regresamos por una avenida paralela (la de la Gare), haciendo un alto en un agradable café. En un quiosco de la Plaza de Armas compramos El País y en la Place de la Poste tomamos un bus hasta la Curia. La parada queda justamente enfrente de las torres gemelas que albergan la sede del tribunal europeo: son áureos (son doradas) falansterios. A los pocos minutos aparece Trogal y nos adentra en el edificio. No podríamos franquearlo sin él, pues es nuestro garante. Tras la entrega de pasaportes en el puesto de control y colgarnos la tarjeta identificativa como “visiteurs”, pulsamos el botón de un ascensor y penetramos en un corredor muy largo y accedemos a un amplísimo comedor, aséptico, donde el espacio está acotado por grandes paneles hechos de materiales acrílicos con tonos sosegantes y neutros. Agarramos los tres las bandejas, los cubiertos, la servilleta de papel y el vaso y deslizamos esta base a través de un mostrador corredizo donde nos sirven el condumio elegido; pagamos en caja y entramos en todo el mogollón de funcionarios y funcionarias de tantos países, que charlan y degluten sentados sobre sillas de vistoso y bruñido plástico sumidos en ese educado entorno como de metacrilato. Es impresionante comprobar que toda la ingente maquinaria burocrática europea se sostiene por la exigencia de las labores de traducción. La lengua europea es la traducción de los cuantiosos idiomas dispersos por todo el territorio.

            Nada más terminar de comer, Enrique, al que hoy se le acumula el trabajo en la división española, nos lleva al aeropuerto de Luxemburgo, situado en el barrio de Findel, con un tamaño que lo asemeja al de una estación de autobuses. A la entrada nos despedimos de él, abrazándole y agradeciéndole su hospitalidad, la confianza y el risueño talante mostrado en todos los momentos de nuestra estancia, aun en aquellos de despiste y extravío por las carreteras alemanas. Faltan aún tres horas para la salida del vuelo, que administramos sentándonos un largo rato en la cafetería-brasería del piso alto, junto a un amplio ventanal que da a las pistas, sorbiendo un cafelito y leyendo el último número de la revista hamburguesa Stern recién comprada. En una visita a los servicios, me cepillo los dientes. Pasamos a la zona de embarque para esperar otro buen rato, que aprovecho leyendo y tomando algunas notas de los poemas del chileno Humberto Díaz Casanueva agrupados en una antología primorosamente preparada por José Olivio Jiménez.

            El avión, un eurojet muy pequeño que casi es una avioneta, sale puntual y llega antes de tiempo a Madrid. Sin prisas, cogemos el metro y transbordamos en Nuevos Ministerios hasta llegar a la estación de Chamartín. Hay tiempo para mear, fumarme un pito en la calle, comprar agua y sentarnos confortablemente mirando el panel horario, que al fin inscribe el número de la plataforma donde está situado nuestro tren. A las diez y media llegamos a Alcázar. Nos dirigimos hacia el coche, que está aparcado en una calle cercana. Ya en casa, nos cambiamos de ropa poniéndonos cómodos, recogemos el ligero equipaje, encendemos la cale, cenamos frugalmente, vemos un poco de tele, consulto el correo electrónico (nos invitan este verano a la Casa del Poeta de Trasmoz, en Zaragoza), y sin tardar nos retiramos a la alcoba a reposar en el merecido mullido lecho.       

 

Alameda de Cervera, sábado, 7 de marzo de 2009 

            Casi toda esta mañana sabatina repatingado en la tumbona, unos ratos en el salón y otros en el jardín, leyendo Colección de tapices, último libro de poemas de Jaime Siles, reciente Premio José Hierro impreso en un discreto y elegante pequeño volumen editado por el Ayuntamiento de San Sebastián de los Reyes, convocante del certamen. Ya había catado algunos poemas, deduciendo la calidad del conjunto, nada más entregarme el cartero, hace unos días, el ejemplar remitido por el propio Jaime, quien ha tenido la gentileza de dedicarme el “Soneto postista” de este fresco poemario. Me enfrasco en los contenidos de los 18 títulos que comprende la nueva entrega poética de una de las más ricas personalidades intelectuales españolas; y ya sé que, en España al menos, estos tan evidentes y reputados intelectuales son siempre habas contadas.

            No es que en sus libros anteriores Siles no enfatizara el juego formal (en unos libros más que en otros: Semáforos, semáforos o Colvmnae) ni evitase confrontar los conceptos a través del vehemente diálogo interior que exhiben esas piezas maestras de sus últimos libros que en un tono prosaico (no se olvide que la poesía es un arte que se sustenta sólo en el habla cotidiana) desvelan abstracciones con aire filosófico al cabo convergentes en una denodada expresión poética como un habla especial que, al igual que en la conversación ordinaria, nunca deja en esencia de ser forma. La lengua siempre es forma, lo decía Saussure. Y aunque las constantes que presenta la serie Colección de tapices ya pervivían en la fecunda producción poética de Jaime Siles, parece que en estos nuevos poemas se renuevan, un tanto exacerbadas, estas características.

El libro comienza por una “Poética dedicatoria”, dirigida a la memoria de Ignacio Prat. Muchos poemas de Jaime Siles adquieren el carácter de arte poética, son por lo tanto meta-poemas; el autor, sin embargo, ha declarado recientemente que no tiene “ninguna fe en las poéticas”; de todos modos, “el poema y el ser ¾como escribe Rosa Navarro Durán¾, [son] las dos columnas que sustentan la poesía de Jaime Siles.” En cualquier caso, la poética es el mejor tapiz verbal para trenzar la formulación de conceptos abstractos sobrevenidos en el más límpido juego formal. A veces Siles alambica estos conceptos al modo borgiano (“Vivir al otro lado del poema / y no en la realidad, que es su reflejo”), estableciendo ¾por medio de lo que él llama la “ficción del yo”¾, que lo valedero es la perspectiva a la que se aplica ese ente ficcional, pues los objetos del realismo son fugaces, y lo que cuenta es la suprema realidad del poema (en el momento de elaborarse con sonido y tiempo, como la música), siendo capaz de adueñarse de la pedestre realidad circundante, turbando la noción tiempo y confiriendo en el poema una indeleble fijación.

Esta “Poética dedicatoria”  hace uso de una determinada disposición estrófica para encarrilar los conceptos esgrimidos y que ya había sido utilizada por Siles en libros muy anteriores, como sucede en el poema “Palimpsesto” de su libro Colvmnae, publicado en 1987 pero escrito unos años antes: “A las leves columnas / de la voz, de la lengua, / del lenguaje, del habla / los llamamos Poema.” Versos librados en una hechura que se puede calificar de cabraliana, es decir, evocadora del estilo constructivista, poderosamente reductor en su verbalismo, que viene del poeta brasileño João Cabral de Melo, como una forma de dicción poética consistente en usar variantes conceptuales de una idea acudiendo a sutiles desdoblamientos de las cláusulas a través de un ritmo uniforme y una, sólo aparente, simple trama preposicional, como se puede ver en estos versos de “Poética dedicatoria”: “Aquel acto de habla / Que lleva las palabras / Más allá del lenguaje, / Más allá del pensar; / (…) / Por la que quien nos habla / Se disfraza de habla / Para que la palabra / Se quite su disfraz”. Es una forma a la que se acogieron gustosos los poetas del llamado realismo mágico a mitad de los años 50 del siglo veinte (en especial Gabino-Alejandro Carriedo, que tiene un libro entero, Los lados del cubo, adscrito a esta tendencia), como consecuencia de las innovadoras enseñanzas estético-formales que emanaron del Postismo, del que tanto Carriedo como Ángel Crespo, principales representantes del realismo mágico, formaron parte, siendo selecta y reducida la nómina de los auténticos postistas.

La verdad es que, referencias explícitas aparte como el “Soneto postista” mencionado, esta Colección de tapices debe mucho a la estética del Postismo. Entre magnas referencias literarias Jaime Siles se encuentra como pez en el agua; lo asevera también Rosa Navarro cuando afirma que el poeta “enriquece ese fluir de su verso con sones de poetas de todos los tiempos”. El largo poema de este libro “Rapsodia en fiebre”, una tirada de heptasílabos que, entre diversas rimas, ostenta una obsesiva consonante en –ines, podría haber sido firmado por el tándem Eduardo Chicharro Chebé-Carlos Edmundo de Ory, los genuinos fundadores del Postismo, y casi admitido en la serie Las patitas de la sombra, el más consistente corpus de la poesía postista escrita al alimón por ambos creadores y que exculpa la opinión de Cirlot cuando define que la obra postista es muy escasa frente a su profusa teoría; y he dicho “casi” porque el poema de Jaime Siles carece del elemento alógico y el desmembramiento sintáctico que sí contienen Las patitas…, aunque abunda en altivas manifestaciones fónicas, aliteración sobre todo (siendo la rima una forma aliterativa más), además de una concatenación conceptual brillante e ingeniosa, fiel a los postulados de Gracián; veamos un fragmento: “Cuando los vïolines / Desenvuelven su queja / Y un rumor de verdines / Donde los bergantines / Rearan con su reja / Un agua dispareja / De bordados crespines / Que rueda en volantines / Y sus velas desqueja / Y a ti se te asemeja, / A ti, línea de leja, / A ti, rojos confines, / A ti, raya que esqueja / Rizos en serpentines, / A ti, rosada reja, / Donde duermen delfines.”

Siles se aleja en algunos poemas de este libro de la exageración rítmica o euforia verbal propia del Postismo, pero se acerca a lo que han sido las secuelas, como apunté, de esta vanguardia, concentradas en ese “factor de permanente operatividad” que atribuía Carriedo al Postismo; así, hay composiciones que se adhieren a la opción cabraliana en la que poco antes me he detenido, e incluso el poema “Crepúsculo cambiante” me ha recordado a algunos trechos de la poesía festiva de Antonio Martínez Sarrión, muy definitoria en el albaceteño y que igualmente sirve de agradecido homenaje al Postismo, sobre todo al postismo de su amigo, y maestro, Gabino-Alejandro Carriedo.

 Colección de tapices se desenvuelve desde un depurado índice clásico que a bote pronto se nos impone como una acotación musical. Todos los poemas del libro son rimados, costumbre muy afianzada en la singladura de Jaime Siles. En esta ocasión, siempre los versos comienzan en mayúscula, como todos los poemas de Luis Cernuda. Y cunde (junto al tono afectivo de las composiciones dado por la musicalidad de las rimas, los recursos fónicos y los tropos) ese culturalismo tan marcado por la honda formación humanista del autor y que el autor usa con provecho, nada pedante o artificiosamente, para contraponer realidades en un grácil desplante que resulta muy atractivo, como se puede ver en el “Escolio a Píndaro”: “Nada duró: ni Roma ni Cartago. / Vivir es caminar hacia el estrago / Del inmortal imperio de la muerte. / Así que sé feliz y… ¡buena suerte!”. Y además hay algo muy importante que siempre me gusta captar en las obras de los grandes poetas: demostración del entusiasmo vital, de la efusión brindando por la vida. Y aunque esas obras contuvieran defectos (no es el caso de Colección de tapices), al exhibir esos sentimientos que apuestan por la ilusión de vivir, dichos defectos se transformarían realmente en una gran atribución de virtud, valor que es también mérito literario, como lo es la bondad revelada en los versos, o la sinceridad. La poesía de Jaime Siles no es nada depresiva; quizá lo fue en una primera etapa, dominada por cierta negación emocional resuelta en una especie de poesía pura. Después se produjo un cambio motivado, en buena medida, por el descubrimiento de la Naturaleza. Ahora su poesía nos ayuda a seguir adelante y a gozar, con sano contento, de nuestra existencia, aun con sus insuperables limitaciones. Es solidaria con fuerzas pujantes, y en ella el conocimiento supone alegría y cosecha bienhechora, no tristeza o nihilismo. Y una de las notas capitales que sobresalen a mi juicio en la poesía de Jaime Siles se podría resumir en esta resonante y rotunda declaración del poeta chileno Humberto Díaz Casanueva: “La plenitud de la experiencia poética es más vasta que la fabricación del poema”. 

            Tras el aperitivo en el bar de la aldea y un almuerzo sabroso, regado con este cortés vino en rama procedente de la cooperativa San Lorenzo de La Alameda, me tumbo en el amplio diván del salón de esta cabaña, salón que fue en tiempos aula de escuela rural (cuando había población rural), y hago la siesta. Me duermo enseguida y, quizá debido al zumbido de los tractores, camiones, furgonetas, turismos que con frecuencia pasan por el camino al otro lado del ventanal, y a consecuencia del fresquillo que siento, aun tapado con la manta de viaje, sueño lo siguiente: viajamos Rosario y yo a unos bellos parajes que parecen pertenecer a la Sierra del Guadarrama; el medio de transporte es extravagante, pero muy funcional: un vehículo dotado con un mecanismo que lo convierte a veces en avioneta, sobrevolando espectaculares lagunas, y es otras veces tren, plegando sus alas y encajándose automáticamente en los raíles que suben a nevadas cumbres, convirtiéndose en un ejemplar parejo al tren montañero, tan familiar para nosotros, que sube desde Cercedilla a Cotos. Yo me adormezco en el vagón y me espabilo cuando volamos; Rosario hace comentarios de los agudos precipicios hablándole al tren para que vaya con cuidado. De pronto noto que viajamos con la linda gatita de Angora, nuestra buena vecina acomodada en uno de los porches de la cabaña; la gata tiene frío y arranca a hablar; sólo me dice, entre lastimera y exigente, esto: “Por favor, Amador, echame una tapaílla”, sin acentuar la forma verbal, a lo argentino. Miro a Rosario, estupefacto, preguntándole si ha escuchado la interpelación tan clara de la gata. En esto me despierto contemplando un imponente vehículo agrícola que flanquea, ocupándolo por completo, todo el ventanal.

            Ya es de noche. Toda la tarde he estado, unos ratos en el salón y otros en el jardín, oyendo excelente música religiosa. Suenan cantatas de Bach, piezas que encajan en el mundo protestaste centroeuropeo en el que se movía el genio y que destilan esa religiosidad popular aspirando a lo perfecto burgués, signo muy alemán, por otra parte. Lo cierto es que la música de Bach es idónea, según se elija, para todos los momentos del día: mañanas ocupadas por las composiciones para clave, las Goldberg Variationen o el Musikalisches Opfer. En la siesta, en lugar de los “ronroneantes” tractores, viene muy bien el fondo de la suites para chelo, perfecta música que surge del espeso violonchelo, magnífico instrumento tan adormecedor. Este silencio absoluto del campo (el atardecer lleva instantáneamente a la absoluta calma de la madrugada) lo asumo beneficiosamente como una manera sin tacha de transcurrir en la existencia. Silencio por sí solo muy válido, pero soberanamente ayudado por la música.

Ahora echo algunos papeles al hueco de la estufa, demacrados esbozos de poemas escritos en pequeños papeles que cumplen su destino como yesca junto a corchos, cartones; transfigurando su destino a brasa, impulsando la exacta velocidad del humo. Ese calor, mecido en la corriente, que las palabras primigenias del poema expande en la intemperie conformando una imagen de tierna criatura locuaz que silba en la intemperie con sus sienes ardiendo. Ese calor asciende por el tubo en un soplo continuo que es ya música. Las palabras se expanden en la noche, esas palabras del poema esbozado que nunca dijeron esta boca es mía. Pero vuelven de nuevo al hogar y en la templanza se convierten en sencillos acordes pianísticos, gravidez satiniana. No serán inscripción sino alborozo y así habrán evitado la tumba, ganado la nada en las aristas y revelado el negativo de su imagen en la cal.

 

Madrid, viernes, 20 de marzo de 2009 

            Ayer, día festivo, emprendimos una caminata matutina partiendo de Las Labores. En la mochila puse agua y sólo un par de manzanas y unos orejones (por esta vez prescindo del bocata de caballa y el vino). Cruzamos Herencia y luego Puerto Lápice hasta por fin aparcar el coche en la explanada del bar Buenos Aires, cabe la carretera a Villarrubia. Nada más salir del auto, agarramos los palos, me cuelgo la mochila de los hombros y enseguida giramos orientándonos al monte, tomando el caminete que derecho a él nos lleva. Algunos olivos están siendo podados por campesinos “amateurs” que nos saludan con la mano; accedemos a un portillo, elevándonos suavemente por una senda que discurre entre una valla y el cauce de un arroyo. Empezamos a rodear el monte flanqueando una pequeña y singular cabaña levantada por toscos mampuestos que le imprimen un aire de gracioso refugio hippy. Los almendros están florecidos y algunos bancales se cubren de hierba brillante y espesa. Después de una hora y pico nos encontramos con la ancha pista que proviene de Puerto Lápice. A nuestra espalda Cinco Casas, repleta de chaletes, y la bonita, sencilla y rústica Casa de Don Luis, en la finca del mismo nombre situada en un enclave de reserva del lince ibérico. Muy próximos los molinos de viento de Puerto Lápice, divisamos nítidamente la traza del camino que a ellos sube y que en tantas ocasiones hemos hollado haciendo otras rutas.

Ya rodeado medio monte, doblamos para llegar a Las Labores por el flanco opuesto al que llevamos ya trazado. El paisaje se intensifica, crece el verde en el suelo jaspeado de vistosas florecitas amarillas. Estos tapices acaparan el tono definitorio general de los colores de esta mañana, estos preciados Morgensfarben. Aumentan los almendros, con sus tupidas ramas en flor, y las primeras abejas de la temporada aparecen; atraídas por la “peste” del árbol, confiscan exquisitos sabores, ¡sabios animalejos! Disfrutamos a nuestra diestra de un amplio lienzo de grata panorámica: el monte, diáfano, muestra a sus pies, al término de la perfecta progresión de su caída, una alargada dehesa que exhibe prietas y “hermosismas” encinas jalonando con sobrada medida el espacio. A cierta distancia, la falda del monte que tomamos como referencia en nuestro andar parece ser muy manejable, como si se pudiera fácilmente tirar de ella, desplazarla unos metros, y hasta cargarla, bien cubicada, en un camión.

            Nuestros pasos desvelan una ermita en lo alto de un pequeño collado que adosa un dulce espacio recreativo, de donde salen un par de coches “todo terreno”. Ese tramo lo hacemos sobre un carreterín. Finalmente nos desviamos, para ir cerrando el círculo,  por un penúltimo camino, envolviéndonos del fuerte y aromático olor de la jara. Arranco de una mata un pequeño buqué de romero en flor. Tras los ribazos nos alientan despeinadas carrascas de cabellera crespa y abundante. Ya rodeado todo el monte, tomamos, a la izquierda, el mismo camino del comienzo y regresamos a la explanada del Buenos Aires.

            Muy dichosos por esta “mona” caminata de unas tres horas, decidimos demorar el regreso a casa e ir al restaurante El Aprisco, en Puerto Lápice, situado en el tramo de la autovía de Andalucía pegada al cervantino pueblo, pues tengo antojo de jalar un par de rutilantes huevos fritos. De nuevo arranco el coche hasta llegar al antiguo complejo hostelero (tiene hotel con piscina, mesón y restaurante), inaugurado, como digo, hace mucho tiempo y construido como un respetuoso recinto al hilo del tipismo de la zona. Pasamos a un pequeño comedor circular con un imponente techo cónico; buscando el vértice se eleva una inmensa chimenea de latón y en el hogar arden chisporroteantes unos leños que calientan lo justo. El discreto salón o es un aprisco rehabilitado o acude a su modelo tradicional. Pese a ser el día del Padre, encontramos sitio, disponibilidad que quizá se deba, como casi todo ahora, a la crisis. Pedimos una ensalada mixta para el centro de la mesa, huevos fritos con pisto manchego y un chorizo a la brasa para cada uno; nos ponen un riquísimo pan blanco y para beber un vino malo de Villarta que bebemos con mucha gaseosa. Por todo ello hemos pagado, sin postre ni café, 32 euros. Nos pareció que el camarero que nos ha atendido hablaba solo, si bien su monólogo era en todo momento correcto y sosegado. Sólo nos ha parecido, sin que lo podamos asegurar, pues es lo cierto que este entorno evoca inevitablemente la escena quijotesca.

            Por la noche, después de cenar, introdujimos en el reproductor un disco con la película Siete mesas de billar francés, producción española dirigida por Gracia Querejeta y producida por esa fábrica tan atinada de su padre, Elías; con mi admirada Maribel Verdú, tan natural, tan buena actriz, tan maja, como una de sus dos mujeres protagonistas. El film, como esa nutrida serie, muy ejemplar, de buen cine español, debe mucho a mi juicio al frescor de la tragicomedia configurada por el gran Lope de Vega, siendo este modo tan teatral llevado al cine un producto esmerado y que el espectador acoge con mucho agrado, asumiendo una fábula digerible y no la indigesta impostación de una enrevesada pátina argumental, como ocurre con otras películas españolas muy recientes; un, en suma, producto dignísimamente español, representativo y acertado.

            Otra vez he venido a Madrid para culturizarme. Parte del programa ya ha sido cumplido penetrando en la parte nueva del Museo del Prado para contemplar la magna exposición de Francis Bacon; a la salida adquiero un deuvedé que contiene un reportaje sobre la vida y la obra del gran y representativo pintor del siglo pasado. La mañana permite ver otra exposición, una pequeña e interesante muestra de poesía visual española e hispanoamericana en la sede del Instituto Cervantes. A última hora de la tarde asistimos a la representación de Días de vino y rosas, en el teatro Lara, adaptación de David Serrano, más que del célebre film, de la originaria versión para la televisión americana, filmada al modo de los añorados “Estudio 1” españoles. Los dos únicos actores, la pareja formada por Carmelo Gómez y Silvia Abascal, han actuado de maravilla desarrollando esa historia desoladora en torno al machacante problema del alcoholismo. Me gusta mucho cómo trabaja Carmelo Gómez, tanto como Maribel Verdú, actores excelentes y versátiles. Mi mujer me mira con sonrisa burlona y me obliga a rectificar: Bueno…, me gusta un poco más, me hace más gracia, mi chispeante y adorada Maribel Verdú. Nos queda ver otra exposición, La sombra, en el Thyssen, y acercarnos a La Tienda Verde, en la calle Maudes, para proveernos de unas guías y unas hojas cartográficas para alumbrar nuestros viajes y nuestras caminatas. También queda tiempo para culturizarse, una vez más, gastronómicamente, visitando Casa Labra, donde se prepara el mejor bacalao rebozado de Madrid, o el restaurante alemán Edelweiss, con el fin de degustar un codillo acompañado del poderoso y atractivo sabor de su guarnición, el chucrut, que no es ni más ni menos que col agria o fermentada, obtenida de macerar durante días hojas de repollo introducidas en sal muera.

Al mediodía hemos comido en casa de Antonio Martínez Sarrión y Gogui, agradable y simpático matrimonio al que hacía que no veíamos. Tanto desde el salón, como desde el comedor y el gabinete de Antonio se ve a sólo dos palmos el coqueto templete del Observatorio de Villanueva, en el Retiro. Sarrión me obsequia con dos últimos libros suyos, uno de ellos su profuso ensayo sobre el surrealismo que se publicó el año pasado en las siempre cuidadas y elegantes ediciones de la editorial valenciana Pre-Textos. Yo ya le había echado el ojo desde que salió, codiciando su lectura. No lo compré en su día porque sabía que Antonio me iba a regalar un ejemplar, naturalmente cariñosamente dedicado.

Durante la siesta ¾gozada en la penumbra de mi alojamiento en el castizo barrio madrileño de la Arganzuela, un hermoso aposento que tras un amplio ventanal deja ver claramente el meneo de la estación Puerta de Atocha¾ he tenido un extraño sueño donde resulta que yo soy contemporáneo de Cristo, mejor dicho, Cristo es un contemporáneo mío, pues el drama transcurre en el incipiente siglo que venimos “bordando”. La trama onírica es que yo soy consciente (aunque en la escena nunca aparece la acción explícita) de que torturo físicamente a Cristo, no simbólicamente ni por analogía con el pecado, sino que inflijo daño directo en las carnes del hijo del carpintero. Al fin se descubre lo que yo había realizado durante largo tiempo en sumo secreto. Mi mujer intenta ayudarme encubriendo el delito, pero los acontecimientos se precipitan y poco puede hacer por mí. Al cabo, aparece en el sueño la propia víctima, que resulta ser, sólo ridículamente, una pobre estampita, con el color borroso de un cromo antiguo. Si hasta entonces yo me sentía atenazado por el remordimiento, a partir de aquí justifico mi reprobable acción pensando que, ya que la Iglesia ha quemado tanto, se ha aliado tanto con los poderes sanguinarios, ha cometido tantas injusticias, mi acción no ha pasado de ser “peccata minuta” en comparación con ese largo e inicuo historial de un poder, en definitiva, respaldado por Cristo. El buen Jesús, desde esa deslucida estampita, me mira un momento, ácidamente se sonríe y parece que asiente a mi consoladora reflexión. Esa sonrisa, un poco de Gioconda, me hace despertar.

 

Alameda de Cervera, viernes, 27 de marzo de 2009 

            Día muy grato, hecho de modestos placeres. Desayunamos y sobre las nueve y media se presenta Ana. Los tres salimos a andar y nos chupamos una caminata de más de tres horas, parándonos a echar un pito, un sorbo de agua y una naranja que compartimos como hermanicos en la puerta del bombo acostumbrado, un “bombín” pintado de blanco. Entramos en la aldea por la calle de la cooperativa y nos vamos derechos al bar. Yo me tomo un vermú fresquito, sin hielo, ni limón, ni soda, en copa de vino. Ellas unas cervezas. De tapita: tortilla, aceitunas, “jamón de mono”. Completamos, otra vez en el coche de San Fernando, el trecho de unos veinte minutos que aún nos queda hasta llegar a Los Molinos. Ana se vuelve a Alcázar a comer con su madre, y nosotros, de aperitivo, nos bebemos una botella de sidra asturiana en el jardín con más “jamón de mono”. Acto seguido ponemos la mesa y damos entera cuenta de la ensalada de patata que he dejado hecha por la mañana. Le he puesto, dentro de los varios ingredientes, unos cubitos de carne de membrillo que no pegan ni con cola. Me echo al coleto otros dos vasitos de vino. Después, buena siesta adensada por las graciosas medidas alcohólicas. Pero a las cinco  ya estoy arriba. Me tomo el té como los ingleses, con leche y una pasta; ahora bien, una hermosa pasta que es una galleta de La Alameda, modelada con esos surcos tan ricos, galleta de buen tamaño. El resto de la tarde trabajando en el jardín: podo las arizónicas (Rosario me sujeta la escalera), último trabajo de poda que me quedaba, y aplico herbicida a los yerbajos; la higuera ya luce muchos brotes, así como la parra virgen que se enreda en el ventanal, exhibiendo incluso hojitas. El atardecer está a punto de ceder a la noche, y termino el trabajo limpiando los utensilios con lejía. Me lavo las manos, ya dentro, y enciendo la estufa, pues refresca de sopetón después de una jornada tan templada. Hasta la hora de la cena, lectura en el libro de Tello cuando da esas opiniones tan exactas sobre Miguel Labordeta. Cenamos caballa en conserva y fresca loncha de jamón York, con otros dos vinitos y un rosquillo de postre. Luego un rato más de lectura, fumar, escuchar la magnífica e inquietante música de Olivier Messiaen vertida a borbotones o fluyente espuma en Éclairs sur l’Au-delà. El silencio reinante en el ambiente natural es absoluto, o se percibe como tal.   

 

Cuenca, miércoles, 8 de abril de 2009 

            Antes de saltar de la cama termino Memorias de un hombre de palo, última novela de Antonio Lázaro recién publicada en Suma de Letras. Dentro del género de la novela histórica, esta obra describe de un modo altamente sugestivo el ambiente del siglo XVI en la ciudad de Toledo, gloriosa villa que ya, pese a su orgullo acumulado, empieza a iniciar una larga decadencia de siglos. En dicha decadencia el canto de cisne está materializado por la construcción del llamado “Artificio de Juanelo”, ingenio diseñado por el lombardés Juanelo Turriano para subir agua del Tajo a la explanada del Alcázar; dicha fábrica es un encargo de la católica monarquía española, enfrentada a los comuneros, quienes en Toledo tuvieron un gran actividad; pese a ser derrotados por los imperiales, dejaron importantes secuelas y rencores. Por ello, el artefacto del antiguo relojero de Carlos V es mal recibido en los estamentos  municipales, aunque el pueblo, siempre amante de la novedad, quedó sobrecogido por esa fábrica imponente y moderna. Este conflicto es uno de los nervios argumentales, cargado de dramatismo, en la novela. Los personajes se confrontan dinámicamente con el gran decorado impasible que es Toledo, y el autor consigue iluminar el ambiente histórico con la crecida humanidad de los personajes, que dialogan con una vigencia asimilable a cualquier situación sociológica de todo tiempo y circunstancia. El libro es muy rico en escenas, en secuencias, a veces desenvueltas en un flashback muy cinematográfico, y muy propio del estilo literario de Antonio, haciendo fulgurar en sus páginas la recreación de un ambiente fidedigno y a la vez actualizado. Concluye con un hermoso alegato en favor de la paz desdeñando las frivolidades belicistas y el engañoso y cruel lema: Si quieres la paz… ármate hasta los dientes.

            Después del desayuno, salgo a por pan y a por el periódico y nos venimos a Cuenca. Nos instalamos en La Posada de San José, nuestro hotel de siempre en la vieja y sobrecogedora ciudad; ocupamos la habitación 21, con gran terraza a la Hoz del Huécar. Antoñito Lázaro, conquense ya bastante atoledanado, me dijo hace un cuarto de siglo, cuando aquí me alojé por vez primera, que sin asomo de duda La Posada de San José es el hotel más bonito del mundo. Cierto. Después de organizar los bártulos, salimos a dar una vuelta. Un vermú en el mesón Los Arcos. Allí coincidimos con José Ángel García, su mujer y unos amigos, entre ellos Pepe Rey, que acaba de dar una conferencia sobre el silencio y la música, temas nada antitéticos. En la habitación comemos nuestra pechuga y nuestro asadillo, bebiendo un poquito más de la botella de Yuntero que acabo de descorchar, ¡riquísimo! Siesta un tanto pedorrona. A las cinco me arranca del dulce sueño Enrique Trogal, que va camino de Málaga, a presenciar el loquerío de las procesiones. Dormimos un ratito más, hasta las seis y veinte. Nos arreglamos, tomamos un café y bajamos por Alfonso VIII a ver a Juan Carlos Valera, al que hace tres o cuatro años que no veo. Me dice que se va a gastar un poco menos de dinero en su exquisita editorial, Menú, empleándolo en más viajes intercontinentales y cruceros. Hace muy bien. Nos encaminamos al Auditorio, topándonos con una procesión y tomando unas claritas por el camino.

            El concierto ha sido magnífico y ha durado casi tres horas, ocupando todo el programa el oratorio Theodora de Händel, una obra que en el primer acto conjuga sus sones con aire muy melancólico incentivado por las trompas. En los dos actos restantes, mientras se intensifica el drama argumental, la música surge más viva, muy händeliana, sucediéndose muchas veces al modo de los característicos concerti grossi de este genial autor alemán-inglés. Salimos como la seda, impregnados de tanta belleza. Nos despedimos de Juan Carlos, que tiene compromiso con sus hermanas, y solos Rosario y yo nos dirigimos a la entrañable y familiar Taberna Jovi, en la Cuenca alta, tomándonos unos vinos y unas cervezas y unos montados. Rato agradable, locuaz y sosegado en este local tan grato. Volvemos al hotel, me lío un cigarrillo, introduzco en el receptor unas sinfonías de Bach; mando un mensaje a Ana que está en la Italia temblona. Escribo estas líneas antes de subir a la alta cama y leer unas páginas de un ensayo de Ricardo Paseyro (Poesía, poetas y antipoetas) contra Neruda, un Neruda bastante sinvergüenza, la verdad, a partir de su descarada entrega al estalinismo con mezquindad y mucha cara dura.  

 

Cuenca, jueves, 9 de abril de 2009 

            A las siete y cuarto me levanto a mear, miro las primeras luces revelando la hoz, oigo a los pájaros madrugadores y aunque vuelvo a la cama ya no consigo dormir de nuevo. Enseguida me incorporo y preparamos el desayuno: zumo, café bombón y torta de Alcázar. Subimos al aparcamiento del Castillo a coger el coche y salimos para el nacimiento del río Cuervo, a 80 kilómetros de Cuenca, ascendiendo por la tupida serranía. Un poco antes de llegar al destino nos detenemos en Tragacete a tomar un café. Somos de los primeros visitantes para ver las bellas cascadas que origina la caída del agua por el terreno desnivelado. Completamos el recorrido marcado y antes de emprender el camino de vuelta echamos al coleto un tinto y unos torreznos en un mesón cercano al recinto turístico que acabamos de visitar. En Villalba de la Sierra, ya no lejos de Cuenca, penetramos en el restaurante Nelia, completamente recién reformado, degustando la buena carne a la brasa ofrecida por estos pagos.

            Ya en el hotel, siesta, lectura, hasta la hora del concierto. Estoy un poco repuntadillo del estómago. Muerdo unos trozos de manzana y chupo un caramelo de regaliz. Hablo por teléfono con Juan Carlos Valera y con mis padres. Un poco antes de las nueve entramos al Auditorio. En la primera parte, dos obras de cámara, palaciegas, de Haydn, interpretadas por sólo media docena de componentes de la orquesta Europa Galante dirigida por su fundador y violín solista Fabio Biondi. En la segunda parte, la representación del Stabat Mater del músico austríaco; por supuesto con una puesta en escena más aparatosa: la orquesta notablemente aumentada, los cuatro solistas y el magnífico coro berlinés Rundfunkchor. Esta obra yo no la conocía y mucho me ha emocionado por su intensa belleza. Como se dice en el programa, la composición ya sonaba un tanto anticuada para el público de la época, pues el autor tiende a los Stabat Mater barrocos, especialmente a Pergolesi y Scarlatti. Prolongadas ovaciones finales.

            Al salir, el estomaguete no se me ha arreglado. Subimos, atravesando el puente de hierro, a la taberna Jovi y sólo pido un montado de jamón y un biosolán. Permanecemos en la taberna un rato muy breve. Antonio Pérez, creador de la prestigiosa fundación que lleva su nombre y que ocupa varios edificios históricos de Cuenca y provincia, parroquiano de la taberna, está en la barra. Al llegar al hotel, pongo los conciertos para chelo de Haydn, me lío un pito, escribo y me acuesto.

 

Cuenca, viernes, 10 de abril de 2009 

            Esta noche he dormido muchas horas de un tirón. No me he levantado al servicio a media noche y hasta las nueve y pico no he abierto los ojos. Preparo el café instantáneo en el hervidor y después del desayuno salimos del hotel, compramos El País y subimos al Castillo a coger el coche, que llevamos hasta la plaza de la iglesia de Palomera, desde donde iniciamos una rutilla de dos horas y media por la hoz del Huécar, a ambos lados del río, tomando como punto de intersección el pueblecito de tan bello nombre Molinos de Papel, topónimo en el que se inspiró Eduardo de la Rica, primo del cura Carlos, para crear la duradera revista poética El Molino de Papel, en los años 50-60. El camino de vuelta es muy hermoso, sobre un PR (senda de pequeño recorrido) que discurre por las eras altas de Molinos y Palomera y a veces bordea las aéreas planicies situadas encima de los farallones, en Cuenca llamados mogotes. Al final nos cae una pequeña granizada, ventajosa porque apenas nos moja.

            Cogemos otra vez el coche para, al cabo de unos minutos, pararlo de nuevo junto al hotel Cueva del Fraile, en la “Ruta Turística”, y donde bebo una infusión de manzanilla para acabar de arreglarme el estómago. Llegamos al aparcamiento del Castillo, dejamos el auto y nos metemos en un bar del barrio y ya me pido un vino. Llueve copiosamente. Bajamos a la Posada y extiendo el mantelito, saco de la mochila la loza y los cubiertos, destapo el tupperware, lleno hasta el tope de ensalada de pasta, abro una lata de magro de cerdo, pongo el pan “machucho” en la mesa y lleno, inmediatamente antes de brindar, nuestros vasitos de metal, casi cálices, del rico vino manzagato. Por la Wikipedia me entero de que la palabreja tupperware “es una marca registrada y patentada por el químico estadounidense Earl Silas Tupper en 1944”, aunque la patente expiró en 1984, al fallecer su creador. La Real Academia de la Lengua prefiere seguir llamando a este recipiente tartera.   

Siesta y, hasta la hora del concierto, lecturas: Termino el suculento libro de Ricardo Paseyro, leo un poco de prensa, reviso por enésima vez mi nuevo poema en prosa, consumo unos sonetos de Soneto vivo de Carlos de Ory. Entremedias meriendo un cafetito y un sabroso mendrugo mojándolo en la taza. Como ayer, poco antes de las nueve, entramos en el Auditorio. El programa de hoy completísimo, dedicado al reino de la gran orquesta; repertorio magnífico: Schönberg, Messiaen y Richard Strauss, a cargo de la orquesta de Birmingham; ejecución buenísima con refinada potencia sonora. El mayor emblema europeo es, para mí, una orquesta como la de hoy, numerosa, nutrida, variada; esa es la seña de nuestra identidad continental y no la hostia del cristianismo, sañuda extravagancia oriental. En una orquesta como ésta hay mediterráneos, centroeuropeos, eslavos, gordos, delgados, melenudos, calvos, viejos y jóvenes, una negra, una china, todos profesionales dedicados a la más limpia y laica ejecución de la música de altura.

En el concierto ocupan plaza, frente a nosotros, Teo Serna y su novia Charo, con quien nos vemos a la salida encaminándonos a cenar a la Posada Tintes, creo que así se llama, en la calle del Agua. Consumimos apetitosos platillos típicos: morteruelo, jamón, queso manchego, ajo arriero, paté, torrija, con la apreciada botellita de tinto. Ellos se van a Arcas, donde están alojados, y nosotros subimos al casco y entramos en la taberna Jovi para finalizar la velada con un fino, discreto y gustoso café irlandés, ¡ojo!, con descafeinado para poder dormir. Al llegar al hotel, fumo, escribo, afuera llueve con ganas mientras suenan las Visiones del amén, para dos pianos, del, como dice Teo, beato Messiaen.

 

Cuenca, sábado, 11 de abril de 2009 

Sobre las nueve me despierto con ganas de ir al váter. Echo el chorrillo, me acerco al zaguancete y abro la ventana. Lo primero que miro es un cielo muy blanquecino y una reverberación dominante. Pegado al alféizar llamo a Rosario y le digo: “Levántate, merece que veas esta grande y tierna nevada”. Ella se asombra como me he asombrado yo de la magna visión ofreciendo toda la hoz tapizada de nieve, nevando, los tejados del Parador, el puente recubierto, las cercanas barandillas, la mesa de la terraza con sus centímetros de nacarada masa. Rosario va a por la cámara y muy valiente, en camisola, sale a la terraza y dispara. Un ratito más en la cama antes de preparar el desayuno. Fumo y nos demoramos en la habitación, viendo nevar y oyendo a Couperin. Hablo con Teo, que se acaba de levantar en Arcas, también nevada, y con José Ángel, que nos confirma la invitación a almorzar en su casa. Salimos del hotel y entramos en la tienda del palacio arzobispal para mirar, una vez más, las tallas en madera de unos cuantos graciosos angelitos músicos. De allí andamos los pocos pasos hasta el Museo de Arte Abstracto para ver una exposición de Fernando Zóbel, “Viajar, dibujar, pintar”, donde se exhiben unos cuantos lienzos del pintor que creó este museo y la moderna marca artística que hoy Cuenca ostenta y, en la sala más grande, atractivos cuadernillos de viaje desplegados y metidos en alargadas vitrinas que cubren las paredes. Pasamos de nuevo a la tienda del palacio eclesial y adquirimos un angelito que sopla en una tuba, o un fagot, mas que parece un saxofonista en típica postura de Pedro Iturralde. Lo dejamos en el hotel y subimos a la cafetería del Leonor de Aquitania y pedimos dos vinos.

Al rato nos recogen en su coche Charo y Teo en la Plaza Mayor y bajamos, hasta la Cuenca llana, al piso de José Ángel. Llueve bastante. En la entrañable cocina de los García comemos siete personas (también está uno de sus hijos) el potaje hecho por Lola y un exquisito revuelto de espárragos salteado por José Ángel. Nosotros hemos llevado un bote de pisto manchego de los que tan primorosamente envasa Rosario para todo el año y una botella de Don Eugenio de Tomelloso. Encuentro afabilísimo. Llevamos ya unos años en que los sábados de Gloria comemos en casa de estos amigos, cumpliendo una especie de ritual espontáneo. Su perra, Selva, es vieja, tranquilísima, afable como ellos, encantadora. Se acerca a los postres para pillar unos pocos garbanzos del potaje. Sus dueños nos comentan que por las tardes, como cualquier humano afectado por un cocido, se tira pedos.

José Ángel nos obsequia a las dos parejas con sendos ejemplares de su último libro de poemas, Itinerarios, en perfecta edición conquense: quiero decir envuelto en un continente de papel reciclado que sustenta una adecuada tipografía y una cómoda caja. La cubierta luce una elegante cantonera y es de grueso cartón dejando ver un cuidado proceso artesanal de fabricación del papel. Así se edita en Cuenca. Alfonsípolis es la editorial que ha lanzado este libro y acostumbra a presentar sus productos con este esmero. En cuanto al contenido, aquí el verso de José Ángel se despliega en diáfanas perspectivas desarrollando un tempo muy pausado que en la actividad del lector se asume como gustosa sentencia remansada y benéfica: “Varado estoy en Oporto, en algún lugar de Oporto, / junto al río. / Mi nombre es nadie, la hora incierta. / He venido hasta aquí buscando, una vez más, / la palabra que nunca / conseguiré hallar de nuevo; la palabra / que jamás he conseguido recordar; / la de aquel día, sin que entonces / llegase a darme cuenta / encontré de repente el no buscado roce de / mi piel / con la tuya. / Aquella palabra, aquella… // La tarde, crucificada en el puente, agoniza.”

En el coche de Charo ascendemos de nuevo a la ciudad vieja, nos cuesta trabajo dejar el coche en el aparcamiento del Castillo; cuando al fin, por los pelos, lo conseguimos, de prisa y corriendo bajamos por la calle de San Pedro a la Fundación Antonio Saura, en la Casa Zavala, para asistir a un concierto de violín y clave, en el que Fabio Biondi y Kenneth Weiss interpretan piezas de Bach y Telemann. Magnífica la ejecución de estos virtuosos. Pero las cinco de la tarde es hora mala para oír un concierto, ya que la mayoría del auditorio acaba de comer, consumiendo dosis alcohólicas, como nosotros, de vino o de cerveza, no ha dormido la siesta y, me he fijado, muchos entrecierran los ojos de sueño o de sopor.

Nuestros amigos regresan a Manzanares, y nosotros nos retiramos a nuestro cuarto. Nos arropamos en la cama. Después me aseo y leo un poco sentado en el sofá, a la mesa camilla. Pongo un disco de cuartetos de Shostakóvich. A las nueve y media pasamos al salón-comedor del hotel y románticamente realizamos Rosario y yo una cenita como acoplada pareja, consumiendo media botella de un excelente tempranillo de Cuenca, para acabar con un casero mousse de chocolate y una copita de orujo blanco. Finalizando el día, un poco más de tabaco, escritura y lectura de los sonetos de Ory bajo la luz de la tulipa y auditiva degustación de los dos conciertos para chelo de Shostakóvich.