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La
primera impresión de África es su olor característico,
África huele a vegetación virgen, a tierra rojiza, a
especias, a humanidad de otra raza.
El
ugandés no tiene prisa, se toma su tiempo y tiene un andar
pausado, pasean más que andan, deambulan por Kampala, su
capital, como si todos los días fueran tardes de domingo. Se
vive en la calle.
Lo más
interesante que hemos visto son las tumbas de los reyes “bugamba”,
enterrados en un palacio-cabaña grande y forrado de corteza
de árbol, está totalmente hecho de fibras vegetales algunas
de ellas entrelazadas formando dibujos en el techo.
Las
mujeres descendientes del último rey Mutesa II cuidan de la
cabaña-palacio y tejen esteras de colores que tapizan todo
el suelo. Las féminas del grupo hemos tenido que ponernos
una falda larga envolvente de colores vivos, que nos han
proporcionado allí mismo, y todos hemos entrado descalzos.
Hemos
seguido la explicación del guía sentados en el suelo,
recogidas las piernas, y con los pies hacía atrás, en señal
de respeto.
Un
lugar curioso es el hotel “Speke”, situado en la parte alta
de la ciudad, con aspecto colonial y una variada clientela
fundamentalmente blanca.
Hemos
dormido en el hotel Muynnoro, desde el que se divisa El Lago
Victoria.
Es
grande como un mar, mítico por tantas novelas y películas,
que casi te sientes como el Dr. Speke. ¡Mañana veremos las
fuentes del Nilo!
Las
carreteras de Uganda son una serie interminable de socavones
en el asfalto, producidos por las lluvias. En los tramos en
que las están arreglando, alguna mente calenturienta ha
mandado colocar badenes, que se van sucediendo regularmente
a los largo de muchos kilómetros, lo que hace que el
discurrir por esos caminos sea una auténtica pesadilla.
Al
atardecer llegamos al hotel Nile Porche, situado en un monte
sobre El Nilo, la vista es
sobrecogedora, verde, cielo y agua, alternándose en la
quietud del paraíso.
El
paisaje se ensombrece rápidamente en el Ecuador, y la noche
te acuna con los sonidos de los insectos y pájaros; en
algunos árboles se ven trepar a los monos.
Vemos
amanecer desde el porche de nuestra cabaña, que alberga en
su interior una tienda de campaña para dormir.
La luz
ilumina la niebla, no hay colores y las formas desdibujadas
de los contornos dan la sensación de que estamos asistiendo
a un principio de todas las cosas, a la Creación.
La luz
se vuelve rosa, azulada y plateada en el agua. La tierra
amarillea con chispas en los montes cercanos, poco a poco
aparecen los verdes en las hojas mojadas. Cuando todo el
paisaje se ha iluminado, resulta tan nuevo y brillante como
un cuadro recién pintado.
El
primer contacto con El Nilo ha sido navegando en una barca
pequeña, los cormoranes se posan impávidos sobre tocones,
las águilas blancas y negras miran al infinito posadas en
las copas de los árboles sin acusar nuestra presencia, las
hojas de los lirios de agua se mecen en las orillas a
nuestro paso.
Desembarcamos en un islote, y ya desde tierra vemos, en un
punto muy próximo a la orilla, cómo la corriente del río
hierve formando pequeñas olas. ¡El Nilo, el gran río que
cruza África hasta llegar al Mediterráneo, brota aquí!
Hay un
monolito en hormigón que señala el lugar, no hay
explicaciones ni inscripciones, solo el río con su plácida
belleza.
En
algún momento se levanta viento que arrastra gotas de agua,
¿de lluvia o del río?...
Y de
vuelta en la barca, muy cerca de la orilla para ver pájaros,
no puedo evitar tocar el agua, mojarme la mano en ese Nilo
que surge y sigue como protagonista de la historia de los
hombres durante milenios.
Continuamos nuestra ruta con los empellones del camino,
hacia el Santuario de los Rinocerontes de Ziwa.
Recorremos la sabana con un guía que está en contacto por
radio con los cuidadores.
La
hierba verde nos llega más arriba de las rodillas, hay
humedales, y las acacias se recortan en toda la extensión
que abarca la vista.
Vamos
pisando la sábana como los viejos exploradores, hasta que
aparecen los rinocerontes. Sus cuidadores pasan con ellos
todo el día, y controlan sus movimientos. Nos acercamos todo
lo posible para ver su piel arrugada, sus cuernos y los
ojillos perdidos en los lados de su enorme cabezota.
Continuamos por la región de Masindi en dirección al Parque
Nacional de las Cataratas
Murchinson. Nos alojamos dentro del mismo parque, en El
Paraa Lodge.
Es un
hotel ya antiguo y señorial, en un enclave majestuoso, en lo
alto de una colina, desde el que se divisa El Nilo Victoria,
protagonista absoluto de nuestro viaje.
Por la
mañana, recorriendo la orilla del Lago Alberto, hemos hecho
un safari para ver animales. Han ido apareciendo las jirafas
de manchas marrones, los elefantes, las manadas de búfalos,
los antílopes y multitud de aves entre las que hay que
destacar a “la grulla coronada damisela”, que es el pájaro
emblemático de Uganda. Tiene cara de despiste, como muchos
pájaros. Su aureola amarilla saliéndola de la cabeza, en
plumas finas y de punta te hace pensar en una vedette de la
sabana un poco desgarbada, que no sabe bailar.
Después del almuerzo salimos en un barco pequeño para
aproximarnos a las cataratas Murchinson.
En el
paseo por el río vamos viendo hipopótamos, que descansan en
las orillas agrupados como enormes masas marrones, o
emergiendo del agua mientras agitan como un molinillo sus
orejas para quitarse el agua. A veces son solo dos ojos en
la línea del agua, los que señalan que debajo está uno de
estos magníficos animales.
Me ha
llamado la atención la quietud pasmosa de los cocodrilos,
con la boca abierta o fingiéndose dormidos, no dan la
sensación de ser unos animales tan peligrosos, casi diría
que resultan pacíficos.
A lo
largo de todos los Nilos, y en las orillas de los lagos de
Uganda hay pájaros de todos los colores, turquesas,
naranjas, amarillos, blancos moteados de negro, pardos y
también oscuros.
Aquí
somos nosotros los que en “las jaulas” de los barcos o en
los coches estamos prisioneros. El paisaje con todos sus
seres vivientes te envuelve creándote sensaciones de miedo y
pequeñez. Es la naturaleza no dominada, donde el hombre solo
es una especie y no precisamente la más bella.
Nos
hemos puesto en camino hacia Ruanda, la frontera es
prácticamente inexistente y la población de ambos países se
mezcla en un ir y venir andando por la carretera.
Nos
han entretenido un buen rato con el papeleo y el pago de las
tasas. El retraso se ha compensado con la amabilidad del
funcionario que nos ha devuelto los pasaportes con una
sonrisa y un comentario simpático a cada uno.
Vamos
en dirección al Parque Natural de los Gorilas, que pondrá el
broche de oro a nuestro viaje.
Las
mujeres de Ruanda visten con telas de colores llamativos y
dibujos geométricos, generalmente con el pañuelo- turbante
que llevan muchas mujeres en África.
El
paso por un mercado, abigarrado de gente y de colores, han
hecho disparar las máquinas de fotos de forma compulsiva.
Nos
hubiera gustado pasear y mezclarnos con esa barahúnda de
gentes, puestos y vestidos de todos los colores, pero
debíamos llegar al hotel del parque para por la mañana
temprano visitar a los gorilas
¡Ya
estamos preparados!, en el centro de visitas nos asignan un
guía y una familia de gorilas, “la Kwitonda”. El nombre le
viene dado por el del macho dominante, el espalda plateada o
“dorsicano”.
Después de escuchar las explicaciones e indicaciones sobre
el comportamiento que debemos
adoptar frente a los gorilas, nos ponemos en camino.
Vamos
en todo- terreno hasta los pies de una de las montañas
Virunga.
El
guía nos conduce por campos de cultivo de patatas hasta
llegar a una zona boscosa, donde hay simplemente una cerca
de piedras no muy alta que debemos saltar.
Para
realizar la visita vamos acompañados de “los rangers” que
vigilan a los gorilas, el guía y los porteadores de las
mochilas.
No
había pasado más de tres cuartos de hora, cuando un cuidador
separa unas ramas y vemos al primer gorila, sentado tan
tranquilo arrancando hojas de una rama con los dientes, como
si fuera un pincho moruno. Imponente y magnífico este macho.
Poco
después nos descubren entre la espesa vegetación, a una
hembra y su cría. Tiene unos tres meses, y se comporta como
cualquier niño observado por mayores dispuestos a reírle las
gracias. Da volteretas e intenta acercarse, pero el guía
golpea el suelo con su machete y emite unos sonidos
guturales disuasorios. Si se diera el caso que intentara
tocarnos, debemos permanecer quietos, y sin hacer
aspavientos dejarle hacer.
Pasado
un tiempo corto, la madre se lo carga a la espalda y
desaparecen entre el follaje.
Continuamos viendo mas hembras y crías, hasta que nos
señalan al gran macho Kwitonda, jefe de la familia. Es
enorme sentado, pero cuando se levanta para tronchar un
árbol y coger las ramas de hojas tiernas, nos hace dar un
paso atrás.
Efectivamente su espalda tiene longitudinalmente una parte
en que el pelo ha encanecido. Los miembros de su familia que
estaban cerca se alejan, cuando “el dorsicano” come, lo hace
solo.
Observamos que le falta un dedo en una de sus manos, muy
probablemente obra de los furtivos que intentan cazarlos.
Cuando
ha pasado una hora del avistamiento del primer animal, nos
guían otra vez hacía el sendero de la salida, pues no se
permite más que una hora con los animales, para que no se
habitúen al contacto humano.
Nunca
pensé que esta experiencia me fuera a gustar tanto, no sé si
serán nuestros ancestros, pero te inspiran respeto, temor y
simpatía a partes iguales. |