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cortesia de miarroba.com

  En PUNTOS DE VISTA...

 
 

 

ANA GRANDE

 

 

EL HUEVO “KINDER”

Cuando entras a Toledo por la carretera de Madrid, hoy A-42, lo haces por una calle estrecha llena de badenes que desemboca en una plaza, que es precisamente la que he bautizado unilateralmente, y sin permiso del Consistorio, como Plaza del Huevo “Kinder”.

Esta plaza tiene dos rotondas que distribuyen el tráfico, siendo uno de los puntos neurálgicos de confluencia de vías de la ciudad, con lo cual quiero decir que sólo hay coches no viandantes, no sirve para el paseo ni como punto de reunión de los ciudadanos de Toledo.

Actualmente, y recientemente construido, está el centro de recepción de turistas, arquitectónicamente muy bonito.

En una de esas rotondas se encuentra ubicado el “Huevo Kinder”. Se trata de una estructura de hormigón en forma de cáscara de huevo de la que “emerge” victorioso, sobre una piedra artificial el pobre Alfonso VI, espada en ristre, montado en su alazán, y con la majestuosa capa ondeando al viento. En los laterales de la “cascara” hay inscripciones en las tres lenguas de la cultura toledana.

Una vez hecha la descripción, para ubicarnos, paso a la crítica.

         El monumento a Alfonso VI no es antiguo, es atávico, como sacado de la Enciclopedia Álvarez, en la que estudiamos la primaria todos los que ya no cumpliremos cincuenta años, y en la que Viriato … “Viriato, era un pastor lusitano….”.

La roca artificial, pues eso artificial que se ve a la legua; la estatua ecuestre rígida, con el brazo artrítico empuñando la espada y apuntando al cielo como si lo estuviera poniendo por testigo del despropósito.

         Pero lo peor es que parece el juguete sorpresa de esos huevos de chocolate. Para terminar de adornar el monumento hay adosado a su cáscara un inmenso medallón con un escudo, ¿Es el duro de chocolate con el que me premiaban las buenas notas?

         Desde luego si lo que pretendían era un homenaje al chocolate, debería ser dulce y comestible, así hubiera desaparecido dando satisfacción a los golosos. Pero si lo que se pretendía era una entrada bonita podían haber utilizado la escultura de Chillida, que ha estado tantos años olvidada y arrumbada en un rincón.

         Los que vivimos en Toledo queremos hacerlo en este siglo, cuidando del patrimonio heredado, pero intentando dejar también nuestra huella en la ciudad, para en el futuro poder formar parte del mejor pasado.

Si los ciudadanos quieren y cuidan su ciudad lo transmitirán a los visitantes, y es la mejor propaganda, el resto lo tenemos todo, pues Toledo es única.

 

UGANDA – RUANDA  (agosto 2007)

La primera impresión de África es su olor característico, África huele a vegetación virgen, a tierra rojiza, a especias, a humanidad de otra raza.

El ugandés no tiene prisa, se toma su tiempo y tiene un andar pausado, pasean más que andan, deambulan por Kampala, su capital, como si todos los días fueran tardes de domingo. Se vive en la calle.

Lo más interesante que hemos visto son las tumbas de los reyes “bugamba”, enterrados en un palacio-cabaña grande y forrado de corteza de árbol, está totalmente hecho de fibras vegetales algunas de ellas entrelazadas formando dibujos en el techo.

Las mujeres descendientes del último rey Mutesa II cuidan de la cabaña-palacio y tejen esteras de colores que tapizan todo el suelo. Las féminas del grupo hemos tenido que ponernos una falda larga envolvente de colores vivos, que nos han proporcionado allí mismo, y todos hemos entrado descalzos.

Hemos seguido la explicación del guía sentados en el suelo, recogidas las piernas, y con los pies hacía atrás, en señal de respeto.

Un lugar curioso es el hotel “Speke”, situado en la parte alta de la ciudad, con aspecto colonial y una variada clientela fundamentalmente blanca.

Hemos dormido en el hotel Muynnoro, desde el que se divisa El Lago Victoria.

Es grande como un mar,  mítico por tantas novelas y películas, que casi te sientes como el Dr. Speke. ¡Mañana veremos las fuentes del Nilo!

Las carreteras de Uganda son una serie interminable de socavones en el asfalto, producidos por las lluvias. En los tramos en que las están arreglando, alguna mente calenturienta ha mandado colocar badenes, que se van sucediendo regularmente a los largo de muchos kilómetros, lo que hace que el discurrir por esos caminos sea una auténtica pesadilla.

Al atardecer llegamos al hotel Nile Porche, situado en un monte sobre El Nilo, la vista es sobrecogedora, verde, cielo y agua, alternándose en la quietud del paraíso.

El paisaje se ensombrece rápidamente en el Ecuador, y la noche te acuna con los sonidos de los insectos y pájaros; en algunos árboles se ven trepar a los monos.

Vemos amanecer desde el porche de nuestra cabaña, que alberga en su interior una tienda de campaña para dormir.

La luz ilumina la niebla, no hay colores y las formas desdibujadas de los contornos dan la sensación de que estamos asistiendo a un principio de todas las cosas, a la Creación.

La luz se vuelve rosa, azulada y plateada en el agua. La tierra amarillea con chispas en los montes cercanos, poco a poco aparecen los verdes en las hojas mojadas. Cuando todo el paisaje se ha iluminado, resulta tan nuevo y brillante como un cuadro recién pintado.

El primer contacto con El Nilo ha sido navegando en una barca pequeña, los cormoranes se posan impávidos sobre tocones, las águilas blancas y negras miran al infinito posadas en las copas de los árboles sin acusar nuestra presencia, las hojas de los lirios de agua se mecen en las orillas a nuestro paso.

Desembarcamos en un islote, y ya desde tierra vemos, en un punto muy próximo a la orilla, cómo la corriente del río hierve formando pequeñas olas. ¡El Nilo, el gran río que cruza África hasta llegar al Mediterráneo, brota aquí!

Hay un monolito en hormigón que señala el lugar, no hay explicaciones ni inscripciones, solo el río con su plácida belleza.

En algún momento se levanta viento que arrastra gotas de agua, ¿de lluvia o del río?...

Y  de vuelta en la barca, muy cerca de la orilla para ver pájaros, no puedo evitar tocar el agua, mojarme la mano en ese Nilo que surge y sigue como protagonista de la historia de los hombres durante milenios.  

Continuamos nuestra ruta con los empellones del camino, hacia el Santuario de los Rinocerontes de Ziwa.

Recorremos la sabana con un guía que está en contacto por radio con los cuidadores.

La hierba verde nos llega más arriba de las rodillas, hay humedales, y las acacias se recortan en toda la extensión que abarca la vista.

Vamos pisando la sábana como los viejos exploradores, hasta que aparecen los rinocerontes. Sus cuidadores pasan con ellos todo el día, y controlan sus movimientos. Nos acercamos todo lo posible para ver su piel arrugada, sus cuernos y los ojillos perdidos en los lados de su enorme cabezota.

Continuamos por la región de Masindi en dirección al Parque Nacional de las Cataratas Murchinson. Nos alojamos dentro del mismo parque, en El Paraa Lodge.

Es un hotel ya antiguo y señorial, en un enclave majestuoso, en lo alto de una colina, desde el que se divisa El Nilo Victoria, protagonista absoluto de nuestro viaje.

Por la mañana, recorriendo la orilla del Lago Alberto, hemos hecho un safari para ver animales. Han ido apareciendo las jirafas de manchas marrones, los elefantes, las manadas de búfalos, los antílopes y multitud de aves entre las que hay que destacar a “la grulla coronada damisela”, que es el pájaro emblemático de Uganda. Tiene cara de despiste, como muchos pájaros. Su aureola amarilla saliéndola de la cabeza, en plumas finas y de punta te hace pensar en una vedette de la sabana un poco desgarbada, que no sabe bailar.

Después del almuerzo salimos en un barco pequeño para aproximarnos a las cataratas Murchinson.

En el paseo por el río vamos viendo hipopótamos, que descansan en las orillas agrupados como enormes masas marrones, o emergiendo del agua mientras agitan como un molinillo sus orejas para quitarse el agua. A veces son solo dos ojos en la línea del agua, los que señalan que debajo está uno de estos magníficos animales.

Me ha llamado la atención la quietud pasmosa de los cocodrilos, con la boca abierta o fingiéndose dormidos, no dan la sensación de ser unos animales tan peligrosos, casi diría que resultan pacíficos.

A lo largo de todos los Nilos, y en las orillas de los lagos de Uganda hay pájaros de todos los colores, turquesas, naranjas, amarillos, blancos moteados de negro, pardos y también oscuros.

Aquí somos nosotros los que en “las jaulas” de los barcos o en los coches estamos prisioneros. El paisaje con todos sus seres vivientes te envuelve creándote sensaciones de miedo y pequeñez. Es la naturaleza no dominada, donde el hombre solo es una especie y no precisamente la más bella.

Nos hemos puesto en camino hacia Ruanda, la frontera es prácticamente inexistente y la población de ambos países se mezcla en un ir y venir andando por la carretera.

Nos han entretenido un buen rato con el papeleo y el pago de las tasas. El retraso se ha compensado con la amabilidad del funcionario que nos ha devuelto los pasaportes con una sonrisa y un comentario simpático a cada uno.

Vamos en dirección al Parque Natural de los Gorilas, que pondrá el broche de oro a nuestro viaje.

Las mujeres de Ruanda visten con telas de colores llamativos y dibujos geométricos, generalmente con el pañuelo- turbante que llevan muchas mujeres en África.

El paso por un mercado, abigarrado de gente y de colores, han hecho disparar las máquinas de fotos de forma compulsiva.

Nos hubiera gustado pasear y mezclarnos con esa barahúnda de gentes, puestos y vestidos de todos los colores, pero debíamos llegar al hotel del parque para por la mañana temprano visitar a los gorilas

¡Ya estamos preparados!, en el centro de visitas nos asignan un guía y una familia de gorilas, “la Kwitonda”. El nombre le viene dado por el del macho dominante, el espalda plateada o “dorsicano”.

Después de escuchar las explicaciones e indicaciones sobre el comportamiento que debemos adoptar frente a los gorilas, nos ponemos en camino.

Vamos en todo- terreno hasta los pies de una de las montañas Virunga.

El guía nos conduce por campos de cultivo de patatas hasta llegar a una zona boscosa, donde hay simplemente una cerca de piedras no muy alta que debemos saltar.

Para realizar la visita vamos acompañados de “los rangers” que vigilan a los gorilas, el guía y los porteadores de las mochilas.

No había pasado más de tres cuartos de hora, cuando un cuidador separa unas ramas y vemos al primer gorila, sentado tan tranquilo arrancando hojas de una rama con los dientes, como si fuera un pincho moruno. Imponente y magnífico este macho.

Poco después nos descubren entre la espesa vegetación, a una hembra y su cría. Tiene unos tres meses, y se comporta como cualquier niño observado por mayores dispuestos a reírle las gracias. Da volteretas e intenta acercarse, pero el guía golpea el suelo con su machete y emite unos sonidos guturales disuasorios. Si se diera el caso que intentara tocarnos, debemos permanecer quietos, y sin hacer aspavientos dejarle hacer.

Pasado un tiempo corto, la madre se lo carga a la espalda y desaparecen entre el follaje.

Continuamos viendo mas hembras y crías, hasta que nos señalan al gran macho Kwitonda, jefe de la familia. Es enorme sentado, pero cuando se levanta para tronchar un árbol y coger las ramas de hojas tiernas, nos hace dar un paso atrás.

Efectivamente su espalda tiene longitudinalmente una parte en que el pelo ha encanecido. Los miembros de su familia que estaban cerca se alejan, cuando “el dorsicano” come, lo hace solo.

Observamos que le falta un dedo en una de sus manos, muy probablemente obra de los furtivos que intentan cazarlos.

Cuando ha pasado una hora del avistamiento del primer animal, nos guían otra vez hacía el sendero de la salida, pues no se permite más que una hora con los animales, para que no se habitúen al contacto humano.

Nunca pensé que esta experiencia me fuera a gustar tanto, no sé si serán nuestros ancestros, pero te inspiran respeto, temor y simpatía a partes iguales.

 

LA LLAMADA DE MI MADRE

Hace tiempo que no oigo a mi madre llamarme por mi nombre.
Un junio de sol, deforme, reventó con sus calores los sonidos de la casa familiar.
Deprisa llegó la pena, deprisa la soledad y el luto.
Negra por dentro y por fuera; con calma el dolor… se agita.
No llueve, amaneció azul brillante, puro hasta el infinito.
Se ha roto mi infancia, y no he sentido su ruido.
Desconcertada miro al mundo, que sigue girando en su curso.
Me arde por dentro el alma, pero lo disimulo.
Aunque han pasado muchos años, tantos que casi lo olvido,
sigo esperando oír cómo me llama mi madre,
a veces casi la escucho, pero no dice mi nombre,
y anhelo volver a oírlo.