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En Puntos de vista | Antonio Espíldora  hoy 

 

ANTONIO ESPÍLDORA

 

 

LA RAZÓN DEL PAPA

 

Me he tomado la molestia de leer el discurso del papa Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona. Las encendidas reacciones de fanáticos radicales y la postura de la mayoría de políticos occidentales, que consideran al Papa culpable del conflicto, me han decidido a una lectura reposada del discurso.  

¿Cuál es el punto de partida?  El Papa defiende en su discurso que es “necesario y razonable interrogarse sobre Dios por medio de la razón”. Es necesario y razonable tanto para la universidad como para la humanidad en general. Por eso el Papa plantea en ese discurso una serie de interrogantes sobre Dios y la razón, a los que pretende dar respuesta. Para Benedicto XVI no se puede dejar de lado el interrogante sobre Dios a la hora de enfrentarse a la realidad. Como escribió antes de ser Papa, para él “quien excluye a Dios de su visión de la realidad es sólo aparentemente un realista”. 

¿Y cuál es la conclusión del discurso del Papa? Que “no actuar razonablemente (con logos) es contrario a la naturaleza de Dios”. El Papa considera además que esta afirmación es válida siempre por sí misma, independientemente de los distintos sistemas culturales o filosóficos, por lo que termina invitando a todos, en el diálogo de las culturas “a encontrar este gran logos, esta amplitud de la razón”. 

Cabe preguntarse, entonces, cómo un discurso tan razonable ha podido desatar reacciones tan irracionales y, por tanto, tan contrarias a la naturaleza de Dios, precisamente entre quienes dicen servir a la divinidad. 

Evidentemente, no estamos ante la reacción de unas personas que en verdad  se sientan ofendidas de buena fe por las palabras del Papa. En realidad, lo sucedido no deja de ser una escalada más en la presión de los fanáticos islamistas sobre las sociedades libres. La excusa es lo de menos. 

Desgraciadamente, la brutal y fanática reacción demuestra contundentemente la gran verdad de lo expresado por el Papa. Quienes actúan contra la razón no pueden utilizar a Dios como coartada para justificar sus irracionales acciones. Y Occidente, por respeto a su historia, debería enarbolar la bandera de la racionalidad frente al fanatismo, rechazando expresamente cualquier intento de expansión de una cultura o una fe por medio de la violencia. 

Pero Occidente ya no sabe quién es. La mojigata reacción de mandatarios y políticos occidentales ante la ira violenta contra el Papa, nos revela que Occidente está dispuesto a claudicar ante la menor presión de cualquier cultura con tal de mantener su tranquilidad, su prosperidad, su “estado del bienestar”. Y se olvida que en los cimientos que han conformado la civilización occidental a lo largo de los siglos no hay una simple ambición de bienestar material, sino unos valores que han sido el sustento que ha permitido todo lo demás. 

Si algo revela el discurso del Papa, es su compromiso con la búsqueda de la verdad desde la razón. Y Occidente, en lugar de reconocer el gran servicio que el Papa presta a nuestra civilización con ese compromiso, envía a los violentos y los fanáticos el mensaje de que está dispuesto a dejarse callar la boca ante el ejercicio de la violencia y la irracionalidad. Pero el Papa tiene razón.

 


 

DECADENCIA ESTIVAL

 

Llegó el verano, y con él, las vacaciones por excelencia. Las anheladas vacaciones, decimos. Las merecidas vacaciones, también.

¿Y por qué tan anheladas estas vacaciones estivales? No será, desde luego, porque nos animen las rupturas matrimoniales que se producen en mayor número durante esta época. Tampoco creo que sintamos una especial atracción hacia los diversos síndromes depresivos que se potencian durante las vacaciones y por culpa de las vacaciones.

En el fondo, anhelamos tan intensamente estas vacaciones porque tenemos la esperanza de volver de ellas “como nuevos”, sintiéndonos otro hombre, otra mujer. Quien más, quien menos, llega a esta época estival cansado, decaído, a veces sin fuerzas, y confía en que las vacaciones le hagan salir de ese decaimiento personal que tan negativamente afecta a todos los ámbitos de su vida.

Quizá por eso, tendemos a idealizar en exceso las vacaciones estivales, considerándolas como algo casi mágico. Como un rito que, por sí solo, nos deparará los beneficios de quitarnos nuestro cansancio y sacarnos de nuestra decadencia. Pronunciamos la palabra vacaciones como el hada de Cenicienta diría salacadula. Pero el milagro no se produce: seguimos siendo los mismos.

Porque lo que puede mejorar verdaderamente nuestra situación interior, lo que puede renovarnos personalmente, no es la cantidad de cosas que seamos capaces de hacer durante estas vacaciones, el número de actividades fréneticas que seamos capaces de emprender ni todas las horas que seamos capaces de trasnochar. Será preciso adentrarse en uno mismo, con tiempo, y afrontar las propias carencias, debilidades, errores. Y una vez asumidos, replantear nuestra actitud frente a nosotros mismos, frente a los demás, frente al trabajo, frente al descanso. Y es que nos cansamos trabajando y nos cansamos descansando. Porque descansamos mal.

Merecidas vacaciones, decimos. Hace años, el otrora monárquico y tradicionalista diario ABC, solía traer anualmente a su portada una fotografía de don Juan de Borbón disfrutando, según el pie de foto, de unas “merecidas vacaciones”. Indefectiblemente, un amigo mío espetaba: “ y ese tío ¿cuándo se ha merecido unas vacaciones, si está todo el santo año sin hacer nada de provecho?”.

Posiblemente, ninguno nos merezcamos en realidad estas vacaciones. Quizá las llamemos merecidas tan sólo para acallar nuestra mala conciencia, conscientes como somos de que las vamos a dilapidar. De que a la vuelta no sólo no habremos conseguido frenar nuestra decadencia, sino que quizá volvamos más decaídos aún, más cansados, si no deprimidos.

Ánimo. No pretendo aguar la fiesta a nadie con esta reflexión. Estamos a tiempo de aprovechar todavía estas vacaciones. Es sólo cuestión de dedicar más tiempo a cuidar de lo personal.

¡Felices anheladas y merecidas vacaciones a todos!

 


 

CAMBIAR DE SEXO COMO DE TRAJE

 

El Gobierno anuncia la inminente llegada de una Ley de Identidad Sexual, que permitirá cambiar de nombre y de sexo en el Registro Civil sin necesidad de someterse a ninguna operación quirúrgica de cambio de sexo.
Afirma el ministro de Justicia que esta ley no debe valorarse por el pequeño número de ciudadanos al que afecta, sino por el sufrimiento que evita. Por eso, dice el ministro, no se exigirá el sufrimiento de pasar por la cirugía para cambiar de sexo, lo que tiene la ventaja, añado yo, de poder cambiar varias veces de sexo a lo largo de tu vida.
Evitar el sufrimiento es siempre una intención loable, pues todo sufrimiento reclama compasión, comprensión y respeto. Pero el sufrimiento suele ser sólo un síntoma de que algo no funciona bien. Y normalmente, disimular el síntoma no soluciona la enfermedad, sino que permite que ésta se agrave.

Parece que el objetivo de nuestros gobernantes es evitar el sufrimiento a toda costa enmascarando la realidad, creando una ficción que disimule el motivo de sufrimiento, en lugar de promover que las personas se enfrenten a la realidad y la superen o la asuman.

¿Que un estudiante sufre por no poder pasar de curso? Hagamos una ley para que promocione sin aprobar, o aprobémosle directamente sin estudiar.

¿Alguien sufre porque no encuentra en el otro sexo el complemento de su personalidad? Hagamos una ley que llame matrimonio a lo que no lo es.

¿Una madre sufre porque se debate entre dejar nacer a su hijo o matarlo en su seno? Hagamos una ley que establezca que su hijo no es en realidad un ser humano para que lo pueda matar sin remordimientos.
¿El emperador sufre porque no tiene el mejor traje del universo? Digámosle, como en el cuento de Andersen, que le confeccionaremos el mejor traje, no sólo con las más maravillosas telas, sino que además será invisible para los necios y sólo visible para los sabios.

Y, del mismo modo que el emperador del cuento con su traje nuevo, pavonéense nuestros gobernantes ante todo el mundo revestidos con esas leyes que pretenden crear lo que no existe, orgullosos de su poder creador y de su progresismo.

Pero el Derecho no crea la realidad. Y más tarde o más temprano, algo o alguien, como el chico del cuento, nos hará caer en la cuenta de que en realidad estamos desnudos. Y no sólo tendremos ridículo y vergüenza, sino también más sufrimiento.