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  En PUNTOS DE VISTA... Carmen Pérez

 
 

UNA VENTANA ABIERTA

Carmen Pérez

 

 

SOMOS LO QUE HACEMOS DÍA A DÍA

Somos lo que hacemos día a día. De modo que la excelencia no es un acto, sino un hábito. Perdonen que lo repita, va por mí, para centrarme más y ser muy consciente de lo que digo. Somos lo que hacemos día a día. De modo que la excelencia no es un acto, sino un hábito. Una afirmación real, práctica y concreta. Es de Aristóteles en la Ética a Nicómaco. Nosotros somos lo que repetidamente hacemos para bien y para mal. Aquí esta el nudo de la cuestión. Ser una excelente persona, ser todo eso que nos gustaría ser no es un acto, no es consecuencia de un día, sino un hábito. Lo que nos proponemos cada día, las metas que hoy he decido alcanzar, será lo que llegue a ser mañana. Y Maxwell un psicólogo del siglo pasado sostenía que lo que marca a una persona, a una persona para la excelencia es la actitud. Los seres humanos pueden cambiar sus vidas si cambian actitudes en sus mentes. Si quiero puedo tener un control en mis pensamientos. Los pensamientos presentes hacen mi futuro. Seré lo que quiera y como quiera ser. En realidad aquí esta mi libertad. Todo pensamiento tiene un origen. Pensamientos negativos atraen pensamientos negativos, y pensamientos positivos atraen pensamientos positivos. Y claro los pensamientos negativos podemos sustituirlos por positivos y viceversa. Todo depende de la fuente de los pensamientos. ¡Cuantos estímulos recibimos al día: propagandas políticas, anuncios, noticias, comentarios¡ Positivos, negativos, pero de nosotros depende el enfoque que le damos. Leamos la Biblia, necesitamos de la Palabra de Dios (Antiguo testamento), de la Palabra del Señor (Nuevo testamento) para ver la realidad, toda la realidad.

Conocí a un profesor de Antropología que nos decía era que mucho mas importante pensar en lo bueno que podíamos hacer, que en lo malo que teníamos que evitar. De hecho el paso en la madurez requiere la formulación positiva de la vida. Cuando nos explicaba las tendencias normativas era exhaustivo su análisis del paso del “no” en la moral al “sí”. Pregúntenle a un niño cosas buenas que puede hacer y observe si dice: no gritar, no decir palabrotas, no pegar…o si señala lo bueno que puede hacer: ayudar en casa, estudiar con un compañero, ver las cosas buenas que hoy han pasado en clase... Recuerdo, no se si lo he contado, una anécdota que me ocurrió hace muchos años. Me fui a confesar, el sacerdote era un santo hombre, francés, nos hacía mucha gracia su manera de hablar. Había hecho un examen que yo pensaba exhaustivo de todo lo malo que había hecho. Y cuando acabo de soltar todo, yo pensaba ¡qué bien lo he dicho todo¡, casi se me escuchó un suspiro de alivio, oigo su genuina voz diciéndome: Y lo más “impogtante” ¿qué me dice de sus pecados de omisión? ¿del bien que ha podido hacer y no ha hecho?. Calculen como quedé. No se me ha olvidado, y lo he contado muchas veces en mi vida porque me parece de lo más significativo. Cuando esto me ocurrió era estudiante en la Universidad y precisamente estaba con el profesor que acabo de nombrar, D. Francisco Gomá Musté.

Los hábitos que vamos adquiriendo son factores poderosos en nuestra vida. Son nuestras consistentes pautas de conducta, muy a menudo inconscientes, y desde luego de manera cotidiana expresan nuestro carácter y generan nuestras acciones. Un educador dijo que los hábitos son como hebras. Si día tras día las trenzamos en una cuerda pronto resultan irrompibles. Con la segunda parte de esta sentencia, seguro que muchos de nosotros no estamos de acuerdo. Porque sabemos que los hábitos no son irrompibles, los podemos quebrar. Es verdad que requiere un proceso y un fuerte compromiso. Para romper maneras de ser ya habituales en nosotros y profundamente arraigadas como la indecisión, la falta de autoestima, la inseguridad, la crítica, la mentira, el egoísmo, el ser negativos, el ver siempre el “pero” en todo (conocí a una persona muy gráfica que describía a una persona diciendo que parecía que había nacido con un “pero” en la boca) el evadirse del esfuerzo, del trabajo etc. etc digo que para romper estos hábitos se requiere de un esfuerzo. El “despegue” exige una determinada determinación que diría Teresa de Jesús. Pero en cuanto despegamos, nuestra libertad adquiere una dimensión totalmente nueva. Hemos nacido para ser hijos de Dios, Dios es el Padre que espera nos esforcemos al cien por cien de nuestras posibilidades. Somos lo que hacemos día a día. De modo que la excelencia no es un acto, sino un hábito. El despegue para la excelencia exige nuestro esfuerzo.

 

LA VICTORIA DE LA FE

“Por mucho que cierre los ojos, no por eso el sol dejará de existir”. Sin embargo muchos de nosotros cerramos los ojos, los tenemos cerrados y nos obstinamos en creer que están abiertos. Y nos escandalizamos de no ver lo que nos impedimos ver nosotros mismos. (Henry de Lubac) La fe implica un verdadero comienzo. Volverse creyente, es en efecto, un comienzo. Es posible alegar razones en nuestra fe, encontrar explicaciones, descubrir relaciones, recurrir a acontecimientos vividos y hasta concretar pruebas. Pero en la raíz de todo está el hecho de que la fe propiamente dicha es un comienzo de orden existencial. No se puede deducir de nada. No es parecido a un conocimiento que se razona y del que se extraen conclusiones finales. Es más como un despertar, como un abrir los ojos precisamente cuando nos creíamos que los teníamos abiertos, porque realmente somos nosotros mismos los que nos impedimos ver. La fe aparece, nos abre los ojos, nace. Cualquiera de ellas puede servir como expresión que elegimos para designar el hecho de que existe un verdadero comienzo. Detrás de la oscuridad que envuelve el comienzo de la fe, hay un misterio más profundo: la fe como obra de Dios. Mi luz, muchas veces puede ser noche, una noche luminosa. Esa noche que me separa de todas las falsas luces que veo con toda claridad. “ ¡Oh¡ noche que me guías con más seguridad que la luz de mediodía. Cuando Dios se hace lejano, problemático, irreal puede ser muy bueno llevar hasta el límite esa impresión. Entonces si que el mundo, nuestra vida, todo, privado de Dios, se muestra absurdo, irreal. Y da la vuelta la situación. A veces parece que no queremos un Dios que es misterio, porque es exceso de verdad, de amor, de realidad. Como si quisiéramos un Dios a la medida que cada uno elige. Seguro que jamás nos gustaría el Dios que “tal persona” se imagina, o que tal persona se empeña en transmitirnos, tampoco el nuestro, claro, le gustaría a ella. Tampoco queremos un Dios que es Alguien, porque en el fondo nos compromete, nos abre a otra forma de vida, nos pone ante El, en El, y esto implica un verdadero comienzo que decíamos al principio, un encuentro para vivir. ¿Es mejor ser uno mismo el alguien que grita, que duda, que niega, que critica, que se obstina que encontrar a ese Alguien?

Se discute si el cristianismo debe esto o aquello al judaísmo, a tales corrientes, a toles mitos. Pero ¿vamos a tener la ignorancia o ingenuidad de creer que lo religión de Cristo excluye todo sentido humano, todo anhelo humano? ¿Abrimos los ojos y luego los cerramos a lo esencial? ¿A quién ha pedido prestado Dios el cristianismo? ¿A quién ha pedido prestado Jesucristo su Evangelio, su salvación, su propuesta? Cierto en Jesucristo “todo se ha vuelto nuevo”. A muchos de nosotros esa expresión del Apocalipsis, “mirad que hago un mundo nuevo” quizá nos había pasado un poco por alto y de una manera experiencial nos conmovió hasta lo más hondo, en la película de la Pasión de Mel Gibson, cuando Jesús en hundido en la tierra bajo el peso de la cruz, se encuentra con la mirada de su madre y le dice: madre todo lo hago nuevo. La fe tiene un lado divino y un lado humano. Cierto que la fe responde a la realidad precisa de Dios, de su gracia. Todo es obra de Dios. Detrás de esa oscuridad impenetrable que envuelve el comienzo de la fe se oculta un misterio más profundo: la fe es obra de Dios. Dios realiza su obra. Volverse realmente creyente nos conmueve, nos transforma, nos ilumina, nos atrae. Es una historia. Nuestra fe tiene su historia. Decíamos que era un despertar, un verdadero comienzo. No es firme, ni acabada, es vida, y todo lo que es vida, tiene un pasado, un presente y un futuro. La fe, atraviesa altos y bajos, períodos de crisis y de transcursos tranquilos. Por eso la fe a menudo se apoya mejor sobre una dificultad, sobre una incomprensión, sobre una resistencia que sobre una evidencia. Como dice S. Pablo cuando venga lo perfecto desaparecerá la fe y la esperanza, entonces veremos cara a cara. Pero, mientras, la evidencia y resistencia aparecen íntimamente conjugadas. Una y otra, la evidencia y la resistencia, la paz y la lucha, la luz y la oscuridad permanecen conjugadas. Ambas son necesarias, porque la fe es una plenitud y también una victoria. Nuestras resistencias, provienen de muy distintas fuentes. Unas de graves acontecimientos humanos, otras de ruptura de vínculos afectivos, de enfermedades físicas, psíquicas o morales. Y a la par de esas resistencias nuestras ansias de infinito, felicidad, de paz, de plenitud, nuestra sed de una auténtica libertad, que se conjugan con la voluntad cristiana. La victoria de la fe es sostener nuestras convicciones cristianas, sin adjetivos, sencillamente cristianas, frente a las circunstancias que sean. Una fe que a través de nuestro vivir diario, nuestra historia personal, va llegando a una especia de “mayoría de edad”. “Nuestra fe: he ahí la victoria que domina el mundo”. Y esto supone que no nos irritaremos ante la carga de la existencia, ante las tensiones, incomprensiones. Nada se arregla por arte de magia, es la victoria de la fe que todo lo hace nuevo.

 

DEPENDE DE A QUIEN YO ALIMENTE

Un anciano indio describía sus conflictos internos y problemas personales, ante un grupo de hombres que le preguntaban, porque creían en él, en su sabiduría y en su manera de actuar sobre cuestiones prácticas de la vida. El les dijo: dentro de mí existen dos cachorros. Uno es cruel y malo, el otro es bueno y dócil. Los dos están siempre luchando…Sus convecinos del pueblo le preguntaron cual de ellos acabaría ganando. El sabio indio guardó silencio un instante, después de haberlo pensado respondió: aquel a quien yo alimente. Es la misma experiencia de la lucha interior de S. Pablo. Leamos sus epístolas. Tenemos verdadera necesidad de interiorización, puede que sintamos que nos cuesta saber qué es exactamente. Este es el camino de la búsqueda de uno mismo, oír esas llamadas que nos instan a alimentar lo mejor de nuestro interior. Porque depende de lo que vamos alimentando en nosotros mismos. No somos objetos que podemos conocer desde fuera como todo lo demás. Somos la realidad que nos hacemos desde dentro. Interiorización que lleva a la apertura a todos y a todo, a la expansión. Interiorización y expansión, las dos pulsaciones indisociables de la vida personal, según Mounier. Nuestra actitud en estas dos pulsaciones determina nuestra “altura” personal. Realmente la sabiduría de los salmos lo expresa a la perfección: “busca tu propio corazón con diligencia, pues de él fluyen las fuentes de la vida” Nos comprometemos con los actos que hacemos. Nos comunicamos mucho más con lo que vamos haciendo en nuestra vida y vamos haciendo de nuestra vida que con lo que hablamos. Emerson dijo algo muy gráfico: me gritas tan fuerte en los oídos que no puedo oír lo que me dices. No se si fue esto lo que dio lugar a una anécdota: un predicador estaba en una iglesia y cuando estaba en lo mejor de su mensaje, una persona sentada en los últimos bancos gritó: no se oye. El predicador aumentó su tono de voz, la persona insistía: no se oye. El predicado un poco molesto pidió aumentaran el sonido del micrófono. Pero la persona insistía que no se oía. Ya, indignado, el predicador, pregunto si tenía mal los oídos o qué le pasaba. La persona contestó: no, lo que pasa es que lo que tú haces no me deja oír lo que tú dices. Puede parecer que hay diferencia entre una afirmación y otra, pero ponen de manifiesto la misma raíz: me gritas tan fuerte que no puedo oír lo que me dices. La realidad de lo que haces no me deja oír lo que tú dices. Es lo que tú alimentas por dentro, y tu actitud la que no me deja oírte.

Recuerdo que alguien expresaba de manera muy gráfica nuestra manera de ser “por las colas en las que nos ponemos”, por “el trapo al que entramos”. Porque en ese ponernos a la cola, en ese entrar al trapo estamos proyectando nuestros propios problemas internos. Nos ponemos a la cola para la ventanilla de las discusiones, de la violencia, de la incomprensión, de las venganzas, envidia, de la comodidad, de la falta de esfuerzo. Son expresiones gráficas que indican nuestra manera de ser, y en realidad, nuestra falta de libertad, y dependencia de las situaciones hostiles. Si lo pensamos, sabemos lo que tenemos que hacer, pero el cachorro malo, al que alimentamos, nos nubla el corazón y la vista, y gana la partida. La brecha entre el saber y el hacer es el sitio en el que perdemos. La mayoría de nosotros sabe qué es lo que tiene que hacer pero nos parece tener cien razones para no actuar en concordancia con lo que en teoría sabemos. Nos pueden señalar el camino, pero, finalmente, somos nosotros lo que hemos de caminar. Alimentamos el cachorro cruel o el cachorro bueno en nuestra vida diaria. El bien o el mal no es consecuencias de grandes momentos, sino del alimento diario. Es necesario reemplazar las fantasías con la realidades de lo que hacemos. De sobra sabemos que ese lo “haré mañana” tiene como consecuencia “hubiera debido hacerlo ayer.”

Hay familia, hay amigos, comunidad cuando hay personas nuevas que unen a las personas por el corazón. No es una multitud. Cada cual conserva su originalidad irreductible y el conjunto, entonces, es como una buena orquesta. No se une a las personas ni por sus intereses, ni por sus impulsos, envidias y prejuicios, ni por sus servidumbres. No se les une más que por sus vidas interiores, que van de ellas mismas a la comunidad. La experiencia de la comunidad es en primer lugar experiencia de alteridad. Amarás a tu prójimo como a ti mismo, es decir, dándote a él como a la realización de tu persona, sin medida (Mounier)

Lo que somos se transmite con una elocuencia superior a lo que decimos. Lo que tu haces, no me deja oír lo que tu dices. ¿Qué acaba ganando? Lo que yo alimente