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En Puntos de vista | Cleofé Sánchez  hoy 

redacción
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A LA CAÍDA DE LA HOJA

Cleofé Sánchez

 

ENTRE DOS ORILLAS

Dos orillas tiene el río y dos orillas tiene el cauce. Cada una es cada una pero todo depende del punto de mira. Según éste cambia, río arriba, cauce abajo, perspectiva distinta pero el mismo paisaje. ¿Qué pasa entre las dos orillas? El peligro es quedarse parado en una -sea cual fuere- como si de posada permanente se tratara. Como si de punto final más que de tránsito obligado se hablara. Porque, si te paras, te inmovilizas y si te descuidas, te fosilizas. La vida es movimiento que se ejercita entre las dos orillas.

No vale anquilosarse porque te quedas en la orilla. Vale transitar y caminar porque así hay posibilidad de llegar a la otra orilla. Para pasar hay que arriesgarse y el riesgo supone peligro y aventura. De los cobardes se ha escrito su propia cobardía. Solo de los intrépidos se ha escrito la osadía de intentar dar el paso y con el paso el salto de una a otra orilla. Y no se detiene aquí el salto sino que nace el sobresalto de adivinar desde la otra orilla una tierra nueva que alumbra nuevas estrellas y en medio del horizonte el lucero matutino que invita al convite después de la travesía.

 

NOSOTROS

Me ronda estos días la idea o visión, que de todo hay en la viña del Señor, de la gente que me encuentro por las mañanas. Por una razón o por otra que no entran en mi quiero, decía que me encuentro por las mañanas a varias personas que duermen al raso. Entiendo perfectamente las causas, razones, argumentaciones o como se deba justificar el hecho. Entendiendo me pregunto ¿qué hace la sociedad por esta gente? –sin ánimo peyorativo-. Es más ¿qué hacen las cacareadas instituciones? ¿Qué hacen los partidos políticos? ¿Qué hacemos los particulares?

No me digan que se pueden preparar una Navidades –sea cada cual del color que fuere social o político o religioso- viendo a las personas –que son personas tan dignas como cada cual que esto leyere y el que escribe. Que no vale para nada. Al menos he vuelto por mis antiguos fueros.

 

HABLAR

Muchas veces se encuentra cada uno con la sorpresa de no tener nada que decir y a veces con la admiración de no teniendo nada que decir, hablar aunque no se tenga nada que decir. ¿Qué será no tener nada que decir, cuando se habla sin fin? Improvisar es arte cuando llega el caso de comunicar una verdad antigua que permanece en el alma en posesión tranquila y pacífica y que sale espontáneamente cuando se necesita. Hablar para salir del paso cuando un compromiso es ineludible y hay que ser atentos en la cortesía sin caer en la mentira y sin huir de la verdad. Hablar con espontaneidad lo hace el espontáneo que tiene algo que comunicar y, aunque nadie le haya llamado y nadie le haya puesto en el orden del día, se tira al ruedo y dibuja dos verónicas y brinda al tendido su faena con cordialidad. Todos hablan. Hablar por oficio, hablar por beneficios, hablar en provecho, hablar en agravio, hablar en desagravio. Todo es hablar. ¿Qué será hablar cuando no se tiene nada que decir?

 

PORQUE QUIERO

Ciprés mío, dónde te has escondido? Fue hace seis años cuando el búho despertaba las sombras, el momento de encontrarnos. Iba distraído y te apareciste en mi camino a contraluz, pero con una dignidad y prestancia que dominabas el sentido del contrasentido. Me contaste cuánto sabías de vidas y haciendas pues tu hoja perenne era notario de miles de testamentos. Me indicaste que velabas noche y día ofreciendo perennidad desde la acera a la calzada y que acompañabas al niño con advertencia y al anciano de preocupación.

Recuerdo que me hablaste de tu copa como espadaña que alberga y cuida todos los repiques que conlleva la vida. Recuerdo que me asegurabas que no pasaba ni noche ni día sin que una hoja tuya no rellenase una partida de nacimiento e inscribiera los derechos-obligaciones de una última voluntad.

Recuerdo que nos encariñamos y el cariño subió a los puntos de mi pluma y emborronaron dos fichas con las señas de identidad de mi ciprés. Han pasado los años y éste es el séptimo viaje con la misma curiosidad que ya es preocupación. ¿Qué habrá sido de mi ciprés? Esta vez he puesto más interés si cabe y me ha sobrecogido un presentimiento. ¿Habrá muerto mi ciprés de soledad? Olvidé que estabas en las afueras, solo, como si no fueras del pueblo. He vuelo a insistir y he visto a muchos hombres solos y me sigo preguntando: ¿será alguno el ciprés de mis sentimientos?