A LA CAÍDA DE LA HOJA
Cleofé Sánchez
METEREOLOGÍA... Y AMOR
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Los tópicos acompañan siempre los cambios de tiempo a pesar de
que la sabiduría antigua ya advertía que cuando marzo mayea,
mayo marcea. No obstante ante cualquier mejora comienzan los
comentarios que se dan la vuelta a medida que el tiempo empeora.
Siempre las conversaciones giran en torno al tiempo y así se
establece un calendario no sé si convencional u obligado, que
impone vestidos o quita ropa. Lo cierto y verdad es que nunca se
está a gusto con el tiempo y a unos les viene bien el invierno y
otros siempre añoran el verano para cambiar el disco cuando
llega el tiempo suspirado. Debe ser propio de la condición
humana que por su fragilidad no sabe acomodarse al clima sin
quejarse de la bondad o malicia del tempero. Los cambios se
presentan sin que las previsiones del tiempo sean exactas y sin
que atinen el pleno de la quiniela los hombres de la
metereología televisiva.
No sé si será por razones del clima o por otras extrañas
circunstancias, pero los cambio de temperamento de los humanos
también resulta ser un misterio. Nunca se puede asegurar la
bonanza y cuando menos te lo esperas, sufres o te hacen sufrir
un cambio de talante, de aire de turbulencias o de templanza. De
nuevo se vuelve a la conversación de los cambios que se dan en
las personas y cómo los atuendos responden al ambiente sin que
nadie esté satisfecho con el día de hoy poniendo su esperanza en
el día de mañana. Luego resultará que
el día venidero, se volverá a la añoranza de mejores tiempos
para realizar el proyecto que se difiere en espera de mejores
tiempos.
Adaptarse a los tiempos presentes es virtud del sabio que sabe y
siente que el tiempo es don y hay que aprovechar la dádiva para
llenar las manos de obras de servicio a la humanidad en la
inteligencia de que día pasado es irrecuperable para el bien y
que las horas perdidas son huellas en el agua, que nunca
volverán a presentarse. Los cambios son de sabios si valen para
el bien. Si sirven para desazonarse, son tópicos que derivan en
entretenimiento.
¿ Y si uno se emperra en no adaptarse a las situaciones
presentes? Dejo la meteorología que siga su camino, me agarro a
unas convicciones que me vienen rondado desde hace tiempo y cada
cual con su peso. A propósito del peso. Que no voy a entrar y
menos a salir con el peso. ¡Qué manía con el peso! Me he
tropezado con mi propia manía del peso. Pesas tanto cuanto amas.
No es mío el pensamiento; pero lleva su tiempo royéndome el
alma. Si quiero pesarme, no hace falta balanza. Vale el
termómetro del amor. Y el amor es vivencia de comunión en las
cosas divinas y humanas. Que tampoco es mío, que es de Cicerón.
Y miro el termómetro y no sé si llego a la temperatura mínima
antes de entrar en el período de fiebre, que no sería de amor
sino de rutina, de costumbrismo, de ir tirando sin que nadie
recoja lo que debería sobrar del amor.
En el mundo personal –allá cada cual con su persona- el gran
problema por resolver es el del amor. No voy a entrar a enumerar
ni valores ni contravalores. Una persona sin amor no tiene peso.
Es un aire que nadie sabe de dónde viene y a dónde va a parar.
Sería interesante –es para mi una gran curiosidad- pesar a las
personas que viandamos por la vida. Las sorpresas se deberían
contar y engrosar las estadísticas. ¿Cómo se denomina a las
personas que, por arte y artes, se empeñan en adelgazar? No sé
si se las llama anoréxicas. En este supuesto ¿cuántos médicos no
se necesitarían para la cura de la enfermedad de la anorexia del
corazón? Por el contrario cuántos exorcismos se precisarían para
el exorcismo de la bulimia del egoísmo? Con lo natural que
debería ser pasar por la vida en amor, con amor, por amor, entre
amor. Sólo lo sabe el corazón- |
MIS CIPRESES (II)
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Me notáis despistaillo y he recibido vuestro aviso con un mohín
de amargura porque os advierto molestos por haber interrumpido
bruscamente el diálogo prometido. Excusas se pueden brindar a
toda pastilla, pero ni la mejor pastilla certificará la verdad,
pues en este caso la excusa suena a mentira. Razones hay para
todos los gustos, pero el razonamiento silba a hueco por ser
justificación que no viene a cuento.
¿Dónde lo dejamos? Ya ni me acuerdo. Será fácil continuar pues
cortejado de vuestro verdor perenne, el hilo saldrá del ovillo
de nuestros pensamientos. Empezaré por mi regreso. Os cuento.
Así compartimos, aunque haya algún detalle que se escape a la
unanimidad, pero sin que llegue la sangre al río. Cada día os
admiro más, pues cada día os veo hermanados. Por eso regreso. A
ver si en vuestra compañía me desprendo de la algarabía del
entorno que me rodea, me sigue y no sé si me persigue. Me voy a
confiar a tu discreción, pues eres el primero en anunciar mi
ausencia. Vengo de un ambiente, donde el chismorreo, la
maledicencia, la calumnia tienen asentados sus reales y no
encuentras puerta de salida, una vez que estás dentro. ¡Dichoso
tú, que, según mis noticias, has estado presto para liberarte de
esta peligrosa plaga! Me enteré por propios y ajenos que cogiste
un temblequeo y asustaste el asalto, porque confundieron tu
miedo con la osadía de la defensa. Percibiste a tiempo la
malicia de la plaga, vorazmente contagiosa, y por cariño a tus
vecinos, preferiste luchar a solas, para evitar transfusiones de
maldad a tus allegados. ¡Dichoso tú!
No. También aquí hay costumbres engañosas. Me llaman de la parte
opuesta –deben ser contrarios o maliciosos-. Se adivina el
abrigo hasta pestilente, según la aproximación, de un
vertedero de basuras. Posiblemente el hedor sea de la factoría
próxima de generaciones de profesionales de la lengua larga –por
qué habrá lenguas tan largas- que por incontinencia derivan en
basurero. ¿Para qué me requieres, ciprés amigo? Te contaré mi
tristeza. ¿No has visto mi verde eterno, ajado, macilento, sin
ganas de levantar mi aguja de hierba? Más bien estoy alicaído.
Para escándalo de mis convecinos. La lengua. Para muchos es una
fiesta, una algarada. Lo de siempre. He oído que ya ocurría en
el circo romano. Unos matan. Otros se divierten. El daño, la
vileza, la vaciedad, el despiece son los carriles por donde
transita la lengua y como serpiente se enrosca e inocula veneno
por donde llega su sonido como ocurre con el grifo abierto que
cuando ha acabado con el agua, despide cieno. No he llegado a
más, taponado el olfato por el ambiente, gracias al aviso de los
que tengo enfrente –no te he dicho frente, sino más bien ante
mi-. Por la telefonía digital me alertaron y vi pasar sin que se
detuvieran, a pesar de su voluntad de pararse ante mis ramas,
una zarabanda de tipos que copaban todo el arco de la suciedad
ambiental. No me obligues a poner nombres y apellidos que nos
zambulliríamos en el mismo pozo de donde rezuma el maldito olor
que me circunda.
Me dejáis de piedra. Os agradezco vuestra experiencia. Cada vez
es más cierto que todavía nos falta por aprender lo que la vida
nos tarda en enseñar. Vine con mis reparos y me vuelvo
confortado. Pensé en mi caso –siempre el caso propio es más
importante que el ajeno- y vuestras cuitas me han advertido que
en racimo de experiencias, la comunicación alivia, repara,
sutura y ofrece frescura para afrontar la lengua larga con dosis
de bisturí de aliño y mirar al frente sin volver la vista atrás.
Quedamos en vernos otro día, cuando haya digerido las
confidencias y si volvemos con la lengua será en discernimiento,
porque elegir es opción de vida y allá quienes elijan lengua
–tribunal infalible de su desasosiego justificando los secretos
de dentro. Para aviso nuestro, os dejo lo que aprendí de mi
abuelo más viejo que nosotros. Antes se pilla a un mentiroso que
a un cojo. Volveremos. |
MIS CIPRESES
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Costumbres que uno tiene y que son como la piel que cubre el
cuerpo. Por más que se haga, siempre la compañía es persistente.
Así me ocurre con los cipreses, que me atrevo llamarlos míos
porque la familiaridad ha estrechado vínculos. No se por qué. Me
ocurre igual que con las amistades –siempre viejas- que nunca
las he pretendido y siempre se me han ofrecido. ¡Dichoso de mí
por encontrar amigos, los de siempre! Éstos tienen hoja perenne
y verdor de acogida y ramas – brazos- de despedida.
A lo que iba, porque de otra manera me distraeré con disgusto de
mis cipreses. Una última visita –por ahora- que pronto habrá
otra visita para continuar la conversación, porque la intimidad
con los cipreses exige continuidad y comunicación.
Les he preguntado con detenimiento en los más cercanos por sus
años y su constancia. Uno me ha sorprendido y eso que nos
conocíamos de antiguo, con su confidencia. El hacha me ha podado
el brazo más alargado con la excusa de que desentonaba con el
saludo que brindaba al compañero de al lado. Estoy ahora
mutilado y, aunque quiero mantener mi tertulia, me han mutilado.
Le he preguntado por la razón de su mutilación y así me ha
contado. Cada hombre es un ciprés, si se aísla en el vano
intento de ser único, sierra las posibilidades de ser y se
encierra en su propio círculo que termina por explotarle en las
manos y queda mutilado. ¿No has reparado en hombres y mujeres
sin brazos? Son los de brazos cruzados, no por falta
de trabajo, posiblemente tengan mucho trabajo, pero están
siempre de brazos cruzados para no alargar la mano. Solo en su
círculo, que al principio y al fin les deja sin manos. Nos hemos
dado la mano y me ha pedido que vuelva, pero que antes salude a
otros amigos que están en verdor, pero agotados. En derechura me
he ido a un ciprés inclinado con hojas color chocolate y con
semblante ajado. Nos hemos saludado con el cariño nuevo y viejo
por los años. Me ha contado cómo en sus años mozos de sus ramas
se arrancaron muchos retoños que han arraigado en otros
costados. Al principio había un parecido y hasta rasgos de
semejanza, pero las noches tienen sombra entrecortada y a la luz
de la luna las figuras se desfiguran y sobreviene el apagarse la
afinidad y las esperanzas se quiebran por la lejanía. Nos hemos
consolado con las cuentas del rosario de los años y desnudados
de esperanza, nos hemos enderezado al ver a otros cipreses que
escuchaban, sin ser herederos de las ramas propias, que en
cresta se inclinaban para darnos la mano. Luego me ha llamado a
voz en grito la atención de un ciprés, amigo aún solitario.
Ofreció gratuita compañía a un extranjero que se hospedó en
estas tierras, pero, por razones que todavía no entiende, le
transplantaron alejado de su primer amor. Los amores primeros
nunca se olvidan y menos se marchitan, aunque el disimulo de la
vida repercuta en la hipocresía del sí pero no. Mi ciprés es
fiel y me ha confesado que cada mañana en leve balanceo gira la
mirada a su amor y desde el silencio –me ha asegurado que el
silencio es sagrado- persiste en su amor. Cuando las luces se
encienden y antes que Morfeo invite a dormir, de nuevo su mirada
cruza el espacio en la despedida de buena noche. ¡Son tantas las
noches de amor! Le he insistido si encuentra respuesta. Los
humanos siempre buscáis razonar los símbolos. Los cipreses
vivimos unos mundos que sólo se adivinan con los ojos del
corazón.
Con un abrazo me he despedido corriendo la mirada por las
hileras inacabadas con la promesa de siempre. Seguiremos nuestra
tertulia. Hasta la próxima visita. |
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