
Los
grupos políticos representados en el Ayuntamiento de
Toledo, sin excepción, los cuales desde el Gobierno o la
oposición gobiernan en nombre de todos la vida de esta
ciudad milenaria, quieren dedicarle la calle Venancio
González a don Luís Moreno Nieto. En su humildad, don
Luís diría que no quiere calles, ni honores, ni títulos,
que eso es para los grandes, y que él es un periodista
del pelotón –como él decía- mirándote con esos ojos
llenos de picardía y amistad.
Porque
fíjense ustedes, pese a la diferencia de edad, don Luís
fue mi amigo, también el amigo de muchos de los que hoy
están aquí, en su mayoría periodistas como él que un día
le conocimos estrenándonos en esta noble y denostada
profesión. Un señor ya mayor, respetable, elegante, con
una bella cabellera plateada que llegaba a la redacción
trayendo consigo sus notas, sus folios concisos y
precisos en los que todo Toledo estaba escrito.
Como
dice mi colega de ABC
Mercedes Vega,
“siempre me llamó la atención lo que confiaba en
periodistas recién llegados a la profesión”. ¡Qué cierto
es eso, qué forma la de don Luís de hacer sentirse
importantes a periodistas novatos llenos de miedos e
ignorancias!
Y
queremos dedicarle una calle de su ciudad, a él, que
cuando en 1999 fue nombrado Hijo Predilecto de la
Provincia, no quiso acto público en el salón de plenos,
sólo uno pequeño en un despachito de la Diputación, sin
cámaras ni flashes, con tan sólo su familia como
testigo. Y así fue. En las palabras que aquel día
pronunció en agradecimiento de tal distinción, don Luis
contó que Miguel de Unamuno respondió a Alfonso XIII
cuando el Rey le entregó un premio:
|
- Gracias, Majestad, por el premio que me
habéis entregado y que me merezco.
- ¿Cómo? –respondió el monarca sorprendido-.
A los que he entregado este mismo premio en
otras ocasiones, siempre me han dicho que no
se lo merecían…
- Y tienen razón, Majestad, y tienen razón,
respondió Unamuno. |
Tras
la anécdota, Luís Moreno Nieto prosiguió: “Yo no estoy
aquí al lado de Unamuno, sino en el grupo de los otros,
aunque también reconozco que incurriría en falsa
humildad si no reconociera que mis servicios a la
provincia como periodista, con más de 10.000 artículos y
más de 50 libros, arroja un saldo positivo; aunque
también tengo que añadir que la cantidad de mis trabajos
no corre pareja con la calidad, y que más me hubiera
valido escribir menos, pero escribir mejor”.
Su
faceta literaria, señala el periodista
Enrique Sánchez Lubián,
es indisoluble de su condición de periodista. Un buen
número de sus libros pueden ser considerados como
extensas crónicas de los acontecimientos más destacados
ocurridos en nuestra ciudad durante los últimos setenta
años: desde el asedio del Alcázar hasta las estancias de
Franco, el Papa Juan Pablo II o el Rey Juan Carlos en
Toledo, pasando por el polémico asunto del trasvase
Tajo-Segura, del que, por cierto, estaba en contra.
La
calle Venancio González estará dedicada desde hoy a
nuestro homenajeado. Don Luís, ¿qué sabe usted de
Venancio González? Mira hija, ese fue un toledano
ilustre. Nació en Lillo allá por 1831 y en política
estuvo al lado de los progresistas, fue diputado y llegó
a ser ministro de la Gobernación con Sagasta. Todo lo
sabía relacionado con Toledo, el dato preciso, útil y
rápido que necesita el periodista. ¡Cuántas veces nos
ayudó!
Es
un honor de los pocos que se tienen en la vida, que me
haya sido encargada la redacción de esta laudatio para
usted, nada menos. Quién nos lo iba a decir a los dos
hará unos cuantos años, cuando hacía poco que mi padre
había muerto y escribí un artículo en ABC recordando la
amistad del doctor Juan Muñoz y su paciente, el poeta
Juan Antonio Villacañas. “En los labios de la frente”,
lo titulé. Al día siguiente, sobre mi mesa, una tarjeta
suya: “María José, felicidades, la pluma se te ha bajado
al corazón”.
Desde
el cardenal primado, el presidente de Castilla-La
Mancha, su vicepresidente segundo, el delegado del
Gobierno en la región, el presidente de la Diputación
Provincial, el de la Asociación Española de Cronistas
Oficiales, hasta el deán del Cabildo catedralicio, el
presidente de la Real Fundación Toledo, el general
director de la Academia de Infantería, el presidente de
la Asociación de Periodistas de Toledo o el de la Real
Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de
Toledo, forman la lista de adhesiones al homenaje a don
Luís Moreno Nieto.
Porque
el insigne periodista abarcó todos los campos, entró en
todos ellos con el ímpetu del hombre curioso, aunque
siempre respetuoso y tranquilo. Trató por igual a ricos
y pobres, a personajes anónimos y famosos, a humildes y
poderosos. El mismo interés y respeto ponía en la
entrevista con el cardenal primado, que en su encuentro
con Faustino Guadamillas, aquel niño de Polán que nació
sin brazos ni piernas y que aprendió a escribir con la
boca. “Aquello fue emocionante, ver a aquel niño, que
era sólo un tronco, cómo hacía sus letras, la o, la a
con el rabito, y todo escrito con la boca”, me contó en
una entrevista que le hice un frío día de Reyes de 2003.
Mientras preparaba mi grabadora y miraba las paredes de
la casa vestidas de libros y fotografías de sus queridos
nietos, atisbé la mirada que don Luis dirigió a Rosario,
su esposa, que salía en ese momento para su paseo
matinal, la mirada con que sólo un hombre profundamente
enamorado puede mirar a una mujer después de tantos
lustros de compartir la vida, con la pasión antigua
acunada en el corazón.
“Por
encima de todo era un hombre bueno, en el sentido más
amplio de la
persona…su sentido de entrega sin reservas
lo trasladó de manera constante a su amada profesión; el
periodismo, dice el delegado de ABC en Toledo,
Antonio González.
Un hombre bueno sí, y yo añadiría con Machado que, en el
buen sentido de la palabra, porque su bondad era reflejo
de toda su esencia y sus más firmes convicciones.
Destacaría de don Luis su perenne humanidad militante.
“Entrañable bondad”, lo califica Gregorio Marañón y
Bertrán de Lis, quien descubre en su familia la grandeza
de su espíritu y su conducta.
Su
familia, sí, que en el caso de don Luís no es sólo la
biológica, sino que se extiende a sus compañeros de
profesión. Para
Manuel Moreno,
periodista de ABC, es el abuelo que todo nieto hubiera
querido tener: culto, ocurrente, gracioso, amable,
dispuesto…un caballero, una mente maravillosa. Y de
nuevo, su inteligente humildad, en palabras de otra
colega,
Pilar Hernández:
cuando nos dictaba una crónica, y se la teníamos que
coger por teléfono, parecía que le hacíamos un favor, me
recuerda, cuando para nosotros era siempre un lujo. Una
vez, por error, le firmaron una
información que yo había escrito sobre el Circo Romano
–cuenta
Valle Sánchez-
y me dio tanta vergüenza que le pedí disculpas. La
respuesta de don Luis a la periodista fue que la noticia
estaba tan bien escrita, que la confusión era un honor
para él. Aquello –confiesa Valle- la llenó de confianza.
Don
Luís Moreno Nieto estuvo a punto de ser fusilado en
julio de 1936, cuando tenía 19 años. Nacido en Carpio de
Tajo el 14 de mayo de 1917 en el seno de una familia
católica de agricultores, llegó a Toledo con nueve años
en compañía de su madre Margarita, y de su hermano
Ángel, seminarista por entonces. No había conocido a su
padre, que murió muy joven víctima de la gripe. La
primera casa que habitan recién llegados a Toledo es la
que fue número 9 de la calle Venancio González, que
hubieron de abandonar a toda prisa una negra madrugada
de delaciones para guarecerse en otros hogares porque en
el mismo inmueble vivía un destacado falangista,
Zacarías Hernández.
El
25 de julio de 1936 es detenido junto a su hermano Ángel
Moreno Nieto en la Puerta del Cambrón por miembros del
Frente Popular de Izquierdas. Su delito, su pertenencia
a las Juventudes Católicas y que su hermano Ángel era
seminarista. Encarcelados en dependencias de la
Diputación Provincial, se libraron milagrosamente del
paredón, según don Luis, “por ser un pobre diablo, que
no había hecho nada”. Lo vivido en este encierro puede
leerse en su libro “Toledo: 1931-1936. Memorias de un
periodista”, donde, sencillamente, contó lo que vivió.
Su amigo y compañero, el erudito litógrafo e historiador
Julio Porres Martín-Cleto,
dice que “era un hombre muy minucioso y detallista;
cuando él hablaba de algo es que ese algo era así, era
como él decía, porque lo comprobaba perfectamente todo”.
|
-¿Pasó alguna vez miedo en la guerra, don
Luis?, le pregunté yo en aquella entrevista.
-En el frente no, pero en Toledo me cogieron
preso cuando iba con mi madre y mi hermano a
escaparme de la ciudad, y me llevaron a la
Diputación, que la habían hecho cárcel,
justo al lado de la celda donde estaba Luis
Moscardó. Un día que yo salía del lavabo le
vi; venía precisamente de hablar con su
padre por teléfono desde el despacho del
presidente de la Diputación. Y salía triste,
me saludó más bien con los ojos y yo le hice
un ademán con la mano, porque no éramos
amigos, pero conocidos sí. Y claro, es que
su padre, el general Moscardó, acababa de
decirle que si le fusilaban muriera como un
patriota porque el Alcázar no iba a rendirse
jamás. |
Esta
conversación a la que se refería don Luís ha sido puesta
en tela de juicio por varios historiadores, entre ellos
Paul Preston, “pero aquello fue verdad, me lo contó el
portero de la Diputación que estaba en el despacho de la
Presidencia, y al telefonista lo entrevistaron luego
varios periodistas y lo corroboró”, aseguraba don Luis,
que cada vez que alguien ponía en entredicho estos
hechos “se ponía negro”, me cuenta Luís, el mayor de sus
seis hijos, que dice no haber pillado nunca a su padre
en una mentira.
Sea
como fuere, el libro donde el periodista relata estos
hechos está dedicado a sus compañeros de profesión,
“entregados día a día a la agridulce tarea de decir lo
que acontece sin que la pasión empañe su pluma,
conscientes de que la mentira o la verdad deformada
nunca son noticia”, escribió.
En este libro, escrito hace once años, contó las
ejecuciones de un bando y las de otro. “En los meses que
siguieron a la liberación de Toledo por las fuerzas de
Franco, muchos militares socialistas, comunistas y
anarquistas cayeron junto a las tapias del cementerio en
unas madrugadas que hacían temblar a la población
civil…, conocí igualmente los asesinatos cometidos por
el otro bando, y a los 60 años de ocurrido todo, lo que
queda en mi mente esculpido a golpes de sangre y de
muerte, llego a la conclusión de que, a pesar de todo,
los hombres de ambos bandos eran hermanos”. Y para
reforzar este alto sentimiento utiliza una cita de
Marañón de 1954 en el prólogo de la obra “Almas
ardiendo”, de León Degrelle. Dice esa cita: “Es un gusto
consolador y profundo comprobar, y se comprueba siempre
que se quiere, que el hombre que piensa de otro modo, es
como uno mismo, y
como cualquier otro que tenga los ideales que le plazca.
Basta con que nos despojemos del disfraz con que
hablamos por la vida y hablemos, en silencio, de lo que
pasa en nuestro corazón. El corazón, si se le deja solo,
es, casi siempre, casi igual a todos los demás
corazones”.
Durante
la guerra, trabajó como corresponsal para el frente de
Madrid para el diario ABC de Sevilla, y, aunque era
maestro nacional, con escuela instalada en el barrio de
la Solanilla, -junto al Puente de San Martín-, don Luis
llegó al periodismo como al invierno sigue la primavera,
porque formaba parte de su ciclo vital. Fue el
corresponsal de guerra más joven de España y en esos
años de periodismo de trincheras, en medio de la guerra,
firmó un armisticio con el amor. Ella era Rosario, María
del Rosario Santiago Albacete, nacida en Tarancón,
maestra de gran cultura musical y literaria, con la que
se casó en la parroquia de Santa Leocadia el 19 de abril
de 1941. Hace unos días hubieran cumplido 66 años de
matrimonio. Sus seis hijos,
Luís, Ángel, Charo, Mari Carmen, José María
y
Pilar,
recuerdan con cariño la buena relación de sus padres y
en especial, la figura de la esposa, una mujer callada,
que le dejaba hacer porque sabía que él hacía lo que
tenía que hacer. Y, sobre todo, no olvidan la
aceptación, que no el aguante, del uno al otro. Rosario
se fue sólo tres meses después de don Luis. Su nieto
Fernando, colega mío, dice que su abuela no murió de
pena, sino que murió de amor.
El
20 de septiembre de 1936 comienza su andadura
periodística en la redacción de “El Alcázar”, periódico
que había nacido intramuros de aquella fortaleza
medieval que permaneció sitiada durante 70 días. Se
desplazaba el periodista por la ciudad a bordo de una
moto vespa, todavía lo recuerda su hijo, como tiene
grabadas también las conversaciones telefónicas de su
padre con las agencias de noticias: “Deme usted
conferencia con Madrid, con la agencia Efe, buenos días
desde Toledo, a ver, que le deletreo…”. Desde entonces,
y hasta su muerte casi 70 años más tarde, no abandonó
jamás su labor periodística. Hoy,
José Florencio
y
Fernando Moreno
son también periodistas, como el abuelo, que les hizo
herederos de su biblioteca y archivo, con más de mil
volúmenes sólo de Toledo.
¿Y
esa obsesión por esta ciudad?, ¿por qué a don Luís sólo
le interesaba Toledo, guardaba todo de Toledo y, aunque
admiraba otros libros, sólo tenía en cuenta y escribía
sobre esta ciudad? Su hijo cuenta que “todo lo que caía
en sus manos de Toledo, primero, lo devoraba, se lo
machacaba; luego le ponía un número, y lo archivaba. El
libro podía ser extraordinario pero, si no era de
Toledo, no le interesaba”.
Mi
teoría es que formaba parte de ese grupo de seres
humanos que un día
se quedan mirando Toledo……y la ciudad
les embruja, les hechiza, caen rendidos a sus pies. Como
le pasó a otro grande, al atormentado pintor Cecilio
Mariano Guerrero Malagón, con el que esta ciudad aún no
ha hecho justicia. Su planetaria obra se muere de pena
en su estudio del Corredorcillo de San Bartolomé sin que
institución alguna, de un signo, o de otro, diseñe un
plan de futuro para unos cuadros que la humanidad merece
conocer. Moreno Nieto y Guerrero Malagón, qué imagen la
de ambos en uno de los torreones de la Diputación,
cuando el periodista, responsable entonces de los
servicios culturales de la institución provincial, subía
a visitarle mientras el artista, de ojos alucinados,
plasmaba retazos de la ciudad que le dolía.
Luís
Moreno Nieto, maestro de periodistas. Otro de ellos,
Miguel Larriba
resalta su sentido de la profesión periodística
entendida como compromiso con la sociedad pero, sobre
todo, consigo mismo, así como su insaciable curiosidad,
cuyo mejor distintivo era el trabajo bien hecho. Miguel
añade que le rinde “un homenaje permanente en mi
recuerdo por tantas lecciones como, sin saberlo, me
dio”,.
Y de nuevo, el sentido familiar mezclado en el alma del
alumno: “Para mí fue como un padre”, dice el periodista
José Hernández Ponos,
a quien Don Luis “fichó” para trabajar en El Alcázar, y
a quien pasó luego la corresponsalía de la agencia
Europa Press. “Nunca jamás me echó ni una bronca por los
fallos que cometía, era un periodista muy minucioso y un
hombre que siempre decía la verdad, que no se casaba con
nadie. Era también muy religioso, los contactos que
tenía en la Iglesia eran extraordinarios, recopilaba
todo para sus libros, uno detrás de otro, que siempre me
dedicaba”. De esto también sabe mucho la periodista
Esther Esteban,
quien, en nuestra conversación telefónica, se emociona
hablando de don Luis. “Fue mi maestro en el periodismo,
dirigió mis primeros pasos”, dice rememorando aquellos
años en que conoció a don Luis en el diario Ya, un
periodista por entonces ya consagrado. Desde su
encuentro y hasta la muerte de don Luis, mantuvieron una
curiosa correspondencia mediante “sus típicos
tarjetones”, que aún conserva. “Sólo a los grandes se
les puede poner el calificativo de maestro, va a ser muy
difícil encontrar un cronista en Toledo de su
categoría”, añade.
Según
pasaban los años de ejercicio
profesional, Luís Moreno Nieto se iba
ganando el apelativo de don, por muchas
cosas, entre otras por su exquisita
educación. Así lo atestiguan, además
del redactor gráfico de ABC
Óscar Huertas
-que le recuerda siempre tan atento-, el
periodista
César García Serrano,
quien me cuenta que “en las ruedas de
prensa en las que coincidí con él,
si estábamos sentados esperando, cuando
llegaba el protagonista se ponía de pie
(igual que hacíamos en la escuela) y no
volvía a sentarse hasta que el que daba
la rueda de prensa se sentaba”. Para el
sacerdote y periodista
Juan Díaz Bernardo,
fue un mentor de nuevas generaciones y
resalta que “supo perdonar, haciendo de
su trabajo, sin renunciar a nada, un
signo de reconciliación”.
En
las antípodas de su concepción del mundo, de su visión
política o religiosa, el periodista y escritor
Mariano Calvo
dice de don Luis que “fue el periodista por antonomasia
de Toledo. Nunca negaba un consejo o una ayuda y como
sucede con los árboles cargados de fruto, él también se
inclinaba bajo el peso de su sabiduría en un gesto de
modestia sencillo y natural. Don Luís es el último de
los grandes periodistas de Toledo”, subraya. “Elogio y
nostalgia de don Luis”, añade Calvo al modo marañoniano.
“Si la historia del periodismo toledano admitiera la
categoría de clásicos, don Luis merecería tal título, al
lado de Santigo Camarasa y pocos más”. Pero –digo yo-que
más moderno que lo clásico. El modernismo periodístico
de Moreno Nieto emana de su alta calidad, de su
redacción azoriniana, la curiosidad aventurera de
Hemingway, y el tesón de Cela.
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Uno
no puede hacer una alabanza de don Luís sin referirnos a
su dios, al Dios del catolicismo, cuyos preceptos
siempre acató, a pesar de alguna que otra agarrada con
sus representantes eclesiales y de su exquisito trato y
amistad con todos los arzobispos que pasaron por Toledo.
Me cuenta Luis, su hijo, que para él “primero era Dios,
después las cosas. Si Dios estaba en
relación con las cosas, no había ningún
problema, pero si había roce, entonces
estaba Dios, las cosas no eran”. Ángel, su
querido hermano sacerdote, que |
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colgó los hábitos a los
60 años, le decía: “Es que el cura tenías que haber sido
tú, y yo me tenía que haber casado Luis”.
Félix del Valle
conoció a don Luis hace setenta años. El ex presidente
de la Academia toledana era por aquel entonces
monaguillo en Santa Leocadia. Me cuenta que, una
Navidad, recibió una tarjeta suya con los cinco
interrogantes clásicos del periodismo: qué, quién,
dónde, cuándo, por qué. En el escaso espacio de aquella
tarjeta don Luis desarrollaba, con exactitud que le
caracterizaba, el misterio del nacimiento de Jesús. |
Don
Luís, me temo que le dedican la calle.
Y
para terminar, unas palabras del periodista
Gonzalo Almenara,
que tanto le apreció y le recuerda: “El hombre bueno que
fue don Luís vivió minuciosamente día a día dando sin
parar hasta el último momento. Como humilde ser humano,
con la constancia de la hormiguita, trabajó hasta casi
el aliento final, en su obligación natural de su paso
por la tierra de aportar lo que le correspondía. Él lo
hizo con la verdad. La verdad os hará libres, dijo el
Maestro. Y el cumplió”.