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Una viscosa
niebla descendía lentamente sobre el río. Empezaba el invierno. Era uno de los
muchos inviernos que la Vieja Ciudad había soportado. Pero seguía invicta. Se
resfriaban sus astros, pero no sus esencias, que rumiaban pausadamente su
pastizal de celajes. Poco a poco, la mañana iba oscureciéndose en el pesado
deambular de esas pulposas nubes conocidas de otras veces, hasta formar un
paisaje que, contemplado desde los promontorios del Valle, parecía extraído de
un cuento. Era una niebla lechosa, pegajosa y culebrera a un tiempo, que se
dedicaba a cercar la Vieja Ciudad persiguiendo los meandros del río hasta el
estrangulamiento. Y bajaba tanto que casi teñía de un albo infinito las aguas.
Entraba siempre de la misma forma: a hurtadillas, de noche, como una atarraya
gigante que se hunde blanda en la mar. Con su llegada, se despedía la noche. Y
con su despedida, la Vieja Ciudad se desperezaba mientras las farolas iban
apagando sus vidas como fanales moribundos. Tanto se ceñía que provocaba la
asfixia de las casas, desorientadas ellas entre
una blancura que dañaba la vista. Sólo los templos se atrevían a sacar la cabeza
para alcanzar el aire, tomar brevemente un poco de oxígeno y aguardar con
resignación la retirada de la naturaleza.
Las
construcciones milenarias, llenas de grietas que a lo lejos semejaban arrugas
dérmicas, se mantenían en pie a duras penas. Eran como pequeñas figuritas de
arcilla cinceladas por alfareros de otros mundos, como restos de una producción
no deseada, que habían sido arrojadas sin ningún cuidado al sótano del cielo.
Luego estaba el gran río, mancillado en su esencia. Su abrazo eterno era sólo
una vaga ilusión del pasado. Todo ello, como encerrado en una hondonada que en
realidad no existía. Sí, encerrado por que era una composición sin vida, un
puzzle sin sentido que no daba nunca muestras de civilización. Como un planeta
inexplorado donde no pudiera desarrollarse ningún ser... Y la niebla, siempre
encima, ahogándolo todo, como una camisa de fuerza insoportable, como una
techumbre interminable, frontera de lo humano y lo divino. Masa informe que se
repetía como un dogma de fe, como una ejecución sentenciada.
Pero aquel
día tenía algo distinto y el Cerro del Bu lo supo desde el principio. La espera
se hizo interminable. No parecía que la niebla fuera a retroceder, y el sol se
quedó en soledad kilómetros arriba de ese manto irreal y níveo. Sólo al ceder el
crepúsculo se marchó con su velo opaco y reacio, dando muestras de sorna.
La mañana
había despertado para el viejo vagabundo mucho antes. Podría decirse incluso que
vivió ese día con varios fotogramas de anticipación a los demás seres humanos,
sin que le sucediera nada durante horas. Él también presentía algo diferente en
el viento que golpeaba su rostro. Antes, como de costumbre, no hubo nada en sus
efímeros sueños: estaban vacíos y desposeídos de la fantasía necesaria para
seguir albergando esperanzas. Cuando su cabeza se derrumbaba sobre la frazada y
los párpados sucumbían al cansancio, era cuando realmente comenzaba la muerte
del viejo
vagabundo. Sus sueños eran plegarias inertes, tan inertes como sus manos de
antiguo náufrago, en las que aún podían verse fosilizadas las siluetas de
algunos moluscos. Su cuerpo era una roca arañada por las garras de los sirocos.
Y sólo sus ojos conservaban el brillo, de forma que cuando los cerraba, nada en
él tenía vida. Era una cicatriz salobre, poco más.
Para él, los
días amanecían de noche, con la llegada de los barrenderos: el sonido de sus
mangueras le devolvía súbitamente al mundo. En su universo apagado y en continua
derrota, aquellos chorros evocaban las envestidas de los océanos contra la
rompiente, antes de retirarse vigorosamente hacia sus dominios. Era lo único que
tenía: el recuerdo. “Al final –pensaba-, es lo único que queda”.
Hacía mucho,
demasiado ya, el viejo había sido pescador. Desde muy pequeño quiso echarse a la
mar y conocer la soledad y el amor. La soledad la conoció muy pronto, tal vez el
primer día que surcó como un punto pequeño en la inmensidad del cosmos los
bancos de peces con su pequeño bote. Y el amor se le coló como un arpón en el
alma un atardecer en el cual la herrumbrosa madera de su barcaza atravesó con
ternura unas leves ondulaciones de la mar. Sí, estaba convencido. Había
perturbado a la mar haciendo el amor con Dios sabe qué criatura. Pero haciendo
el amor, de cualquier modo. Aquella escena decidió quedarse anclada en los
tuétanos de su ser. Y todo cambió. Durante años, su corazón se hizo tan generoso
como el de los gatos que ahora, siglos después, eran sus compañeros de viaje. Y
su pureza era enorme. Enorme como una luna llena. Enorme como una gota
primaveral que duerme durante meses entre los pétalos de las rosas más bellas.
Enorme como el antiguo verdor de sus ojos. Enorme como la fe del guerrero. Y
enorme como el hambre de la cual renegaba y que le reducía a una mera carcasa,
con las venas formando surcos carcomidos en relieve, como arbustos disecados, y
la piel erosionada por las mil lluvias que había absorbido. Sentía compasión por
cosas
que nadie apreciaba y atacaba con firmeza otras muchas con las que cualquier
persona convive. Tenía la sabiduría dentro. Una sabiduría atemporal, recibida
por impregnación, que fluía sin descanso por sus gélidas venas azuladas como un
glaciar patagónico.
En algún
momento, consumida ya mucha existencia, escuchó hablar a un amigo de una ciudad
indescifrable, a la que los marineros peregrinaban como dogma de fe, en una
extraña atracción que nadie acertaba a definir. El anuncio vino acompañado de
una advertencia seca que estalló en sus tímpanos: “Tan difícil es entrar en ella
como salir”. El viejo, que jamás había mostrado interés por la tierra, abrió sus
grandes ojos como si hubiera regresado del Edén. Algo se conmovió por dentro y
el entusiasmo comenzó a reavivar las ascuas de su deseo. Y esa sensación
indescriptible que no sentía desde niño, cuando quiso hacerse un lobo de mar,
rompió su curiosidad en mil pedazos. “¿Dónde está?” –preguntó. “Donde los reyes
que nos gobernaron yacen; sobre un cementerio vertical plagado de fantasmas y
libertos, espejismos y mensajes celestes” –susurró el amigo.
Nadie
encontró una explicación, ni siquiera él, pero lo cierto es que se encaminó a su
pequeña casa y recogió las pocas pertenencias que tenía. Allí, durante un
segundo de varias horas, acercó las únicas palabras que recordaba de su padre:
“Si alguna vez sientes tu voz interior, síguela hasta donde te diga; no importa
el tiempo que emplees en llegar o el sufrimiento que encuentres durante el
camino: síguela y tu alma estará colmada en la eternidad”.
Se hicieron
necesarios muchos amaneceres, muchos cielos iguales ante sus párpados
menguantes, hasta que pudo comprender el auténtico significado de esa misteriosa
sentencia. En ese mismo momento, la confusión de años se transformó en
liberación y voló hacia la mente del marinero como una mariposa recién nacida
que busca su primera flor. Sabía que tenía que ir, lo sabía perfectamente,
aunque no entendía el porqué. Tampoco le importaba. Durante años, anduvo como un
transeúnte errático por diversas ciudades y pueblos, vagando en la más absoluta
indigencia. Y
cruzó desiertos, el auténtico infierno en vida para un hombre de mar. Pero
finalmente, su tesón encontró el regalo prometido desde el origen de los
tiempos. Era una pequeña capital de provincias, donde el tiempo más que
detenerse, parecía haberse petrificado irremisiblemente de futuro. Y lo notó al
sentir que sus piernas se pegaban a las calles empedradas de la ciudad y una
energía le bullía inquieta hasta los cabellos ascendiendo como un suspiro
eterno. Sí, fue entonces cuando descubrió que en aquel lugar estaba su última
morada, su último destino. No tardó en enamorarse de todo cuanto le rodeaba y
pocos apreciaban, y aunque jamás sintió esa clase de amor, no tardó en asumirlo
con naturalidad. También hizo amigos muy pronto. Cada noche, al acurrucar su
espalda en los bloques milenarios de los mudos cobertizos de la ciudad, varios
gatos jefes se le acercaban. Y desde las alturas, observando la sombra que los
fluidos lunares dibujaban con su silueta encorvada, las palomas lanzaban sus
primeras palabras.
Y así,
oscuridad tras oscuridad, las charlas fueron sucediéndose hasta que el marinero
se transformó en un viejo vagabundo al que ya le daba lo mismo olvidar que
querer, porque su sangre era noble como la mirada de un águila y todo había
trascendido en él. Es difícil de explicar, pero su total conocimiento de la
realidad le había convertido en una especie de autista. Era un autismo de
abundancia de paz, de quien sigue abajo cuando hace mucho que ha abandonado todo
para encontrarse con Dios. No obstante, los gatos le comprendían. Y él seguía
sus consejos, porque les veía como humanos sin pecado. Poco a poco, los felinos
le abandonaban conforme al viejo le abandonaba la vigilia, hasta que en sus
pupilas cansadas se diluía el zigzagueo lento de sus acompañantes entre la
espesura de la noche, como cuando desde su enjuto bajel perdía en lontananza los
masteleros del resto de embarcaciones, entre la bruma vespertina de la mar. En
esos instantes se
sentía especialmente feliz. Su gozo se unía con los luceros y caminaba todo lo
que sus pies no podían hacerlo durante las horas de luz. Recorría el universo
entero, constelación por constelación, y regresaba a su lecho, duro y arrugado
carapacho óseo impregnado de serenidad. El viejo se sabía unido a todo, como
habitante del único espacio donde la armonía se sucede segundo tras segundo y ya
nada importa.
Pasaba
desapercibido durante el horario en que los funcionarios recorrían insomnes las
calles, ya que nadie quería desviar su mirada hacia él. Nunca comía ni pedía
nada. Le bastaba con beber agua, pues defendía que agua era, en todos los
sentidos, y que si había conseguido aguantar jornadas enteras en la mar sin
probar bocado, la falta de alimentos no podría acabar con él, ahora que era un
auténtico superviviente.
Sólo cuando
el sol se fundía en un abrazo con el horizonte brotaba la verdadera amistad.
Incluso en los barrenderos, que siempre eran recibidos con una mueca leve, el
amable saludo del viejo. De no ser por ellos, las gentes de la Ciudad seguirían
pensando que era mudo, pues nunca sus labios dejaron escapar no ya una palabra,
sino un mínimo gesto. Desde fuera, daba la sensación de que era ajeno al
sufrimiento y a la tristeza, al pasado y al presente, a la necesidad y al
porvenir...
Esta nocturna
amistad le conducía sin miedos a rodearse de espíritus y animales. Sí, también
de espíritus, que salían de sus escondites para deambular transidos de pena por
las calles y plazas de la Vieja Ciudad. Eran espíritus atribulados, condenados o
no, según los casos. También los había “indiferentes” –al menos, así les
denominaba el viejo-. Estos “no hacían mal”, y si alguna vez intentaban
arrimarse a su catre de celulosa y piedra el vagabundo no oponía resistencia,
porque siempre entendía que bastante complicada era su historia como para
complicarla aún más. Los gatos, al igual que sucedía con las palomas, también
podían verles. Las apariciones llegaban por
todos
lados, como atendiendo a una convocatoria de otra dimensión. Eran blancos,
negros o translúcidos. Se quedaban un rato y después marchaban a sus hogares al
borde del desplome. El Ayuntamiento nunca prestó atención a estas viviendas, a
pesar de existir inclusive en las zonas más céntricas del núcleo urbano. Y era
un alivio para ellos porque, en definitiva, nadie les molestaba.
El viejo todo lo aceptaba con una sobriedad extraordinaria. Todo. Hasta los
encuentros con esas criaturas desmembradas que años atrás pisaron su mismo suelo
y que le parecían gaviotas afónicas de las Cíes, de ésas que perdieron la risa
al toparse con la civilización. Todo. Hasta el dolor. Dormía poco, y si no debía
pestañear no lo hacía. “Cuando me vaya, ya nunca más os podré mirar”, musitaba
entre dientes como esparciendo su alma a todo cuanto había alrededor. Sólo los
gatos asentían.
Los gatos y
el invierno: una combinación indispensable en la rutina de la Vieja Ciudad. En
esa estación, cuando hasta el frío se resfría, los gatos se volvían místicos. Se
humanizaban. Aún incluso se les puede ver merodeando cerca de las mezquitas,
después de escuchar el grave repicar de la gran campana catedralicia. O
enamorados, que también sucede. Como, además, el sol aquí parece un turista con
prisa, la luz se marcha antes de lo normal. El viejo entendía que su pretensión
era inundar las calles de sombras, para que los gatos las recorriesen con su
rabo en alto, como veleros a escala, contoneándose seguros pero enloquecidos por
esos adoquines repletos de nombres y
palimpsestos perdidos. “La noche es sabia”, pensaba. En el fondo, sabía que de
no ser por esas miradas enormes e intermitentes, la Vieja Ciudad sería un
mausoleo de fantasmas, un bloque de rocas inane, porque nadie se atreve a salir
de sus madrigueras en invierno.
Claro, una
situación así conduce a la esquizofrenia, y los pobres gatos no tienen más
remedio que vomitar el calor acumulado en el vientre por tanta marginación. Un
calor que les arde en las traqueas hasta convertirles en dragones con la boca
cosida, generando una llama hermética que les consume como cenizas mal apagadas.
Al no saber qué hacer, su bocanada de instinto ciego termina regresando al
estómago, perforando su ansia garduña. Pero siguen su recorrido repleto de
silencios distintos, porque en la Vieja Ciudad, que es un imperio de apariciones
descarnadas, hay diversos silencios. No es lo mismo el silencio de la Vega que
el silencio de Barco Pasaje; no es lo mismo el silencio del Baño de la Cava que
el silencio de la Judería. Unos son de sangre, otros de cemento; unos son de
bruma, otros de celosías; unos son de flores, otros rezuman muerte. Y los gatos
reaccionan sin saber qué ocurre conforme se adentran en cada zona, como guiados
por un latido aliado que les cambia de tono.
Aunque lo más
sorprendente sucede cuando, alineados como un ejército de escarabajos gigantes,
atraviesan sonámbulos el Alficén. Allí les está esperando el río, con todo su
peso grávido y plomizo; con su ruido y sus horizontes de teja cocida. Ajenos a
todo, la comitiva se distribuye a lo largo de las diversas almenas que gobiernan
la muralla y se queda a la espera de sus hembras soñadas. Que nunca vienen,
porque nadie sale en invierno de sus casas. En su ansiada permanencia, inician
una meditación de luciérnagas hermanadas que roza con el más allá. Se marchan
sin saber cuándo
volverán.
Desde el castillo de San Servando sus fascinantes espíritus pueden verse
ascendiendo al universo, trepando por las arboledas de estrellas que encuentran
en su periplo celeste e hibernal. Se quitan la piel, la dejan sobre la piedra, y
se van. Sin más. Como los primeros hombres que poblaron la Vieja Ciudad, allá en
el Calcolítico. Por eso, porque cada uno de ellos conoce los secretos del
firmamento, son seres místicos con bigote. Al terminar, se ponen de nuevo sus
fundas gatunas y regresan a la insignificante pero anhelada calidez de los
Cobertizos. Y si no, al lado del viejo, que les ofrece unas migajas de fe.
Esto era lo
normal. Pero aquel día, esta secuencia sagrada se alteró hasta evaporarse. Todo
fue un extraño inicio de costumbres. Sólo estaba el vagabundo, paseando su
pasado. Su alma intuía cambios de la misma forma que años atrás –milenios ya-
intuía latitudes y sotaventos. Esta vez, al llegar la noche, ni siquiera
vinieron los empleados del servicio de limpieza, porque la empresa para la cual
trabajaban había decidido un insoportable recorte de plantilla que ninguno de
ellos aceptó. Tampoco la luna estaba, pues las tinieblas se la habían comido
días antes. Ni la lluvia. Ni el guerrero Orión. Ni los gatos. Ni el amatista de
las aguas. Sólo el viejo. Recostado como de costumbre en su diminuto trozo de
Ciudad. Escondido de las bajas temperaturas entre su ropaje repleto de ventanas
al cuerpo, silbando interiormente los cantos de las sirenas que su padre evocaba
al regresar de largas travesías, melismas de fábula que siempre aparecían en sus
caracolas de niño.
El mundo se
detuvo. Y el viejo pescador empezó a pescar recuerdos. Aunque por más que
trataba de girar el timón hacia la humedad de la mar, apenas si lograba
distinguir un nombre: el de su barcaza
“Lonxe do sol”. El resto, el todo, era ya de la Vieja Ciudad, que se había
apoderado de él con su oleaje furioso y tosco de esqueletos sin iniciales.
Entre las
estanterías de la memoria, cubiertas de yodo, emergían escenas acontecidas
durante su enorme estancia que siempre terminaron por zambullirse de nuevo en
los adentros de aquel hombre sin fecha de caducidad. Como ballenas curiosas. El
olvido salía casi continuamente victorioso. “Cosas de la edad...”, se convencía.
El viejo ya
no hablaba. O no hablaba para los demás, sería más exacto. En cambio, no paraba
de pensar en sus cosas, de manera que cuando perdía el control, parecía un
predicador semi-anestesiado hablándole al destino, subsumido en sus
planteamientos espiritosos. Pero no siempre fue así, lo que había sucedido es
que la Ciudad entera se le había colado dentro, deteniendo su concepción del
tiempo, y había terminado difuminando hasta su nombre: Gonzalo.
Aquella noche
el viejo decidió recordar. Y comenzó a desenterrar de su añoso corazón su último
viaje. Nunca llegó a entender por qué durante ciertas fechas, una vez al año, la
Ciudad aparecía techada por enormes velas, que la convertían en una gran goleta
arrastrada por el viento desde la cual “tal vez podamos escapar del destino
amurallado que siempre acecha”, soñaba. Mas cuando el viejo se creía remando
hacia su atolón prometido, el trasiego de las gentes le devolvía de un gran
manotazo a la seca realidad, en la que no habitaban delfines ni cormoranes de
pecho plateado. No obstante, el viejo, obstinado como un tiburón, seguía viendo
en las tormentas que de vez en cuando azotaban su “barco” la prueba evidente de
que todo iba bien. Y cuando el cielo descargaba un fuerte aguacero, vomitando
sobre la “tripulación” con el primer golpe de aire el agua embalsada en las
“velas”,
él subía a lo más alto que encontraba con la seguridad de que su grito de
“Tierra” disolvería el ciclón, abriendo un inmenso arco iris. A veces incluso
deliraba, fijando en su granítico semblante una sonrisa perenne, porque al
llegar hasta el embarcadero de la Casa del Diamantista divisaba un grupo de ocas
hambrientas que aparecían ante su mirada cansada como las aves que siempre
salían desde los islotes deshabitados, en perfecto protocolo, a recibir a los
náufragos. Siempre terminaba encontrando la señal que necesitaba. Pero todo
estaba en su imaginación y lo cierto es que, sin darse cuenta, llevaba ya varios
lustros encerrado en un laberinto de calles sin salida, en busca de la luz.
El viejo
también guardaba con cariño la primera noche en la ciudad, a la que era
costumbre venir de Madrid a comprar mazapán. Nada más abordar sus costas, como
siempre hacía, decidió pasear sin descanso por cada recoveco. Al poco, se topó
con un chico que apoyado en una esquina fumaba compulsivamente. Ambos se
saludaron cortésmente, y el viejo continuó explorando los nuevos espacios sin
darle demasiada importancia al hecho. Ante su propia sorpresa, transcurrido un
buen rato, encontró al mismo chico en el mismo sitio. Y ambos, sin entender
nada, volvieron a intercambiarse el saludo. Horas después, volvió a toparse con
el mozo en el mismo punto, y nuevamente, algo más nerviosos, repitieron un
“buenas noches” que ya les sonaba a burla. Fueron las únicas palabras que
Gonzalo pronunció durante toda su permanencia en esa ciudad de locos
inconscientes de su condición. Yo mismo se las escuché.
La madrugada
le observaba de cerca, y él hacía lo propio. Seguía recuperando los enormes
capítulos de una historia jalonada de magia, empedrada de recuerdos, ásperos
como la lengua de sus amigos los gatos. El viejo había luchado una y mil veces
contra la bravura de las aguas, y ahora sentía que
el casco de su embarcación carnal se inundaba rápidamente de muerte. Su final
estaba próximo. Venía subido al palo mayor del amanecer. Pero no tenía ningún
miedo. Al contrario, sabía que su misión se había consumado.
Antes de
expirar para siempre, Gonzalo se puso en pie. Y comenzó a despedirse uno por uno
de todos los paisajes que le rodeaban y más aún. Viajó con los párpados ya
clausurados por el entumecimiento del fin hasta cada espacio de la Vieja Ciudad,
a la que conoció y amó profundamente, a la que había dedicado toda su vida,
involuntariamente o no, abandonándose así a su gran travesía. El sol estaba
despuntando. Sus rayos parecían condensarse en la piel de su rostro arado por
los años. En ese momento, el viejo pescador sintió cómo una sacudida le
penetraba en sus entrañas, y se vio surcando los mares de nuevo, formando una
besana líquida, rodeado de cormoranes de pecho plateado y traviesos delfines. El
viejo cayó al suelo. Toledo murió con él. El universo entero supo entonces que
aquel lugar no volvería a ser igual. Su quietud, su sabiduría relajada, había
regresado al centro de la Creación, donde nacen los hombres buenos y el ejército
de miradas que nos observan entristecidas. Sí, mi padre había llegado al último
puerto de su singladura, donde los espíritus descansan plenos, inundados de
blanca felicidad. |