Sólo, amarillo y sediento de vida, mirabas volar las golondrinas. Para ti eran flechas que pasaban y no te herían. Cuando salí del pueblo sólo me despidieron las hojas de los árboles que movía el viento. Pretender vivir de la poesía, es subirse en el arco iris de la tontería. ¡Hola muerte!, saludé alegre. Me dio un guadañazo y me dejó sin dientes. Anochece, dijo el vampiro, desplegó sus alas y, en sus colmillos, brilló un cautivo suspiro. Si no te habla la Luna no te debe preocupar está tan sola la pobre que no sabe de qué hablar. Cuando una ciudad se convierte en rutina, deja de ser mágica y se vuelve oficina. Tantas palabras, tantas conductas en mi influyeron que no sé, si soy yo o los que me mintieron. Qué fue de nuestra juventud dónde se quedó, quién se la quedó. Fuiste tú, fui yo, o fuimos los dos que nos la robamos a traición. Qué se calle la voz de la poesía qué se calle la voz del tiempo ellas son sólo un lamento de tu alma herida por la mía. |