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En Puntos de vista | Gonzalo Almenara hoy |
redacción |
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| webmaster | |
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I
En
Toledo, deberíamos tener gatos alados para cazar palomas al vuelo. Pero lo más
próximo que se me ocurre es el caso de un amigo que posee gatos en los tejados
de su casa para espantar a las palomas, es decir, gatos anti-aéreos. Gatos que
siempre son ellos mismos, generación tras generación, no como nosotros que
mutamos y evolucionamos hacia no se sabe dónde. Ellos allí siempre, nosotros
hacia ninguna parte. Lo más seguro es que, para los gatos, somos algo así como
extraterrestres. Indiferentes salvo cuando nos fijamos en su presencia, a ras de
suelo, para bien o para mal, pero siempre con cierto grado de envidia ante una Cierta temporada pusieron en edificios de Toledo dispositivos de ultrasonidos para ahuyentar palomas. Ellas se acostumbraron al poco tiempo, pero los vecinos de las inmediaciones se sintieron cada vez más raros. La última iniciativa que tenemos en este sentido ha sido la de colocar cepos en los huecos de las paredes donde los pájaros pueden entrar pero no salir. Luego, atrapados en las manos del personal del servicio de limpieza urbana, son destinados como alimentos a aves rapaces en conservación o vete tú a saber, o para los gatos que las utilizan para generar más gato, de los que se esconden, con el rabo tieso, en los agujeros e inundan los patios abandonados a su suerte.
Yo,
una vez, viviendo en una casita por encima del Puente de San Martín, al
otro lado del río, heredé un conejo de nombre Lolita. Tal apelativo al
citado roedor me
Como
se había criado más sólo que la una creía firmemente que era un
gato,
En
el caso de Lulú, debo de confesar que fui yo el culpable. Residía por
aquel
No
hay imagen más triste, si tienes espíritu de paloma, claro, que ver un
gato ufano con una de ellas en las fauces andando deprisa hacia su
comedor. Y tampoco existe otra más satisfactoria, si tus sentimientos
son felinos, que la misma escena, porque es difícil para un ser
terrestre, por
II
Mi
primer recuerdo de Toledo, fue hace ya mucho tiempo, tal vez no hace
tanto, pero como sabéis, el tiempo se relativiza según su uso. Si
estuviésemos todos, ahora aquí, y al salir por la puerta nos
encontrásemos, como a esa persona que según dicen,
Cuando
se dice que Toledo es una ciudad sin tiempo tal vez se quiera expresar
que, por la conservación
de su patrimonio, aquí parece que el tiempo se ha detenido, aunque más ¿Por qué? Yo creo que es porque
Toledo tiene la especial cualidad de enlazarte con el tiempo real, el
del Cosmos, el del Espíritu. No soy en absoluto la misma persona que
cuando llegué aquí, muchas cosas se han transformado dentro de mí en estos
años, muchas de forma radical, lo que hace que, haciendo
siempre lo mismo, haya sido una especie de viajero de mi
propio yo. Aquí, en Toledo, esto ocurre. Al final, el tiempo
se ablanda, se diluye, se licúa como un elixir que corre en un Mi primera imagen de Toledo fue hace muchísimo tiempo, cuando vine a hacerle una visita. Ya sabéis, comer, comprar mazapán y coger el tren de vuelta a Madrid, después de machacarme cuesta arriba, cuesta abajo, haciendo los comentarios usuales: ¡Muy bonita ciudad, lo malo son las cuestas!. Y aquello de: ¡Las calles son tan estrechas, que parece imposible que pasen los coches!, con el corazón en la garganta (cosas que, aunque se muerda la lengua, siempre se terminan soltando. Como cuando se para el tren y se dice: ¡a este tren se le ha pinchado una rueda!, por ejemplo). Hubo algo, sin embargo, que casualmente fue la última visión antes de coger el tren, que me sobrecogió bastante. Era principios de invierno y, al mirar hacia atrás, contemplé como un trozo de niebla lechosa bajaba suave, sin ninguna prisa, blanda, hacia el río, cubriendo poco a poco el puente de Alcántara. Recuerdo que aquella escena, era tan irreal, que solo pude decir: ¡No es posible que esto exista! Y se me quedó clavada para siempre.
Aún hoy,
la gente de fuera que me conoce, no se lo puede explicar, pero llevo
muchos años sin Vienen llevados por la marea de sus vidas, al borde de las olas, con cicatrices blancas al costado, y moluscos pegados a las piernas. Manchados de alquitrán, y cordeles deshilachados enredados en sus muñecas, de antiguos barcos hundidos, hace siglos. Y aquí, encuentran su sentido, y la dimensión exacta, que les aproxima a su propia imagen.
Siempre
he creído, que los seres humanos no somos los mismos en cualquier parte.
Que existen lugares donde nuestros, vamos a llamarlo biorritmos, energía
o vitalidad, (como se quiera), son mayores. Que cada uno de nosotros
tenemos nuestro lugar, o lugares, en los que es más fácil alcanzar esos
deseos, que se te quedan siempre dentro; esos propósitos, que
normalmente permanecen pegados a la almohada, cuando te levantas al día
siguiente, después de robarle todo el tiempo que puedes al despertador
(¡cinco minutos más, que me da tiempo! Si me pongo la misma camisa, gano
tres minutos!, ¡si no me cambio de pantalones, dos! Y así. Sobre todo si
amanece nublado). Es como si, hasta ese momento, se estuviese navegando
sobre las líneas marcadas en un mapa náutico y sólo se descubre el mar,
al caer al agua. Entonces, el pasado, se convierte en un cangrejo negro,
en forma de corazón, que te sale, lento y triste, por la garganta, llena
de espuma.
Y es que Toledo, ciudad con unos cuantos miles de habitantes, es una isla para el espíritu. Si un día cualquiera, al mirar hacia arriba, viésemos a un monje budista, calvo él, en actitud de rezo en cualquier terraza, botella de butano flotando en un mar de tejados, soltando de vez en cuando un ¡Ohmm! gutural para sintonizar con el más allá, nos sorprendería menos, que un broker de Manhattan, con cartera y teléfono móvil, por la calle ancha. Igual pasaría si sobre el fondo azul de su cielo se siluetease a un grupo de flamencos rosas atravesando el aire, aleteando hacia África, por ejemplo. Y también Toledo es una ratonera.
III
Así, con la torpeza del marinero en tierra, poco a poco, con los hilos que te sujetaban antes, rompiéndose en cada paso, pasas de ser un náufrago a un cautivo. Más allá de las murallas, ya no está el mar, se lleva anclado en los párpados. Al cerrar los ojos, tu propio barco abandona el puerto, en silencio, para navegar, lento, hacia la oscuridad. Al abrirlos, las constelaciones te caen encima, desgranadas en el vacío. En ese momento, piensas, que Madrid, para visitar bien, pero no para quedarte a vivir mucho tiempo. Y es que son iguales de altas las murallas de Toledo para entrar como para salir. Peñascosa pesadumbre que te atrapa (o, lo que es lo mismo, en Toledo, uno llega llorando y se va llorando, según el dicho).
(En esta capital de la Comunidad Autónoma de
Castilla-La Mancha, llena de funcionarios que intentan aparcar,
después de las procesiones, por la cera, las calles chirrían. Esto
hace que los viandantes se En Toledo, somos siempre los mismos, en todas partes, lo que produce cierta confusión. Recuerdo que hace ya muchos años, al coger el autobús que iba a Madrid, en el andén coincidimos con la mirada otro chaval, en aquel entonces, y yo. Y, como alguna vez ocurre, no se sabe porqué, la mantuvimos unos segundos, ambos seguro, pensando que nos conocíamos, vete tú a saber de qué. Y, por si las moscas, nos intercambiamos un saludo cortés y distante, por si acaso, ya se sabe, por el que dirán. Bueno, pues volví a verlo meses más tarde en el Rastro. Y, claro, volvimos a saludarnos con exquisita cortesía. Luego, en Zocodover, más de lo mismo. Y, así, durante estos últimos doce años. Yo veía que cuanta más cordialidad le ponía yo al gesto del saludo, él, curiosamente, hacía otro tanto de lo mismo. Ahora, al pasar, ya casi nos abrazamos. Ninguno de los dos sabe nada del otro, ni siquiera su nombre, pero se quiera o no, hemos envejecido juntos, (ahora está un poco más calvo) en esta relación hipócrita.
Toledo no son los toledanos o, por lo menos, no
son sólo los toledanos de ahora. Si vives en el Casco,
Y, eso, sin contar con el subsuelo. Es decir, con
este Toledo hueco donde, según metes el azadón, Cuando vivía en aquella por el Puente de San Martín, , junto con mis compañeros, todos veníamos de fuera y, por lo tanto, nos interesaba más el último estreno en Madrid que el Toledo a Plena Luz, del aquel entonces. Después de algunos meses, yo no sé si era porque la casa daba al hueco sobre el río, porque teníamos que cruzar de noche por el puente, o porque nos aburríamos, pero la verdad es que hasta el más ecléctico de nosotros, si se quedaba solo a dormir, al día siguiente, se le podían ver unas ojeras que le llegaban al cerebelo. ¡Oye, no he podido pegar ojo! ¡Notaba como una presencia extraña, de no sé qué, que no te puedo explicar! ¡Fíjate, me puse a rezar, y eso que soy ateo!, argumentaban, con el aspecto que podría tener un caníbal con resaca.
Es que Toledo, llega un momento, que se te mete
dentro, con todo lo que hay. Desde el Puente de Alcántara al de San
Martín. Desde el Cerro del Bú a la Vega. Entonces, te duele. (Como a
Guerrero Si no, si uno se deja llevar por la vagancia (¡Sí, voy a abrir la ventana con el frío que hace! o ¡Lo dejo para cuando acabe el partido!) te hacen suyo. Entonces, te pueden convertir en un autómata, un hombre de palo, que siente sin sentir, que piensa sin pensar. Un sin yo, como en aquella vieja tradición judía del hombre hecho de barro por los alquimistas, descrita por Borges, con el nombre de Dios escrito en la frente, y que, al borrar parte, quedaba sin voluntad, bajo el dominio de su propio alfarero.
Cuando ocurre esto, los días pasan
inconsistentes, sin peso, como cuando ha ocurrido algo y, se (Conforme apareció en la prensa local, en Gilitos, sede de las Cortes de Castilla-La Mancha, el personal de limpieza andaba algo mosqueado. Cerraban una puerta y se la abría; trasladaban una papelera y la volvían a poner en su sitio. Inclusive, hubo casos en el que a alguna limpiadora, le tiraron del moño, por hacer gracia. Como son buena gente, y acostumbrada a aguantar (¡Ay, hija mía! lo que yo aguanto, con estas varices, no lo sabe nadie!), no se lo tomaron a mal. ¡Si no son malos, es que se aburren, comentaban defendiéndolos, con un cierto halago, de que se hubieran fijado en ellas).
IV
Y es que, en Toledo, los cipreses marcan el
camino. Seguro que si alguien se muere en la Castellana, lo hace como
pidiendo perdón por salirse del rollo. ¿Es imaginable, por ejemplo, un
coche fúnebre esperando, delante de un Mac Donald, un VIPs o un
Kentaky Frai Kitchen? ¿Alguien ha visto, alguna vez, salir un finado,
en su cajita de madera de abedul, con el fondo guateado en tela
salmón, decorado con remaches dorados, llevado por esos simpáticos
empleados de las pompas fúnebres, de Aquí, la muerte, no te la quitas de encima. Lo que hace que cualquier pérdida de perspectiva, sea mucho más grave. Un imbécil en Toledo es más imbécil que en cualquier otro sitio. Un cretino, lo mismo. Es muy fácil querer comerse el mundo en Barcelona o Bilbao, por ejemplo, en París o en Bonn. Está tirado eso de ir de ejecutivo agresivo en Los Ángeles pero ¿quién es el guapo que lo mantiene durante un cierto tiempo, cuando según pasas por las calles, ves las esquelas que te van diciendo: ¡Esto son pocos días! o ¡Mira éste, también se creía el rey de la Patagonia! Las únicas posibilidades, un poco aceptables, en tan estrecho margen de maniobra, serían o vivir la vida como un permiso carcelario o entrar directamente en el camino de la santidad, dependiendo del carácter y la alimentación.
Cuando aparece un caso crónico de lo que se suele
llamar un venao (tipo humano que se caracteriza por ser siempre igual
a sí mismo. Es indiferente que haya estudiado en Oxford o se haya
quedado en Es decir, sobre este cementerio vertical que es Toledo, se suele llegar, por impregnación, a una cierta sabiduría a edades muy tempranas, parecida a la que lograron aquellos estudiantes que se quedaron colgados en los Andes y que terminaron comiéndose unos a otros. O la de aquel Premio Nóbel de física creo que, ya con ochenta años, le preguntaron que si volvería a nacer, qué cosas haría que no había hecho y respondió, sin pensárselo dos veces: subirme a los árboles, perseguir a las chicas (hasta atraparlas) y decir palabrotas. Como diría Heminway, aquí, en Toledo, no se sabe nunca, a ciencia cierta, por quién doblan las campanas.
Y, con ella, la sabiduría, por lo general se da
esa pasividad del que sabe que está de paso; del que tiene plena
conciencia de que después de un día, viene otro; de que no por mucho
madrugar, se Por esto, en Toledo se hace tan importante, en ciertas épocas del año, el rito de seguir sombras (últimamente bastante difícil, debido a que, según pasas, te va dando el chorro de los aparatos de aire acondicionado en el cogote). Por el Corpus, sin embargo, la ciudad se toma un respiro. Toledo, entonces, pasa a ser, con sus toldos al viento, una isla que navega. Y que, de vez en cuando, te vomita, sin previo aviso, el agua de las últimas lluvias, de sopetón, ante el regocijo general, haciéndote la quisqui. Por la noche, las sombras son engullidas por los callejones, donde maúllan aullando los gatos.
V
Los náufragos en Toledo suelen llevarse bien con
los gatos. Se acercan a su paso estirados, con la cola levantada en
forma de ele, para olerles las manos y rozarse en sus pantorrillas.
Tal vez esa simpatía Y es que aquí, además, tenemos la suerte de que hay poco sexo, lo que eleva bastante el espíritu. Y te hace afinar mucho en estrategias. El toledano es un ser complejo, que tiene que darle mucho al coco. Es común que, cuando hace algo, tenga que tener en cuenta no sólo lo que hace, sino, también, lo que puede parecer, lo que eso puede influir, no ya en el resultado, (porque lo usual, es que termine todo el mundo participando, de una manera u otra, en el invento), sino, asimismo, en las posteriores consecuencias para su vida en multitud. Porque, por mucho que quiera hacerse invisible, lo normal es que las multitudes de conocidos le acompañen hasta la tumba.
Por eso, quien más quien menos conoce, para sus
contactos piratas, como mínimo, dos o tres sitios burbuja. O, lo que
es lo mismo, lugares en los que, en teoría, existen muy pocas
posibilidades de coincidir con algún conocido, La ventaja del náufrago en Toledo es que puede hacer realidad el sueño que escribió una vez Jean Latergui de no tener pasado, o inventarse el pasado, y casi el nombre. O, lo que es igual, ser otra persona, vivir otra vida, cosa que sólo es posible en las islas o en ciudades muy lejanas, más bien al norte. Y, con el paso del tiempo, ir creciendo hasta hacerlo verdad. Porque aquí, el pasado resulta un problema para casi todo el mundo.
En Toledo, se suele decir que se perdona pero no
se olvida, ante los sucesivos roces que genera esta convivencia en
común nuestra. Y, para eso, hace falta tener memoria de elefante o ir
recordando de vez en cuando las cosas. Quien más quien menos conoce,
desde la infancia, los diferentes avatares ¡Anda, ¿ese no es el Felipe?, lo vi el otro día en la televisión! ¿Felipe? ¡Ah, El Alambique! Menudas cogorzas, cuando andaba por aquí! ¡Se casó con una, que no creas tampoco que la encontró en un convento! ¡Anda que no ha habido veces, de pequeños, que su madre iba a mi casa a pedir algo, para poder terminar el mes, porque su padre, pintor, era un pinta de mucho cuidado! ¡No sé, esa pobre mujer, las cosas que ha tenido que hacer para sacar a la familia adelante! ¡Fíjate, si lo conozco! ¡Es mi amigo, lo que yo le pida! ¡No te digo más!
Gracias a la actuación de esta memoria colectiva
beligerante y a flor de piel, gozamos de gran solidaridad interna, en
la que los triunfos de los demás son sentidos como triunfos propios,
por una parte, y también se logra que nadie, pase lo que pase, pueda
olvidar sus orígenes. Problema muy común entre el resto de
triunfadores de todo pelaje, en otras anónimas latitudes.
Todo esto, nos enlaza con la fe. Aquí, cuando no podemos romperle la cabeza a alguien, o no nos merece la pena hacerlo, por los veinte años de trullo, o por nuestro carácter pacifista, decimos eso de: Dios y el tiempo. O, lo que es lo mismo: ¡Seguro que te vas a enterar, más adelante, de lo que es bueno! Y se piensa, sin desearlo, pero con la seguridad que va a ocurrir, a salvo de las úlceras de estómago, en una tragedia, que le haga pagar todo el mal hecho. Si resulta que el susodicho en cuestión va, como suele pasar, de triunfo en triunfo, duerme tranquilo y casa a todas sus hijas con aristócratas con pasta, sólo queda la enfermedad crónica. Si, encima, se muere en la cama, por la noche y dormido, entonces se recurre al juicio final y al fuego eterno, que nunca falla. Por lo general, tenemos la paciencia del peón caminero, porque somos un pueblo antiguo y tolerante, imprescindible para el desarrollo espiritual. Y lo más gracioso, es que tenemos razón.
Al náufrago en Toledo, ocasionalmente, el diablo
le puede acompañar en sus paseos, sobre todo en
No en vano, Toledo es la ciudad de la tolerancia
(a pesar de que los
VI
Toledo, ciudad del espíritu. Se dice que si
ponemos Jerusalem y Toledo, una encima de la otra, o viceversa,
coinciden. Isla del alma, como utopía o realidad. Yo veo, a Toledo,
como ciudad puerta
Y al náufrago, según iba transcurriendo el tiempo
sin tiempo de Toledo, isla del alma, notaba como a veces, en ciertos
lugares, en ciertos momentos, el cuerpo, es como si le dejase de En esos momentos, las sorpresas que le venían, las entendía como mensajes de los dioses. Si sentado en un banco otoñal de Zocodover, bajo los árboles desnudos y las manos frías, una racha de viento le traía el aroma del mar, entonces, se veía rodeado de mástiles al viento, y daba gracias estremecido. Si a las primeras bombillas encendidas, de un atardecer agónico de invierno, una chica con ojos de paloma se posaba a su lado un rato, antes de correr hacia la parada del autobús que la llevaba al Polígono, conservaba su calor hasta que le terminaba ardiendo el aparato digestivo, como un dragón mudo. Podía seguir su rastro caliente, aunque amaneciese, sobre las piedras desnudas. Al llegar al Arco de la Sangre, se paraba para coger aliento y de ahí, siempre, terminaba por volver. La ausencia de necesidad deja espacio al auténtico amor, mascullaba entonces, cabizbajo pero libre.
Según me recordó, tomando un café, mi amiga
Rosario, la utopía era una isla, como lo somos todos. Toledo, isla
anclada en el espíritu, donde a menudo las olas que chocan contra sus
murallas traen náufragos. Donde el hombre, según vive, lo Toledo debería tener delfines, saltando azules por encima del Tajo, pero tiene gatos en los tejados que borran nuestras huellas en la arena con el rabo, hasta perdernos de vista, para siempre. (Continuará)
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