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  En Puntos de vista | Gonzalo Almenara hoy 

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UN GATO EN EL TEJADO

Gonzalo ALMENARA
 

 



VIEJO MANUAL DE UN TUAREG 

 

Los desiertos tienen mares de estrellas,  y dunas que son como nubes,  que pasan despacito. Al desierto no se llega, se acaba en él, se naufraga, y nos diluye siempre en la lejanía, como ocurre con los recuerdos,  que se hacen líquidos, y el tiempo  termina siendo,  la última imagen. En el desierto el vacío entra  como el aire, y se queda, suspendido,  en un globo,  hasta difuminarte.  En el desierto no se puede desear o esperar, salvo que se quiera enloquecer, como los que intentan dejar su huella en la arena del desierto.  En el desierto los sentimientos son puros e indiferentes, de supervivencia, ideal para personas con el alma cargada; si no se abandonan y desaparecen.  En el desierto no se puede sentir  miedo, sólo pánico, porque sólo existimos nosotros en el desierto. En el desierto, según pasamos,  terminamos sintiendo todo, al agrandarse los sentidos y  transformarnos  en paisaje lunar.   En el desierto no puedes hacer caso a los espejismos, porque una decepción, al límite del horizonte,  suele ser mortal. En el desierto tu voz tiende al  rezo o al  disparo,  según hablas, como en  la soledad sórdida del preso en su celda.  Lo que tienes es todo  y nada en el desierto, que siempre empieza y acaba contigo,  en el mismo punto donde estás tú, que te evaporas al mínimo despiste.   Para no perderse en el desierto -  en el desierto no hay caminos, sólo astros-,   es imprescindible  mantenerse  siempre a la distancia adecuada  de uno  y de lo otro- cada  cual tiene la suya - en medio de la tormenta.   Si te equivocas, la medusa del  corazón se encoge en un puño. En el desierto, se quiere o se odia,  siempre en   perspectiva. La estabilidad en el desierto se logra planeando, como un ave, entre dos capas de aire, con el vértigo del equilibrista cosquilleando el alma: si se sube demasiado,  o se baja lo suficiente, te desbaratas.    Es absurdo echar la vista atrás en el desierto, porque ya es arena a cada paso, y según vas,  lo que va viniendo,   te contiene la respiración. Y te mueves como un astronauta, sin rastro alguno.  Cuando no se tienen alternativas juega el destino, y en el desierto no hay dudas. Los pálpitos pasan a ser  mensajes.  El desierto es la paz del espíritu, si se acepta, en un ir y venir monótono de lunas y soles.  No se puede sentir pena de uno mismo en el desierto, porque la pena se hace contigo.

Lo sabía, pero lo malo era cuando se desprendía de los huesos, una vez más, y   no podía evitar desvanecerse según doblaba  una  esquina, o pasaba de calle. Y el sentido de todo se perdía, él  aterido,   traspasado de  relente, hacia la transparencia,  desesperado por  volver, como cuando se muere el amor y todo se apaga de vida, y sólo soportas  darle de comer miguitas   a los pájaros,  atizar

 las brasas de un  fuego, o ver en carrusel campos y ciudades asomado a la ventana de un tren.  Cuando se encontraba así  le urgía escudriñar  la línea entre el mar y el cielo, atento al tono por el que regresas, como quien busca una nota, y si no,   hallar   un espacio abierto donde la vista vague  lo más lejos posible, como  sedante.  Complicada es la vida de los que cambian de estado, sin ancla.  

Para llegar al desierto hay que partirse el corazón a trocitos, como cuando se corta una lombriz para pescar y se queda cada uno de ellos  ciego  y culebreando.    No es necesario que sea a la vez, vale  con que se vayan muriendo,   con el falso vacío  de   la  amputación,  como cuando nos sentimos culpables de cosas que apenas recordamos.  Para que ocurra esto,  es necesario verse tal cual, sin simulaciones interesadas o imágenes trucadas.  

Cuando el desierto arde en llamas, sólo  queda rezar y cambiar de rumbo. El desierto suele ser un buen  sitio para encontrar a Dios, sin alternativas.  El desierto es  refugio,  condena y  liberación si se llega a saber  que hay  desiertos al borde de precipicios.  Al fin y al cabo,  los desiertos no dejan de estar  colgados del cielo. Del desierto sólo se puede caer al infierno más próximo. Y saber esto te hace ser un Tuareg.   

Y es que la impotencia que da el desierto le dimensionaba a  apenas un punto, difuso, que sólo podía pedir socorro, sin alas.  Los demás, felices rascacielos de humo,  seguros en su sueño, él a la intemperie, con el esqueleto  al desnudo, recorriendo la fría noche todas las estancias.  Como ya no se miraba, sabía, eso sí, que al menos era el mismo, parpadeando, bien poco en el mejor de los casos. Pero también había aprendido a aceptar lo que es, en la humildad que da lo inevitable.  Pero hoy no había sido un buen día.

En el desierto nunca se llega a saber, sólo se intuye en el mejor de los casos con absoluta certeza, y el desierto se hace túnel, que vamos como vinimos, sólo con  la fe del enamorado, y la desolación propia del desamor, cuando cada bocanada de aire duele. Peregrinaje hacia la luz, de partos sucesivos.

La sensibilidad suele producir  grandes sufrimientos, y en el desierto el espíritu se afina tanto, que se quiebra cada dos por tres.  De la ansiedad a la desolación.  Si vuelves, no te hallas, marinero de islas en un sucio bar de Puerto. Y es que los hombres del desierto, en realidad,  recorren archipiélagos en la niebla. Por eso, a veces, apenas se les ve.  

Todo viajero en el desierto sabe que hay que mantenerse alerta por las arenas movedizas; te subsumen y  nunca sales del desierto. Y que el desierto se queda sin  oxígeno  durante las tormentas 

 de arena,   y  debes  contener el aliento, para no aspirar desierto. Y por supuesto,  que hay que extremar las precauciones  por sus espíritus, que a la más mínima,  te dejan  varado  y,  a la deriva. 

No se puede tomar el sol en el desierto, ni tampoco no sentirse pequeño. Otra cosa sería ridícula.  El hombre del desierto se aferra siempre a una idea cada vez para no volatilizarse. Y como cuando se sufre mucho el sufrimiento, al final,  gusta o repele de forma radical, el tuareg pasa a ser un  prófugo y el desierto un laberinto de fronteras invisibles.  

En el desierto se puede ser feliz y desgraciado a un tiempo, y todo el tiempo, por lo que  nunca se puede construir nada consistente. Continua  paradoja del personaje fronterizo.  Pero de vez en cuando el viajero alcanza algún oasis en su rumbo, en forma de isla con palmeras, como una nube que pasa, y entonces la  risa humedece sus labios,  la risa que, como todo buen tuareg sabe de antiguo,  ahuyenta la mala suerte, y espanta a los espíritus de los pozos sin fondo.   Y por cualquier cosa entonces se carcajea, en un torrente de risas que  ahuecan el aire, con peso, de los oasis.

Pero el desierto también tiene, como cualquier otro sitio,  sus pequeñas maldiciones.  Una de ellas es que los oasis son barridos por el viento. El  buen tuareg debe conocerlo, para no quedar atrapado en ninguno de sus  espejismos.  Por eso,  desde niño,  aprenden a saber renunciar a lo que se muere.  El  tuareg cuenta en  cicatrices sus infiernos y sus oasis perdidos, por lo que también sabe muy bien que,  las cosas a lo lejos,  las hace insignificantes  en su lugar.

El Siroco  es una serpiente de viento, lengua de fuego, que quema y  lleva al mar, como quien vuelve al útero  materno, protegido y ausente,  en una galaxia de  estrellas lechosas, como lágrimas de San Lorenzo.  El Siroco te sopla el corazón, para que susurre y  aletee como un colibrí. Lo malo es que el Siroco enajena si no te dejas llevar como un cuerpo que flota. Nacer es siempre difícil, es  la  primera renuncia en nuestro equipaje de ausencias.  Los nómadas deben aprender a guardar  los  equilibrios entre cargas y fuerzas, si no quieren perecer ahogados.

Los límites del desierto caen en  cataratas.   Cuenta la tradición que antes,  el desierto,  era un vergel donde campaban animales de todas las especies. Se siente  si vamos ensimismados, como otros nos sentirán,   superpuestos en  las  hojas de un  libro.  El arpa del alma del beduino vibra con la brisa de los espíritus, por eso siempre lleva un papelillo mil veces  arrugado  con las palabras: eres tú, escrito en tifinagh, su lenguaje ancestral.  Por si se embriaga con el  néctar de dátil,  o   le secuestra el viento negro que lo  oscurece todo, y no se acuerda. 

Sin embargo,   cada noche frente al fuego,  el nómada peregrina:  del sorbito de té que le trae lo que alguna vez existió en su vida;  al  sorbito de olvido,  que le rescata de  vuelta a la  llanura;  y así una y otra vez  para evitar contratiempos, ya que  en el desierto los recuerdos se van, o se hacen sólidos y pesados. Por ello es imprescindible  seguir el rito y   tirar el último poso  para poder andar ligero al día siguiente.

Desde pequeño  le habían gustado  los espacios abiertos, como también quedarse absorto en la cama,  observando  el  universo del  polvo en suspensión,  con la  claridad, en el aire de su cuarto. O el vértigo de la  bandada de golondrinas  que pasaban como una exhalación  al mirar por la ventana,  que  volvían mil veces y  se entrecruzaban de milagro, arriba,  y debajo de un  azul inmutable .  O entretenerse en seguir  con el dedo las trayectoria  lenta  y rápida de las gotas resbalando sobre el vidrio al llover.  O echar de vez en cuando un vistazo a las nubes,  por si le figuraban algo, o le daban  alguna sorpresa. Volar cometas le dotó de otra perspectiva de si mismo.

Hay personas que vuelan. Un Tuareg adiestrado es capaz  entornando los ojos  de ver  muy  por encima de su  altura más allá:  útil para prever lo que  pudiera venir. También, a ratos, de escuchar la música del desierto, que  lo  hace hogar, similar al canto de una madre en la lejanía.  Puede entonces  percibir el fluir de las energías de su entorno como corrientes marinas.  Cuándo veáis a alguien rozar con la yema de los dedos  al pasar  las paredes que pasa,  es que lleva un Tuareg en el  alma. Sin ninguna duda. 

De pequeño, en Tokabaow, donde las montañas de Nofousa, cuando los  Kel Tademekket acampaban por  aquel entonces,    su padre le dijo , mientras dibujaba con una ramita  las  aves que iba viendo,  y que copiaba  cientos de veces   en el viaje:   Kankanel, el  corazón del beduino es ambicioso, y elige siempre el  horizonte .  Por eso se va  haciendo aire, según se aleja.   Es su naturaleza.  Y la de su camello. Para esos pobres pájaros que ves,  el último árbol.  Recuerda que los hilos que  te atrapan para  no partir,  son  de la tierra de las líneas   de  mi dibujo. Y arrastrando la suela,  lo borró. 

El caminante es  persona de grades pasiones más que de  pequeñas alegrías, como  cualquier enamorado. Y los sueños  son  nubes en la tórrida llanura del Sahel,  donde es  difícil sentirse vivo. De titanes sería  querer atravesarlo sin un

 motivo poderoso;  suicida perder la orientación.  Risas de agua  tenían   las muchachas del poblado, risas de agua  que humedecían  sus pies infantiles al corretear felices  entre las   palmeras, allá cada vez más  lejos, en el sol  y la sal, triste y alegre.

Los desiertos de sal  se forman evaporando océanos.  Dentro quedan petrificados multitud de animales mitológicos, gordas ballenas y crustáceos que quisieron esconderse.  Los desiertos de sal al sol  son estiletes de fuego, y en las noches un laberinto de estrellas.  El nómada de la sal suele sorprenderse de lo que ve  hasta acabar ciego,  en mitad de la nada, como  en cualquier otro  desierto.

Es conocido que los Tuareg en ruta,  y demás tribus del desierto,  con apenas  un puñado de dátiles pueden resistir todo un día. Y  eso es porque el Tuareg cuando va,  se va  alimentando  de las energías del aire.  Las va chupando  como  chupa  la  pulpa de las raíces a su paso  en épocas de sequía.  Nada más hay que ver  como brillan al llegar  para darse cuenta.

Se sabe que en el largo itinerario que va de Duchla a Kufra,  donde según cuenta la tradición se encuentra  el mítico oasis perdido de Zerzura, custodiado por un pájaro blanco , algunos nómadas, a ratos,   sufren  un peculiar  estado de gracia, llamado tawhid,  por el que  se llegan a sentir  nada,   en la nada,     de tanto  camino -  se dice  pero es leyenda   que en esos momentos  flotan- ,  y a partir de ahí se comportan como si guardasen  un secreto   inexplicable, que los eleva, por lo que son tratados como    hombres sabios por  el común de los pobladores de Gilf Kebir, que  en general  tratan con    gran respeto   a los nómadas de   grandes recorridos.  En apariencia son   felices y  muy desgraciados,  a la vez,  con   la  mirada propia  de los que  se hallan  siempre a medio camino,  y que ya no  viven,   viajan por la vida.   Almas errantes.

 

(Continuará)


 

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