Los desiertos tienen mares de estrellas, y dunas que son como nubes, que pasan despacito. Al desierto no se llega, se acaba en él, se naufraga, y nos diluye siempre en la lejanía, como ocurre con los recuerdos, que se hacen líquidos, y el tiempo termina siendo, la última imagen. En el desierto el vacío entra como el aire, y se queda, suspendido, en un globo, hasta difuminarte. En el desierto no se puede desear o esperar, salvo que se quiera enloquecer, como los que intentan dejar su huella en la arena del desierto. En el desierto los sentimientos son puros e indiferentes, de supervivencia, ideal para personas con el alma cargada; si no se abandonan y desaparecen. En el desierto no se puede sentir miedo, sólo pánico, porque sólo existimos nosotros en el desierto. En el desierto, según pasamos, terminamos sintiendo todo, al agrandarse los sentidos y transformarnos en paisaje lunar. En el desierto no puedes hacer caso a los espejismos, porque una decepción, al límite del horizonte, suele ser mortal. En el desierto tu voz tiende al rezo o al disparo, según hablas, como en la soledad sórdida del preso en su celda. Lo que tienes es todo y nada en el desierto, que siempre empieza y acaba contigo, en el mismo punto donde estás tú, que te evaporas al menor despiste. Para no perderse en el desierto - en el desierto no hay caminos, sólo astros-, es imprescindible mantenerse siempre a la distancia adecuada de uno y de lo otro- cada cual tiene la suya - en medio de la tormenta. Si te equivocas, la medusa del corazón se encoge en un puño. En el desierto, se quiere o se odia, siempre en perspectiva. La estabilidad en el desierto se logra planeando, como un ave, entre dos capas de aire, con el vértigo del equilibrista cosquilleando el alma: si se sube demasiado, o se baja lo suficiente, te desbaratas. Es absurdo echar la vista atrás en el desierto, porque ya es arena a cada paso, y según vas, lo que va viniendo, te contiene la respiración. Y te mueves como un astronauta, sin rastro alguno. Cuando no se tienen alternativas juega el destino, y en el desierto no hay dudas. Los pálpitos pasan a ser mensajes. El desierto es la paz del espíritu, si se acepta, en un ir y venir monótono de lunas y soles. No se puede sentir pena de uno mismo en el desierto, porque la pena se hace contigo.
http://www.elpais.com/articulo/ultima/marcha/elpepiult/20110225elpepiult_2/Tes Lo sabía, pero lo malo era cuando se desprendía de los huesos, una vez más, y no podía evitar desvanecerse según doblaba una esquina, o pasaba de calle. Y el sentido de todo se perdía, él aterido, traspasado de relente, hacia la transparencia, desesperado por volver, como cuando se muere el amor y todo se apaga de vida, y sólo soportas darle de comer miguitas a los pájaros, atizar | 
| las brasas de un fuego, o ver en carrusel campos y ciudades asomado a la ventana de un tren. Cuando se encontraba así le urgía escudriñar la línea entre el mar y el cielo, atento al tono por el que regresas, como quien busca una nota, y si no, hallar un espacio abierto donde la vista vague lo más lejos posible, como sedante. Complicada es la vida de los que cambian de estado, sin ancla. |

Para llegar al desierto hay que partirse el corazón a trocitos, como cuando se corta una lombriz para pescar y se queda cada uno de ellos ciego y culebreando. No es necesario que sea a la vez, vale con que se vayan muriendo, con el falso vacío de la amputación, como cuando nos sentimos culpables de cosas que apenas recordamos. Para que ocurra esto, es necesario verse tal cual, sin simulaciones interesadas o imágenes trucadas. Cuando el desierto arde en llamas, sólo queda rezar y cambiar de rumbo. El desierto suele ser un buen sitio para encontrar a Dios, sin alternativas. El desierto es refugio, condena y liberación si se llega a saber que hay desiertos al borde de precipicios. Al fin y al cabo, los desiertos no dejan de estar colgados del cielo. Del desierto sólo se puede caer al infierno más próximo. Y saber esto te hace ser un Tuareg. Y es que la impotencia que da el desierto le dimensionaba a apenas un punto, difuso, que sólo podía pedir socorro, sin alas. Los demás, felices rascacielos de humo, seguros en su sueño, él a la intemperie, con el esqueleto al desnudo, recorriendo la fría noche todas las estancias. Como ya no se miraba, sabía, eso sí, que al menos era el mismo, parpadeando, bien poco en el mejor de los casos. Pero también había aprendido a aceptar lo que es, en la humildad que da lo inevitable. Pero hoy no había sido un buen día. En el desierto nunca se llega a saber, sólo se intuye en el mejor de los casos con absoluta certeza, y el desierto se hace túnel, que vamos como vinimos, sólo con la fe del enamorado, y la desolación propia del desamor, cuando cada bocanada de aire duele. Peregrinaje hacia la luz, de partos sucesivos. La sensibilidad suele producir grandes sufrimientos, y en el desierto el espíritu se afina tanto, que se quiebra cada dos por tres. De la ansiedad a la desolación. Si vuelves, no te hallas, marinero de islas en un sucio bar de Puerto. Y es que los hombres del desierto, en realidad, recorren archipiélagos en la niebla. Por eso, a veces, apenas se les ve. Todo viajero en el desierto sabe que hay que mantenerse alerta por las arenas movedizas; te subsumen y nunca sales del desierto. Y que el desierto se queda sin oxígeno durante las tormentas |  | de arena, y debes contener el aliento, para no aspirar desierto. Y por supuesto, que hay que extremar las precauciones por sus espíritus, que a la más mínima, te dejan varado y, a la deriva. |
No se puede tomar el sol en el desierto, ni tampoco no sentirse pequeño. Otra cosa sería ridícula. El hombre del desierto se aferra siempre a una idea cada vez para no volatilizarse. Y como cuando se sufre mucho el sufrimiento, al final, gusta o repele de forma radical, el tuareg pasa a ser un prófugo y el desierto un laberinto de fronteras invisibles.
En el desierto se puede ser feliz y desgraciado a un tiempo, y todo el tiempo, por lo que nunca se puede construir nada consistente. Continua paradoja del personaje fronterizo. Pero de vez en cuando el viajero alcanza algún oasis en su rumbo, en forma de isla con palmeras, como una nube que pasa, y entonces la risa humedece sus labios, la risa que, como todo buen tuareg sabe de antiguo, ahuyenta la mala suerte, y espanta a los espíritus de los pozos sin fondo. Y por cualquier cosa entonces se carcajea, en un torrente de risas que ahuecan el aire, con peso, de los oasis. Pero el desierto también tiene, como cualquier otro sitio, sus pequeñas maldiciones. Una de ellas es que los oasis son barridos por el viento. El buen tuareg debe conocerlo, para no quedar atrapado en ninguno de sus espejismos. Por eso, desde niño, aprenden a saber renunciar a lo que se muere. El tuareg cuenta en cicatrices sus infiernos y sus oasis perdidos, por lo que también sabe muy bien que, las cosas a lo lejos, las hace insignificantes en su lugar. El Siroco es una serpiente de viento, lengua de fuego, que quema y lleva al mar, como quien vuelve al útero materno, protegido y ausente, en una galaxia de estrellas lechosas, como lágrimas de San Lorenzo. El Siroco te sopla el corazón, para que susurre y aletee como un colibrí. Lo malo es que el Siroco enajena si no te dejas llevar como un cuerpo que flota. Nacer es siempre difícil, es la primera renuncia en nuestro equipaje de ausencias. Los nómadas deben aprender a guardar los equilibrios entre cargas y fuerzas, si no quieren perecer ahogados. Los límites del desierto caen en cataratas. Cuenta la tradición que antes, el desierto, era un vergel donde campaban animales de todas las especies. Se siente si vamos ensimismados, como otros nos sentirán, superpuestos en las hojas de un libro. El arpa del alma del beduino vibra con la brisa de los espíritus, por eso siempre lleva un papelillo mil veces arrugado con las palabras: eres tú, escrito en tifinagh, su lenguaje ancestral. Por si se embriaga con el néctar de dátil, o le secuestra el viento negro que lo oscurece todo, y no se acuerda. Sin embargo, cada noche frente al fuego, el nómada peregrina: del sorbito de té que le trae lo que alguna vez existió en su vida; al sorbito de olvido, que le rescata de vuelta a la llanura; y así una y otra vez para evitar contratiempos, ya que en el desierto los recuerdos se van, o se hacen sólidos y pesados. Por ello es imprescindible seguir el rito y tirar el último poso para poder andar ligero al día siguiente. Desde pequeño le habían gustado los espacios abiertos, como también quedarse absorto en la cama, observando el universo del polvo en suspensión, con la claridad, en el aire de su cuarto. O el vértigo de la bandada de golondrinas que pasaban como una exhalación al mirar por la ventana, que volvían mil veces y se entrecruzaban de milagro, arriba, y debajo de un azul inmutable . O entretenerse en seguir con el dedo las trayectoria lenta y rápida de las gotas resbalando sobre el vidrio al llover. O echar de vez en cuando un vistazo a las nubes, por si le figuraban algo, o le daban alguna sorpresa. Volar cometas le dotó de otra perspectiva de si mismo.
Hay personas que vuelan. Un Tuareg adiestrado es capaz entornando los ojos de ver muy por encima de su altura más allá: útil para prever lo que pudiera venir. También, a ratos, de escuchar la música del desierto, que lo hace hogar, similar al canto de una madre en la lejanía. Puede entonces percibir el fluir de las energías de su entorno como corrientes marinas. Cuándo veáis a alguien rozar con la yema de los dedos al pasar las paredes que pasa, es que lleva un Tuareg en el alma. Sin ninguna duda. De pequeño, en Tokabaow, donde las montañas de Nofousa, cuando los Kel Tademekket acampaban por aquel entonces, su padre le dijo , mientras dibujaba con una ramita las aves que iba viendo, y que copiaba cientos de veces en el viaje: Kankanel, el corazón del beduino es ambicioso, y elige siempre el horizonte . Por eso se va haciendo aire, según se aleja. Es su naturaleza. Y la de su camello. Para esos pobres pájaros que ves, el último árbol. Recuerda que los hilos que te atrapan para no partir, son de la tierra de las líneas de mi dibujo. Y arrastrando la suela, lo borró. El caminante es persona de grades pasiones más que de pequeñas alegrías, como cualquier enamorado. Y los sueños son nubes en la tórrida llanura del Sahel, donde es difícil sentirse vivo. De titanes sería querer atravesarlo sin un | 
| motivo poderoso; suicida perder la orientación. Risas de agua tenían las muchachas del poblado, risas de agua que humedecían sus pies infantiles al corretear felices entre las palmeras, allá cada vez más lejos, en el sol y la sal, triste y alegre.
http://www.youtube.com/watch?v=OIvTMA1te0w |
Los desiertos de sal se forman evaporando océanos. Dentro quedan petrificados multitud de animales mitológicos, gordas ballenas y crustáceos que quisieron esconderse. Los desiertos de sal al sol son estiletes de fuego, y en las noches un laberinto de estrellas. El nómada de la sal suele sorprenderse de lo que ve hasta acabar ciego, en mitad de la nada, como en cualquier otro desierto. Es conocido que los Tuareg en ruta, y demás tribus del desierto, con apenas un puñado de dátiles pueden resistir todo un día. Y eso es porque el Tuareg cuando va, se va alimentando de las energías del aire. Las va chupando como chupa la pulpa de las raíces a su paso en épocas de sequía. Nada más hay que ver como brillan al llegar para darse cuenta. Se sabe que en el largo itinerario que va de Duchla a Kufra, donde según cuenta la tradición se encuentra el mítico oasis perdido de Zerzura, custodiado por un pájaro blanco , algunos nómadas, a ratos, sufren un peculiar estado de gracia, llamado tawhid, por el que se llegan a sentir nada, en la nada, de tanto camino - se dice pero es leyenda que en esos momentos flotan- , y a partir de ahí se comportan como si guardasen un secreto inexplicable, que los eleva, por lo que son tratados como hombres sabios por el común de los pobladores de Gilf Kebir, que en general tratan con gran respeto a los nómadas de las
grandes rutas. En apariencia son felices y muy desgraciados, a la vez, con la mirada propia de los que se hallan siempre a medio camino, y que ya no viven, viajan por la vida. Almas errantes.
La rabia es el último recurso cuando faltan las fuerzas, para no ser vencido. Sin espíritu de lucha, el tuareg muere como tuareg, y resulta un ser patético. Pero debe tener cuidado de que la rabia no le llegue a los huesos, porque emprendería una huida ciega, mortal en el desierto. El hombre del desierto no suele tener miedo, ya que se considera insignificante, en la enormidad, si cree, eso sí. Si no, la angustia le haría un hueco insoportable. En el espacio sentirse en todo momento, de una manera u otra, es imprescindible, como contener la imaginación. Los tuareg viven muchas veces, al renacer tras cada sufrimiento mortal, cosa común en páramos inhóspitos. Con tantas vidas, todo se ve de forma diferente. La duda no es posible en el desierto, porque entonces el desierto te atrapa en una cárcel. ¡Pobre del que no camine con pasos seguros!. Los nómadas achacan siempre la indecisión al diablo, que los confunde, para hacerles perder la orientación, y con ella su destino y su propia vida. Existe un dicho, como amuleto, antes de iniciar cualquier viaje por el desierto: Si no te acompaña Alá, seguro que lo hace el diablo, murmuran entre dientes. En algunas tribus del norte también suelen repetir a los más jóvenes:
el ojo del mal siempre ve torcido, para que no se confundan y vayan por
la buena dirección. El dramatismo del nómada aumenta porque está convencido de que su vagar errático, no sólo es mortal, sino que también será eterno. En la cordillera del Atlas se dice que existe un hombre que vive en una cueva, al que llaman Al-Hakim, por su asombrosa capacidad de transformar en simples y sencillas las cosas más complejas, que embarullan la mente de los demás humanos, les hacen perder confianza, y quedar prisioneros, durante mucho tiempo, a veces toda la vida, en una confusión profunda, como un torbellino hacia lo más negro de ellos mismos. Al Hakim es difícil de encontrar, no porque se esconda, sino porque vive en un lugar recóndito sin nombre y de difícil acceso. En ese páramo seco y duro, es improbable encontrar a alguien a quien preguntar, por lo que hay que utilizar el instinto muchas veces, y éste, no siempre acierta. Si el peregrino se topa con él al fin, lo más común es que tras el saludo, pase a narrarle lo mucho pasado hasta llegar, tratando de favorecer su interés. Al Hakin suele, en contra de toda lógica, perder pronto la paciencia, y si el visitante tarda mucho en callar, se da la vuelta y se
va, sin más, entretenido en el deambular tozudo de un escarabajo, o absorto en vislumbrar un ave, por su canto, en una chumbera, como si
oyese llover. Cuando el viajero entonces reclama su atención
algo enfadado, le mira sin ver, con mucha calma, y musita: todavía no has llegado, y se marcha sin más. Suele ser su primera lección. Es evidente que le disgusta esperar
por esperar. Algunos, tras ese primer encuentro, vuelven más desolados aún a su lugares de origen, donde
son recibidos como casos perdidos, y acababan sus días ensimismados. Otros, tal vez los más desesperados, se quedan cerca, alimentándose de frutas silvestres, leche de cabra e insectos, con la esperanza de que en algún momento el ermitaño distraído les preste algo de atención. Y cuando por fin lo hace, no por mucho rato, o así lo parece, se dan cuenta, asombrados, de que ya no necesitan preguntarle nada, y entonces regresan felices a sus casas, vertiendo alabanzas de aquel hombre sabio. Los
Tuareg sienten una atracción muy especial hacia los abismos por lo que no se acercan a ellos. Dudan si podrán evitar ser arrastrados por sus poderosas fuerzas magnéticas. Por eso, en situaciones de peligro, sólo confían en sus camellos, que nada más verse al borde del precipicio
se van sin pensárselo dos veces. En ciertos desiertos, los abismos abundan tanto que es como andar por un campo de minas. Cuando a algún nómada se le ocurre subir a lo más alto
no-se-sabe-porqué, a veces ocurre, el resto de la caravana siempre teme lo peor, y si no regresa creen que se lo han llevado los ángeles o
los demonios, según el carácter del ausente. Durante tiempo,
distintos viajeros juran y perjuran verlos, difusos y parpadeantes,
al entornar los ojos en las horas centrales del día, cuando el aire
tiembla, como bestias o ángeles, al pasar, y siempre suscitan en el oyente ansioso, el escalofrío.
En
el desierto se cree que el espíritu de los pájaros,
cuando mueren, sigue volando. Suspiros de aire que atraviesan espacios transparentes, porque
esa es su condición inmutable. Si no se espera nada, todo es una sorpresa. Por
eso cualquier cosa que pasa en el desierto - que no daría una palabra-, deja una profunda huella, y es
recordada con la viveza de lo que acaba de ocurrir. Si no
se espera nada, se tiene todo- están convencidos los hombres del desierto-, y
por ello, en el vacío absoluto se sienten afortunados.
Hay
que saber que en estos espacios desolados y desérticos es frecuente que aparezcan
ciertos caminantes solitarios al atardecer, como de la tierra.
Ellos se muestran contentos cuando llegan, y también cuando se van. Suelen ser
muy vivaces,
simpáticos y parlanchines.
Las mujeres
del poblado se sienten arrobadas por ellos, lo que
causa problemas, sobre todo si tañen el oud con maestría.
Ellas no pueden parar de reírse, en especial si utilizan la pluma del águila, como si las hicieran cosquillas
dentro, con aquella música.
Sin
corazón, la realidad pierde bastante fondo, entonces se tiende a ocupar
todo el espacio de la superficie para compensar, buscando la consistencia desesperadamente.
Por eso, los del poblado sabían que no era bueno que ninguno de aquellos
visitantes permaneciese más de lo necesario en el lugar. Eran de viento,
y como el viento deberían pasar por sus vidas. ¡Calla mujer, calla, que
sopla el viento!. Y sólo se escuchaba entonces el viento al salir por la
puerta.
Las
madres
uigures, en las noches de luna llena, alrededor del fuego,
desde hace siglos, vienen alertando a los jóvenes, que parten en las
largas caravanas en ruta al gran desierto de Taklimakán, sobre el riesgo de
hacer parada en el oasis de Loulan. Cuando hablan de ello los
ojos de esas mujeres emiten un brillo extraño, salvaje, avivado por
las llamas. Suelen escupir de vez en cuando a los rescoldos al rojo
vivo, para expulsar lo que pueda quedar de sus palabras. Hablan desde su
interior más profundo, tanto que, en ocasiones, sólo ellas se
pueden entender.
Según
cuentan, el bello oasis de Loulan es lo más parecido a un espejismo en
el desierto, pero es verdad, con un extraño lago al levante, que desaparece, para volver a parecer en
su poniente, y a menudo en otro lugar distinto. Sus aguas
son transparentes, y sus dátiles los más dulces de todo
Kashgaria con diferencia. Pero sus
habitantes, en apariencia dichosos, con aspecto envidiable en aquel
vergel, siempre afanosos, cuando están solos, a menudo se sumergen en negros
pensamientos y murmuran cosas raras. Y es que no pueden evitar que el desierto se haga con ellos,
ávida lengua de arena, al salir y cuando el sol cae sobre el horizonte, por lo que
siempre se encuentran huyendo de su propia desolación. ¡Nacieron sin
corazón!- exclamó la vieja
Kazaj, cubriéndose aún más con la manta. Por eso se
aferran a sus canciones de amor, para sentir el amor que no sienten, y
siguen a pie juntillas sus repetidos ritos ancestrales,
para que todo esté en su sitio.
Sus
mujeres son muy hermosas- continuó Kazaj-, delicadas, y de una pureza
extraordinaria, que
arrebata la pasión de cualquier hombre. Si duermes con una de ellas,
su esencia te embriaga y se apodera de ti, y deseas tenerla siempre a tu
lado, con la frescura del paraíso. Pero no pueden
hacerte feliz- añadió Shabnami, mirando a un joven- porque al no
tener corazón, si se entregan, dejan de ser ellas, y no son nada, y eso les resulta insoportable, como hijas de la tierra que son, así que
dominan al enamorado hasta hacerlo suyo por completo. Su goce exquisito
termina siendo cantos de
sirena, recordad el dicho pastun: la araña quiere mucho a
la mosca- sentenció Dilnaz. Tienen miedo- farfulló
para sí Shabnami-, las pobres, tienen miedo- repitió titubeante como si
traicionase una ley muy antigua, y compartida, siempre escondida, dentro. Y siempre
con ellas es una guerra hasta el fin, nada te atrapa más que lo que se
odia y se ama a la vez- apostilló rascándose el torso. Por eso escogen a los
de mejor corazón- siguió Kazaj, a su aire-, porque no lo tienen, levantándose mientras se sacudía la falda. Esa noche
los muchachos soñaron, que de madrugada rescataban princesas perdidas, como
polillas al candil, en el desierto. |