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Un martes, mediados del
frío Febrero, enterramos a Cari en un pueblecito de
Toledo. Una triste ocasión, porque Cari tenía solo seis años
y era una niña buena y alegre. Y enterrar a una niña es algo
que no debería pasarnos. Ahora lo sé, lamentablemente.
No hacía un mes que, por una de esas negras casualidades,
había tenido que acudir a casa del tío Luis, pues era
el miembro de la familia que más cerca estaba de él aquel
domingo, tras la llamada angustiada de la tía Pilar.
Y cuando subí a su piso, rodeado de una extraña cohorte de
vecinas entre asustadas y curiosas, sentado en el sillón me
encontré con el rostro ceruleo de Luis, que, a sus
sesenta y dos años, se había muerto en la tarde melancólica
dominical. Sonaba El tirachinas en su radio todavía. Tuve
que hacer un esfuerzo por no escuchar si el Madrid metía
algún gol.
Encontrarme con las tareas necesarias que marca la muerte de
un ser querido fue una especie de iniciación; un instante de
madurez repentina que uno no quisiera tener. Pero que está
teñido de la inevitabilidad del momento, de la lógica de la
vida: el joven ha de hacerse cargo del anciano.
Ah. Pero este tener que acompañar a los padres de Cari
en un momento como ese…Eso es tan distinto…
Supe de la muerte de Cari el día anterior. Salía de
clase de Ética y habíamos representado una
adaptación de “Calígula” de Albert Camus. Calígula
le explica a Helicón la razón de su extraña ausencia:
“Quería la luna”. Helicón le contesta: “¿Para qué?” Y
cínicamente contesta: “Bueno…es una de las cosas que no
tengo”. Pero La Luna representa para Calígula algo
bien distinto: representa “Lo imposible”: “Si yo hubiera
conseguido la luna, si bastara el amor, todo habría
cambiado. - exclama Calígula en la escena final-
…bastaría que lo imposible exista. ¡lo imposible!”
Aquel imposible era para nosotros – profesor y alumnos- una
realidad bien sencilla: era Cari. Había sido Cari
tres años antes, cuando, una prima suya, Elena, nos
había contado que Cari padecía una extraña
enfermedad, un Síndrome llamado de Niemann Pick, que sólo
tenían unas decenas de niños en España. Y que esa enfermedad
no tenía cura, y que, como afectaba a tan pocos, no se
dedicaban medios suficientes para investigar. Y nos
propusimos este “imposible”: juntar dinero para ofrecérselo
a la Fundación Niemann Pick, fundada por los padres y
familiares de los afectados, en el esperanzado intento de
encontrar un remedio a este temible mal. Y curar a Cari.
Pero, ay, ese lunes –justamente cuando tres años más tarde
la dramatización de la obra de Camus nos recordaba
aquella promesa- la noticia de la muerte de Cari
llegó por los pasillos del Instituto.
¿Cómo puedo expresaros las razones del corazón en ese
momento?
Recuerdo las palabras bellísimas que el padre de Ahron
Karmi, judío del gueto de Varsovia, le dijo aquel día
que consiguió sacarle, por un hueco del tren de ganado que
le llevaba a Treblinka. El hijo no quería abandonarle, pero
su padre le convenció con esta verdad tumbativa: “¡Vete!
Porque si logro salvarte es como si hubiera salvado un
universo entero”
Un universo entero, Cari.
Cómo nos duele el alma, Cari. No hemos podido
salvarte. |