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cortesia de miarroba.com


PENSAR, REPLANTEAR TOLEDO

        JESÚS FUENTES LÁZARO

 

 

I

CONSTRUCCIÓN IDEOLÓGICA

 

Toledo es una construcción ideológica. Es un invento edificado a través del tiempo. En realidad es una creación colectiva en la que participaron gentes de Europa y España. Cuanto  se dice sobre las ciudades son elaboraciones teóricas hechas para tratar de entender a las personas que las ocupan. Un recurso teórico para explicar a sus habitantes. Construcciones ideológicas que dotan de espíritu a las ciudades.  Se las antropomórfiza, si se permite el barbarismo. A ellas se atribuyen capacidades para moldear y condicionar a sus moradores.  De ellas  se piensa que inducen a sus habitantes hacia la gloria o hacia la nada. Es la mística de la ciudad. Pero también los que en ella residen  contribuyen a su creación.  Se establece una interacción entre ambas partes que es  como la relación entre el cerebro y el resto del cuerpo. Toledo, dada su herencia anterior y sus peculiaridades arquitectónicas, no podía escapar  a ese fenómeno. Es más, el Toledo actual es un caso típico de construcción ideológica y filosófica, con los postulados de   una etapa concreta de la historia de España. Es así mismo, la representación de lo que sus moradores han hecho  o han dejado de  hacer por ella.

La ciudad  tal como la conocemos hoy es una creación del siglo XIX y parte del XX. Primero fueron los viajeros ingleses y franceses, después los españoles. Los unos, hartos de una Europa racionalista y aburrida, se lazaron a la búsqueda de paisajes y territorios exóticos.  Tras las pistas de un pasado olvidado y remoto se encontraron con Toledo. La ciudad representaba, en su deterioro,  la existencia de un lugar petrificado en la Historia. Un territorio suspendido en el espacio. Un lugar donde el tiempo y los meteoros habían ido creando un escenario fantástico en el que eran posibles todos los sueños imaginables. Eran los tiempos del nacimiento de los nacionalismos en Europa. Después llegaron los románticos españoles y vieron en la ciudad el enclave adecuado para resucitar fantasmagorías antiguas y personajes del pasado. Toledo empezaba a ser identificada con la Historia. Una historia siempre falseada, es cierto,  pero historia que servía como huida imaginaria ante el aburrimiento del presente.  

 En la estela de ambos, los autores de la Generación del 98 tuvieron la necesidad de hallar el espíritu de una Nación en crisis. La esencia de un país que en tiempos había sido grande y que dejaba de serlo. Era preciso encontrar los baúles secretos donde se encerraban los valores que habían configurado un Imperio. La fórmula de antigua alquimia que había fraguado unos hombres capaces de conquistar el mundo.  Y también ellos volvieron su mirada a Toledo.  Apareció ante ellos una ciudad en la que poder materializar añoranzas imperiales, dudas e insatisfacciones. Por eso elaboraron una teoría: la de una Nación inexistente. Una patria imaginaria y legendaria. Fenómeno similar ocurría con las doctrinas nacionalistas de Francia, Italia, Alemania, Irlanda o los Balcanes. Toledo era la Historia misma.

Semejante elaboración se reforzó con un hallazgo de leyenda. Primero entre las élites, y después de manera generalizada,  se empezó a hablar de la existencia en Toledo  de un artista olvidado. Un pintor desconocido y ausente durante siglos de la ciudad.  Un pintor,  extravagante en su época,  que tenía  obra dispersa en conventos e iglesias y que con su técnica se había adelantado a la revolución  de las Vanguardias. El era anterior al impresionismo y al expresionismo, al cubismo, a los simbolistas, a los futuristas o hasta los surrealistas y  los fauves. Era el origen de la pintura. El lazo entre el presente y el pasado.

Hacía siglos en Toledo un pintor desconocido había pintado como se pintaba ahora en París. Pero además, él  representaba el espíritu de España. La manifestación pictórica del misticismo hispano. La síntesis de los hombres de una nación única y diferenciada. El había plasmado mejor que nadie la esencia de Castilla. La fuerza interior que había empujado a ingentes masas de hombres por los caminos de hazañas imposibles. Fueron tiempos de exaltación europea de España. Bien es cierto que era griego de origen pero,  como diría Félix  Paraviccino,  en Toledo  encontraría con “la muerte eternidades”. Toledo le había alimentado y dado cobijo y por eso se convirtió en la ciudad de la magia y del arte. Se conectaba con la escuela de sabios nefandos de Toledo.  Suponía el reencuentro con  los orígenes extraviados.

 El krausista M.B. Cossío y otros iniciaron el proceso de explicación intelectual de aquellas obras sorprendentes del Greco, Y en ellas se plasmaron  las visiones filosóficas del momento y las inquietudes del final de una época. También los principios y motivos del  nacionalismo emergente. El Greco se transformó así en la representación arquetípica del carácter español a la que se añadió, en algún otro momento, una interpretación determinista de la Historia. Toledo era pues la ciudad de referencia que buscaban los regeneracionistas. El ejemplo de lo que fue un país poderoso y lo había dejado de ser  por la sucesión de malos gobiernos.

Las generaciones posteriores, incluidas las del 27,  mantuvieron la visión mítica de una ciudad mística. Y aunque es cierto que hubo intentos de desacralizar la ciudad, no dejaron de ser entretenimientos que, a la postre, contemporizaron con las doctrinas de sus predecesores. Todo ello sirvió para trasmitir la fama de una ciudad insólita y no hubo aventurero o intelectual en crisis, poeta  o pintor que no se acercara a la ciudad a la “recherche” (búsqueda) de aquel pintor sorprendente y de las esencias de la ciudad en la que los milagros como el del Greco y del espíritu eran probables. Ante los visitantes se mostraban los restos orgullosos de la capital del Imperio español. El pasado, como estaba ocurriendo en media Europa, se inventaba e idealizaba.

Llegaron después los tiempos de la Republica y por la iniciativa de algún Cardenal Primado, Toledo se convirtió  una vez más en la referencia  de los valores religiosos más. Toledo volvió a recuperar su condición de capital religiosa. La tercera ciudad del universo occidental,  después de Jerusalén y Roma. Ahora ya no estábamos en los tiempos de Imperio, sino un poco más atrás: en la Edad Media. Cuando la Iglesia dominaba  el mundo y organizaba Cruzadas. A los tiempos en los que la Iglesia de Toledo era poderosa. Para completar el panorama a Franco se le ocurrió  convertir en Gesta Heroica lo que era una simple rebelión contra un Gobierno legítimo. Fue la propaganda que los rebeldes necesitaban para  consolidar el apoyo de las potencias colaboradoras. ¡Y qué ciudad mejor que Toledo! De otra manera, pero con fondo similar,  aparecía representando los valores de una raza, de un tiempo de Cruzadas.

 En el túnel del tiempo retrocedimos un poco más atrás y llegamos hasta los Godos, cuando un Gobernador prefirió sacrificar a su hijo antes que rendirse a los invasores, enemigos de la religión.  La imaginería de una España eterna, poblada de héroes cristianos y patrióticos cobraba vida. Toledo continuaba creciendo en el imaginario colectivo del mundo. La construcción ideológica, hecha en tiempos anteriores, se consolidaba ahora en tiempos de guerra civil. El asedio del Alcázar se presentó como la resistencia feroz de  de una raza preexistente  frente a las amenazas de republicanos, liberales, marxistas, comunistas y demás doctrinas disolventes del nacionalismo hispano. Una Numancia de los tiempos modernos. Era el ingrediente que se necesitaba para  completar la construcción ideológica de una ciudad que se había convertido en símbolo de una Nación. Toledo se transformaba en estereotipo.

 Durante los años aciagos de la dictadura, Toledo  se continúo vendiendo al universo como una leyenda al alcance de la mano.  Y sus  habitantes terminaron por creerse el invento.  Además eran  los vencedores. Y tanto se lo creyeron que desde entonces continúa siendo una ciudad instalada en el pasado. Sobre todo cuando comprobaron que riadas de turistas se acercaban a la ciudad dónde compraban sus damasquinos y sus artesanías. Llegaban por las mañanas, aunque pronto se marchaban a Madrid. Toledo descubrió la dimensión económica de los mitos y se dedicó a vivir de los estereotipos. Sus  eruditos locales y  autoridades diversas continuaron explotando aquella  construcción ideológica de quienes en su mayoría habían sido  derrotados, si bien ahora tamizada por los principios de la Dictadura. La ciudad había sido pensada por otros y construida ideológicamente también por otros. No por sus habitantes que en gran parte, durante la guerra, fueron desplazados. Pero el invento funcionaba sobre todo en una época de autarquía y miseria.

 Hasta que llegamos a los tiempos en los que la construcción ideológica se transformó en una rémora. La ciudad de nuevo se había fosilizado en el pasado. Existía solamente el pasado y pequeñas concesiones al momento actual. Todo era quietud inmóvil. Estábamos en el presente. Toledo vivía como si nada hubiera cambiado. El mundo sin embargo,  y también España,  se mueven a velocidades vertiginosas.

 

 

II

HACIA UNA  CONSTRUCCIÓN ACTUALIZADA

 

La construcción ideológica que de Toledo hicieron unos y otros ha condicionado el presente y el futuro de la ciudad. De hecho, en estos momentos Toledo es el resultado concreto de esa construcción ideológica del pasado. La nueva organización del Estado y la aparición de una España democrática no  han servido aún para mucho a la ciudad. Por eso se hace preciso pensar sobre la ciudad y replantear, en función de ese pensamiento, la misma ciudad. Para adaptarla a las nuevas circunstancias políticas, sociales y económicas de un siglo que es distinto al anterior por muy igual que pueda parecer a los que han vivido en ambas orillas.

Toledo siempre ha carecido de burguesía local y en consecuencia de una masa ilustrada capaz de moverse con el ritmo de los tiempos. Siempre ha sido una ciudad regida por pequeñas oligarquías de comerciantes, artesanos y funcionarios sobre los que la iglesia ha ejercido un evidente tutelaje. Curas y militares, se decía antes. Ha carecido de gentes capaces de pensar sobre los presentes posibles y los futuros probables de la ciudad que todos, eso sí, dicen querer. Aunque el amor, como en otros muchos casos, es más un recurso literario que una realidad práctica. Y en su condición de artificio literario no se duda en echar mano del pasado para disfrazar las miserias del presente. Eruditos primero, y discursos oficiales después, han venido y vienen repitiendo hasta la náusea los tópicos del pasado: las construcciones ideológicas de finales del  XIX y principios del XX. A nadie le ha convenido cambiar, al parecer,  este estado de cosas.

¿Se puede mantener tales interpretaciones teóricas  en el siglo XXI?  Ya, por ejemplo, ningún estudioso sostiene que el Greco representa en su pinturas la espiritualidad de un pueblo y la mística de una ciudad. Como ya nadie sostiene las referencias a los modelos locos que el Greco utilizaba para sus figuras.  Es más, hoy, hasta tanto aparezcan otros estudios, podemos inclinarnos por la teoría del Greco viviendo en Toledo un exilio interior, un ostracismo esquizofrénico al margen de la ciudad. Toledo apenas le influyó. Lo único que sí hizo fue comprar sus pinturas para dar salida a las enormes cantidades de dinero que se acumulaban en la ciudad. En un Estado de las Autonomías es un vestigio arqueológico seguir identificando  Toledo con la visión  creada por los nacionalismos de los siglos XIX y XX.

 La historia real de Toledo aún está por investigar,  construir y escribir. De hecho hubo un proyecto en el pasado que pretendió justificar la necesidad de una Universidad en Toledo para que sus previsibles estudiantes pudieran investigar y construir la Historia de la ciudad. Ese proyecto no salió – tenemos la Universidad que tenemos - e incluso hoy sabemos algo menos de la historia real de Toledo que antes. Las leyendas y explicaciones para turistas de fin de semana están suplantando a la historia. Por otro lado nos  queda  un turismo en decadencia que ya no viene a Toledo como vinieron los primeros turistas. O de cercanías. Cada día dependemos más de los operadores y estos cambian los destinos turísticos en función de sus operaciones mercantiles. Cada día la oferta de otos lugares y ciudades es más agresiva y atractiva. El turismo se entiende en muchos lugares como la panacea para  economías enfermas. Sin turismo suficiente, sin industrias y sin fuentes alternativas de riqueza, la tentación recurrente puede se la vuelta, como elemento pretendidamente salvador, a aquellos principios de la construcción ideológica de los siglos anteriores que durante tanto tiempo han servido  para renunciar al presente y huir del futuro.

Se hace urgente, por eso, empezar a pensar Toledo para, en una segunda fase, replantearse la ciudad desde una opción actualizada. Iniciar una nueva construcción, por supuesto,  ideológica y documentada,  acorde con las nuevas circunstancias políticas, económicas, administrativas y sociales, que posibilite levantar un diferente presente y un distinto futuro. Es necesario que otras investigaciones y teorías contextualicen Toledo en el tiempo en el que estamos. Un tiempo en el que España vive organizada en Autonomías de la que Toledo es,  precisamente,  capital de la Región. No es este un hecho baladí, aunque la impresión que se pueda tener en algunos sectores es que  la capitalidad ha influido negativamente más que positivamente. 

Ciertamente hemos entrado en un tiempo nuevo y en una situación nueva y eso obliga a pensar  y replantear Toledo. Probablemente tal propuesta pueda producir vértigo a más de uno y por eso prefiera las nostalgias del pasado a los riesgos del presente. Pero siempre será un error. Lo único que se conseguirá es perder ocasiones y oportunidades. Lo importante, ahora,  no es mirar al pasado sino comprender y analizar el tiempo que nos ha tocado vivir.

Ciertamente Toledo dispone de una herencia significativa. Pero esa herencia no puede ser un freno, antes al contrario,  debe ser acicate para levantar un presente que condicione un futuro, a ser posible,  brillante. La cuestión es como se integra esta herencia en nuestro momento actual. ¿Para qué sirven la Catedral, las Sinagogas, las Mezquitas, las pinturas del Greco, el Alcázar y los Conventos que ocupan su espacio y la estrangulan? Para qué tanto patrimonio y qué clase de beneficios debe aportar a la ciudad. La cuestión también es como condiciona este hecho el presente y el futuro. Y aquí aparecerá el debate entre quienes son partidarios de detener la ciudad  en el tiempo histórico, tiempo que casi siempre es subjetivo,  o quienes apuestan por un presente evolutivo con la historia  y sus huellas incorporadas.

Hoy, como siempre, las ciudades se construyen con la inteligencia y la voluntad de sus habitantes. Ambos son instrumentos necesarios para definir proyectos y materializarlos. Y de nuevo surgen otras cuestiones que hay que solventar: La  primera es  sí existen esas personas y esos proyectos.  Otra es sí debe existir un modelo de ciudad por encima de las luchas políticas y, por lo tanto,  ajeno a los vaivenes de las alternancias. No deberíamos soportar más tiempo ver como el centro histórico está sometido a ocurrencias nostálgicas, iniciativas de iluminados, o disparates de  grupos o grupúsculos, defendiendo intereses menores. Observamos impotentes la tiranía del automóvil, abarrotando espacios públicos e invadiendo calles pensadas para los ciudadanos. Libres de las tiranías, los espacios de la ciudad recuperan sus autentica dimensión urbana para  habitantes y viandantes. Sin embargo aquí parece que no nos hemos enterado. Como si la experiencia no tuviera antecedentes en otros sitios.  En cuanto a la zona no histórica, se alternan los horrores del peor urbanismo residencial con  retrasos inexplicables en la construcción de nuevos barrios u obstáculos a la construcción en las zonas que  circundan la ciudad. ¡Todo es desesperantemente lento!  Los proyectos y el tiempo son antitéticos.

Cuesta al parecer,  ponerse a pensar sobre Toledo y más replantearse lo que se está haciendo. Miento,  no es cierto. De manera repetida, y en solitario,  Gregorio Marañon viene reclamando un Pacto por Toledo. Un pacto que es algo más que conseguir recursos de todas las Administraciones para salvaguardar su patrimonio histórico. El Pacto que propone Gregorio Marañón, le interpreto,  pasa por pensar Toledo en su totalidad y por partes. Replantear el modelo de ciudad del presente. Supone atribuir a la Historia el papel que le corresponde y al presente y al futuro el suyo. Significa elaborar nuevas construcciones ideológicas sobre la ciudad y, a partir de aquí, plantear proyectos, diseñar ciudad.

 Estamos al comienzo de un nuevo siglo, ante una nueva época y ante una configuración política y social distinta. Se hace necesario entender estas circunstancias e iniciar una distinta construcción ideológica sobre Toledo, atribuyendo a la historia el peso que le corresponde. La Historia, a su vez,  debe proporcionarnos los instrumentos adecuados para transformar una ciudad con un importante legado artístico en una ciudad actual.  Puede ser la ocasión de la inteligencia o… de su ausencia.

 

 

III

 

COMO EL SIGLO XVI, O MEJOR

 

Toledo es una ciudad milenaria situada en el Sur. Para ser exactos, en el centro del Sur. Como bastantes ciudades de estas latitudes encuentra muchos obstáculos para progresar. Tiene dificultades para cruzar el río, por ejemplo, o para descubrir lo que pueden estar haciendo sus habitantes en temas distintos. Es lo que sucede con las ciudades situadas en el Sur, que viven al margen de sus habitantes y de sus propias posibilidades de engrandecimiento. No por culpa de los ciudadanos, sino por siglos de abandono y atraso o por la acción de una clase dirigente que no son ni dirigentes ni clase. Deudas de la Historia, cuyas facturas deberían ser pagadas de diferentes maneras.

Toledo carece de obras de ingeniería significativas y las que hay mejor hubiera sido no tenerlas. De hecho en la actualidad dispone casi de los mismos puentes que se hicieron en la Edad Media, excepto el que conduce al Hospital de Parapléjicos y algún otro que más que puente es carretera. No se han abierto otras posibilidades de comunicación en veinte siglos. A la ciudad, al parecer por razones históricas y sociales, le resulta bastante difícil desprenderse del casco histórico como centro único de comunicación y se olvida de las posibilidades de los restantes núcleos urbanos que últimamente se han ido creando. Es como si se careciera de un proyecto unitario de ciudad. Por eso una de las cuestiones capitales para crear ciudad pasa por hablar de puentes. De cómo cruzar el río en múltiples lugares, en diversos sentidos y diferentes direcciones para posibilitar la configuración de un todo integrado que no disperso. Pero en este artículo no se pretende hablar de puentes materiales, sino de arte. De arquitectura, escultura, pintura y fotografía. Otra clase de puentes entre el hombre y su evolución.

Toledo carece de muestras relevantes de obras de ingeniería, sin embargo no ocurre lo mismo en arquitectura, con la escultura, pintura o fotografía. Otra cosa distinta es que la ciudad como conjunto social sepa valorar lo que se está produciendo. Ya ocurrió con El Greco, al que la gran mayoría ignoró en vida y después de muerto y sucede ahora con las personas que están construyendo en los terrenos del arte una etapa impensable en la historia de una ciudad de provincias. Toledo en este momento y en el terreno artístico puede compararse con el siglo XVI, incluso lo mejora. Cuando pasado el tiempo, los investigadores estudien la Historia de la ciudad, señalarán este periodo como uno de los más prolíficos y brillantes en su andadura. Ningún siglo posterior al siglo XVI fue igual, excepto los tiempos recientes del siglo pasado y los escasos años del presente. Cuando la capital de España se estableció definitivamente en Madrid, Toledo inició un proceso de deterioro que se extendió durante siglos. Proceso que parece paralizado a partir de la segunda mitad del siglo XX, al menos en las denominadas bellas artes. Una parte significativa de la ciudad, a pesar de la indiferencia generalizada de los poderes públicos y su pobreza, trata de superar con su apuesta personal los efectos de ese deterioro que se inició hace siglos.

La causa y el nexo común de este movimiento que afecta sobre todo a la pintura, la escultura y la fotografía hay que buscarlo en la Escuela de Artes y Oficios. En torno a ella han girado de una u otra manera cuantos – con algunas excepciones - en la actualidad están realizando su obra en Toledo. La institución, fundada a principios de siglo por la voluntad individual de unos pocos, empieza a ver sus frutos en la segunda mitad del siglo XX. En ella se trasmiten no sólo conocimientos y dominio técnico, sino también un conjunto de valores que marcarán definitivamente a quien ha estado en contacto con la institución. De ahí que sus obras en unos casos sea la manifestación de una cierta rebeldía contra años de pobreza intelectual y económica; que en ocasiones sea la necesidad de superación personal y colectiva; en otros la creencia de que en una ciudad con tanta obra de arte, el suyo terminará triunfando. Y como denominador común de estos principios un ligero descenso de la miseria y la aparición de una difusa clase media a la que le gusta el arte.

La Escuela de Artes y Oficios ha sido la “Gran Fabrica” dónde se han formado en términos generales los actuales pintores, escultores o fotógrafos de Toledo. No así la arquitectura, pues a pesar de disponer de construcciones emblemáticas de casi todas las épocas, no resultaba posible estudiar las técnicas de la construcción en Toledo. Pero además por que la arquitectura, siempre costosa, carecía del apoyo de las instituciones civiles o religiosas, que en otros tiempos financiaron los edificios emblemáticos de los diferentes estilos arquitectónicos que se encuentran en la ciudad. Tanto las administraciones públicas como la instituciones religiosas en los siglo posteriores al siglo XVI estaban empobrecidas o regidas por gentes con escaso gusto. De ahí que apenas existan construcciones interesantes de los siglos XVIII y XIX.

Tan sólo en tiempos recientes, y no por la acción de los poderes tradicionales, sino por la iniciativa privada, se pueden ver en Toledo ciertos ejemplares de arquitectura contemporánea. A pesar del predominio de un cierto “tipismo toledano” en la construcción, es posible descubrir en algunas urbanizaciones y unidades dispersas buenos ejemplares de la reciente arquitectura. De hecho, nunca Toledo ha tenido tantos arquitectos como en el momento presente. Algunos de reputado valor y, por lo tanto, a tener en cuenta. Y es que de manera distinta a como ocurría en la Edad Media o el Renacimiento, las ciudades, espacio por excelencia de la burguesía, se construyen con lo que hacen sus habitantes.

En cuanto a la pintura y a la escultura, se ha enunciado más arriba que el nexo de unión entre todos los que se dedican a estas facetas del arte ha sido la Escuela de Artes y Oficios. De una manera o de otra los que hacen algo interesante están ligados a este centro de formación. Pero además tanto la escultura como la pintura son actividades menos costosas que la arquitectura por lo que los individuos puede invertir parte de sus ingresos en crear su obra.

En escultura, Toledo nunca ha tenido tal número de escultores como en la actualidad y de tanta calidad. Nombres como Félix Villamor, Cruz Marcos o Fuentes Lázaro suponen la aparición de la escultura moderna en Toledo. Al margen de la incomprensión de instituciones y sociedad en general, estos y otros se inscriben en las corrientes más innovadoras en el tratamiento del hierro, la madera o la piedra. Acaparan premios en cuantos certámenes se presentan, aunque la escultura como todo, necesite para su proyección de recursos de los que carecen los escultores. En esto, como en casi todo, tiene que haber decisiones políticas, consignaciones económicas y operaciones de prestigio. Y Toledo aún no ha llegado a esa etapa de desarrollo. Porque no nos engañemos, el aprecio del arte es cuestión de progreso, riqueza y promoción pública. Así ha ocurrido y ocurrirá siempre y la ciudad que no comprenda esta dinámica estará condenada a no ser nada. Lógicamente con el arte contemporáneo las cosas se agravan, pues el nivel cultural es lo suficientemente deficiente como para no entender las complejas pretensiones de su lenguaje. Donde se pongan los “monos” que se quiten las abstracciones. En este aspecto el “caso Chillida”, por insólito y extraordinario, resulta paradigmático del citado nivel cultural de una ciudad y sus instituciones representativas.

Lo mismo puede predicarse de la pintura, si bien, al ser el coste menor y necesitar menos espacio que la escultura, la acción individual es más factible y salva, aunque de mala manera, la promoción como puede. En Toledo – de nuevo relacionados con la Escuela de Artes – hay gran cantidad de personas que se dedican a la pintura. Pero en muchos de ellos existe aún una exagerada inclinación a la representación de Toledo como tema principal de la actividad pictórica, lo que dificulta la aparición de temáticas y tratamientos diferentes que puedan adscribirse a las distintas corrientes del arte contemporáneo. Son demasiados aún los pintores que continúan aferrados al paisaje que iniciara EL Greco y prosiguieron grandes autores del XIX o del XX. Disponen de conocimientos, tienen oficio, dominan las técnicas, pero no evolucionan en la temática de sus cuadros. Será preciso que se liberen de esta dependencia paisajística para descubrir otras posibilidades hasta ahora desconocidas. Se da, por otro lado, una injustificada dependencia de la representación figurativa, aunque en este campo se están produciendo obras interesantes, que en su gran mayoría, como en los otros casos, se llenan de polvo en los estudios de los pintores.

Mención aparte merece el Grupo Tolmo, pues a pesar de distintos avatares, son los únicos que han mantenido continuidad y principios de acción como grupo. No son uniformes los miembros que lo integran ni en sus personalidades ni en su concepción de la pintura, pero en todos se encuentra una voluntad de conjunto y de crear obras que no desmerezcan de la media de lo que se hace en otros lugares de España o el mundo.

Desde mediados de los setenta, Tolmo ha sido un referente en los ámbitos del arte en Toledo. Ellos han significado, al margen de sus convicciones ideológicas, un espacio de resistencia contra las diversas dictaduras que imponían que el arte sólo era arte si se hacía en Madrid o Barcelona. Ellos han intentado, y todavía lo intentan, ser el revulsivo en una sociedad resistente al progreso y a la modernidad; fueron también la representación grafica de la sublevación contra la tiranía de la pobreza cultural e intelectual que todo lo envolvía. Por eso en este momento Tolmo forma ya parte del paisaje de Toledo como el Alcázar, la Catedral o el puente de Alcántara.

En idéntica dirección de calidad y renovación camina la fotografía. Un movimiento al que Toledo no se ha incorporado como colectivo social. Sí la pintura y la escultura entran en el campo de lo individual, la fotografía mantiene aún una imprecisa situación entre la copia del paisaje típico y el recuerdo familiar. Para muchos es una afición, más que una dedicación. Y sin embargo existen algunos nombres que están haciendo fotografía de gran calidad y variedad. Nombres como Pepe Fuentes, José Luis Fuentes o Ángel Garrido deben ser considerados como artistas en esta faceta del arte aún no muy conocida en la ciudad. Cada uno con su temática y su técnica están aportando su personalidad y su saber en una manifestación del arte que no debería pasar desapercibida.

Pero, ¿cual es el problema, si es que existe problema? El problema es de visibilidad, como se dice ahora. Y también de recursos económicos. Y también de cultura y sensibilidad. O también por la carencia de espacios en los que fijar estilos, concretar fases, analizar trayectorias. El arte cuando se junta en lugares estables es cuando se le puede estudiar, analizar y comprender. Inclusos se puede valorar en su justa medida. Está, por otro lado, la ausencia de voluntad pública y social para promover acciones que posibiliten la expansión interna y externa de los que, con calidad ya contrastada, se dedican al arte. Los que deberían preocuparse del futuro, se conforman con vivir de las rentas de lo antiguo y los beneficios raquíticos de un turismo cada vez más de masas.

No deberíamos continuar más tiempo así. Es necesario modificar tal comportamiento. Todas las generaciones están obligadas a dejar en herencia rastros de su vida y sus creencias tanto en arquitectura, como en escultura, pintura o fotografía. Sobre todo ahora que tenemos mayores conocimientos y más recursos económicos. Debemos cruzar el río con los puentes de la cultura y del arte. Se precisa para ello acciones y proyectos diferentes, pero sobre todo de recursos materiales y económicos para promocionar dentro y fuera lo que se está haciendo. Esta sería una forma más de intentar escapar de ese centro del Sur intelectual y cultural que en el presente ocupa la ciudad de Toledo. Claro que también sería necesaria otra clase de dirigentes en los puestos de responsabilidad pública
 

 

IV

CUANDO TOLEDO PERDIÓ LA CAPITALIDAD

 

El día 7 de diciembre de 1983 se aprobaba la Ley por la que se establecía que la sede de las Instituciones Regionales sería la ciudad de Toledo. La probación ocurría ante la indiferencia generalizada de la gran mayoría de los ciudadanos. Curiosamente no se hablaba de capitalidad de la Región de manera expresa. Como si existiera una especie de pudor a aceptar lo evidente o, lo que sería más significativo, como si no se quisiera que la capitalidad estuviera en Toledo. Atrás quedaban estudios amplios, pero sesgados, y aportaciones sociológicas y geográficas, manipuladas,  demostrando que la capital de la Región debía estar en tal o cual sitio. Atrás quedaba la opinión del  rey, D. Juan Carlos I, reconociendo la obviedad de lo obvio: que la capitalidad de la Región no podía residir en otro lugar que Toledo. Atrás también quedaban maniobras, conspiraciones, claudicaciones, traiciones, trampas, personas  y una difusa insatisfacción que, probablemente, en algunos aún perdura. Y la decisión, para compensar a otras provincias, de diseminar organismos e instituciones. Todo quedaba atrás a la espera de que el olvido  diluyera las actuaciones de los  protagonistas de esta historia.

El día 27 de mayo, según unos y el 19, según otros, de 1561, primero la reina y, días después, el rey salían de Toledo como había ocurrido en otras ocasiones, ante la indiferencia generalizada de la gran mayoría de los habitantes de la ciudad. Por delante quedaban maniobras, intrigas palaciegas, alianzas de poder, traiciones, claudicaciones,  operaciones urbanísticas, trampas, personas. La excusa para la salida era la dureza del clima y las contaminantes emanaciones del Tajo; la realidad, sin embargo, era una formidable trama de intereses contrapuestos y enfrentados. Una colosal batalla, como son todas las batallas, en las que los humanos se disputan poder, influencia y dinero.  Y por encima de ellos, la decisión de, primero, crear una Corte estable y, segundo, encontrar un lugar fijo para la citada Corte. Lo que no ocurrió hasta 45 años después de aquella histórica salida de Toledo, que supuso la pérdida de la capitalidad. Fue en el año 1606 cuando España, que hasta entonces no había tenido una capital estable se dotó de un lugar fijo. Como lugar se eligió, Madrid. Cuarenta y cinco años transcurrieron desde una decisión y  otra, lo cual nos abre un camino para la investigación de este hecho hasta ahora insólito. ¿Actuaron en este lapso de tiempo los dirigentes de la ciudad para impedir el traslado de la capitalidad, como lo hicieron los de Valladolid para conseguirla? ¿Cómo se comportaron los representantes de la burguesía urbana, la nobleza y el clero? ¿Qué pasó durante estos cuarenta y cinco años?

Antes de tomar la decisión definitiva, el rey Felipe III había encargado a sus físicos la confección de informes sobre la salubridad de las “principales ciudades y villas del reino”, con el fin de seleccionar el lugar que ofreciera mejores garantías sanitarias, supuesto indispensable para el aposentamiento de la Corte y sus allegados.  El resultado de los dictámenes médicos se concretó en un “memorandum”  en el que se  señalaban las dos ciudades que reunían las mejores condiciones para  sede de las instituciones reales: Toledo y Valladolid. Ambas cumplían, mejor que otras ciudades o villas, todos los requisitos exigidos. Las dos podían ser por igual capitales del naciente Estado, ya que reunían las ventajas reclamadas, incluidas las sanitarias. Con lo que la explicación, que se ha venido repitiendo durante siglos, de  que fueron motivos sanitarios los  que  privaron de la capitalidad a Toledo no pasan de ser  elucubraciones  sin fundamento.

Para los toledanos aquello fue una  traición de la monarquía y una decisión de un rey, Felipe II,  débil, enfermizo  y, en una palabra, nefasto para España. Nadie ha intentado averiguar las causas últimas de la pérdida de la capital. A lo más que se ha llegado es a repetir de manera mecánica la idea de la insalubridad de la ciudad  o, peor, la memez de una reina francesa, la primera esposa de Felipe II, que tras una crisis de melancolía y tristeza forzó al rey a abandonar Toledo. Desde entonces la visión despectiva hacia Felipe II se ha mantenido e incluso algunos se han felicitado de aquella decisión, porque por esta salida se pudo conservar Toledo como es en la actualidad. La suma de acontecimientos que apoyaron aquella decisión  permanece en una nebulosa en la que se mezclan leyenda con interpretaciones más o menos literarias. La realidad, por el contrario, como es frecuente,  nada tiene que ver con las leyendas ni con las lecturas eruditas de la Historia. La realidad, para entender el traslado de la capitalidad, fue el resultado del choque entre un conglomerado de diferentes intereses económicos, políticos y sociales contrapuestos.

Toledo desde hacía tiempo era una ciudad colapsada. Un lugar saturado en el que no había ni un solo espacio libre ni ninguna posibilidad de crecimiento ni expansión. Conventos e Iglesias se habían ido apoderando de todas las propiedades urbanas y rurales de la ciudad. Sus instalaciones, ocupaban la mayor parte del perímetro  situado tras la muralla. Por aquel entonces no cabía ni un alfiler entre sus calles y la gran mayoría de las viviendas, susceptibles de alquiler, estaban en manos de la nobleza antigua o de los diferentes sectores eclesiásticos. La salida al exterior no se contemplaba, aunque pronto el Duque de Lerma rompería esa regla con la edificación del Hospital de Afuera, que no era otra cosa que un intento de habilitar nuevos espacios para el  crecimiento de la ciudad. La propiedad, no obstante, estaba en manos de la iglesia y de la nobleza dominante, integrada en su mayoría en el <clan de los Toledo>, gentes ligadas a los Álvarez de Toledo y al Marqués de Velada. Ante esta situación de cerrazón, el Duque de Lerma, representante de la nueva nobleza que pretendía abrirse camino en la España estamental, propició el establecimiento de la capital en Valladolid, donde había ido adquiriendo terrenos y propiedades que se revalorizarían con la fijación de la capitalidad, como así sucedió cuando se extendió el rumor. Valladolid, además, en aquel momento, tras un incendio que había acabado con la mitad de la ciudad, estaba en un proceso de reconstrucción, que ofrecía un atractivo adicional a inversionistas y especuladores. Quien ganaba en esta operación era el Duque y sus allegados, los que perdían eran los integrantes del <clan de Toledo>.

Si las motivaciones económicas eran muy importantes, no menos lo eran las de influencia política. La nobleza que se había ido agrupando en torno a las “Academias,” y la Iglesia  habían controlado el poder de la corte y dirigido la política nacional e internacional durante el reinado de Carlos I y Felipe II. Ellos repartían beneficios, reforzaban  relaciones clientelares y aumentaban fortunas, desde su enclave en Toledo y tierras aledañas que por aquel entonces se extendían desde Extremadura, pasando por Ávila, hasta Sevilla y Granada. Ellos eran quienes regían los destinos de la España de la época. La muerte de Felipe II y  el reinado de Felipe III supusieron un cambio  en el rumbo de la acción política y  la aparición de grupos que hasta ahora  habían estado alejados de ella.

Entre esas gentes se encontraba el Duque de Lerma que, para controlar todo el poder, necesitaba nuevos territorios, nuevas situaciones y, sobre todo, desplazar al <clan de Toledo> y al Primado de la orbita del rey. El Duque consiguió de hecho, durante un cierto tiempo, dominar la voluntad del rey  en tanto consiguió bloquear el acceso de la nobleza  toledana a las decisiones del monarca. Era un secuestro de la voluntad y, hasta, de la persona. Así, por ejemplo, con motivo de una estancia del rey en Lerma, el Duque, propietario de la villa, prohibió el acceso a todos los que pretendían aproximarse a él.

El establecimiento de la capitalidad en Madrid  supuso la derrota del Duque de Lerma y el triunfo de las maniobras del Marqués de Velada, del Duque del Infantado, del Conde de Miranda, ayudados por  la reina y, el confesor de esta,  Diego de Mardones, ambos grupos aliados contra el poder absoluto de Lerma. También pudo contribuir a la elección de la nueva capital, la necesidad que tenía la realeza y la nobleza de distanciarse de la poderosa curia toledana que no estaba dispuesta a desempeñar un papel secundario en la actividad política ni a que sus privilegios fueran menoscabados. La Iglesia, como es tradición en la historia de España, permanentemente ha estado echando pulsos al poder civil.

 La pérdida de la capitalidad por Toledo fue una sucesión de conspiraciones, intrigas de palacio, uniones de influencias y enfrentamientos de poderes, además de la posibilidad de hacer grandes fortunas con la instalación de la capital en un lugar neutral en el que los grupos emergentes podían hacer negocios. Por otro lado, Madrid se situaba en un territorio equidistante  de donde radicaban las propiedades de los vencedores y los vencidos.

Para Toledo se abría otra época. Nadie había creído seriamente que la  residencia de la realeza y la nobleza se pudiera trasladar a otros lugares; nadie entendió que la antigua capital de los visigodos ya no era útil a una monarquía a la que la reconquista le resultaba lejana. Y cuando los dirigentes locales comprendieron las dimensiones de la “operación mudanza”, que había propiciado el Duque de Lerma,  ya era tarde. Toledo había perdido el ritmo de la Historia.  Aparecían nuevas fuerzas y nuevos intereses que necesitaban otros territorios con los que enriquecerse. Toledo con su inflación de conventos e iglesias y su cerrazón a cruzar las murallas ya no era atractiva para las tramas de intereses políticos y económicos que la situación requería. Nacían tiempos distintos con diferentes actores e intereses diversos. Fue cuando los habitantes de Toledo decidieron mantenerse inmóviles tras las murallas, contemplando como el mundo cambiaba, mientras sus nostalgias de glorias pretéritas se incrementaban. En menos de un siglo de una ciudad activa y emprendedora, como la describió el embajador Navaggiero, pasaría a ser una ciudad de conventos e iglesias encerrados en sí mismos. A partir de ahora el tiempo en Toledo se mediría con las cifras de la eternidad, como si progreso y eternidad fueran conceptos similares.

En 1983, aunque de manera difusa, la ciudad de Toledo volvía a ser capital, no ya de España, sino de la recién creada Región Autónoma de Castilla-La Mancha. Un inmenso campo de posibilidades se presentaba ante ella. De nuevo, otra vez, la vuelta de los sueños de glorias antiguas. Nadie en este momento discute que las probables expectativas generadas por la capitalidad todavía están pendientes de concretarse. Sólo que hasta ahora no ha habido quien organice las condiciones existentes  para transformar las posibilidades en realidades.

 

 

V

SUSTRATO IDEOLÓGICO DE LAS LEYENDAS TOLEDANAS

 

Adentrarse en el mundo de las leyendas supone aproximarse al territorio de lo mítico; a los estratos de la conciencia humana dónde se mezclan lo irracional y lo simbólico en unas proporciones imposibles de catalogar o medir. Significa  transitar por caminos situados más allá de la lógica y de los argumentos. Descendemos así al mundo de lo mágico, ese espacio inconcreto en el que lo posible y lo imposible cohabitan de manera armónica en unos casos y neurótica en otros. En estos lugares anidan los fanatismos, todas las supersticiones y supercherías posibles. En ellos también se encuentran los mecanismos irreconocibles que permiten a los hombres justificar los mayores horrores contra los iguales en razón a teorías, historias imaginadas o creencias manipuladas. Cuando estos procesos afloran en las colectividades, la realidad ordinaria se quiebra y entran en funcionamiento las oscuras fuerzas que se alimentan de recuerdos ancestrales. En ellos adquiere forma y contorno el ser irracional que vive dentro de nosotros.  La irrealidad, al ser vivida con una intensidad inusitada,  se convierte en una variable  de la realidad con sus mismas características e idéntica energía movilizadora.

Por supuesto, este artilugio excepcional de comportamiento aparece en tiempos de grandes crisis colectivas o individuales. ¿Qué pudo suceder en Toledo para que se dieran tal profusión de leyendas y en qué tiempo se crearon? Hoy parece fácil mantener, porque así se nos ha venido diciendo, que son construcciones elaboradas a lo largo del tiempo. El pueblo  las iría decantando en un proceso de siglos hasta llegar a nosotros como tradición popular. Nada más alejado de la realidad. Las leyendas fueron instrumentos de propaganda, agitación y control social; expresión a su vez de las inquietudes y preocupaciones de una época.  Salvo algunas, la gran mayoría de las leyendas de Toledo probablemente  tuvieron su origen en el periodo que va desde la segunda mitad del siglo XVI a la primera del XVII. Un tiempo convulso. Coincide con instantes de grandes cataclismos sociales, económicos e ideológicos en toda la Península, y especialmente en Toledo que, al ser el centro político de España, padeció las crisis de forma exorbitada. A lo que hay que añadir la pérdida de la capitalidad por el traslado de esta a Madrid, tras un largo proceso de intrigas nobiliarias. De ahí que la sociedad toledana explotara por los derroteros de la magia.

De ser sede de la Corte y asiento de la nobleza, pasó a convertirse en una ciudad en la que la Iglesia con sus instituciones se quedó aislada, añorando su propia historia y encerrada en su enfrentamiento con el poder civil, sobre todo por cuestiones económicas. No tuvo, como la nobleza, la agilidad suficiente, para trasladarse con la Corte a los nuevos territorios en los que era posible incrementar la riqueza. Se produjo entonces un particular fenómeno de extrañamiento y se inició un camino hacia una interiorización imparable. Toledo se convertía de esta manera en lo que algunos han llamado una “ciudad conventual”. A ello contribuyó de manera notable el clero que, de ser el  más rico e importante del cristianismo, después de Roma,  empezó a perder poder por la ruptura del pacto implícito, diseñado en tiempos de los visigodos, entre monarquía y sede episcopal. Fue cuando la iglesia toledana se empezó a forjar así misma como referente casi único del cristianismo en una Europa en crisis. Coincidió este periodo, por otra parte, con el de mayor actividad de la Inquisición, que llegó a crear auténticos estados de esquizofrenia colectiva y, por supuesto, individuales. Justo fueron los tiempos propicios para que prosperaran las manifestaciones que requieren de acontecimientos compulsivos mentales, sociales o personales.

En este contexto de agitación social e ideológica aparecen las leyendas tal como las conocemos.  Son narraciones redactadas por clérigos – los únicos con un nivel cultural aceptable – que con más fantasía que conocimientos tratan de enlazar con los tiempos  en los que la iglesia decidía sobre la vida y la sociedad. Construyen una historia a la medida de su añoranza y la  trasmiten al pueblo iletrado. Nada nuevo en Toledo. Un  fenómeno semejante ya había ocurrido aquí  por la acción de los mozárabes,  quienes, anunciando una época milenarista y atormentada, marcaron el camino hacia la Reconquista. También aquellos fueron tiempos convulsos. Ahora, entre mediados del  siglo XVI y principios del XVII, se elaboran leyendas que son creaciones literarias inventadas para tapar los huecos de una Historia real, plagada de  conspiraciones y cambios en el poder. La monarquía, la nobleza, y con ellos la política y la economía, se habían trasladado de lugar. En Toledo solamente quedaba el recuerdo de los tiempos que, cada vez más distantes, se interpretaban como gloriosos.

Como toda invención fantástica, las leyendas están impregnadas de nostalgia.  La memoria idealizada y mixtificada de una Arcadia feliz, de unos siglos en los que todo era sencillo, simple, ordenado. Aquellos momentos irrepetibles en los que la vida y la muerte estaban sujetas a las directrices de quienes se veían como depositarios exclusivos de la verdad única. Toledo había sufrido una primera catástrofe con la derrota de los Comuneros. Fue el final de un mundo. El fin de una época de libertades y fueros con los que las ciudades se asemejaban a la <ciudad estado>. La catástrofe se volvió a repetir en tiempos de Felipe II. Otra vez el mundo conocido  se disipaba. ¿Quién podría mantener la apertura de espíritu en momentos de tanta incertidumbre? ¿A qué principios aferrarse cuando todo era naufragio y hundimiento? Las colectividades que experimentan tales alteraciones  difícilmente se adaptan al nuevo orden que nace.  El universo individual y referencial del grupo se desmorona y, como consecuencia, se produce  una inexplicable tendencia a transferir el derrumbe interior al entorno exterior. Confundimos nuestras ansiedades intimas con las del ambiente que nos rodea, aunque no sea cierto. Cuando eso ocurre, los sucesos se detienen en nuestra consciencia y empezamos a mirar para atrás, en un intento de asirnos a lo seguro. Por eso creemos que al terminar  nuestro mundo  lo que termina es el mundo en general. Todo va a peor. Y así fue como empezaron a construirse las leyendas. Que no son otra cosa que las remembranzas de unos tiempos perdidos e idealizados, contadas a mentes sencillas.

 Nada comentaremos en este texto sobre las <leyendas fundacionales> de Toledo, creadas posiblemente por los monjes mozárabes como sustrato doctrinal  para la justificación de la Reconquista.  Ni tampoco de la invención del reino perdido de los Godos para establecer la línea de continuidad entre aquellos y los nuevos conquistadores, sino de las que se sitúan  en ese espacio de tiempo, que  va desde la segunda parte del XVI hasta el siglo XVII, y que podríamos agrupar en torno al concepto de <leyendas de la cotidianeidad>. Todas ellas tienen una componente marcadamente religiosa. Narran distinto tipos de milagros de una imagen de Cristo o de la Virgen. Desde el milagro en San Lucas, ante la tacañería que D. Diego de Salve demuestra con su negativa a pagar un tributo, pasando por la conversión de Casilda, hasta la defensa del amor  o de la amistad de viejos camaradas. Por estos derroteros va la leyenda de la Virgen de los Alfileritos, la de Beatriz de Silva, la del Cristo de la Calavera, la del Cristo de las Cuchilladas, el Cristo de las Aguas, la casulla de S. Ildefonso, etc. En todas, y son bastante numerosas, el milagro viene a ordenar un equilibrio que se ha roto por las  debilidades de los humanos.

En paralelo a ellas aparecen las que introducen el factor religioso con el racial. Son de dos tipos: las antijudías y las anti-moras. En ambos casos se pretende demostrar  la imposibilidad de la convivencia pacifica de las diferentes seguidores del Libro.  Todas narran el fracaso de lo que, en lenguaje actual, llamaríamos la multiculturalidad y las dificultades para compartir un mismo espacio físico. Tanto las leyendas antijudías como las anti-moras tienen una  estructura parecida: una mujer de  raza judía o árabe, dotada de gran belleza, atrae con su innata sensualidad a un incauto cristiano que cae en sus redes. Es evidente la alusión misógina  que identifica a las mujeres de ambas razas con la tentación. Las mujeres semitas son la Eva fatal del Antiguo Testamento – un tópico en la tradición anti-femenina de la Iglesia - que pervive en los descendientes de las razas hebreas o árabes, las cuales incitan al hombre al pecado en contraposición al recato de las mujeres cristianas.  

Los primeros indicios de esta estructura se sitúan en la leyenda en la que el mítico Carlomagno, descendiente godo en el reino de los francos, se enamora de la bella Galiana y no ceja en sus empeños hasta que se la lleva a Francia dónde se convierte al la verdadera fe y la desposa. Semejante será  la versión española de Alfonso VIII.  Este se prenda de la atrayente Raquel  y tanta es la atracción y tanto el grado de dependencia que se apodera del Rey, que con un comportamiento inconsciente, abandona las preocupaciones del reino durante siete años, enredado en las trampas femeninas. El hechizo es más propio de una bruja que de una mujer, pues impide al Rey dedicarse a las tareas de Gobierno, que es lo que quieren los enemigos de la fe cristiana. Lo que interesa es paralizar la reconstrucción del antiguo reino Visigodo, también perdido por una mujer de raza árabe.

Además de estas, hay dos que llaman poderosamente la atención por su fuerte contenido antijudio. Cuentan acontecimientos brutales y de un odio sin concesiones. Son la del Cristo de la Luz y la del Niño de la Guardia que, por cierto, esta última  tiene presencia  en distintos lugares de España. En ambas lo que motiva la narración es el odio atávico de los judíos hacia los cristianos. Ya se ha olvidado aquella leyenda fundacional en la que se descubría como  los judíos de Toledo escribieron cartas al Sanedrín de Jerusalén, suplicando la libertad de Jesús porque ellos, en un bucle intemporal, no entendían su muerte y crucifixión. Probablemente estas dos leyendas se construyeron en los momentos más álgidos de la lucha por la implantación del Estatuto de limpieza de sangre que preconizara el cardenal Siliceo y de la actuación de la Inquisición. Reproducen, por otro lado, la idea de la “conspiración permanente” que se atribuye a los judíos desde siempre, que aún perdura en nuestro tiempo con inusitada vigencia. La simplificación es total.  En la narración existen  unos personajes lineales, malos, muy malos,  a los que nada  aparta en su odio a la religión cristiana y unos rituales transgresores y ocultos – precisamente de lo que se acusaba a los conversos –. Sobre ellos la intervención de la religión y su triunfo motivado por la aparición del milagro. Lógicamente en todas subyace idéntico mensaje. La sociedad cristiana se rige por unas normas providenciales que, en ocasiones, los enemigos de la fe pretenden alterar, por lo que de manera también providencial son castigados por alterar el orden establecido. La realidad creada por la Iglesia es la única que asegura la normalidad diaria y cualquiera que modifique la tranquilidad y la paz originaria debe ser rechazado. Se impone creer en los milagros porque ellos nos libran de las trampas de la realidad.

Están después las leyendas pertenecientes al  <ciclo romántico>, escritas en otro tiempo convulso como fue el siglo XIX. Es cuando se están poniendo los cimientos de los nacionalismos de todo tipo y se crea la historiografía que explicará y justificará esos nacionalismos. Quienes más se esforzarán serán los intelectuales liberales que buscan construir el entramado histórico que justifique  la unidad de España y el concepto de patria única. Por eso hay una búsqueda de efectos esenciales que identifiquen a ese nacionalismo. Esta será la senda seguida por los autores de la Generación del 98. En la búsqueda  de las raíces se vuelve a la antigua capital de los Godos, primero, y a la Edad media, después. Las leyendas de este ciclo hablan del amor no correspondido o traicionado o de la existencia en la otra vida de una fuerza con capacidad para hacer justicia en esta. Ciertamente la temática se ha modificado, aunque el sustrato continúa siendo el mismo: intervención milagrosa que restablece el orden alterado por el impulso de las pasiones. Ahora, sin embargo, los milagros son más un recurso  escenográfico que agrandan el misterio, que una enseñanza para la vida cotidiana. No ha cambiado la ambientación, pero si la intención.

Las leyendas en el momento presente forman parte del <paquete turístico> que se vende para la promoción del mismo. Cuando se crearon, y bastante tiempo después, las leyendas integraron el amplio campo de la seudo historia. Similar al actual, compuesto por multitud de novelas, pretendidamente históricas, en las que se nos describe un mundo fabuloso e idealizado. Ni las leyendas, en su tiempo, ni las novelas históricas actuales fueron o son inocuas. Entonces, como ahora, se convirtieron en  instrumento de  manipulación de las conciencias y de las creencias. La técnica consiste en trasmitir mensajes actuales con base en un pasado que se digiere como alimento Light. Las leyendas contribuyeron a crear una determinada visión de la Historia. Por esta razón, deja de ser la sucesión de los hechos de los hombres para ser la constatación de la intervención divina en la vida diaria de los seres humanos. Pero además sirvieron para dotar al pueblo de unos códigos de conducta que, basados en una determinada ideología, fueran norma  general de comportamiento. Las leyendas de Toledo y sobre Toledo nunca fueron neutrales, antes bien llegaron a ser inventos para el manejo de las almas y los cuerpos

 

 

VI

LA   CONJURA  DE SOPEÑA

 

Tiempos recios. El último cuarto del siglo XVI en España no fue tranquilo. Tampoco lo fue en Toledo que, cada día que pasaba era más evidente, había perdido la condición de sede de la Monarquía. Los malos tiempos se repetían con mayor periodicidad y sus consecuencias se hacían más dramáticas. La concreción del desastre se materializó en la derrota de la Armada.  Desde ese momento el potencial naval español fue destruido. Los ingleses, con piratas o sin piratas,  ahora eran más fuertes y por ello se permitían el lujo de atacar las Islas Canarias, Cádiz, intentar invadir La Coruña en el año 1589  o un mes más tarde, Lisboa. En el Atlántico las naves españolas eran acosadas por Drake, Hawkins y otros corsarios, con lo que se interrumpían los flujos bidireccionales de comercio hacia allá y aportación de plata de Perú y Mexico, hacia acá. O invadían la isla de Santo Domingo. Todo era arrogancia e insolencia, si no fuera porque de lo que se trata es de economía y poder y, cuando esto sucede, las consideraciones ni psicológicas ni morales tienen cabida. Según el embajador francés Longlée, la Corte se escandalizaba por el atrevimiento inglés, pero en la misma proporción del escándalo volvía a sus intrigas y conspiraciones. El resto de los ciudadanos, por el contrario, se hacían más concientes de la debacle hacia la que se encaminaban los reinos de España.

En el interior las cosas no iban mucho mejor. En la segunda mitad de las década de los ochenta, miles de campesinos hambrientos abandonaron pueblos y aldeas e invadieron Toledo, Madrid y Sevilla en busca de trabajo. La crisis, sin embargo, no había hecho más que empezar. En los años siguientes, la industria castellana empezó a perder importancia por, básicamente, el gravamen del impuesto de la alcabala y por la competencia de Flandes y Holanda. Los impuestos siguieron creciendo hasta el extremo de colapsar muchos negocios. Tal fue el caso de la venta de los oficios municipales, unos importantes ingresos para la Corona, que habían dejado de ser productivos por que no había oficios que vender.

Todo contribuyó a generar una importante desconfianza en Felipe II. Las dudas sobre la capacidad del Monarca se incrementaban y los rumores sobre tal incapacidad se extendían con la misma velocidad y poder destructivo de las epidemias. Felipe II era un rey indeciso que cada vez se aislaba más. Solamente tenían acceso a él los miembros de la <Junta de la Noche>. En esta situación de catástrofe era fácil que prendieran las ideas apocalípticas y que los fenómenos milenaristas fueran ganando adeptos. Aparecían profetas, llamadas al arrepentimiento, colisión de planetas, eclipses solares o lunares, paisajes de sangre o muerte y, envolviéndolo todo, una sensación objetiva y subjetiva de fin del mundo. Lo había anunciado Nostradamus quien profetizó que hacía “el año quinientos ochenta, vendría una extraña era”. De estos años es la figura de Miguel de Piedrola que criticaba abiertamente a Felipe II por arbitrario, injusto y causante de la ruina de España. Pero probablemente Piedrola no fue un fenómeno aislado, se relacionaba con la  conspiración que Antonio Pérez urdía.

La mujer. Lucrecia de León fue un personaje real que tuvo una vida irreal. Fue profeta y mujer, no religiosa, en el siglo XVI. Una locura y una osadía en aquellos tiempos.  Además era bella, joven y  tuvo el atrevimiento de decir sus sueños. ¿O se los indujeron? Sueños de destrucción y cataclismos, de debacles y pestes, sueños que se consideraron sediciosos porque atacaban directamente a Felipe II como persona, como padre, como gobernante. Que fuera detenida por la Inquisición era una cuestión de oportunidad. Y así ocurrió. En la noche del 25 al 26 de mayo de 1590, la Inquisición, con la autorización de Felipe II, detenía a Lucrecia y la encerraba en las <cárceles  secretas> de Toledo.

Tras un proceso de 5 años fue encontrada culpable de blasfemia, falsedad, sacrilegio, sedición, pactos con el diablo y de tener sueños en los que se mezclaba la política con la religión. En sus sueños  se le aparecían la Santísima Trinidad, Dios por si mismo, Moisés, Elías y vírgenes del cielo. En otros sueños era transportada a diversos lugares, reinos y provincias, por S. Juan Bautista, S. Pablo y S. Lucas. Atrajo físicamente a alguno de sus seguidores y seguramente tuvo algún género de trato con algún oficio de la Inquisición. Fue madre, estando en las cárceles de la Inquisición de Toledo, sin que conozcamos demasiado de este suceso. Por esto o por la amplitud de una trama aún no desvelada, la condena de la Inquisición fue tan leve que resulta difícil, aún hoy, de entender.

Otros protagonistas. Los tres principales, hasta el momento, son Fray Lucas Allende, natural del pueblo de Vilarrubia de Ocaña, donde se sitúan las cuevas de Sopeña; Guillen de Casaus, perteneciente a una familia hidalga de Sevilla, con actividad importante en el Nuevo Mundo y también, sino profeta, soñador. Sus sueños casi siempre tenían sentido político y hablaban de la corrupción de las ciudades, de la milicia, de la nobleza, y hasta del Rey. Otro de los protagonistas, citado aquí y más importante, fue Alonso de Mendoza, ligado al clan del Duque del Infantado. Su padre, conde de Coruña, sirvió a las ordenes de Carlos V y su madre fue sobrina del cardenal  Cisneros. Su hermano Bernardino de Mendoza, embajador en Londres y París,  le pudo trasmitir  las  ideas que circulaban por la Europa de la época. Alonso de Mendoza fue catedrático en la Universidad de Alcalá de Henares y en 1578 fue nombrado canónigo magistral de la catedral de Toledo. Posteriormente sería designado abad de S. Vicente, lo que le supuso una renta de 5.500 ducados.

En Toledo se hizo famoso por su cultura, por su caridad y por algunas excentricidades, no obstante lo último fue  considerado como <uno de los más ejemplares clérigos que han vivido en esta Santa Iglesia de Toledo>. Mantuvo una relación, cuando menos extraña, con Lucrecia y una similar, aunque menos politizada, con Jerónima Doria, hija de una destacada familia de comerciantes toledanos, de origen genovés. Se dedicó a la alquimia, a la astrología, a la adivinación y a la interpretación de los sueños. Tanta sabiduría le sirvió para combatir a Felipe II al que consideraba un rey tiránico, cruel e injusto.

Esto, porque quiso imponer nuevos impuestos al clero y vender pueblos y jurisdicciones eclesiásticas que afectaban muy directamente al cabildo  de Toledo. La cosa no era nueva, pues ya en tiempos de las guerras contra los turcos, Pío V había autorizado a Felipe II provisionalmente a imponer impuestos sobre las rentas de la Iglesia, que de pasajeros se habían convertido en permanentes. Era partidario  de Antonio Pérez. ¿Pudo participar en la trama que este trataba de organizar en España contra Felipe II?

Los sueños. Casi todos los sueños de Lucrecia se relacionan con el estado  de España en los años del reinado de Felipe II y con la destrucción de la misma. Así en uno de ellos, Lucrecia se sueña montada en un caballo blanco, dirigiendo una carga de caballería contra unos enemigos imprecisos, que tienen sitiada a la ciudad de Toledo. En otro de 1578, contempla a dos ejércitos luchando en las proximidades de Toledo y tras cruenta batalla ve a los invasores esparciéndose por sus calles, llevando la muerte y la destrucción. El más significativo de todos es el relacionado con el lugar denominado Sopeña. Según el sueño, España sería destruida, aunque una ciudad, Toledo, escaparía a la destrucción generalizada. La salvación llegaría con la aparición de un ejercito escondido en cuevas a los largo del río Tajo. Exactamente en el lugar de Sopeña. Desde aquí partiría el ejército que libraría a la ciudad del asedio  final. Un ejército secreto y magnifico, al mando de Miguel, desde Sopeña se encaminaría hacia Toledo y después de una batalla terrible, los invasores serían expulsados. Tras la victoria, el ganador sería elegido rey por aclamación popular y se casaría con Lucrecia. Posteriormente reconquistaría España y su acción protectora llegaría hasta Jerusalén que sería liberada del dominio  del Islam. Para completar el diseño de la nueva España, la Santa Sede con sus reliquias sería trasladada a Toledo. Toledo, por fin, sería la nueva Roma, un sueño antiguo que formaba parte del subconsciente colectivo de la iglesia toledana.

 La realidad. Como es frecuente la realidad acostumbra o bien a explicar la ficción o, en ocasiones, a superarla. En este caso el sueño tuvo su correlato en la realidad. Lo poco que sabemos de este acontecimiento es que en las zonas próximas a Villarrubia de Ocaña (hoy de Santiago), en las concavidades que dan al río Tajo se empezaron a hacer los preparativos para transformar las cuevas en lugares de resistencia. Se contó con el apoyo técnico del arquitecto Juan de Herrera y se habilitaron los espacios para almacenar vino, trigo, aceite y armas de fuego. Era un bunker natural y el lugar desde donde se iniciaría  otra vez la idealizada hazaña  de la Reconquista. Nuevos tiempos de gloria y combate contra cualquier enemigo indefinido. También se construyó una capilla en la que, con permiso del nuncio papal, se podían celebrar misas.

Epilogo provisional. Toledo había dejado de ser la capital de la Corte. La angustia política, económica e ideológica se percibía con mayor intensidad que en otros lugares. La Iglesia, que a lo largo del siglo, había tenido diferentes encontronazos con el poder civil, se encontraba enfrentada la política impositiva de Felipe II y sus constantes injerencias en asuntos doctrinarios. La nobleza vivía pendiente de cualquier  conspiración. El patriciado urbano  se movía en una permanente corrupción y las clases medias experimentaban la caída del comercio y la competencia de los productos que venían de Europa. Años terribles que anunciaban el final de un siglo. Y para no perder la antigua tradición cristiana, el fin del milenio se identificó con fin del mundo. En  tal estado apocalíptico, ¿se preparó una conspiración contra la Monarquía? Los preparativos de Sopeña, ¿fueron la aventura de unos cuantos locos que manipularon los sueños de Lucrecia para ponerlos al servicio de una conjura amplia y hasta ahora desconocida? Sí fue un intento de revuelta en toda regla, ¿de qué respaldo disponían y cuantos estaban implicados en la conjura? ¿Cuales fueron las conexiones, si las hubo, con la revuelta de Antonio Pérez? ¿Acabó la Inquisición con este movimiento?  Preguntas sin respuestas que descubren unos sucesos de la historia de Toledo pendientes aún de conocer

 

 

VII

EL SUEÑO DE LOS MOZÁRABES


 

¿Cuántos siglos de permanencia en un territorio se necesitan para que los reyes moros de Al- Andalus sean considerados reyes de España? ¿Por qué, aún después de tanto tiempo, no forman parte de nuestra historia política y tan sólo son un reclamo turístico o sencillamente folclórico o, como mucho, se les atribuye un reconocimiento efímero? Los árabes estuvieron en España siete siglos. Construyeron obras magnificas. Elaboraron una cultura nueva. Importaron la ciencia y la sabiduría de Oriente Medio y del Mediterráneo conquistado. ¿Cuántos siglos estuvieron los Visigodos en España? Por alguna razón inexplicable, estos que vivieron menos tiempo en territorio ibérico y aportaron lo que aportaron, si integran el panteón de los reyes hispánicos. Con ellos se inician las dinastías que forjaron la España que unas determinadas concepciones de la Historia nos han contado.

Ataulfo, que apenas estuvo en España tres meses, es reconocido como el primer rey visigodo de España. ¿Por qué esta dualidad al explicar la Historia de España? ¿Por qué unos, los árabes, son tratados como invasores – por consiguiente, enemigos – y otros como los iniciadores de la unidad hispánica? Todo indica que no es asunto de la permanencia en un lugar, ni de la aportación artística, cultural, científica o económica lo que da lugar a la genealogía regia de España, sino que se debe a otros factores. El más significativo, la religión. La iglesia inmersa en la historia mundana de los hombres. Y su preparación intelectual y cultural para construirla y contarla según su manera de entender el mundo. En ese contexto hay que situar algunas de las más representativas narraciones de la historia que nos han llegado y que pasarían a formar parte del sueño de los mozárabes. Ese numeroso grupo de cristianos que optaron por convivir con el conquistador que venía del Sur y que pronto empezaron a elaborar su sueño al comprobar la dura realidad en la que de repente se encontraron. El sueño revivía el anhelo de una teocracia terrenal que probablemente nunca existió, pero que actuó como fuerza psicológica imprescindible para soportar los largos siglos de marginación y los duros tiempos de persecución.

¿Cómo se fue elaborando esta visión de la Historia y de la Monarquía hispana? ¿Cómo se materializó el sueño? Todo empezó con Recaredo. En el instante en que este rey visigodo abjura del arrianismo. Hasta ese momento, los distintos pueblos godos, incluidos los visigodos, no habían dejado de ser la superposición diferentes hordas bárbaras, peleando sin escrúpulos por el poder. A partir de la conversión pasaron a otra dimensión: “la civilización de los bárbaros”, que diría Modesto Lafuente. La conversión posterior de la nobleza y el pueblo supuso el nacimiento de un Nuevo Orden. Este será el mundo imaginado por los mozárabes y la nostalgia de ese mundo perdido lo que se trasmita a cuantos autores en siglos posteriores emprendan la tarea de escribir la Historia. La vitalidad de este sueño llegará hasta los historiadores del XIX quienes, movidos por el romanticismo cultural que nació en Europa y llegó a España, interpretarán este nuevo orden como la primera unificación territorial de la península ibérica, y el símbolo de lo que debería sería la nación española. Con él elaborarían el discurso de la unidad patria en torno a Castilla, como contrapunto defensivo respecto a los otros nacionalismos periféricos que por este siglo se estaban construyendo.

La Iglesia desempeñó un papel esencial en este nuevo orden implantado tras la conversión. Empezaba a dirigir la política, la economía, la sociedad, las costumbres de los ciudadanos de aquel territorio. La mejor manifestación que se nos ha trasmitido de esta nueva situación se encuentra en los Concilios. Entre ellos, los numerosos de Toledo. En estas asambleas peculiares, los nobles visigodos por un lado y los eclesiásticos por otro, en armónica convivencia, legislaban sobre la vida en la tierra como reflejo de la vida del más allá. La curia eclesiástica, entre otras ocupaciones, proponía la elección de quién debía ser rey, cuestión esta que nunca habían terminado de cerrar las intrigas y conspiraciones de los visigodos. Así fue como aparecieron los tiempos felices, según el recuerdo de los clérigos mozárabes que, en su exilio de siglos, compondrían la historia. Aquel universo perdido era una Arcadia utópica, en la que el poder religioso y el poder civil regían al unísono los destinos colectivos. La ciudad de Dios que San Agustín había imaginado desde Hipóna. Un trasunto de la historia del pueblo elegido del Antiguo Testamento que se repetía con las mismas claves en el nuevo pueblo escogido, los españoles. Cosa distinta es la veracidad o no de semejante interpretación, pero en los tiempos difíciles la memoria experimenta grandes confusiones y la necesidad de supervivencia recurre a cuantos elementos le puedan resultar útiles.

Pronto, sin embargo, el mundo perfecto, regido por un sistema teocrático, se terminó derrumbando. Y para explicar este desastre, los propios escritores religiosos, se olvidan de los hechos y recurren a la leyenda. En cuestión de breves años ese orden equilibrado se viene abajo por la actuación de D. Rodrigo. Según cuentan, quiso tener acceso a los secretos que yacían ocultos desde tiempo inmemorial. Desafió el esquema dominante, pretendiendo acceder al conocimiento del bien y del mal. Como a un nuevo Adán, su osadía le supondría la expulsión del paraíso. Esta es la leyenda; de la historia real poco sabemos. Aunque todo apunta a una situación de descomposición del estatus regio y nobiliario por las luchas de poder que ni la iglesia fue capaz de detener. Poco sabemos de las causas, por la oscuridad de las fuentes, que posibilitaron la llegada del invasor. Lo que es casi seguro es que todavía no había adquirido la condición de enemigo – eso sucedería bastantes siglos después- y que su triunfante llegada pudo ser considerada como un alivio. Vinieron aquí llamados por una de las facciones en conflicto ante el colapso social e institucional en el que se encontraba la monarquía visigoda.

La mala gestión de D. Rodrigo, al romper el equilibrio establecido, supuso la perdida del territorio y del poder. Un grupo reducido de árabes, según narran las leyendas de uno y otro lado, conquistó en menos de tres años sin demasiadas luchas ni resistencia más de la mitad del territorio de la península ibérica. Aquí hay que descartar que solamente los traidores fueran los judíos, como alguna versión de la historia apunta. Probablemente fue una elaboración posterior de los tiempos en los que estos eran declarados gentes a perseguir. La gran mayoría de los ciudadanos de la época se quedó viviendo en los lugares dónde estaban. Si hubo traidores, lo fueron todos. Tan fulgurante avance no pudo ser posible sin la colaboración efectiva de los hispanos-visigodos, quienes debieron pensar que la presencia de estos guerreros de sur no acabaría con el orden implantado. Sin embargo, los invasores tenían planes distintos.

Bajo el dominio de los nuevos conquistadores quedaron la mayor parte de los que vivían en las ciudades y en los campos. Es más, mantuvieron las creencias religiosas, aunque en cuanto a las costumbres, el lenguaje, la forma de vestir fueron adoptando poco a poco los modos de la mayoría gobernante. A los que así actuaron se les conoce con el nombre de mozárabes. Fueron en todo el Al-Andalus numerosos e influyentes, si bien su vida no siempre resultó fácil. Paulatinamente los impuestos se empezaron a hacer más insoportables; se iniciaron persecuciones por motivos religiosos y no tardarían en aparecer los mártires. A semejanza del pueblo escogido de Israel, la historia sagrada se volvía a repetir: tiempos de tribulación y angustia hasta la venida del reino de los cielos. En este ambiente se gestó la idea de la resistencia. Posteriormente se hizo necesario dotar a esta resistencia de contenidos ideológicos que fundamentaran la lucha. Se inició la transmisión oral de la Historia con la vista puesta atrás, en lo tiempos en los que los cristianos no eran perseguidos, sino que mandaban; cuando no eran minorías influyentes, sino mayorías dominantes. Tomaba así cuerpo el sueño de un pasado idealizado que se fue trasmitiendo de generación en generación. Seguramente en las iglesias mozárabes de Toledo, de Córdoba o de Granada se mezclaban los sentimientos religiosos con los sentimientos de liberación, la política con la fe, la vuelta a la tierra prometida que se había perdido por el olvido de Dios y de las leyes. La historia así contada responde a la interpretación lineal de la civilización judeo-cristiana en la que hay un punto en el que comienzan los hechos de los hombres con una caída y avanzan, entre sufrimientos y penalidades, hacia la Redención final. Y desde Toledo, el territorio más extremo de Al-Andalus estos mensajes llegarían a las montañas de Asturias, de Santander, de Huesca donde se transformaban en libros. El mecanismo psicológico era el mismo que había posibilitado a los judíos, también muy numerosos en Toledo, la supervivencia y la nostalgia de aquella tierra prometida a la que un día volverían.

El sueño de una vuelta a aquel tiempo de gloria, mantenido y reforzado a través de siglos, daría lugar al concepto de reconquista. No obstante, el concepto no siempre tuvo el mismo significado, como no fue siempre igual su intensidad. Periodos hubo en los que nadie quería pensar en los tiempos del pasado ni en las guerras del presente. La reconquista fue un concepto en constante evolución y perfeccionamiento. Incluso durante una etapa de la reciente historia de España, el término reconquista no tuvo las mismas significaciones que pudo tener en épocas diferentes. Otra cosa es que la idea perviviera y cobrara fuerza en los momentos de mayores convulsiones. La reconquista no era otra cosa que el retorno a los orígenes perdidos del reino de los visigodos. Jiménez Lozano ha sido quien mejor ha expresado lo que fue el movimiento mozárabe <de Liébana, y a propósito de la glosa teológico-política que Beato hace del Apocalipsis, partirá un doble movimiento liberador: un movimiento militar contra el poder islámico y un movimiento religioso de ortodoxia integral y monolítica que estaba en el corazón mismo de lo mozárabe como defensa del acoso cultural islámico y seña de identidad cristiana.

Parecido significado militar y religioso tendría, con el tiempo, cuando la iglesia de Toledo prescindiera de los recelos hacia la iglesia de Compostela, el mito de Santiago, otro invento indefinido que terminaría convirtiendo al apóstol Santiago, en Santiago matamoros. No es ajeno las disputas de poder entre ambas sedes episcopales que el nacimiento de la Reconquista se sitúe en un territorio neutral, como es Asturias, y con un personaje, D. Pelayo, probablemente inexistente y no en Galicia. Al margen de esta cuestión, poco a poco de la resistencia en las montañas se pasaría a la reconquista en la planicie, copiando los mismos mecanismos de la guerra contra el infiel de los árabes. Aparecía la yihad cristiana o, dicho con otro nombre, la Reconquista con toda su carga ideológica de combate contra el invasor de otra raza y otra religión.

Como sucede en todo movimiento revolucionario o resistente, los mozárabes fueron devorados por los nuevos tiempos. Siglos y siglos alimentado ideológicamente la vuelta de los cristianos a Toledo, la antigua capital del reino visigodo, y cuando por fin ocurrió fueron apartados del triunfo soñado. No se instauró el viejo orden visigótico, porque los conquistadores – siempre los conquistadores tienen otros proyectos – prescindieron de aquellos que durante siglos había resistido las persecuciones y arbitrariedades de los árabes. Los mozárabes se habían quedado anticuados y anclados en sus añoranzas de un pasado fenecido. Fueron los primeros grandes derrotados de Toledo. El mundo empezaba a moverse de otra manera. Según las normas de Cluny. Los cluniacenses representaban un proceso de renovación de la iglesia de Roma y también de Europa. De hecho cuando llegaron a Toledo, con el obispo D. Bernardo a la cabeza, no sólo no quisieron reconocer los méritos de los mozárabes, sino que acabaron con su liturgia y sus ritos, que no era otros que los ritos y la liturgia de los visigodos. Ya no eran los dueños de la ciudad, ahora eran otros que venían, eso si del Norte, pero que nada tenían que ver con los antiguos visigodos. En fin, fueron derrotados civilmente, políticamente, socialmente, económicamente. No obstante, a pesar de tanta derrota, también como suele ser frecuente con los resistentes y los revolucionarios, sus ideas sobrevivieron. Permanecieron sobre su desaparición como colectivo en las crónicas escritas por los monjes mozárabes en los cenobios del Norte. El sueño de los tiempos antiguos perviviría a lo largo de siglos. El imaginario político de unos tiempos de resistencia y reconquista pasaría a formar parte del imaginario colectivo que se plasmaría en los diferentes textos que darían origen a la Historia de España.

La continuación de esta forma de escribir y entender la Historia se sitúa una parte en Toledo y otra fuera de él y en dos momentos diferentes. Unos siglos más tarde a los hechos que se han narrado. Primero en el siglo XVII, cuando se inicia la decadencia de la ciudad y un grupo de clérigos toledanos deciden reescribir la historia, incorporando las interpretaciones que habían elaborado los mozárabes. El más significativo de esos historiadores será el padre Mariana, quien desde la residencia próxima a la iglesia de S. Ildefonso, escribió Historia General de España, que influiría en toda la historiografía posterior. Una vez más desde Toledo, un clérigo volverá a construir la historia como la añoranza de unos tiempos pasados. La segunda parte de esta forma de entender la Historia se escribiría en el siglo XIX. Pero eso ya es asunto de otro artículo.

 

 

VIII

VIAJE A UN PROCESO DE LA INQUISICIÓN

 

El Greco. Se nos han contado tantas cosas del Greco, que apenas es una idea. Ya no es un ser real, ni siquiera un fantasma. Es un ente entrópico, sin pies, ni cabeza, ni ojos, sin sentimientos, sin dudas, sin ira. Nos han dicho tantas cosas de él que ni siquiera llega a la dimensión de estereotipo. Tanto es así que hasta sus obras han dejado de ser suyas. Las vemos, las interpretamos o las sentimos en función de nuestras sensaciones, de nuestras situaciones personales. Son las ventajas del turismo de consumo y los inconvenientes de la popularización de la cultura. Por eso nos hemos olvidado que una vez existió, que vivió, entre otros lugares, en Toledo; que fue un hombre con sus pasiones y sus miserias, sus amores y sus fobias, sus dudas y sus seguridades, sus rebeldías y sus claudicaciones, sus arranques corajudos y su soberbia, consciente de su superioridad técnica e intelectual. Pues bien, este hombre de carne y hueso, durante ocho meses fue traductor en un juicio celebrado por la Inquisición en Toledo. Una colaboración humilde y hasta cierto punto humanitaria, que nos acerca al personaje en su condición de entidad concreta en un tiempo real y en unas circunstancias reales.

La Época. La primera mitad del siglo XVI en Toledo fueron años convulsos. Lo mismo que la segunda mitad, aunque las convulsiones fueran por motivos diferentes. Fuero cien años de agitación e incertidumbres. A pesar de la riqueza que venía del nuevo mundo, nada era estable y se extendía entre todos la sensación de que nada funcionaba bien. Todos eran sospechosos de cualquier cosa. Cuando esto ocurre, solemos decir que son tiempos duros. Tiempo recios, los llamó Santa Teresa. En efecto, fueron tiempos difíciles en los que la sociedad no era una asociación para la vida, sino para la traición.

A crear semejante ambiente espiritual y social contribuyó en lo que pudo la Inquisición, aunque no fue ni la única institución ni la única circunstancia. Fue la suma de diferentes variables las que configuraron aquel siglo tal como hoy le conocemos. De lo que no cabe duda es que el estado de psicosis colectiva de aquellos tiempos originó la persecución de todo lo que fuera distinto o lo pareciera: judíos, moriscos, conversos, profetas, visionarios, protestantes, alumbrados, extranjeros y cuantos no encajaban en aquel orden opresivo. En este contexto de sospechas, intrigas y conjuras, la Inquisición celebró un juicio en Toledo contra unos extranjeros, acusados de prácticas moriscas. El Greco participó en él y les ayudó como traductor.

Toledo. La ciudad había sido capital de la Corte, aunque el concepto de capital de entonces nada tenga que ver con el actual. Cuando la Corte se trasladó – estuvo itinerante bastante tiempo-, la ciudad continuó viviendo, con la inercia de las ideas y la potencia de la economía generada durante siglos, como si fuera capital del imperio. Es seguro que no fue una ciudad alegre y confiada, pero tal vez si despreocupada. A ella llegaban desde la Europa central, desde el Mediterráneo y del mundo recién descubierto los que buscaban hacerse un hueco en la difícil ocupación de vivir; pero sobre todo llegaban los que tan sólo aspiraban sobrevivir, que los tiempos no daban para mucho más.

Toledo era una ciudad cosmopolita, heterogénea y, con toda probabilidad, cerrada al que venía de nuevo y de fuera. Sabemos que había portugueses, genoveses, flamencos, griegos, bizantinos y otros. Por eso llegó el Greco aquí, con el mismo mecanismo que ha utilizado siempre a la emigración: el traslado a los lugares dónde ya residen gentes del mismo pueblo o del mismo país. Por este procedimiento de la inmigración y por la riqueza que se decía, entre las naciones de la época, había en Toledo. Entra dentro de lo normal que el Greco fuera solidario con un paisano de Atenas, si era acusado de prácticas moriscas.

El Procesado. Su nombre griego, traducido al castellano del momento, es el de Miguel Rizo Calcandil, otros traducen Carcandil. Era natural de Atenas; tenía 18 o 19 años cuando fue detenido; con una sola hermana, llamada Argiros, residente en Atenas. Sus padres eran cristianos y pronto, empujado por las necesidades de la familia, Miguel empezó a aprender el oficio de sastre. Su vida cambió de golpe a los 12 años. Cuando formó parte de la cuota de 1000 jóvenes de toda Grecia que, como impuesto trianual, había que pagar al conquistador turco. De este tributo de personas, cada uno según su apariencia física era destinado a la milicia, a la guardia personal del emperador, al harén o al palacio como sirviente. Todos debían convertirse a la fe de los conquistadores. Seguramente los padres, antes del traslado a Constantinopla, le contaron que en la ciudad a la que iba vivía un tío monje, de nombre Macario, que era influyente, por ser cercano al archimandrita del cenobio en el que profesaba. Tal vez por eso no fue destinado al serrallo y a su vez se libró de formar parte del grupo de eunucos que atendían a las concubinas y mujeres del emperador.

Por los oficios del monje fue puesto al servicio de un servidor intermedio de la burocracia del emperador. Este pudo ser Demetrio Phocas, apellido relevante en el mundo bizantino, aunque bien pudo ser otro. Es probable que este mismo, con el apoyo de varios prelados pudiera salir de Costatinopla y viajar a Florencia primero y después a Génova y desde allí unirse al cortejo de la emperatriz María de Austria que viajaba a España. Una huida en toda regla por la dureza de la situación de esclavo. Una vez en Madrid, tanto Phocas como el sirviente Miguel Rizo, amparados por el Cardenal Quiroga, se trasladaron a Toledo para pedir limosnas con las que poder pagar la liberación de familiares cautivados por los turcos, probablemente como represalia por su huida. Ya en Toledo, en el año 1582, tanto uno como otro fueron denunciados a la Inquisición por un criado, que según contó, había visto a Demetrio Phocas haciendo prácticas moriscas. Miguel Rizo, que siempre negó estas prácticas de su amo, fue también acusado de apostasía, herejía y de practicar <el guadoc>, <la sahala> y <la çala>. En mayo de 1582 era detenido y sometido a un proceso judicial que duraría ocho meses. Durante el desarrollo del mismo, Miguel Rizo pasó el tiempo encerrado en las <cárceles secretas> que la Inquisición tenía en Toledo.

El Proceso. Los intervinientes en el juicio, además de los acusados, fueron tres inquisidores, pertenecientes a las ramas segundas y terceras de la nobleza. Fueron Lope de Mendoza, Francisco Dávila y Juan de Zúñiga, nombres ligados a familias conocidas e influyentes en la Corte de Felipe II. Como consultores actuaron el licenciado Andrés Fernández y Pedro de Carvajal. El abogado defensor fue Luís Tello Maldonado y el fiscal Pedro Soto Cameno, a quien correspondió formular las acusaciones contra el imputado de <hereje, apostata, moro, excomulgado, perjuro y encubridor de herejes>. Los secretarios fueron Alonso de Castellón en la primera parte del proceso y en la segunda, José Pantoja, personaje importante de la sociedad toledana.

El juicio se componía de cuatro partes: la audiencia, que en este caso fueron nueve; las acusaciones del fiscal; la intervención del defensor y la fase de sentencia que podía constar de varias audiencias previas hasta la comunicación de la sentencia final.

Peculiaridad del proceso. En el juicio celebrado en Toledo durante los meses de mayo a diciembre, coincidiendo con la celebración de un Concilio en el que hubo un enfrentamiento no suave entre la Iglesia y el poder civil, se hablaron dos idiomas: el castellano y le griego. De ahí la intervención del Greco como traductor, que en los textos del tribunal se le cita como “lengua”. ¿Por qué se prestó el Greco a este menester, cuando había otros compatriotas que llevaban más tiempo en la ciudad y podían conocer mejor el idioma? ¿Fue por solidaridad o por indignación? ¿Fue para defender lo que el creía era el derecho a la libertad, pese a la diferencia?

Lo cierto es que el proceso responde a una de las causas de acusación frecuente en la época. Todo lo que sonara a moro era sospechoso y por lo tanto susceptible de ser juzgado. La sociedad vivía en una ambivalencia permanente, fuertemente influenciada por la rebelión de las Alpujarras y los destierros masivos tanto a África como a diferentes lugares de la propia península. Por todos lados se veían espías, como si se fuera a producir una nueva invasión árabe y nadie se libraba de ser sospechoso de prácticas moriscas. La sociedad vivía en un estado de terror en la que todos eran candidatos posibles a ser espías al servicio de no se sabe quien. Por lo tanto, acusado sin motivos, salvo los rencores o los odios de los cercanos. Por un lado Demetrio Phocas y por el otro Miguel Rizo trasmiten al traductor que ellos no han incurrido en prácticas moriscas porque se consideran cristianos de corazón y que como tal piensan vivir y morir.

Gracias a la intervención del Greco fue posible la celebración de un juicio en el que se respetaron toda clase de garantías para los acusados, incluido el idioma, lo que debe ser consignado.
La Sentencia. Los documentos nada dicen ni de los miedos ni de los temores del joven Miguel Rizo. Tampoco cuentan nada sobre si hubo torturas físicas para asegurarse el triunfo de la verdad, porque las síquicas parecen evidentes. De lo que no puede haber dudas es que para aquel joven, que había huido de la esclavitud de los turcos, la experiencia debió ser inolvidable. ¿Cuál peor de las dos? Nunca lo sabremos. Al final se pronunció la sentencia en el siguiente tono: <en consecuencia de lo qual que devemos absolver y absolvemos al dicho Miguel Rizo Calcandil de la instancia deste juycio y por esta nuestra sentencia assi lo pronunciamos y mandamos pro “tribunali sedendo” y mandamos alçar y alçamos qualquier secreto y embargo que de sus bienes esté hecho por nuestro mandado que le sean buelto y entregados….>.

Después de ocho meses en las prisiones de la Inquisición, Miguel Rizo y Demetrio Phocas volvían a ser libres. En poco tiempo ambos dejaron Toledo e iniciaron camino hacia Santiago de Compostela. Atrás quedaba la pesadilla de varios meses en una ciudad agobiante; también quedaba atrás la intervención del Greco, prestándose a servir de intérprete para la garantía de la causa de la justicia. Atrás quedaban también las cárceles de la Inquisición, los métodos para obtener la verdad, la delación por venganza y la fiereza del fiscal. AL Greco había correspondido facilitar que el juicio se celebrara y colaborar a conseguir al final la sentencia y, tal vez por ello, la libertad de los acusados.

El final. Sus nombres se difuminan tras la salida de Toledo. Si existieron secuelas de alguna clase, lo descocemos. Tan sólo podemos decir que su memoria se pierde en ese lugar impreciso en el que se pierden los nombres, incluido los famosos. Y en Toledo, en un día de mayo de cualquier año, hemos viajado a un juicio realizado por la Inquisición, como consecuencia de una delación anónima. Un juicio que contó con la presencia de un traductor, que varios siglos después se convertiría en un pintor tan celebre que apenas si es una idea, un ser real.