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PENSAR, REPLANTEAR TOLEDO
JESÚS FUENTES LÁZARO
I
CONSTRUCCIÓN IDEOLÓGICA
Toledo es una construcción ideológica. Es un
invento edificado a través del tiempo. En realidad es una creación
colectiva en la que participaron gentes de Europa y España. Cuanto
se dice sobre las ciudades son elaboraciones teóricas hechas para
tratar de entender a las personas que las ocupan. Un recurso teórico
para explicar a sus habitantes. Construcciones ideológicas que dotan
de espíritu a las ciudades. Se las antropomórfiza, si se
permite el barbarismo. A ellas se atribuyen capacidades para moldear
y condicionar a sus moradores. De ellas se piensa que
inducen a sus habitantes hacia la gloria o hacia la nada. Es la
mística de la ciudad. Pero también los que en ella residen
contribuyen a su creación. Se establece una interacción entre
ambas partes que es como la relación entre el cerebro y el
resto del cuerpo. Toledo, dada su herencia anterior y sus
peculiaridades arquitectónicas, no podía escapar a ese
fenómeno. Es más, el Toledo actual es un caso típico de construcción
ideológica y filosófica, con los postulados de una etapa
concreta de la historia de España. Es así mismo, la representación
de lo que sus moradores han hecho o han dejado de hacer
por ella.
La ciudad tal como la conocemos hoy es
una creación del siglo XIX y parte del XX. Primero fueron los
viajeros ingleses y franceses, después los españoles. Los unos,
hartos de una Europa racionalista y aburrida, se lazaron a la
búsqueda de paisajes y territorios exóticos. Tras las pistas
de un pasado olvidado y remoto se encontraron con Toledo. La ciudad
representaba, en su deterioro, la existencia de un lugar
petrificado en la Historia. Un territorio suspendido en el espacio.
Un lugar donde el tiempo y los meteoros habían ido creando un
escenario fantástico en el que eran posibles todos los sueños
imaginables. Eran los tiempos del nacimiento de los nacionalismos en
Europa. Después llegaron los románticos españoles y vieron en la
ciudad el enclave adecuado para resucitar fantasmagorías antiguas y
personajes del pasado. Toledo empezaba a ser identificada con la
Historia. Una historia siempre falseada, es cierto, pero
historia que servía como huida imaginaria ante el aburrimiento del
presente.
En la estela de ambos, los autores de la
Generación del 98 tuvieron la necesidad de hallar el
espíritu de una Nación en crisis. La esencia de un país que en
tiempos había sido grande y que dejaba de serlo. Era preciso
encontrar los baúles secretos donde se encerraban los valores que
habían configurado un Imperio. La fórmula de antigua alquimia que
había fraguado unos hombres capaces de conquistar el mundo. Y
también ellos volvieron su mirada a Toledo. Apareció ante
ellos una ciudad en la que poder materializar añoranzas imperiales,
dudas e insatisfacciones. Por eso elaboraron una teoría: la de una
Nación inexistente. Una patria imaginaria y legendaria. Fenómeno
similar ocurría con las doctrinas nacionalistas de Francia, Italia,
Alemania, Irlanda o los Balcanes. Toledo era la Historia misma.
Semejante elaboración se reforzó con un
hallazgo de leyenda. Primero entre las élites, y después de manera
generalizada, se empezó a hablar de la existencia en Toledo
de un artista olvidado. Un pintor desconocido y ausente durante
siglos de la ciudad. Un pintor, extravagante en su
época, que tenía obra dispersa en conventos e iglesias y
que con su técnica se había adelantado a la revolución de las
Vanguardias. El era anterior al impresionismo y al expresionismo, al
cubismo, a los simbolistas, a los futuristas o hasta los
surrealistas y los fauves. Era el origen de la pintura. El
lazo entre el presente y el pasado.
Hacía siglos en Toledo un pintor desconocido
había pintado como se pintaba ahora en París. Pero además, él
representaba el espíritu de España. La manifestación pictórica del
misticismo hispano. La síntesis de los hombres de una nación única y
diferenciada. El había plasmado mejor que nadie la esencia de
Castilla. La fuerza interior que había empujado a ingentes masas de
hombres por los caminos de hazañas imposibles. Fueron tiempos de
exaltación europea de España. Bien es cierto que era griego de
origen pero, como diría Félix Paraviccino, en
Toledo encontraría con “la muerte eternidades”. Toledo le
había alimentado y dado cobijo y por eso se convirtió en la ciudad
de la magia y del arte. Se conectaba con la escuela de sabios
nefandos de Toledo. Suponía el reencuentro con los
orígenes extraviados.
El krausista M.B. Cossío y otros iniciaron el
proceso de explicación intelectual de aquellas obras sorprendentes
del Greco, Y en ellas se plasmaron las visiones filosóficas
del momento y las inquietudes del final de una época. También los
principios y motivos del nacionalismo emergente. El Greco se
transformó así en la representación arquetípica del carácter español
a la que se añadió, en algún otro momento, una interpretación
determinista de la Historia. Toledo era pues la ciudad de referencia
que buscaban los regeneracionistas. El ejemplo de lo que fue un país
poderoso y lo había dejado de ser por la sucesión de malos
gobiernos.
Las generaciones posteriores, incluidas las
del 27, mantuvieron la visión mítica de una ciudad mística. Y
aunque es cierto que hubo intentos de desacralizar la ciudad, no
dejaron de ser entretenimientos que, a la postre, contemporizaron
con las doctrinas de sus predecesores. Todo ello sirvió para
trasmitir la fama de una ciudad insólita y no hubo aventurero o
intelectual en crisis, poeta o pintor que no se acercara a la
ciudad a la “recherche” (búsqueda) de aquel pintor sorprendente y de
las esencias de la ciudad en la que los milagros como el del Greco y
del espíritu eran probables. Ante los visitantes se mostraban los
restos orgullosos de la capital del Imperio español. El pasado, como
estaba ocurriendo en media Europa, se inventaba e idealizaba.
Llegaron después los tiempos de la Republica y
por la iniciativa de algún Cardenal Primado, Toledo se convirtió
una vez más en la referencia de los valores religiosos más.
Toledo volvió a recuperar su condición de capital religiosa. La
tercera ciudad del universo occidental, después de Jerusalén y
Roma. Ahora ya no estábamos en los tiempos de Imperio, sino un poco
más atrás: en la Edad Media. Cuando la Iglesia dominaba el
mundo y organizaba Cruzadas. A los tiempos en los que la Iglesia de
Toledo era poderosa. Para completar el panorama a Franco se le
ocurrió convertir en Gesta Heroica lo que era una simple
rebelión contra un Gobierno legítimo. Fue la propaganda que los
rebeldes necesitaban para consolidar el apoyo de las potencias
colaboradoras. ¡Y qué ciudad mejor que Toledo! De otra manera, pero
con fondo similar, aparecía representando los valores de una
raza, de un tiempo de Cruzadas.
En el túnel del tiempo retrocedimos un poco
más atrás y llegamos hasta los Godos, cuando
un Gobernador prefirió sacrificar a su hijo antes que rendirse a los
invasores, enemigos de la religión. La imaginería de una
España eterna, poblada de héroes cristianos y patrióticos cobraba
vida. Toledo continuaba creciendo en el imaginario colectivo del
mundo. La construcción ideológica, hecha en tiempos anteriores, se
consolidaba ahora en tiempos de guerra civil. El asedio del Alcázar
se presentó como la resistencia feroz de de una raza
preexistente frente a las amenazas de republicanos, liberales,
marxistas, comunistas y demás doctrinas disolventes del nacionalismo
hispano. Una Numancia de los tiempos modernos. Era el ingrediente
que se necesitaba para completar la construcción ideológica de
una ciudad que se había convertido en símbolo de una Nación. Toledo
se transformaba en estereotipo.
Durante los años aciagos de la dictadura,
Toledo se continúo vendiendo al universo como una leyenda al
alcance de la mano. Y sus habitantes terminaron por
creerse el invento. Además eran los vencedores. Y tanto
se lo creyeron que desde entonces continúa siendo una ciudad
instalada en el pasado. Sobre todo cuando comprobaron que riadas de
turistas se acercaban a la ciudad dónde compraban sus damasquinos y
sus artesanías. Llegaban por las mañanas, aunque pronto se marchaban
a Madrid. Toledo descubrió la dimensión económica de los mitos y se
dedicó a vivir de los estereotipos. Sus eruditos locales y
autoridades diversas continuaron explotando aquella
construcción ideológica de quienes en su mayoría habían sido
derrotados, si bien ahora tamizada por los principios de la
Dictadura. La ciudad había sido pensada por otros y construida
ideológicamente también por otros. No por sus habitantes que en gran
parte, durante la guerra, fueron desplazados. Pero el invento
funcionaba sobre todo en una época de autarquía y miseria.
Hasta que llegamos a los tiempos en los que
la construcción ideológica se transformó en una rémora. La ciudad de
nuevo se había fosilizado en el pasado. Existía solamente el pasado
y pequeñas concesiones al momento actual. Todo era quietud inmóvil.
Estábamos en el presente. Toledo vivía como si nada hubiera
cambiado. El mundo sin embargo, y también España, se
mueven a velocidades vertiginosas.
II
HACIA UNA CONSTRUCCIÓN
ACTUALIZADA
La construcción ideológica que de Toledo
hicieron unos y otros ha condicionado el presente y el futuro de la
ciudad. De hecho, en estos momentos Toledo es el resultado concreto
de esa construcción ideológica del pasado. La nueva organización del
Estado y la aparición de una España democrática no han servido
aún para mucho a la ciudad. Por eso se hace preciso pensar sobre la
ciudad y replantear, en función de ese pensamiento, la misma ciudad.
Para adaptarla a las nuevas circunstancias políticas, sociales y
económicas de un siglo que es distinto al anterior por muy igual que
pueda parecer a los que han vivido en ambas orillas.
Toledo siempre ha carecido de burguesía local
y en consecuencia de una masa ilustrada capaz de moverse con el
ritmo de los tiempos. Siempre ha sido una ciudad regida por pequeñas
oligarquías de comerciantes, artesanos y funcionarios sobre los que
la iglesia ha ejercido un evidente tutelaje. Curas y militares, se
decía antes. Ha carecido de gentes capaces de pensar sobre los
presentes posibles y los futuros probables de la ciudad que todos,
eso sí, dicen querer. Aunque el amor, como en otros muchos casos, es
más un recurso literario que una realidad práctica. Y en su
condición de artificio literario no se duda en echar mano del pasado
para disfrazar las miserias del presente. Eruditos primero, y
discursos oficiales después, han venido y vienen repitiendo hasta la
náusea los tópicos del pasado: las construcciones ideológicas de
finales del XIX y principios del XX. A nadie le ha convenido
cambiar, al parecer, este estado de cosas.
¿Se puede mantener tales interpretaciones
teóricas en el siglo XXI? Ya, por ejemplo,
ningún estudioso sostiene que el Greco representa en su pinturas la
espiritualidad de un pueblo y la mística de una ciudad. Como ya
nadie sostiene las referencias a los modelos locos que el Greco
utilizaba para sus figuras. Es más, hoy, hasta tanto aparezcan
otros estudios, podemos inclinarnos por la teoría del Greco viviendo
en Toledo un exilio interior, un ostracismo esquizofrénico al margen
de la ciudad. Toledo apenas le influyó. Lo único que sí hizo fue
comprar sus pinturas para dar salida a las enormes cantidades de
dinero que se acumulaban en la ciudad. En un Estado de las
Autonomías es un vestigio arqueológico seguir identificando
Toledo con la visión creada por los nacionalismos de los
siglos XIX y XX.
La historia real de Toledo aún está por
investigar, construir y escribir. De hecho hubo un proyecto en
el pasado que pretendió justificar la necesidad de una Universidad
en Toledo para que sus previsibles estudiantes pudieran investigar y
construir la Historia de la ciudad. Ese proyecto no salió – tenemos
la Universidad que tenemos - e incluso hoy sabemos algo menos de la
historia real de Toledo que antes. Las leyendas y explicaciones para
turistas de fin de semana están suplantando a la historia. Por otro
lado nos queda un turismo en decadencia que ya no viene
a Toledo como vinieron los primeros turistas. O de cercanías. Cada
día dependemos más de los operadores y estos cambian los destinos
turísticos en función de sus operaciones mercantiles. Cada día la
oferta de otos lugares y ciudades es más agresiva y atractiva. El
turismo se entiende en muchos lugares como la panacea para
economías enfermas. Sin turismo suficiente, sin industrias y sin
fuentes alternativas de riqueza, la tentación recurrente puede se la
vuelta, como elemento pretendidamente salvador, a aquellos
principios de la construcción ideológica de los siglos anteriores
que durante tanto tiempo han servido para renunciar al
presente y huir del futuro.
Se hace urgente, por eso, empezar a pensar
Toledo para, en una segunda fase, replantearse la ciudad desde una
opción actualizada. Iniciar una nueva construcción, por supuesto,
ideológica y documentada, acorde con las nuevas circunstancias
políticas, económicas, administrativas y sociales, que posibilite
levantar un diferente presente y un distinto futuro. Es necesario
que otras investigaciones y teorías contextualicen Toledo en el
tiempo en el que estamos. Un tiempo en el que España vive organizada
en Autonomías de la que Toledo es, precisamente, capital
de la Región. No es este un hecho baladí, aunque la impresión que se
pueda tener en algunos sectores es que la capitalidad ha
influido negativamente más que positivamente.
Ciertamente hemos entrado en un tiempo nuevo y
en una situación nueva y eso obliga a pensar y replantear
Toledo. Probablemente tal propuesta pueda producir vértigo a más de
uno y por eso prefiera las nostalgias del pasado a los riesgos del
presente. Pero siempre será un error. Lo único que se conseguirá es
perder ocasiones y oportunidades. Lo importante, ahora, no es
mirar al pasado sino comprender y analizar el tiempo que nos ha
tocado vivir.
Ciertamente Toledo dispone de una herencia
significativa. Pero esa herencia no puede ser un freno, antes al
contrario, debe ser acicate para levantar un presente que
condicione un futuro, a ser posible, brillante. La cuestión es
como se integra esta herencia en nuestro momento actual. ¿Para qué
sirven la Catedral, las Sinagogas, las Mezquitas, las pinturas del
Greco, el Alcázar y los Conventos que ocupan su espacio y la
estrangulan? Para qué tanto patrimonio y qué clase de beneficios
debe aportar a la ciudad. La cuestión también es como condiciona
este hecho el presente y el futuro. Y aquí aparecerá el debate entre
quienes son partidarios de detener la ciudad en el tiempo
histórico, tiempo que casi siempre es subjetivo, o quienes
apuestan por un presente evolutivo con la historia y sus
huellas incorporadas.
Hoy, como siempre, las ciudades se construyen
con la inteligencia y la voluntad de sus habitantes. Ambos son
instrumentos necesarios para definir proyectos y materializarlos. Y
de nuevo surgen otras cuestiones que hay que solventar: La
primera es sí existen esas personas y esos proyectos.
Otra es sí debe existir un modelo de ciudad por encima de las luchas
políticas
y,
por lo tanto, ajeno a los vaivenes de las alternancias. No
deberíamos soportar más tiempo ver como el centro histórico está
sometido a ocurrencias nostálgicas, iniciativas de iluminados, o
disparates de grupos o grupúsculos, defendiendo intereses
menores. Observamos impotentes la tiranía del automóvil, abarrotando
espacios públicos e invadiendo calles pensadas para los ciudadanos.
Libres de las tiranías, los espacios de la ciudad recuperan sus
autentica dimensión urbana para habitantes y viandantes. Sin
embargo aquí parece que no nos hemos enterado. Como si la
experiencia no tuviera antecedentes en otros sitios. En cuanto
a la zona no histórica, se alternan los horrores del peor urbanismo
residencial con retrasos inexplicables en la construcción de
nuevos barrios u obstáculos a la construcción en las zonas que
circundan la ciudad. ¡Todo es desesperantemente lento! Los
proyectos y el tiempo son antitéticos.
Cuesta al parecer, ponerse a pensar
sobre Toledo y más replantearse lo que se está haciendo. Miento,
no es cierto. De manera repetida, y en solitario, Gregorio
Marañon viene reclamando un Pacto por Toledo. Un pacto que es algo
más que conseguir recursos de todas las Administraciones para
salvaguardar su patrimonio histórico. El Pacto que propone Gregorio
Marañón, le interpreto, pasa por pensar Toledo en su totalidad
y por partes. Replantear el modelo de ciudad del presente. Supone
atribuir a la Historia el papel que le corresponde y al presente y
al futuro el suyo. Significa elaborar nuevas construcciones
ideológicas sobre la ciudad y, a partir de aquí, plantear proyectos,
diseñar ciudad.
Estamos al comienzo de un nuevo siglo, ante
una nueva época y ante una configuración política y social distinta.
Se hace necesario entender estas circunstancias e iniciar una
distinta construcción ideológica sobre Toledo, atribuyendo a la
historia el peso que le corresponde. La Historia, a su vez,
debe proporcionarnos los instrumentos adecuados para transformar una
ciudad con un importante legado artístico en una ciudad actual.
Puede ser la ocasión de la inteligencia o… de su ausencia.
III
COMO EL SIGLO
XVI, O MEJOR
Toledo es una ciudad milenaria
situada en el Sur. Para ser exactos, en el centro del Sur. Como
bastantes ciudades de estas latitudes encuentra muchos obstáculos
para progresar. Tiene dificultades para cruzar el río, por ejemplo,
o para descubrir lo que pueden estar haciendo sus habitantes en
temas distintos. Es lo que sucede con las ciudades situadas en el
Sur, que viven al margen de sus habitantes y de sus propias
posibilidades de engrandecimiento. No por culpa de los ciudadanos,
sino por siglos de abandono y atraso o por la acción de una clase
dirigente que no son ni dirigentes ni clase. Deudas de la Historia,
cuyas facturas deberían ser pagadas de diferentes maneras.
Toledo carece de obras de
ingeniería significativas y las que hay mejor hubiera sido no
tenerlas. De hecho en la actualidad dispone casi de los mismos
puentes que se hicieron en la Edad Media, excepto el que conduce al
Hospital de Parapléjicos y algún otro que más que puente es
carretera. No se han abierto otras posibilidades de comunicación en
veinte siglos. A la ciudad, al parecer por razones históricas y
sociales, le resulta bastante difícil desprenderse del casco
histórico como centro único de comunicación y se olvida de las
posibilidades de los restantes núcleos urbanos que últimamente se
han ido creando. Es como si se careciera de un proyecto unitario de
ciudad. Por eso una de las cuestiones capitales para crear ciudad
pasa por hablar de puentes. De cómo cruzar el río en múltiples
lugares, en diversos sentidos y diferentes direcciones para
posibilitar la configuración de un todo integrado que no disperso.
Pero en este artículo no se pretende hablar de puentes materiales,
sino de arte. De arquitectura, escultura, pintura y fotografía. Otra
clase de puentes entre el hombre y su evolución.
Toledo carece de muestras
relevantes de obras de ingeniería, sin embargo no ocurre lo mismo en
arquitectura, con la escultura, pintura o fotografía. Otra cosa
distinta es que la ciudad como conjunto social sepa valorar lo que
se está produciendo. Ya ocurrió con El Greco, al que la gran
mayoría
ignoró en vida y después de muerto y sucede ahora con las personas
que están construyendo en los terrenos del arte una etapa impensable
en la historia de una ciudad de provincias. Toledo en este momento y
en el terreno artístico puede compararse con el siglo XVI, incluso
lo mejora. Cuando pasado el tiempo, los investigadores estudien la
Historia de la ciudad, señalarán este periodo como uno de los más
prolíficos y brillantes en su andadura. Ningún siglo posterior al
siglo XVI fue igual, excepto los tiempos recientes del siglo pasado
y los escasos años del presente. Cuando la capital de España se
estableció definitivamente en Madrid, Toledo inició un proceso de
deterioro que se extendió durante siglos. Proceso que parece
paralizado a partir de la segunda mitad del siglo XX, al menos en
las denominadas bellas artes. Una parte significativa de la ciudad,
a pesar de la indiferencia generalizada de los poderes públicos y su
pobreza, trata de superar con su apuesta personal los efectos de ese
deterioro que se inició hace siglos.
La causa y el nexo común de este
movimiento que afecta sobre todo a la pintura, la escultura y la
fotografía hay que buscarlo en la Escuela de Artes y Oficios. En
torno a ella han girado de una u otra manera cuantos – con algunas
excepciones - en la actualidad están realizando su obra en Toledo.
La institución, fundada a principios de siglo por la voluntad
individual de unos pocos, empieza a ver sus frutos en la segunda
mitad del siglo XX. En ella se trasmiten no sólo conocimientos y
dominio técnico, sino también un conjunto de valores que marcarán
definitivamente a quien ha estado en contacto con la institución. De
ahí que sus obras en unos casos sea la manifestación de una cierta
rebeldía contra años de pobreza intelectual y económica; que en
ocasiones sea la necesidad de superación personal y colectiva; en
otros la creencia de que en una ciudad con tanta obra de arte, el
suyo terminará triunfando. Y como denominador común de estos
principios un ligero descenso de la miseria y la aparición de una
difusa clase media a la que le gusta el arte.
La Escuela de Artes y Oficios ha
sido la “Gran Fabrica” dónde se han formado en términos generales
los actuales pintores, escultores o fotógrafos de Toledo. No así la
arquitectura, pues a pesar de disponer de construcciones
emblemáticas de casi todas las épocas, no resultaba
posible estudiar las técnicas de la construcción en Toledo. Pero
además por que la arquitectura, siempre costosa, carecía del apoyo
de las instituciones civiles o religiosas, que en otros tiempos
financiaron los edificios emblemáticos de los diferentes estilos
arquitectónicos que se encuentran en la ciudad. Tanto las
administraciones públicas como la instituciones religiosas en los
siglo posteriores al siglo XVI estaban empobrecidas o regidas por
gentes con escaso gusto. De ahí que apenas existan construcciones
interesantes de los siglos XVIII y XIX.
Tan sólo en tiempos recientes, y no
por la acción de los poderes tradicionales, sino por la iniciativa
privada, se pueden ver en Toledo ciertos ejemplares de arquitectura
contemporánea. A pesar del predominio de un cierto “tipismo
toledano” en la construcción, es posible descubrir en algunas
urbanizaciones y unidades dispersas buenos ejemplares de la reciente
arquitectura. De hecho, nunca Toledo ha tenido tantos arquitectos
como en el momento presente. Algunos de reputado valor y, por lo
tanto, a tener en cuenta. Y es que de manera distinta a como ocurría
en la Edad Media o el Renacimiento, las ciudades, espacio por
excelencia de la burguesía, se construyen con lo que hacen sus
habitantes.
En cuanto a la pintura y a la
escultura, se ha enunciado más arriba que el nexo de unión entre
todos los que se dedican a estas facetas del arte ha sido la Escuela
de Artes y Oficios. De una manera o de otra los que hacen algo
interesante están ligados a este centro de formación. Pero además
tanto la escultura como la pintura son actividades menos costosas
que la arquitectura por lo que los individuos puede invertir parte
de sus ingresos en crear su obra.
En escultura, Toledo nunca ha
tenido tal número de escultores como en la actualidad y de tanta
calidad. Nombres como Félix Villamor, Cruz Marcos o Fuentes Lázaro
suponen la aparición de la escultura moderna en Toledo. Al margen de
la incomprensión de instituciones y sociedad en general, estos y
otros se inscriben en las corrientes más innovadoras en el
tratamiento del hierro, l a
madera o la piedra. Acaparan premios en cuantos certámenes se
presentan, aunque la escultura como todo, necesite para su
proyección de recursos de los que carecen los escultores. En esto,
como en casi todo, tiene que haber decisiones políticas,
consignaciones económicas y operaciones de prestigio. Y Toledo aún
no ha llegado a esa etapa de desarrollo. Porque no nos engañemos, el
aprecio del arte es cuestión de progreso, riqueza y promoción
pública. Así ha ocurrido y ocurrirá siempre y la ciudad que no
comprenda esta dinámica estará condenada a no ser nada. Lógicamente
con el arte contemporáneo las cosas se agravan, pues el nivel
cultural es lo suficientemente deficiente como para no entender las
complejas pretensiones de su lenguaje. Donde se pongan los “monos”
que se quiten las abstracciones. En este aspecto el “caso Chillida”,
por insólito y extraordinario, resulta paradigmático del citado
nivel cultural de una ciudad y sus instituciones representativas.
Lo mismo puede predicarse de la
pintura, si bien, al ser el coste menor y necesitar menos espacio
que la escultura, la acción individual es más factible y salva,
aunque de mala manera, la promoción como puede. En Toledo – de nuevo
relacionados con la Escuela de Artes – hay gran cantidad de personas
que se dedican a la pintura. Pero en muchos de ellos existe aún una
exagerada inclinación a la representación de Toledo como tema
principal de la actividad pictórica, lo que dificulta la aparición
de temáticas y tratamientos diferentes que puedan adscribirse a las
distintas corrientes del arte contemporáneo. Son demasiados aún los
pintores que continúan aferrados al paisaje que iniciara EL Greco y
prosiguieron grandes autores del XIX o del XX. Disponen de
conocimientos, tienen oficio, dominan las técnicas, pero no
evolucionan en la temática de sus cuadros. Será preciso que se
liberen de esta dependencia paisajística para descubrir otras
posibilidades hasta ahora desconocidas. Se da, por otro lado, una
injustificada dependencia de la representación figurativa, aunque en
este campo se están produciendo obras interesantes, que en su gran
mayoría, como en los otros casos, se llenan de polvo en los estudios
de los pintores.
Mención aparte merece el Grupo
Tolmo, pues a pesar de distintos avatares, son los únicos que han
mantenido continuidad y principios de acción como grupo. No son
uniformes los miembros que lo integran ni en sus personalidades ni
en su concepción de la pintura, pero en todos se encuentra una
voluntad de conjunto y de crear obras que no desmerezcan de la media
de lo que se hace en otros lugares de España o el mundo.
Desde mediados de los setenta,
Tolmo ha sido un referente en los ámbitos del arte en Toledo.
Ellos han significado, al margen de sus convicciones ideológicas, un
espacio de resistencia contra las diversas dictaduras que imponían
que el arte sólo era arte si se hacía en Madrid o Barcelona. Ellos
han intentado, y todavía lo intentan, ser el revulsivo en una
sociedad resistente al progreso y a la modernidad; fueron también la
representación grafica de la sublevación contra la tiranía de la
pobreza cultural e intelectual que todo lo envolvía. Por eso en este
momento Tolmo forma ya parte del paisaje de Toledo como el Alcázar,
la Catedral o el puente de Alcántara.
En idéntica dirección de calidad y
renovación camina la fotografía. Un movimiento al que Toledo no se
ha incorporado como colectivo social. Sí la pintura y la escultura
entran en el campo de lo individual, la fotografía mantiene aún una
imprecisa situación entre la copia del paisaje típico y el recuerdo
familiar. Para muchos es una afición, más que una dedicación. Y sin
embargo existen algunos nombres que están haciendo fotografía de
gran calidad y variedad. Nombres como Pepe Fuentes, José Luis
Fuentes o Ángel Garrido deben ser considerados como artistas en esta
faceta del arte aún no muy conocida en la ciudad. Cada uno con su
temática y su técnica están aportando su personalidad y su saber en
una manifestación del arte que no debería pasar desapercibida.
Pero, ¿cual es el problema, si es
que existe problema? El problema es de visibilidad, como se dice
ahora. Y también de recursos económicos. Y también de cultura y
sensibilidad. O también
por la carencia de espacios en los que fijar estilos, concretar
fases, analizar trayectorias. El arte cuando se junta en lugares
estables es cuando se le puede estudiar, analizar y comprender.
Inclusos se puede valorar en su justa medida. Está, por otro lado,
la ausencia de voluntad pública y social para promover acciones que
posibiliten la expansión interna y externa de los que, con calidad
ya contrastada, se dedican al arte. Los que deberían preocuparse del
futuro, se conforman con vivir de las rentas de lo antiguo y los
beneficios raquíticos de un turismo cada vez más de masas.
No deberíamos continuar más tiempo
así. Es necesario modificar tal comportamiento. Todas las
generaciones están obligadas a dejar en herencia rastros de su vida
y sus creencias tanto en arquitectura, como en escultura, pintura o
fotografía. Sobre todo ahora que tenemos mayores conocimientos y más
recursos económicos. Debemos cruzar el río con los puentes de la
cultura y del arte. Se precisa para ello acciones y proyectos
diferentes, pero sobre todo de recursos materiales y económicos para
promocionar dentro y fuera lo que se está haciendo. Esta sería una
forma más de intentar escapar de ese centro del Sur intelectual y
cultural que en el presente ocupa la ciudad de Toledo. Claro que
también sería necesaria otra clase de dirigentes en los puestos de
responsabilidad pública
IV
CUANDO TOLEDO PERDIÓ LA CAPITALIDAD
El día 7 de diciembre de 1983 se aprobaba la
Ley por la que se establecía que la sede de las Instituciones
Regionales sería la ciudad de Toledo. La probación ocurría ante la
indiferencia generalizada de la gran mayoría de los ciudadanos.
Curiosamente no se hablaba de capitalidad de la Región de manera
expresa. Como si existiera una especie de pudor a aceptar lo
evidente o, lo que sería más significativo, como si no se quisiera
que la capitalidad estuviera en Toledo. Atrás quedaban estudios
amplios, pero sesgados, y aportaciones sociológicas y geográficas,
manipuladas, demostrando que la capital de la Región debía estar en
tal o cual sitio. Atrás quedaba la opinión del rey, D. Juan Carlos
I, reconociendo la obviedad de lo obvio: que la capitalidad de la
Región no podía residir en otro lugar que Toledo. Atrás también
quedaban maniobras, conspiraciones, claudicaciones, traiciones,
trampas, personas y una difusa insatisfacción que, probablemente,
en algunos aún perdura. Y la decisión, para compensar a otras
provincias, de diseminar organismos e instituciones. Todo quedaba
atrás a la espera de que el olvido diluyera las actuaciones de los
protagonistas de esta historia.
El día 27 de mayo, según unos y el 19, según
otros, de 1561, primero la reina y, días después, el rey salían de
Toledo como había ocurrido en otras ocasiones, ante la indiferencia
generalizada de la gran mayoría de los habitantes de la ciudad. Por
delante quedaban maniobras, intrigas palaciegas, alianzas de poder,
traiciones, claudicaciones, operaciones urbanísticas, trampas,
personas. La excusa para la salida era la dureza del clima y las
contaminantes emanaciones del Tajo; la realidad, sin embargo, era
una formidable trama de intereses contrapuestos y enfrentados. Una
colosal batalla, como son todas las batallas, en las que los humanos
se disputan poder, influencia y dinero. Y por encima de ellos, la
decisión de, primero, crear una Corte estable y, segundo, encontrar
un lugar fijo para la citada Corte. Lo que no ocurrió hasta 45 años
después de aquella histórica salida de Toledo, que supuso la pérdida
de la capitalidad. Fue en el año 1606 cuando España, que hasta
entonces no había tenido una capital estable se dotó de un lugar
fijo. Como lugar se eligió, Madrid. Cuarenta y cinco años
transcurrieron desde una decisión y otra, lo cual nos abre un
camino para la investigación de este hecho hasta ahora insólito.
¿Actuaron en este lapso de tiempo los dirigentes de la ciudad para
impedir el traslado de la capitalidad, como lo hicieron los de
Valladolid para conseguirla? ¿Cómo se comportaron los representantes
de la burguesía urbana, la nobleza y el clero? ¿Qué pasó durante
estos cuarenta y cinco años?
Antes de tomar la decisión definitiva, el rey
Felipe III había encargado a sus físicos la confección de informes
sobre la salubridad de las “principales ciudades y villas del
reino”, con el fin de seleccionar el lugar que ofreciera mejores
garantías sanitarias, supuesto indispensable para el aposentamiento
de la Corte y sus allegados. El resultado de los dictámenes médicos
se concretó en un “memorandum” en el que se señalaban las dos
ciudades que reunían las mejores condiciones para sede de las
instituciones reales: Toledo y Valladolid. Ambas cumplían, mejor que
otras ciudades o villas, todos los requisitos exigidos. Las dos
podían ser por igual capitales del naciente Estado, ya que reunían
las ventajas reclamadas, incluidas las sanitarias. Con lo que la
explicación, que se ha venido repitiendo durante siglos, de que
fueron motivos sanitarios los que privaron de la capitalidad a
Toledo no pasan de ser elucubraciones sin fundamento.
Para los toledanos aquello fue una traición
de la monarquía y una decisión de un rey, Felipe II, débil,
enfermizo y, en una palabra, nefasto para España. Nadie ha
intentado averiguar las causas últimas de la pérdida de la capital.
A lo más que se ha llegado es a repetir de manera mecánica la idea
de la insalubridad de la ciudad o, peor, la memez de una reina
francesa, la primera esposa de Felipe II, que tras una crisis de
melancolía y tristeza forzó al rey a abandonar Toledo. Desde
entonces la visión despectiva hacia Felipe II se ha mantenido e
incluso algunos se han felicitado de aquella decisión, porque por
esta salida se pudo conservar Toledo como es en la actualidad. La
suma de acontecimientos que apoyaron aquella decisión permanece en
una nebulosa en la que se mezclan leyenda con interpretaciones más o
menos literarias. La realidad, por el contrario, como es frecuente,
nada tiene que ver con las leyendas ni con las lecturas eruditas de
la Historia. La realidad, para entender el traslado de la
capitalidad, fue el resultado del choque entre un conglomerado de
diferentes intereses económicos, políticos y sociales contrapuestos.
Toledo
desde hacía tiempo era una ciudad colapsada. Un lugar saturado en el
que no había ni un solo espacio libre ni ninguna posibilidad de
crecimiento ni expansión. Conventos e Iglesias se habían ido
apoderando de todas las propiedades urbanas y rurales de la ciudad.
Sus instalaciones, ocupaban la mayor parte del perímetro situado
tras la muralla. Por aquel entonces no cabía ni un alfiler entre sus
calles y la gran mayoría de las viviendas, susceptibles de alquiler,
estaban en manos de la nobleza antigua o de los diferentes sectores
eclesiásticos. La salida al exterior no se contemplaba, aunque
pronto el Duque de Lerma rompería esa regla con la edificación del
Hospital de Afuera, que no era otra cosa que un intento de habilitar
nuevos espacios para el crecimiento de la ciudad. La propiedad, no
obstante, estaba en manos de la iglesia y de la nobleza dominante,
integrada en su mayoría en el <clan de los Toledo>, gentes ligadas a
los Álvarez de Toledo y al Marqués de Velada. Ante esta situación de
cerrazón, el Duque de Lerma, representante de la nueva nobleza que
pretendía abrirse camino en la España estamental, propició el
establecimiento de la capital en Valladolid, donde había ido
adquiriendo terrenos y propiedades que se revalorizarían con la
fijación de la capitalidad, como así sucedió cuando se extendió el
rumor. Valladolid, además, en aquel momento, tras un incendio que
había acabado con la mitad de la ciudad, estaba en un proceso de
reconstrucción, que ofrecía un atractivo adicional a inversionistas
y especuladores. Quien ganaba en esta operación era el Duque y sus
allegados, los que perdían eran los integrantes del <clan de
Toledo>.
Si las motivaciones económicas eran muy
importantes, no menos lo eran las de influencia política. La nobleza
que se había ido agrupando en torno a las “Academias,” y la Iglesia
habían controlado el poder de la corte y dirigido la política
nacional e internacional durante el reinado de Carlos I y Felipe II.
Ellos repartían beneficios, reforzaban relaciones clientelares y
aumentaban fortunas, desde su enclave en Toledo y tierras aledañas
que por aquel entonces se extendían desde Extremadura, pasando por
Ávila, hasta Sevilla y Granada. Ellos eran quienes regían los
destinos de la España de la época. La muerte de Felipe II y el
reinado de Felipe III supusieron un cambio en el rumbo de la acción
política y la aparición de grupos que hasta ahora habían estado
alejados de ella.
Entre esas gentes se encontraba el Duque de
Lerma que, para controlar todo el poder, necesitaba nuevos
territorios, nuevas situaciones y, sobre todo, desplazar al <clan de
Toledo> y al Primado de la orbita del rey. El Duque consiguió de
hecho, durante un cierto tiempo, dominar la voluntad del rey en
tanto consiguió bloquear el acceso de la nobleza toledana a las
decisiones del monarca. Era un secuestro de la voluntad y, hasta, de
la persona. Así, por ejemplo, con motivo de una estancia del rey en
Lerma, el Duque, propietario de la villa, prohibió el acceso a todos
los que pretendían aproximarse a él.
El establecimiento de la capitalidad en
Madrid supuso la derrota del Duque de Lerma y el triunfo de las
maniobras del Marqués de Velada, del Duque del Infantado, del Conde
de Miranda, ayudados por la reina y, el confesor de esta, Diego de
Mardones, ambos grupos aliados contra el poder absoluto de Lerma.
También pudo contribuir a la elección de la nueva capital, la
necesidad que tenía la realeza y la nobleza de distanciarse de la
poderosa curia toledana que no estaba dispuesta a desempeñar un
papel secundario en la actividad política ni a que sus privilegios
fueran menoscabados. La Iglesia, como es tradición en la historia de
España, permanentemente ha estado echando pulsos al poder civil.
La pérdida de la capitalidad por Toledo fue
una sucesión de conspiraciones, intrigas de palacio, uniones de
influencias y enfrentamientos de poderes, además de la posibilidad
de hacer grandes fortunas con la instalación de la capital en un
lugar neutral en el que los grupos emergentes podían hacer negocios.
Por otro lado, Madrid se situaba en un territorio equidistante de
donde radicaban las propiedades de los vencedores y los vencidos.
Para Toledo se abría otra época. Nadie había
creído seriamente que la residencia de la realeza y la nobleza se
pudiera trasladar a otros lugares; nadie entendió que la antigua
capital de los visigodos ya no era útil a una monarquía a la que la
reconquista le resultaba lejana. Y cuando los dirigentes locales
comprendieron las dimensiones de la “operación mudanza”, que había
propiciado el Duque de Lerma, ya era tarde. Toledo había perdido el
ritmo de la Historia. Aparecían nuevas fuerzas y nuevos intereses
que necesitaban otros territorios con los que enriquecerse. Toledo
con su inflación de conventos e iglesias y su cerrazón a cruzar las
murallas ya no era atractiva para las tramas de intereses políticos
y económicos que la situación requería. Nacían tiempos distintos con
diferentes actores e intereses diversos. Fue cuando los habitantes
de Toledo decidieron mantenerse inmóviles tras las murallas,
contemplando como el mundo cambiaba, mientras sus nostalgias de
glorias pretéritas se incrementaban. En menos de un siglo de una
ciudad activa y emprendedora, como la describió el embajador
Navaggiero, pasaría a ser una ciudad de conventos e iglesias
encerrados en sí mismos. A partir de ahora el tiempo en Toledo se
mediría con las cifras de la eternidad, como si progreso y eternidad
fueran conceptos similares.
En 1983, aunque de manera difusa, la ciudad de
Toledo volvía a ser capital, no ya de España, sino de la recién
creada Región Autónoma de Castilla-La Mancha. Un inmenso campo de
posibilidades se presentaba ante ella. De nuevo, otra vez, la vuelta
de los sueños de glorias antiguas. Nadie en este momento discute que
las probables expectativas generadas por la capitalidad todavía
están pendientes de concretarse. Sólo que hasta ahora no ha habido
quien organice las condiciones existentes para transformar las
posibilidades en realidades.
V
SUSTRATO IDEOLÓGICO DE LAS LEYENDAS
TOLEDANAS
Adentrarse en el mundo de las leyendas supone
aproximarse al territorio de lo mítico; a los estratos de la
conciencia humana dónde se mezclan lo irracional y lo simbólico en
unas proporciones imposibles de catalogar o medir. Significa
transitar por caminos situados más allá de la lógica y de los
argumentos. Descendemos así al mundo de lo mágico, ese espacio
inconcreto en el que lo posible y lo imposible cohabitan de manera
armónica en unos casos y neurótica en otros. En estos lugares anidan
los fanatismos, todas las supersticiones y supercherías posibles. En
ellos también se encuentran los mecanismos irreconocibles que
permiten a los hombres justificar los mayores horrores contra los
iguales en razón a teorías, historias imaginadas o creencias
manipuladas. Cuando estos procesos afloran en las colectividades, la
realidad ordinaria se quiebra y entran en funcionamiento las oscuras
fuerzas que se alimentan de recuerdos ancestrales. En ellos adquiere
forma y contorno el ser irracional que vive dentro de nosotros. La
irrealidad, al ser vivida con una intensidad inusitada, se
convierte en una variable de la realidad con sus mismas
características e idéntica energía movilizadora.
Por supuesto, este artilugio excepcional de
comportamiento aparece en tiempos de grandes crisis colectivas o
individuales. ¿Qué pudo suceder en Toledo para que se dieran tal
profusión de leyendas y en qué tiempo se crearon? Hoy parece fácil
mantener, porque así se nos ha venido diciendo, que son
construcciones elaboradas a lo largo del tiempo. El pueblo las iría
decantando en un proceso de siglos hasta llegar a nosotros como
tradición popular. Nada más alejado de la realidad. Las leyendas
fueron instrumentos de propaganda, agitación y control social;
expresión a su vez de las inquietudes y preocupaciones de una época.
Salvo algunas, la gran mayoría de las leyendas de Toledo
probablemente tuvieron su origen en el periodo que va desde la
segunda mitad del siglo XVI a la primera del XVII. Un tiempo
convulso. Coincide con instantes de grandes cataclismos sociales,
económicos e ideológicos en toda la Península, y especialmente en
Toledo que, al ser el centro político de España, padeció las crisis
de forma exorbitada. A lo que hay que añadir la pérdida de la
capitalidad por el traslado de esta a Madrid, tras un largo proceso
de intrigas nobiliarias. De ahí que la sociedad toledana explotara
por los derroteros de la magia.
De ser sede de la Corte y asiento de la
nobleza, pasó a convertirse en una ciudad en la que la Iglesia con
sus instituciones se quedó aislada, añorando su propia historia y
encerrada en su enfrentamiento con el poder civil, sobre todo por
cuestiones económicas. No tuvo, como la nobleza, la agilidad
suficiente, para trasladarse con la Corte a los nuevos territorios
en los que era
posible incrementar la riqueza. Se produjo entonces un particular
fenómeno de extrañamiento y se inició un camino hacia una
interiorización imparable. Toledo se convertía de esta manera en lo
que algunos han llamado una “ciudad conventual”. A ello contribuyó
de manera notable el clero que, de ser el más rico e importante del
cristianismo, después de Roma, empezó a perder poder por la ruptura
del pacto implícito, diseñado en tiempos de los visigodos, entre
monarquía y sede episcopal. Fue cuando la iglesia toledana se empezó
a forjar así misma como referente casi único del cristianismo en una
Europa en crisis. Coincidió este periodo, por otra parte, con el de
mayor actividad de la Inquisición, que llegó a crear auténticos
estados de esquizofrenia colectiva y, por supuesto, individuales.
Justo fueron los tiempos propicios para que prosperaran las
manifestaciones que requieren de acontecimientos compulsivos
mentales, sociales o personales.
En este contexto de agitación social e
ideológica aparecen las leyendas tal como las conocemos. Son
narraciones redactadas por clérigos – los únicos con un nivel
cultural aceptable – que con más fantasía que conocimientos tratan
de enlazar con los tiempos en los que la iglesia decidía sobre la
vida y la sociedad. Construyen una historia a la medida de su
añoranza y la trasmiten al pueblo iletrado. Nada nuevo en Toledo.
Un fenómeno semejante ya había ocurrido aquí por la acción de los
mozárabes, quienes, anunciando una época milenarista y atormentada,
marcaron el camino hacia la Reconquista. También aquellos fueron
tiempos convulsos. Ahora, entre mediados del siglo XVI y principios
del XVII, se elaboran leyendas que son creaciones literarias
inventadas para tapar los huecos de una Historia real, plagada de
conspiraciones y cambios en el poder. La monarquía, la nobleza, y
con ellos la política y la economía, se habían trasladado de lugar.
En Toledo solamente quedaba el recuerdo de los tiempos que, cada vez
más distantes, se interpretaban como gloriosos.
Como toda invención fantástica, las leyendas
están impregnadas de nostalgia. La memoria idealizada y mixtificada
de una Arcadia feliz, de unos siglos en los que todo era sencillo,
simple, ordenado. Aquellos momentos irrepetibles en los que la vida
y la muerte estaban sujetas a las directrices de quienes se veían
como depositarios exclusivos de la verdad única. Toledo había
sufrido una primera catástrofe con la derrota de los Comuneros. Fue
el final de un mundo. El fin de una época de libertades y fueros con
los que las ciudades se asemejaban a la <ciudad estado>. La
catástrofe se volvió a repetir en tiempos de Felipe II. Otra vez el
mundo conocido se disipaba. ¿Quién podría mantener la apertura de
espíritu en momentos de tanta incertidumbre? ¿A qué principios
aferrarse cuando todo era naufragio y hundimiento? Las
colectividades que experimentan tales alteraciones difícilmente se
adaptan al nuevo orden que nace. El universo individual y
referencial del grupo se desmorona y, como consecuencia, se produce
una inexplicable tendencia a transferir el derrumbe interior al
entorno exterior. Confundimos nuestras ansiedades intimas con las
del ambiente que nos rodea, aunque no sea cierto. Cuando eso ocurre,
los sucesos se detienen en nuestra consciencia y empezamos a mirar
para atrás, en un intento de asirnos a lo seguro. Por eso creemos
que al terminar nuestro mundo lo que termina es el mundo en
general. Todo va a peor. Y así fue como empezaron a construirse las
leyendas. Que no son otra cosa que las remembranzas de unos tiempos
perdidos e idealizados, contadas a mentes sencillas.
Nada comentaremos en este texto sobre las
<leyendas fundacionales> de Toledo, creadas posiblemente por los
monjes mozárabes como sustrato doctrinal para la justificación de
la
Reconquista.
Ni tampoco de la invención del reino perdido de los Godos para
establecer la línea de continuidad entre aquellos y los nuevos
conquistadores, sino de las que se sitúan en ese espacio de tiempo,
que va desde la segunda parte del XVI hasta el siglo XVII, y que
podríamos agrupar en torno al concepto de <leyendas de la
cotidianeidad>. Todas ellas tienen una componente marcadamente
religiosa. Narran distinto tipos de milagros de una imagen de Cristo
o de la Virgen. Desde el milagro en San Lucas, ante la tacañería que
D. Diego de Salve demuestra con su negativa a pagar un tributo,
pasando por la conversión de Casilda, hasta la defensa del amor o
de la amistad de viejos camaradas. Por estos derroteros va la
leyenda de la Virgen de los Alfileritos, la de Beatriz de Silva, la
del Cristo de la Calavera, la del Cristo de las Cuchilladas, el
Cristo de las Aguas, la casulla de S. Ildefonso, etc. En todas, y
son bastante numerosas, el milagro viene a ordenar un equilibrio que
se ha roto por las debilidades de los humanos.
En paralelo a ellas aparecen las que
introducen el factor religioso con el racial. Son de dos tipos: las
antijudías y las anti-moras. En ambos casos se pretende demostrar
la imposibilidad de la convivencia pacifica de las diferentes
seguidores del Libro. Todas narran el fracaso de lo que, en
lenguaje actual, llamaríamos la multiculturalidad y las dificultades
para compartir un mismo espacio físico. Tanto las leyendas
antijudías como las anti-moras tienen una estructura parecida: una
mujer de raza judía o árabe, dotada de gran belleza, atrae con su
innata sensualidad a un incauto cristiano que cae en sus redes. Es
evidente la alusión misógina que identifica a las mujeres de ambas
razas con la tentación. Las mujeres semitas son la Eva fatal del
Antiguo Testamento – un tópico en la tradición anti-femenina de la
Iglesia - que pervive en los descendientes de las razas hebreas o
árabes, las cuales incitan al hombre al pecado en contraposición al
recato de las mujeres cristianas.
Los primeros indicios de esta estructura se
sitúan en la leyenda en la que el mítico Carlomagno,
descendiente
godo en el reino de los francos, se enamora de la bella Galiana y no
ceja en sus empeños hasta que se la lleva a Francia dónde se
convierte al la verdadera fe y la desposa. Semejante será la
versión española de Alfonso VIII. Este se prenda de la atrayente
Raquel y tanta es la atracción y tanto el grado de dependencia que
se apodera del Rey, que con un comportamiento inconsciente, abandona
las preocupaciones del reino durante siete años, enredado en las
trampas femeninas. El hechizo es más propio de una bruja que de una
mujer, pues impide al Rey dedicarse a las tareas de Gobierno, que es
lo que quieren los enemigos de la fe cristiana. Lo que interesa es
paralizar la reconstrucción del antiguo reino Visigodo, también
perdido por una mujer de raza árabe.
Además de estas, hay dos que llaman
poderosamente la atención por su fuerte contenido antijudio. Cuentan
acontecimientos brutales y de un odio sin concesiones. Son la del
Cristo de la Luz y la del Niño de la Guardia que, por cierto, esta
última tiene presencia en distintos lugares de España. En ambas lo
que motiva la narración es el odio atávico de los judíos hacia los
cristianos. Ya se ha olvidado aquella leyenda fundacional en la que
se descubría como los judíos de Toledo escribieron cartas al
Sanedrín de Jerusalén, suplicando la libertad de Jesús porque ellos,
en un bucle intemporal, no entendían su muerte y crucifixión.
Probablemente estas dos leyendas se construyeron en los momentos más
álgidos de la lucha por la implantación del Estatuto de limpieza de
sangre que preconizara el cardenal Siliceo y de la actuación de la
Inquisición. Reproducen, por otro lado, la idea de la “conspiración
permanente” que se atribuye a los judíos desde siempre, que aún
perdura en nuestro tiempo con inusitada vigencia. La simplificación
es total. En la narración existen unos personajes lineales, malos,
muy malos, a los que nada aparta en su odio a la religión
cristiana y unos rituales transgresores y ocultos – precisamente de
lo que se acusaba a los conversos –. Sobre ellos la intervención de
la religión y su triunfo motivado por la aparición del milagro.
Lógicamente en todas subyace idéntico mensaje. La sociedad cristiana
se rige por unas normas providenciales que, en ocasiones, los
enemigos de la fe pretenden alterar, por lo que de manera también
providencial son castigados por alterar el orden establecido. La
realidad creada por la Iglesia es la única que asegura la normalidad
diaria y cualquiera que modifique la tranquilidad y la paz
originaria debe ser rechazado. Se impone creer en los milagros
porque ellos nos libran de las trampas de la realidad.
Están después las leyendas pertenecientes al
<ciclo romántico>, escritas en otro tiempo convulso como fue el
siglo XIX. Es cuando se están poniendo los cimientos de los
nacionalismos de todo tipo y se crea la historiografía que explicará
y justificará esos nacionalismos. Quienes
más se esforzarán serán los intelectuales liberales que buscan
construir el entramado histórico que justifique la unidad de España
y el concepto de patria única. Por eso hay una búsqueda de efectos
esenciales que identifiquen a ese nacionalismo. Esta será la senda
seguida por los autores de la Generación del 98. En la búsqueda de
las raíces se vuelve a la antigua capital de los Godos, primero, y a
la Edad media, después. Las leyendas de este ciclo hablan del amor
no correspondido o traicionado o de la existencia en la otra vida de
una fuerza con capacidad para hacer justicia en esta. Ciertamente la
temática se ha modificado, aunque el sustrato continúa siendo el
mismo: intervención milagrosa que restablece el orden alterado por
el impulso de las pasiones. Ahora, sin embargo, los milagros son más
un recurso escenográfico que agrandan el misterio, que una
enseñanza para la vida cotidiana. No ha cambiado la ambientación,
pero si la intención.
Las leyendas en el momento presente forman
parte del <paquete turístico> que se vende para la promoción del
mismo. Cuando se crearon, y bastante tiempo después, las leyendas
integraron el amplio campo de la seudo historia. Similar al actual,
compuesto por multitud de novelas, pretendidamente históricas, en
las que se nos describe un mundo fabuloso e idealizado. Ni las
leyendas, en su tiempo, ni las novelas históricas actuales fueron o
son inocuas. Entonces, como ahora, se convirtieron en instrumento
de manipulación de las conciencias y de las creencias. La técnica
consiste en trasmitir mensajes actuales con base en un pasado que se
digiere como alimento Light. Las leyendas contribuyeron a crear una
determinada visión de la Historia. Por esta razón, deja de ser la
sucesión de los hechos de los hombres para ser la constatación de la
intervención divina en la vida diaria de los seres humanos. Pero
además sirvieron para dotar al pueblo de unos códigos de conducta
que, basados en una determinada ideología, fueran norma general de
comportamiento. Las leyendas de Toledo y sobre Toledo nunca fueron
neutrales, antes bien llegaron a ser inventos para el manejo de las
almas y los cuerpos
VI
LA CONJURA DE SOPEÑA
Tiempos recios. El último cuarto
del siglo XVI en España no fue tranquilo. Tampoco lo fue en Toledo
que, cada día que pasaba era más evidente, había perdido la
condición de sede de la Monarquía. Los malos tiempos se repetían con
mayor periodicidad y sus consecuencias se hacían más dramáticas. La
concreción del desastre se materializó en la derrota de la Armada.
Desde ese momento el potencial naval español fue destruido. Los
ingleses, con piratas o sin piratas, ahora eran más fuertes y por
ello se permitían el lujo de atacar las Islas Canarias, Cádiz,
intentar invadir La Coruña en el año 1589 o un mes más tarde,
Lisboa. En el Atlántico las naves españolas eran acosadas por Drake,
Hawkins y otros corsarios, con lo que se interrumpían los flujos
bidireccionales de comercio hacia allá y aportación de plata de Perú
y Mexico, hacia acá. O invadían la isla de Santo Domingo. Todo era
arrogancia e insolencia, si no fuera porque de lo que se trata es de
economía y poder y, cuando esto sucede, las consideraciones ni
psicológicas ni morales tienen cabida. Según el embajador francés
Longlée, la Corte se escandalizaba por el atrevimiento inglés, pero
en la misma proporción del escándalo volvía a sus intrigas y
conspiraciones. El resto de los ciudadanos, por el contrario, se
hacían más concientes de la debacle hacia la que se encaminaban los
reinos de España.
En el interior las cosas no iban mucho mejor.
En la segunda mitad de las década de los ochenta, miles de
campesinos hambrientos abandonaron pueblos y aldeas e invadieron
Toledo, Madrid y Sevilla en busca de trabajo. La crisis, sin
embargo, no había hecho más que empezar. En los años siguientes, la
industria castellana empezó a perder importancia por, básicamente,
el gravamen del impuesto de la alcabala y por la competencia de
Flandes y Holanda. Los impuestos siguieron creciendo hasta el
extremo de colapsar muchos negocios. Tal fue el caso de la venta de
los oficios municipales, unos importantes ingresos para la Corona,
que habían dejado de ser productivos por que no había oficios que
vender.

Todo contribuyó a generar una importante
desconfianza en Felipe II. Las dudas sobre la capacidad del Monarca
se incrementaban y los rumores sobre tal incapacidad se extendían
con la misma velocidad y poder destructivo de las epidemias. Felipe
II era un rey indeciso que cada vez se aislaba más. Solamente tenían
acceso a él los miembros de la <Junta de la Noche>. En esta
situación de catástrofe era fácil que prendieran las ideas
apocalípticas y que los fenómenos milenaristas fueran ganando
adeptos. Aparecían profetas, llamadas al arrepentimiento, colisión
de planetas, eclipses solares o lunares, paisajes de sangre o muerte
y, envolviéndolo todo, una sensación objetiva y subjetiva de fin del
mundo. Lo había anunciado Nostradamus quien profetizó que hacía “el
año quinientos ochenta, vendría una extraña era”. De estos años es
la figura de Miguel de Piedrola que criticaba abiertamente a Felipe
II por arbitrario, injusto y causante de la ruina de España. Pero
probablemente Piedrola no fue un fenómeno aislado, se relacionaba
con la conspiración que Antonio Pérez urdía.
La mujer. Lucrecia de León fue un
personaje real que tuvo una vida irreal. Fue profeta y mujer, no
religiosa, en el siglo XVI. Una locura y una osadía en aquellos
tiempos. Además era bella, joven y tuvo el atrevimiento de decir
sus sueños. ¿O se los indujeron? Sueños de destrucción y
cataclismos, de debacles y pestes, sueños que se consideraron
sediciosos porque atacaban directamente a Felipe II como persona,
como padre, como gobernante. Que fuera detenida por la Inquisición
era una cuestión de oportunidad. Y así ocurrió. En la noche del 25
al 26 de mayo de 1590, la Inquisición, con la autorización de Felipe
II, detenía a Lucrecia y la encerraba en las <cárceles secretas> de
Toledo.
Tras un proceso de 5 años fue encontrada
culpable de blasfemia, falsedad, sacrilegio, sedición, pactos con el
diablo y de tener sueños en los que se mezclaba la política con la
religión. En sus sueños se le aparecían la Santísima Trinidad, Dios
por si mismo, Moisés, Elías y vírgenes del cielo. En otros sueños
era transportada a diversos lugares, reinos y provincias, por S.
Juan Bautista, S. Pablo y S. Lucas. Atrajo físicamente a alguno de
sus seguidores y seguramente tuvo algún género de trato con algún
oficio de la Inquisición. Fue madre, estando en las cárceles de la
Inquisición de Toledo, sin que conozcamos demasiado de este suceso.
Por esto o por la amplitud de una trama aún no desvelada, la condena
de la Inquisición fue tan leve que resulta difícil, aún hoy, de
entender.
Otros protagonistas. Los tres
principales, hasta el momento, son Fray Lucas Allende, natural del
pueblo de Vilarrubia de Ocaña, donde se sitúan las cuevas de Sopeña;
Guillen de Casaus, perteneciente a una familia hidalga de Sevilla,
con actividad importante en el Nuevo Mundo y también, sino profeta,
soñador. Sus sueños casi siempre tenían sentido político y hablaban
de la corrupción de las ciudades, de la milicia, de la nobleza, y
hasta del Rey. Otro de los protagonistas, citado aquí y más
importante, fue Alonso de Mendoza, ligado al clan del Duque del
Infantado. Su padre, conde de Coruña, sirvió a las ordenes de Carlos
V y su madre fue sobrina del cardenal Cisneros. Su hermano
Bernardino de Mendoza, embajador en Londres y París, le pudo
trasmitir las ideas que circulaban por la Europa de la época.
Alonso de Mendoza fue catedrático en la Universidad de Alcalá de
Henares y en 1578 fue nombrado canónigo magistral de la catedral de
Toledo. Posteriormente sería designado abad de S. Vicente, lo que le
supuso una renta de 5.500 ducados.
En
Toledo se hizo famoso por su cultura, por su caridad y por algunas
excentricidades, no obstante lo último fue considerado como <uno de
los más ejemplares clérigos que han vivido en esta Santa Iglesia de
Toledo>. Mantuvo una relación, cuando menos extraña, con Lucrecia y
una similar, aunque menos politizada, con Jerónima Doria, hija de
una destacada familia de comerciantes toledanos, de origen genovés.
Se dedicó a la alquimia, a la astrología, a la adivinación y a la
interpretación de los sueños. Tanta sabiduría le sirvió para
combatir a Felipe II al que consideraba un rey tiránico, cruel e
injusto.
Esto, porque quiso imponer nuevos impuestos al
clero y vender pueblos y jurisdicciones eclesiásticas que afectaban
muy directamente al cabildo de Toledo. La cosa no era nueva, pues
ya en tiempos de las guerras contra los turcos, Pío V había
autorizado a Felipe II provisionalmente a imponer impuestos sobre
las rentas de la Iglesia, que de pasajeros se habían convertido en
permanentes. Era partidario de Antonio Pérez. ¿Pudo participar en
la trama que este trataba de organizar en España contra Felipe II?
Los sueños. Casi todos los sueños
de Lucrecia se relacionan con el estado de España en los años del
reinado de Felipe II y con la destrucción de la misma. Así en uno de
ellos, Lucrecia se sueña montada en un caballo blanco, dirigiendo
una carga de caballería contra unos enemigos imprecisos, que tienen
sitiada a la ciudad de Toledo. En otro de 1578, contempla a dos
ejércitos luchando en las proximidades de Toledo y tras cruenta
batalla ve a los invasores esparciéndose por sus calles, llevando la
muerte y la destrucción. El más significativo de todos es el
relacionado con el lugar denominado Sopeña. Según el sueño, España
sería destruida, aunque una ciudad, Toledo, escaparía a la
destrucción generalizada. La salvación llegaría con la aparición de
un ejercito escondido en cuevas a los largo del río Tajo.
Exactamente en el lugar de Sopeña. Desde aquí partiría el ejército
que libraría a la ciudad del asedio final. Un ejército secreto y
magnifico, al mando de Miguel, desde Sopeña se encaminaría hacia
Toledo y después de una batalla terrible, los invasores serían
expulsados. Tras la victoria, el ganador sería elegido rey por
aclamación popular y se casaría con Lucrecia. Posteriormente
reconquistaría España y su acción protectora llegaría hasta
Jerusalén que sería liberada del dominio del Islam. Para completar
el diseño de la nueva España, la Santa Sede con sus reliquias sería
trasladada a Toledo. Toledo, por fin, sería la nueva Roma, un sueño
antiguo que formaba parte del subconsciente colectivo de la iglesia
toledana.
La realidad. Como es frecuente la realidad
acostumbra o bien a explicar la ficción o, en
ocasiones, a superarla. En este caso el sueño tuvo su
correlato en la realidad. Lo poco que sabemos de este acontecimiento
es que en las zonas próximas a Villarrubia de Ocaña (hoy de
Santiago), en las concavidades que dan al río Tajo se empezaron a
hacer los preparativos para transformar las cuevas en lugares de
resistencia. Se contó con el apoyo técnico del arquitecto Juan de
Herrera y se habilitaron los espacios para almacenar vino, trigo,
aceite y armas de fuego. Era un bunker natural y el lugar desde
donde se iniciaría otra vez la idealizada hazaña de la
Reconquista. Nuevos tiempos de gloria y combate contra cualquier
enemigo indefinido. También se construyó una capilla en la que, con
permiso del nuncio papal, se podían celebrar misas.
Epilogo provisional. Toledo había
dejado de ser la capital de la Corte. La angustia política,
económica e ideológica se percibía con mayor intensidad que en otros
lugares. La Iglesia, que a lo largo del siglo, había tenido
diferentes encontronazos con el poder civil, se encontraba
enfrentada la política impositiva de Felipe II y sus constantes
injerencias en asuntos doctrinarios. La nobleza vivía pendiente de
cualquier conspiración. El patriciado urbano se movía en una
permanente corrupción y las clases medias experimentaban la caída
del comercio y la competencia de los productos que venían de Europa.
Años terribles que anunciaban el final de un siglo. Y para no perder
la antigua tradición cristiana, el fin del milenio se identificó con
fin del mundo. En tal estado apocalíptico, ¿se preparó una
conspiración contra la Monarquía? Los preparativos de Sopeña,
¿fueron la aventura de unos cuantos locos que manipularon los sueños
de Lucrecia para ponerlos al servicio de una conjura amplia y hasta
ahora desconocida? Sí fue un intento de revuelta en toda regla, ¿de
qué respaldo disponían y cuantos estaban implicados en la conjura?
¿Cuales fueron las conexiones, si las hubo, con la revuelta de
Antonio Pérez? ¿Acabó la Inquisición con este movimiento? Preguntas
sin respuestas que descubren unos sucesos de la historia de Toledo
pendientes aún de conocer
VII
EL SUEÑO DE LOS MOZÁRABES
¿Cuántos siglos de permanencia en
un territorio se necesitan para que los reyes moros de Al- Andalus
sean considerados reyes de España? ¿Por qué, aún después de tanto
tiempo, no forman parte de nuestra historia política y tan sólo son
un reclamo turístico o sencillamente folclórico o, como mucho, se
les atribuye un reconocimiento efímero? Los árabes estuvieron en
España siete siglos. Construyeron obras magnificas. Elaboraron una
cultura nueva. Importaron la ciencia y la sabiduría de Oriente Medio
y del Mediterráneo conquistado. ¿Cuántos siglos estuvieron los
Visigodos en España? Por alguna razón inexplicable, estos que
vivieron menos tiempo en territorio ibérico y aportaron lo que
aportaron, si integran el panteón de los reyes hispánicos. Con ellos
se inician las dinastías que forjaron la España que unas
determinadas concepciones de la Historia nos han contado.
Ataulfo, que apenas estuvo en
España tres meses, es reconocido como el primer rey visigodo de
España. ¿Por qué esta dualidad al explicar la Historia de España?
¿Por qué unos, los árabes, son tratados como invasores – por
consiguiente, enemigos – y otros como los iniciadores de la unidad
hispánica? Todo indica que no es asunto de la permanencia en un
lugar, ni de la aportación artística, cultural, científica o
económica lo que da lugar a la genealogía regia de España, sino que
se debe a otros factores. El más significativo, la religión. La
iglesia inmersa en la historia mundana de los hombres. Y su
preparación intelectual y cultural para construirla y contarla según
su manera de entender el mundo. En ese contexto hay que situar
algunas de las más representativas narraciones de la historia que
nos han llegado y que pasarían a formar parte del sueño de los
mozárabes. Ese numeroso grupo de cristianos que optaron por convivir
con el conquistador que venía del Sur y que pronto empezaron a
elaborar su sueño al comprobar la dura realidad en la que de repente
se encontraron. El sueño revivía el anhelo de una teocracia terrenal
que probablemente nunca existió, pero que actuó como fuerza
psicológica imprescindible para soportar los largos siglos de
marginación y los duros tiempos de persecución.
¿Cómo se fue elaborando esta visión
de la Historia y de la Monarquía hispana? ¿Cómo se materializó el
sueño? Todo empezó con Recaredo. En el instante en que este rey
visigodo abjura del arrianismo. Hasta ese momento, los distintos
pueblos godos, incluidos los visigodos, no
habían dejado de ser la superposición diferentes hordas bárbaras,
peleando sin escrúpulos por el poder. A partir de la conversión
pasaron a otra dimensión: “la civilización de los bárbaros”, que
diría Modesto Lafuente. La conversión posterior de la nobleza y el
pueblo supuso el nacimiento de un Nuevo Orden. Este será el mundo
imaginado por los mozárabes y la nostalgia de ese mundo perdido lo
que se trasmita a cuantos autores en siglos posteriores emprendan la
tarea de escribir la Historia. La vitalidad de este sueño llegará
hasta los historiadores del XIX quienes, movidos por el romanticismo
cultural que nació en Europa y llegó a España, interpretarán este
nuevo orden como la primera unificación territorial de la península
ibérica, y el símbolo de lo que debería sería la nación española.
Con él elaborarían el discurso de la unidad patria en torno a
Castilla, como contrapunto defensivo respecto a los otros
nacionalismos periféricos que por este siglo se estaban
construyendo.
La Iglesia desempeñó un papel
esencial en este nuevo orden implantado tras la conversión. Empezaba
a dirigir la política, la economía, la sociedad, las costumbres de
los ciudadanos de aquel territorio. La mejor manifestación que se
nos ha trasmitido de esta nueva situación se encuentra en los
Concilios. Entre ellos, los numerosos de Toledo. En estas asambleas
peculiares, los nobles visigodos por un lado y los eclesiásticos por
otro, en armónica convivencia, legislaban sobre la vida en la tierra
como reflejo de la vida del más allá. La curia eclesiástica, entre
otras ocupaciones, proponía la elección de quién debía ser rey,
cuestión esta que nunca habían terminado de cerrar las intrigas y
conspiraciones de los visigodos. Así fue como aparecieron los
tiempos felices, según el recuerdo de los clérigos mozárabes que, en
su exilio de siglos, compondrían la historia. Aquel universo perdido
era una Arcadia utópica, en la que el poder religioso y el poder
civil regían al unísono los destinos colectivos. La ciudad de Dios
que San Agustín había imaginado desde Hipóna. Un trasunto de la
historia del pueblo elegido del Antiguo Testamento que se repetía
con las mismas claves en el nuevo pueblo escogido, los españoles.
Cosa distinta es la veracidad o no de semejante interpretación, pero
en los tiempos difíciles la memoria experimenta grandes confusiones
y la necesidad de supervivencia recurre a cuantos elementos le
puedan resultar útiles.
Pronto, sin embargo, el mundo
perfecto, regido por un sistema teocrático, se terminó derrumbando.
Y para explicar este desastre, los propios escritores religiosos, se
olvidan de los hechos y recurren a la leyenda. En cuestión de breves
años ese orden equilibrado se viene abajo por la actuación de D.
Rodrigo. Según cuentan, quiso tener acceso a los secretos que yacían
ocultos desde tiempo inmemorial. Desafió el esquema dominante,
pretendiendo acceder al conocimiento del bien y del mal. Como a un
nuevo Adán, su osadía le supondría la expulsión del paraíso. Esta es
la leyenda; de la historia real poco sabemos. Aunque todo apunta a
una situación de descomposición del estatus regio y nobiliario por
las luchas de poder que ni la iglesia fue capaz de detener. Poco
sabemos de las causas, por la oscuridad de las fuentes, que
posibilitaron la llegada del invasor. Lo que es casi seguro es que
todavía no había adquirido la condición de enemigo – eso sucedería
bastantes siglos después- y que su triunfante llegada pudo ser
considerada como un alivio. Vinieron aquí llamados por una de las
facciones en conflicto ante el colapso social e institucional en el
que se encontraba la monarquía visigoda.
La
mala gestión de D. Rodrigo, al romper el equilibrio establecido,
supuso la perdida del territorio y del poder. Un grupo reducido de
árabes, según narran las leyendas de uno y otro lado, conquistó en
menos de tres años sin demasiadas luchas ni resistencia más de la
mitad del territorio de la península ibérica. Aquí hay que descartar
que solamente los traidores fueran los judíos, como alguna versión
de la historia apunta. Probablemente fue una elaboración posterior
de los tiempos en los que estos eran declarados gentes a perseguir.
La gran mayoría de los ciudadanos de la época se quedó viviendo en
los lugares dónde estaban. Si hubo traidores, lo fueron todos. Tan
fulgurante avance no pudo ser posible sin la colaboración efectiva
de los hispanos-visigodos, quienes debieron pensar que la presencia
de estos guerreros de sur no acabaría con el orden implantado. Sin
embargo, los invasores tenían planes distintos.
Bajo el dominio de los nuevos
conquistadores quedaron la mayor parte de los que vivían en las
ciudades y en los campos. Es más, mantuvieron las creencias
religiosas, aunque en cuanto a las costumbres, el lenguaje, la forma
de vestir fueron adoptando poco a poco los modos de la mayoría
gobernante. A los que así actuaron se les conoce con el nombre de
mozárabes. Fueron en todo el Al-Andalus numerosos e influyentes, si
bien su vida no siempre resultó fácil. Paulatinamente los impuestos
se empezaron a hacer más insoportables; se iniciaron persecuciones
por motivos religiosos y no tardarían en aparecer los mártires. A
semejanza del pueblo escogido de Israel, la historia sagrada se
volvía a repetir: tiempos de tribulación y angustia hasta la venida
del reino de los cielos. En este ambiente se gestó la idea de la
resistencia. Posteriormente se hizo necesario dotar a esta
resistencia de contenidos ideológicos que fundamentaran la lucha. Se
inició la transmisión oral de la Historia con la vista puesta atrás,
en lo tiempos en los que los cristianos no eran perseguidos, sino
que mandaban; cuando no eran minorías influyentes, sino mayorías
dominantes. Tomaba así cuerpo el sueño de un pasado idealizado que
se fue trasmitiendo de generación en generación. Seguramente en las
iglesias mozárabes de Toledo, de Córdoba o de Granada se mezclaban
los sentimientos religiosos con los sentimientos de liberación, la
política con la fe, la vuelta a la tierra prometida que se había
perdido por el olvido de Dios y de las leyes. La historia así
contada responde a la interpretación lineal de la civilización judeo-cristiana
en la que hay un punto en el que comienzan los hechos de los hombres
con una caída y avanzan, entre sufrimientos y penalidades, hacia la
Redención final. Y desde Toledo, el territorio más extremo de Al-Andalus
estos mensajes llegarían a las montañas de Asturias, de Santander,
de Huesca donde se transformaban en libros. El mecanismo psicológico
era el mismo que había posibilitado a los judíos, también muy
numerosos en Toledo, la supervivencia y la nostalgia de aquella
tierra prometida a la que un día volverían.
El sueño de una vuelta a aquel
tiempo de gloria, mantenido y reforzado a través de siglos, daría
lugar al concepto de reconquista. No obstante, el concepto no
siempre tuvo el mismo significado, como no fue siempre igual su
intensidad. Periodos hubo en los que nadie quería pensar en los
tiempos del pasado ni en las guerras del presente. La reconquista
fue un concepto en constante evolución y perfeccionamiento. Incluso
durante una etapa de la reciente historia de España, el término
reconquista no tuvo las mismas significaciones que pudo tener en
épocas diferentes. Otra cosa es que la idea perviviera y cobrara
fuerza en los momentos de mayores convulsiones. La reconquista no
era otra cosa que el retorno a los orígenes perdidos del reino de
los visigodos. Jiménez Lozano ha sido quien mejor ha expresado lo
que fue el movimiento mozárabe <de Liébana, y a propósito de la
glosa teológico-política que Beato hace del Apocalipsis, partirá un
doble movimiento liberador: un movimiento militar contra el poder
islámico y un movimiento religioso de ortodoxia integral y
monolítica que estaba en el corazón mismo de lo mozárabe como
defensa del acoso cultural islámico y seña de identidad cristiana.
Parecido significado militar y
religioso tendría, con el tiempo, cuando la iglesia de Toledo
prescindiera de los recelos hacia la iglesia de Compostela, el mito
de Santiago, otro invento indefinido que terminaría convirtiendo al
apóstol Santiago, en Santiago matamoros. No es ajeno las disputas de
poder entre ambas sedes episcopales que el nacimiento de la
Reconquista se sitúe en un territorio neutral, como es Asturias, y
con un personaje, D. Pelayo, probablemente inexistente y no en
Galicia. Al margen de esta cuestión, poco a poco de la resistencia
en las montañas se pasaría a la reconquista en la planicie, copiando
los mismos mecanismos de la guerra contra el infiel de los árabes.
Aparecía la yihad cristiana o, dicho con otro nombre, la Reconquista
con toda su carga ideológica de combate contra el invasor de otra
raza y otra religión.
Como sucede en todo movimiento
revolucionario o resistente, los mozárabes fueron devorados por los
nuevos tiempos. Siglos y siglos alimentado ideológicamente la vuelta
de los cristianos a Toledo, la antigua capital del reino visigodo, y
cuando por fin ocurrió fueron apartados del triunfo soñado. No se
instauró el viejo orden visigótico, porque los conquistadores –
siempre los conquistadores tienen otros proyectos – prescindieron de
aquellos que durante siglos había resistido las persecuciones y
arbitrariedades de los árabes. Los mozárabes se habían quedado
anticuados y anclados en sus añoranzas de un pasado fenecido. Fueron
los primeros grandes derrotados de Toledo. El mundo empezaba a
moverse de otra manera. Según las normas de Cluny. Los cluniacenses
representaban un proceso de renovación de la iglesia de Roma y
también de Europa. De hecho cuando llegaron a Toledo, con el obispo
D. Bernardo a la cabeza, no sólo no quisieron reconocer los méritos
de los mozárabes, sino que acabaron con su liturgia y sus ritos, que
no era otros que los ritos y la liturgia de los visigodos. Ya no
eran los dueños de la ciudad, ahora eran otros que venían, eso si
del Norte, pero que nada tenían que ver con los antiguos visigodos.
En fin, fueron derrotados civilmente, políticamente, socialmente,
económicamente. No obstante, a pesar de tanta derrota, también como
suele ser frecuente con los resistentes y los revolucionarios, sus
ideas sobrevivieron. Permanecieron sobre su desaparición como
colectivo en las crónicas escritas por los monjes mozárabes en los
cenobios del Norte. El sueño de los tiempos antiguos perviviría a lo
largo de siglos. El imaginario político de unos tiempos de
resistencia y reconquista pasaría a formar parte del imaginario
colectivo que se plasmaría en los diferentes textos que darían
origen a la Historia de España.
La continuación de esta forma de
escribir y entender la Historia se sitúa una parte en Toledo y otra
fuera de él y en dos momentos diferentes. Unos siglos más tarde a
los hechos que se han narrado. Primero en el siglo XVII, cuando se
inicia la decadencia de la ciudad y un grupo de clérigos toledanos
deciden reescribir la historia, incorporando las interpretaciones
que habían elaborado los mozárabes. El más significativo de esos
historiadores será el padre Mariana, quien desde la residencia
próxima a la iglesia de S. Ildefonso, escribió Historia General de
España, que influiría en toda la historiografía posterior. Una vez
más desde Toledo, un clérigo volverá a construir la historia como la
añoranza de unos tiempos pasados. La segunda parte de esta forma de
entender la Historia se escribiría en el siglo XIX. Pero eso ya es
asunto de otro artículo.
VIII
VIAJE A UN PROCESO DE LA INQUISICIÓN
El Greco. Se nos han contado tantas
cosas del Greco, que apenas es una idea. Ya no es un ser real, ni
siquiera un fantasma. Es un ente entrópico, sin pies, ni cabeza, ni
ojos, sin sentimientos, sin dudas, sin ira. Nos han dicho tantas
cosas de él que ni siquiera llega a la dimensión de estereotipo.
Tanto es así que hasta sus obras han dejado de ser suyas. Las vemos,
las interpretamos o las sentimos en función de nuestras sensaciones,
de nuestras situaciones personales. Son las ventajas del turismo de
consumo y los inconvenientes de la popularización de la cultura. Por
eso nos hemos olvidado que una vez existió, que vivió, entre otros
lugares, en Toledo; que fue un hombre con sus pasiones y sus
miserias, sus amores y sus fobias, sus dudas y sus seguridades, sus
rebeldías y sus claudicaciones, sus arranques corajudos y su
soberbia, consciente de su superioridad técnica e intelectual. Pues
bien, este hombre de carne y hueso, durante ocho meses fue traductor
en un juicio celebrado por la Inquisición en Toledo. Una
colaboración humilde y hasta cierto punto humanitaria, que nos
acerca al personaje en su condición de entidad concreta en un tiempo
real y en unas circunstancias reales.
La Época. La primera mitad del
siglo XVI en Toledo fueron años convulsos. Lo mismo que la segunda
mitad, aunque las convulsiones fueran por motivos diferentes. Fuero
cien años de agitación e incertidumbres. A pesar de la riqueza que
venía del nuevo mundo, nada era estable y se extendía entre todos la
sensación de que nada funcionaba bien. Todos eran sospechosos de
cualquier cosa. Cuando esto ocurre, solemos decir que son tiempos
duros. Tiempo recios, los llamó Santa Teresa. En efecto, fueron
tiempos difíciles en los que la sociedad no era una asociación para
la vida, sino para la traición.
A
crear semejante ambiente espiritual y social contribuyó en lo que
pudo la Inquisición, aunque no fue ni la única institución ni la
única circunstancia. Fue la suma de diferentes variables las que
configuraron aquel siglo tal como hoy le conocemos. De lo que no
cabe duda es que el estado de psicosis colectiva de aquellos tiempos
originó la persecución de todo lo que fuera distinto o lo pareciera:
judíos, moriscos, conversos, profetas, visionarios, protestantes,
alumbrados, extranjeros y cuantos no encajaban en aquel orden
opresivo. En este contexto de sospechas, intrigas y conjuras, la
Inquisición celebró un juicio en Toledo contra unos extranjeros,
acusados de prácticas moriscas. El Greco participó en él y les ayudó
como traductor.
Toledo. La ciudad había sido
capital de la Corte, aunque el concepto de capital de entonces nada
tenga que ver con el actual. Cuando la Corte se trasladó – estuvo
itinerante bastante tiempo-, la ciudad continuó viviendo, con la
inercia de las ideas y la potencia de la economía generada durante
siglos, como si fuera capital del imperio. Es seguro que no fue una
ciudad alegre y confiada, pero tal vez si despreocupada. A ella
llegaban desde la Europa central, desde el Mediterráneo y del mundo
recién descubierto los que buscaban hacerse un hueco en la difícil
ocupación de vivir; pero sobre todo llegaban los que tan sólo
aspiraban sobrevivir, que los tiempos no daban para mucho más.
Toledo era una ciudad cosmopolita,
heterogénea y, con toda probabilidad, cerrada al que venía de nuevo
y de fuera. Sabemos que había portugueses, genoveses, flamencos,
griegos, bizantinos y otros. Por eso llegó el Greco aquí, con el
mismo mecanismo que ha utilizado siempre a la emigración: el
traslado a los lugares dónde ya residen gentes del mismo pueblo o
del mismo país. Por este procedimiento de la inmigración y por la
riqueza que se decía, entre las naciones de la época, había en
Toledo. Entra dentro de lo normal que el Greco fuera solidario con
un paisano de Atenas, si era acusado de prácticas moriscas.
El Procesado. Su nombre griego,
traducido al castellano del momento, es el de Miguel Rizo Calcandil,
otros traducen Carcandil. Era natural de Atenas; tenía 18 o 19 años
cuando fue detenido; con una sola hermana, llamada Argiros,
residente en Atenas. Sus padres eran cristianos y pronto, empujado
por las necesidades de la familia, Miguel empezó a aprender el
oficio de sastre. Su vida cambió de golpe a los 12 años. Cuando
formó parte de la cuota de 1000 jóvenes de toda Grecia que, como
impuesto trianual, había que pagar al conquistador turco. De este
tributo de personas, cada uno según su apariencia física era
destinado a la milicia, a la guardia personal del emperador, al
harén o al palacio como sirviente. Todos debían convertirse a la fe
de los conquistadores. Seguramente los padres, antes del traslado a
Constantinopla, le contaron que en la ciudad a la que iba vivía un
tío monje, de nombre Macario, que era influyente, por ser cercano al
archimandrita del cenobio en el que profesaba. Tal vez por eso no
fue destinado al serrallo y a su vez se libró de formar parte del
grupo de eunucos que atendían a las concubinas y mujeres del
emperador.
Por los oficios del monje fue
puesto al servicio de un servidor intermedio de la burocracia del
emperador. Este pudo ser Demetrio Phocas, apellido relevante en el
mundo bizantino, aunque
bien pudo ser otro. Es probable que este mismo, con el apoyo de
varios prelados pudiera salir de Costatinopla y viajar a Florencia
primero y después a Génova y desde allí unirse al cortejo de la
emperatriz María de Austria que viajaba a España. Una huida en toda
regla por la dureza de la situación de esclavo. Una vez en Madrid,
tanto Phocas como el sirviente Miguel Rizo, amparados por el
Cardenal Quiroga, se trasladaron a Toledo para pedir limosnas con
las que poder pagar la liberación de familiares cautivados por los
turcos, probablemente como represalia por su huida. Ya en Toledo, en
el año 1582, tanto uno como otro fueron denunciados a la Inquisición
por un criado, que según contó, había visto a Demetrio Phocas
haciendo prácticas moriscas. Miguel Rizo, que siempre negó estas
prácticas de su amo, fue también acusado de apostasía, herejía y de
practicar <el guadoc>, <la sahala> y <la çala>. En mayo de 1582 era
detenido y sometido a un proceso judicial que duraría ocho meses.
Durante el desarrollo del mismo, Miguel Rizo pasó el tiempo
encerrado en las <cárceles secretas> que la Inquisición tenía en
Toledo.
El Proceso. Los intervinientes en
el juicio, además de los acusados, fueron tres inquisidores,
pertenecientes a las ramas segundas y terceras de la nobleza. Fueron
Lope de Mendoza, Francisco Dávila y Juan de Zúñiga, nombres ligados
a familias conocidas e influyentes en la Corte de Felipe II. Como
consultores actuaron el licenciado Andrés Fernández y Pedro de
Carvajal. El abogado defensor fue Luís Tello Maldonado y el fiscal
Pedro Soto Cameno, a quien correspondió formular las acusaciones
contra el imputado de <hereje, apostata, moro, excomulgado, perjuro
y encubridor de herejes>. Los secretarios fueron Alonso de Castellón
en la primera parte del proceso y en la segunda, José Pantoja,
personaje importante de la sociedad toledana.
El juicio se componía de cuatro
partes: la audiencia, que en este caso fueron nueve; las acusaciones
del fiscal; la intervención del defensor y la fase de sentencia que
podía constar de varias audiencias previas hasta la comunicación de
la sentencia final.
Peculiaridad del proceso. En el
juicio celebrado en Toledo durante los meses de mayo a diciembre,
coincidiendo con la celebración de un Concilio en el que hubo un
enfrentamiento no suave entre la Iglesia y el poder civil, se
hablaron dos idiomas: el castellano y le griego. De ahí la
intervención del Greco como traductor, que en los textos del
tribunal se le cita como “lengua”. ¿Por qué se prestó el Greco a
este menester, cuando había otros compatriotas que llevaban más
tiempo en la ciudad y podían conocer mejor el idioma? ¿Fue por
solidaridad o por indignación? ¿Fue para defender lo que el creía
era el derecho a la libertad, pese a la diferencia?
Lo cierto es que el proceso
responde a una de las causas de acusación frecuente en la época.
Todo lo que sonara a moro era sospechoso y por lo tanto susceptible
de ser juzgado. La sociedad vivía en una ambivalencia permanente,
fuertemente influenciada por la rebelión de las Alpujarras y los
destierros masivos tanto a África como a diferentes lugares de la
propia península. Por todos lados se veían espías, como si se fuera
a producir una nueva invasión árabe y nadie se libraba de ser
sospechoso de prácticas moriscas. La sociedad vivía en un estado de
terror en la que todos eran candidatos posibles a ser espías al
servicio de no se sabe quien. Por lo tanto, acusado sin motivos,
salvo los rencores o los odios de los cercanos. Por un lado Demetrio
Phocas y por el otro Miguel Rizo trasmiten al traductor que ellos no
han incurrido en prácticas moriscas porque se consideran cristianos
de corazón y que como tal piensan vivir y morir.
Gracias a la intervención del Greco
fue posible la celebración de un juicio en el que se respetaron toda
clase de garantías para los acusados, incluido el idioma, lo que
debe ser consignado.
La Sentencia. Los documentos nada dicen ni de los miedos ni de los
temores del joven Miguel Rizo. Tampoco cuentan nada sobre si hubo
torturas físicas para asegurarse el triunfo de la verdad, porque las
síquicas parecen evidentes. De lo que no puede haber dudas es que
para aquel joven, que había huido de la esclavitud de los turcos, la
experiencia debió ser inolvidable. ¿Cuál peor de las dos? Nunca lo
sabremos. Al final se pronunció la sentencia en el siguiente tono:
<en consecuencia de lo qual que devemos absolver y absolvemos al
dicho Miguel Rizo Calcandil de la instancia deste juycio y por esta
nuestra sentencia assi lo pronunciamos y mandamos pro “tribunali
sedendo” y mandamos alçar y alçamos qualquier secreto y embargo que
de sus bienes esté hecho por nuestro mandado que le sean buelto y
entregados….>.
Después de ocho meses en las
prisiones de la Inquisición, Miguel Rizo y Demetrio Phocas volvían a
ser libres. En poco tiempo ambos dejaron Toledo e iniciaron camino
hacia Santiago de Compostela. Atrás quedaba la pesadilla de varios
meses en una ciudad agobiante; también quedaba atrás la intervención
del Greco, prestándose a servir de intérprete para la garantía de la
causa de la justicia. Atrás quedaban también las cárceles de la
Inquisición, los métodos para obtener la verdad, la delación por
venganza y la fiereza del fiscal. AL Greco había correspondido
facilitar que el juicio se celebrara y colaborar a conseguir al
final la sentencia y, tal vez por ello, la libertad de los acusados.
El final. Sus nombres se difuminan
tras la salida de Toledo. Si existieron secuelas de alguna clase, lo
descocemos. Tan sólo podemos decir que su memoria se pierde en ese
lugar impreciso en el que se pierden los nombres, incluido los
famosos. Y en Toledo, en un día de mayo de cualquier año, hemos
viajado a un juicio realizado por la Inquisición, como consecuencia
de una delación anónima. Un juicio que contó con la presencia de un
traductor, que varios siglos después se convertiría en un pintor tan
celebre que apenas si es una idea, un ser real.
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