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  En Puntos de vista | Jesús Gallardo Ordoño  hoy 

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Jesús GALLARDO ORDOÑO

 

 

El purgatorio

 

Descanso en la soledad de la celda agobiado por el resentimiento. Nadie quiere mezclarse conmigo; todos me muestran su desprecio. ¡Merezco el mismo destino que mi familia perdida!

Desde aquel incidente simplemente respiro, pero en cada bocanada la rabia ahoga las ganas de seguir vivo. Lamento lo que hice, pero no puedo devolverles la existencia, aunque sigo siendo dueño del dolor que me proporciona la valentía para alejar la silla y terminar de una vez por todas. Lo hago, y noto el latigazo de la justicia en el cuello roto, por fin.

 

Despedida

 

Metí mis cosas en la maleta y la cerré. Al salir de la habitación la busqué, aunque supe que nunca la volvería a ver. Al pasar por delante de la cocina me fijé en esos pasteles que hacía mi madre; quedaba uno sobre la bandeja. Lo apreté contra el paladar y desapareció. En el quicio de la puerta eché un último vistazo a aquella casa que me había acogido durante una semana. Ahora tendría que volver a pedirle a mi madre que hiciese más dulces, de esos que tanto les gustaban a las chicas.

 

Explotación

 

- No estoy dispuesta a soportar más calamidades. Pagamos el alquiler; no pueden arrebatarnos la dignidad.
- ¡Si pueden! La casa es suya. Necesitamos este trabajo –replicó en voz baja, con temor de ser escuchado.
- ¿Y qué? –protesté casi a gritos- Vivimos como animales.¡Hace demasiado calor! -sentencié, secándome las gotas de sudor de la frente.
La puerta se abrió. Entró la pareja que compartía con nosotros el suelo de la diminuta habitación transportando su propio colchón. Se acomodaron en silencio, sin regalarnos una sola palabra.
¡En Senegal, por lo menos parecíamos personas!

 

En el talego

 

Esa es la última ocurrencia del que duerme encima de la litera. Hace una semana que ingresé en el talego y ya estoy hasta los huevos de aguantar a gilipollas. Mi compañero de celda es un chirlero de mierda, que se acojona con mirarle. Lleva una semana encerrado y no separa el culo de la pared, por si le colocan los de siempre.
Es una putada que me trincaran, pero dile a los colegitas que no fue culpa de ellos, sino una jodida casualidad, y un despiste del menda por no escuchar las sirenas de la bofia.
¡Tráeme tabaco…

 

¿Drácula?

 

No pienso dejar el castillo hasta que lo haga. Insiste en repetirme que tan solo es un actor, contratado para asustar a los turistas, aunque yo sé que ningún maquillaje puede otorgar tanto realismo. No me importa lo que digan los agentes, empeñados en repetirme frases que no entiendo en esa lengua romance. No puedo volver a España sin una foto con Drácula colgada de mi cuello; pero del verdadero, el del Castillo de Bran. Ya me imagino a mis amigas muertas de envidia cuando les cuente la aventura y les enseñe mis colmillos. Pero… ¿por qué me detienen?

 

El abuelo

 

¿Qué será?, responde el hombre mirando sonriente el trozo de plástico sobre el césped mojado.
“No lo sé”, repite mientras mira el suelo hipnotizado.
“Puede ser cualquier cosa”, reflexiona en voz alta sin moverse, como una estatua esculpida de sorpresa.
Un niño pasa corriendo y recoge su `tazo´ sin fijarse en aquel hombre, que queda sin nada que hacer, sin objetivos.
Otra niña le coge entonces su mano para acompañar al abuelo a su casa; se acerca la hora de la cena.

 

Un amigo diferente

 

< No sé que decirte, no conviene que salgas con este frío>. El niño creyó que le habían leído el pensamiento cuando su padre le ofreció el abrigo y la bufanda sin hacer mención a ese asunto. Se extrañó por la despreocupación de los mayores y quiso saber el motivo.
–¿Dejo a mi amigo en casa? Hace frío
–Que haga lo que él quiera, cariño. Decididlo vosotros –sentenció la madre mientras le regalaba un guiño cómplice a su marido.
Los tres salieron de casa, sin saber los adultos si el amigo imaginario de su hijo les acompañaba.
 

 

Fidelidad o libertad

 

No funcionó, y no fue culpa de ninguno de los dos. Ella pensaba que nuestra relación se basaba en la lealtad, y para mi eso de la fidelidad siempre ha supuesto una barrera infranqueable. Le prometí sinceridad a partir de ese momento, pero ella seguía queriendo tenerme en propiedad. Le entregué el anillo y quise ofrecerle un beso de despedida; su reacción fue desproporcionada al golpearme la entrepierna con saña desmedida. Desde el suelo la ví alejarse sin remedio. Por fortuna, me acompañaba mi última conquista, conocida por la noche, explorada y amada hasta el amanecer. ¡Me ayudó a levantarme!

 

El secreto

 

¿Recuerdas su nombre?
Es curioso cómo el tiempo adormece los sentimientos y empaña la memoria. Creímos que era un hombre y sin embargo acabó por casarse con Antonio.
El amor no tiene género ni obligaciones morales. Recuerdo… Fernando, el tímido, como le llamábamos, a pesar de guardar entre las piernas el motivo de sus silencios.
Se han marchado para siempre, a vivir en otro sitio, donde no les juzguen por querer ser felices, ni les señalen con el dedo por maricones.
¡Por Dios…, que todos tenemos secretos!

 

El Teatro

¡Te quiero, como nunca creí que te querría! –declama el artista para poner punto y final a la obra representada.

El telón desciende arropado de silencios. Nada en el patio de butacas; nada en el espacio reservado a los reconocimientos.

Se detiene el tiempo; el temor se apodera de la compañía.

Un instante estancado para siempre; un intervalo de incertidumbre; un desenlace no deseado.

Las miradas entre bambalinas acusan los peores presagios. Nadie se mueve. Las respiraciones se detienen, la turbación invade el ambiente de contrariedad y descalabro. Las manos se buscan

 

entre las tinieblas de la tensión y el pánico a perecer el mismo día del estreno.

Segundos interminables de agonía.

De repente… un aplauso, otro, y otro. Muchos. Decenas de ellos, en una sinfonía atronadora de alivio y alegría. La cortina se levanta y el espectáculo impresiona.

El patio de butacas reconoce, puesto en pie, el trabajo de los cómicos. Las manos, antes ateridas y sudorosas, se mezclan ahora en un armonioso juego de dedos anhelantes de encontrarse. Juntos arrastran los cuerpos hasta la cabecera de la escena. Respiran aliviados. Viven, por fin, el sueño deseado.

¡Qué línea tan escasa separa el triunfo del fracaso!

 

 

De mayor, trapecista

 

Se lanzará desde el trapecio, como tanta otras veces, sin red, con la emoción que genera el riesgo a la caída.

Los ojos del niño estallan de la emoción.

Los redobles de tambores inundan el ambiente de la carpa, salpicado por la tensión de la incertidumbre.

Un amago del protagonista y un suspiro general.; salta sujeto a la barra del columpio, que suelta para hacer otra pirueta y medio salto mortal, antes de agarrarse al segundo trapecio y reventar de aplausos el espacio reservado para el triunfo.

Y el pequeño, que de mayor también quiere ser trapecista, le susurra a su padre su secreto.

 

Delito en el corazón de La Mancha

 

La carne apretada, apelmazada de sabores penetrantes. El color atractivo, protegido por la luz agonizante del verano, colgado del árbol rebosado de apetencia. Un suspiro decidido antes de atreverme a quitarle ese brote ya maduro. La mordida del melocotón robado me supo a aventura, a riesgo y a mi tierra.

 

Lolita

 

Mis problemas de erección no se resolvieron pagando por el amor; le aboné sus honorarios y abandonó la habitación. Solo, abatido y absorbido por las dudas sobre mi masculinidad, caí tendido en la cama, rabioso por no ser capaz de dominar un miembro agonizante.

Pensé en aquella chica del instituto de la que siempre estuve enamorado sin que ella lo supiese. Añoré las sensaciones adolescentes, la sangre enfriada con su mirada, la tensión de su contacto, el olor a lolita. En un instante sentí la fuerza de la virilidad concentrada en unos pocos centímetros.

 

La  niña

 

No, así es el infierno, pues del mismo modo que se pierde la ilusión se marcha para siempre la esperanza.

Deja sobre la mesa los papeles de adopción, mientras abraza a su mujer, que sujeta entre los dedos la fotografía de esa niña tan pequeña e indefensa, con los ojos rasgados y el rostro ausente de sonrisa.

Arruga el retrato mientras deja escapar lágrimas de rabia por la noticia recibida. Su pareja la estrecha contra el pecho y le promete que todo se arreglará cuando vuelvan a buscarla. Hasta que eso ocurra la vida se ha convertido en un abismo de tinieblas para ella.

 

Juegos peligrosos

 

La madre perdía los nervios cuando el niño mayor molestaba con insistencia al pequeño, acurrucado en la esquina del sofá, expectante, y con los ojos vendados. El hermano le introducía el dedo en la boca y lo sacaba antes de que la cerrase. Las arcadas de la víctima ocupaban el ambiente. La risa del primogénito se oía en toda la casa, hasta que el pequeño hizo presa con sus mandíbulas apretadas, justo cuando un bofetón adulto impactaba en la mejilla del torturador. El verdugo perdió las ganas de jugar al toparse con su propia medicina.

 

Yo iba para campeón del mundo

 

Jugaba de pequeño con las amigas de mi hermana y nunca me aceptaron.

Le quitaba las muñecas y mis padres criticaban encolerizados una actitud que consideraban equivocada.

Soñaba con pinturas y esperaba acompañar a mi madre de compras; depilarme las piernas y maquillarme la cara.

Quería sentirme los pechos erectos y el cuerpo terso como la leche, despertando la inquietud de los ardores masculinos, género que nunca me aceptó como parte de su universo de machismo, fortaleza y ausencia de sensibilidad.

Crecí cabizbajo y avergonzado, escondiendo mis tendencias y alimentando de temores una adolescencia ambigua y tenebrosa.

Las madres, siempre dispuestas a perdonar y aceptar las “desviaciones” de los hijos acabó aceptando una verdad incuestionable, aunque fuese entre mares de lágrimas y atragantamientos de vergüenza social.

Mi padre rechazó mi mirada, escupió soeces irrepetibles con espuma por su boca, despreciaba lo que representaba y se sentía vejado por un hijo estudioso, cariñoso, educado, nada conflictivo, pero con el error genético de sentirse homosexual. Dejamos de vernos el día que harto de escucharle nos enfrentamos, con mi madre de testigo hasta que no puedo reprimirse y se puso de mi lado. Recogí mis cosas y escapé de aquella cárcel de intolerancia y humillación permanente.

Salía por la puerta, con mi madre llorando como siempre, y con el grito desgarrado de un padre enfurecido, fuera de sí y obtuso de ira:

- No vuelvas. ¡Ya no tengo hijo! Vas a ser el campeón del mundo de los maricones.

Me costó salir adelante, encontrar un trabajo, aceptar una sociedad injusta y cínica, desgarrada de tantas mentiras y engaños mantenidos en el tiempo.

Viví solo, casi escondido de mis sentimientos, sin amigos, y escondiendo a los pocos que encontraba mi homosexualidad para no perderlos.

Atravesé desiertos de personalidad y océanos de desengaño hasta aceptarme tal como era, y defender el derecho a una vida como las demás.

El mundo me pareció distinto cuando las personas empezaron a respetarme.

Hoy vivo en pareja, se llama Pedro, y somos los campeones del mundo de la felicidad. No presumimos de marcas, ni medimos los tiempos; somos seres humanos que han encontrado el camino de la placidez y la serenidad.

Cuando paseamos cogidos de la mano advertimos miradas furtivas de reproche, y gestos de desprecio, pero cada vez son menos los homófobos y más los que aceptan una realidad que significa convivencia y comprensión, los pilares del progreso de los pueblos.

Somos campeones del mundo porque estamos cambiando un planeta que necesita de nuevos retos y mejores horizontes para los hombres y las mujeres.

Campeones del mundo y ganadores de una guerra con demasiadas víctimas

 

El final de la vida

 - Tal vez sea mejor que se quede en casa –replicó, convencido de aconsejar lo mejor para todos.

- Siempre evitas enfrentarte a los problemas –acusó su mujer antes de imponer su criterio- ¡Se viene con nosotros!

- ¡Claro, ya empezamos! – murmulló, antes de calibrar las consecuencias de sus palabras- Si se tratase de mi madre seguro que la dejábamos aquí.

- Vuelves con lo mismo, me tienes harta. Estoy cansada de aguantarte.

- Tú si que repites la misma letanía una y otra vez    .

La levantaron del sofá y la acompañaron a la puerta. Ninguno de los dos advirtió el lagrimal inundado de la anciana.

 

El paso del tiempo

El último puñado de tierra ocultaba la crueldad de un crimen desgarrado. Huí del lugar aturdido, asustado de lo que acababa de hacer. Nadie me comprendería; nadie me perdonaría. Escapé de mis propios miedos sin volver la mirada. Avancé por la senda de la vida con la rémora de aquello que siempre perseguiría a mi conciencia. Tras años de búsqueda decidí regresar al lugar de mis desdichas. Con las mismas manos, cómplices de lo ocurrido, separé la tierra del jardín y recuperé la alianza de mi amada, que me pertenecía.

La miré... como había cambiado.

 

El perro

No aguanto ni un minuto más. Lo siento. Es imposible seguir. Parece mentira que no lo entiendas.

Sinceramente, estoy cansada, agotada de intentarlo.

- He decidido abandonarte –confesaba a su acompañante-, aunque me mires con esos ojos tiernos y lastimeros. Creí que podríamos lograrlo, pero ha sido imposible.

 

No bajes las orejas, ni arrugues el hocico, ni gimas para desarmarme. Te dejo, pero reconoce que te lo has ganado; no soporto esa manía de arañarme el parquet.

¿No haces nada? ¿No ladras?
¡Está bien!


No puedo hacerlo; monta en el coche y haz lo que quieras.

 

 

EL Crédito

Siempre hablabas de lo que haríamos juntos, de los momentos que todavía nos quedaban por vivir. Soñamos tantas cosas que parece mentira que me hagas esto.

Sigues ahí callado, con la mirada perdida, y ausente de ilusión.

- ¡Háblame, por favor! No merece la pena repetirlo, ¿para qué? Tú ya has decidido por los dos. Has tenido que hacerlo. Nos has encadenado a esas letras infinitas, a esa incertidumbre de subidas y bajadas, a esa terrible agonía de final de mes, sin pasado ni futuro, sin salidas. Con el crédito hipotecario has dado un portazo a la esperanza…

 

El deseo

- Seguro que no te arrepientes, cariño. Por fin estaremos juntos, sin tu madre.

La suegra había quedado aparcada en el pequeño apartamento, mientras el “niño” y su novia se corrían una juerga. La habían convencido para que se quedase; en realidad buscaban un nido apropiado donde culminar las vacaciones con un buen revolcón.

No esperaban, sin embargo, hacerlo en la habitación de un hotel de mala muerte, sin ventanas, con una atmósfera ausente de glamour y llena de suciedad.

- Lo siento, mi amor –le dijo mientras se desprendía de los pantalones- No podía permitirme otra cosa.

Ella le dejo plantado, en calzoncillos, sin saber donde esconder el tamaño de su deseo.

 

El desquite

- Vete, si tanto lo deseas. Volverás a por tus cosas, pero no encontrarás nada. Quemaré tu ropa, romperé tus enseres, haré desaparecer tu olor del ambiente, te olvidaré y buscaré un cuerpo que me acepte, una mente que me comprenda y un ser humano que me respete.

Le ofreció sólo desprecio, antes de recibir el dolor que ocasionan las palabras.

- Creí que eras sensible y descubro que no tienes alma. Creí que me querías cuando solo me follabas. Creí que dabas algo y me estabas quitando la vida. Creí en ti y tú no existías.

 

Desaparición de la escena

 El actor principal declamó el último verso de la obra, casi al mismo tiempo que el público se ponía en pie para aclamar a la compañía.

La primera actriz había desaparecido de la escena. El telón subía y bajaba esperando su regreso. Los comediantes saludaban agradecidos, aunque nerviosos por la ausencia producida. El público aplaudía a rabiar; imaginaba que la protagonista esperaba una ovación más cerrada.

Al poco, el teatro se vaciaba entre murmullos y rumores inventados sobre el paradero de la artista. La policía revisaba todos los rincones. ¡Nada! Acababa de producirse una intriga digna del mejor libreto.

 

Desde fuera

Otra vez con la misma historia. Besos, abrazos y carantoñas antes de la habitual discusión, los insultos y las amenazas. Ya no aguanto estas reuniones familiares para sacar a la luz las vergüenzas más escondidas. Las envidias son la salsa del encuentro, aderezado de un poco de rencor y salpimentado con los soeces comentarios de hermanos, primos, suegros y nueras; adornados todo con los llantos y la sorpresa de los niños más pequeños. Estoy harto de aguantarles, nunca más aceptaré prepararles el catering, por mucho que me paguen.

 

Desfile de carnaval

No pude transformarme en princesa porque el imbécil seguía mirando. Como presidente del jurado se creía con derecho a entrar en los camerinos. Le invité a salir y me regaló un guiño lleno de intenciones deshonestas. Sus ojos recorrieron mi cuerpo hasta sentirme casi violada. Avanzó un paso y adiviné en sus intenciones la lascivia de su mente. Entonces grité y le amenacé mientras escapaba por el pasillo hasta el escenario. Aproveché para acabar de disfrazarme. En el desfile aguantamos la mirada; le enseñe mis intenciones. Finalmente gané el concurso gracias al voto de aquel pervertido.

 

Capaz de todo

-Que ella decida si lo merezco –señaló el cuidador, dispuesto a sacrificarse por esa chica.

La pitón descansaba como ausente en el fondo del terrario, emboscada entre la maleza allí dispuesta, salvaguardada de las miradas curiosas y al cuidado de sus huevos.

La muchacha observaba al hombre protegida por los cristales, absorta de la valentía de aquél, capaz de todo por conquistarla. El reptil mostró los dientes de la mandíbula superior y resopló.

-Está bien. Me rindo. Te doy mi teléfono y quedamos.

El triunfador de la cita saco del bolsillo un ratón y lo lanzó a la serpiente.

 

Amigos en el parque

Mantenía su rictus impertérrito y su corazón de piedra sin moverse, con la mirada perdida y manchada de las cagadas insistentes de los pájaros del parque. Sigo viviendo en el mismo banco de siempre, rodeada de cartones de cajas vacías, y los otros, rellenados de vino de mesa barato de supermercado. Somos conocidos desde hace mucho tiempo. Los dos somos prisioneros de nuestras ilusiones: él para que algún día le trasladen a un paraje más transitado; y yo, esperando que llegue mi príncipe azul. Ambos soñamos cosas imposibles.

 

Bajito

Cojeando, me esforcé por alcanzar la fila de niños que regresaban del recreo. A pesar del empeño llegué tarde. Cerraron la puerta y ni siquiera llegaba al timbre. Golpee la madera, pero el ruido en el interior era demasiado bullicioso. Si esperaba, comenzarían las clases y tampoco nadie me oiría. Aunque me daban ganas de llorar me fije en mi pie descalzo y a lo lejos vi solitaria la playera que había perdido. Fui por ella, y gracias a ella, de puntillas, y el brazo muy estirado, llegué hasta el interruptor. Me abrieron, me calcé y deje de cojear; ya empezaban las clases.

 

11-M

Todavía huelo a nitrato cuando recuerdo la Apocalipsis de entonces. Sufro cuando revivo la desesperación de los hijos moribundos, la pérdida de esperanza de las madres, y la pestilencia de la dinamita quemada. Todavía hoy los vagones se tiñen del rojo de la injusticia y se me llena el corazón de la miasma de las víctimas. No puedo escapar de aquel horror, ni perdonar a los que lo provocaron. No quiero arrinconar la pena ni olvidarme de las caras de tantos inocentes. Prefiero luchar por ellos; y cuando dude, aspirar con fuerza el aire de libertad que superó a la tragedia.

 

Alzheimer

El hombre no comprende lo que pasa, ni el revuelo armado a su alrededor. Descansa sobre el césped, aún mojado del rocío. Suspira antes de confirmar que no entiende cómo ha acabado en ese lugar, con la caja rota de las pastillas a su lado.

Su mujer llora mientras le salva de la humedad del jardín.

Sus hijos le cubren con una manta térmica que le devuelva el calor del cuerpo.
El médico certifica la conveniencia de ingresarle.

Él se niega a aceptar que aquellas personas sean parte de su familia; ni siquiera sus nombres le resultas conocidos.

 

                  ¡Que se vaya!

Hasta siempre, y no vuelvas. Todos me miraron. ¿Y qué? Soy el único con el valor suficiente para decirle la verdad. Somos indigentes, no ladrones; pobres, pero honrados.
 

 

                                  El accidente

Ella sigue esperando la llegada de ese hijo pródigo. Nosotros la llamaremos más tarde, cuando volvamos y sepamos como se encuentra el primogénito. Sería terrible que el destino también le arrebatase este hijo; es lo único que la mantiene con vida... ¡Maldita carretera!

 

                             Cambio de opinión

 

Casi sin darle tiempo a reaccionar le cierran la puerta delante del hocico. Se arrulla junto a la puerta para sentir la brisa del exterior arrastrándose por la abertura inferior. Gime mientras olisquea el olor de sus dueños, que se alejan sin remedio del instinto del olfato. De repente, recupera la intensidad de la esencia de sus dueños y la cola inicia un frenético baile, vivo y entusiasmado. El ruido de la llave le hace levantarse y girar sobre sí mismo; de un salto agradece el gesto y gana la libertad perdida.

 

                               Demasiado tarde

¡
Ni una oportunidad más! ¡Vete de una vez!

Ni siquiera gira la cabeza. Recoge su mochila y cierra la puerta.

Suena el timbre. Abro dispuesto a escupirle a la cara la rabia que contengo. Me entrega el llavero, se marcha por la escalera.

Olvida la bolsa en el rellano. La recojo y la introduzco en la casa. Dudo, pero abro la cremallera. En su interior encuentro un ramo de rosas rojas y un mensaje: "¡Perdóname, te quiero!".

Salgo a la escalera y grito su nombre.

Demasiado tarde, ya no puede oírme.


 

La tumba del pintor


La noche cerraba sobre el perfil de Toledo. La luna se ocultaba tras oscuros nubarrones. Él, como un Merlín encantado, estaba allí, junto a la mezquita del Cristo de la Luz. Sus ojos brillaban como ascuas. Me extendió su mano fría y la apreté con fuerza.

- Busco la tumba de un pintor que vino hace muchos años de Grecia –me dijo.

Le señalé la cuesta. Él avanzó con pasos lentos y, antes de perderse en la oscuridad, pude apreciar el fulgor de su mirada...

Sabía que le conocía. Los rasgos de su rostro o la magia de su presencia me obligaron a seguirle. Apenas unos metros adelante se detuvo, giró la cabeza y volvió a fijarse en mi silueta, serpenteando con su mirada acerada de fuego cada centímetro de mi cuerpo. Adiviné en las comisuras de sus labios, como pinceladas de óleo inacabadas, la invitación a acompañarle.

Descubrí en él las líneas alargadas del maestro para reconocer el retrato de Jorge Manuel, su hijo, que buscaba la Iglesia de San Torcuato, donde le había enterrado.

¡Juntos recorrimos Toledo en busca de la nada!                                                                                         Pulsar y actualizar
 

 

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