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Jorge González Guadalix

 

 

El problema no son los toros

Ayer he conocido a Inés. Nació hace ahora dos meses, cuando llevaba tan sólo poco más de seis meses dentro de mamá. Es decir, que si no hubiera tenido tanta prisa, aún debería estar un mes más tan calentita en el útero materno. Pero la chiquilla es curiosa y no se resistía a estar más sin ver mundo. Pesó poco más de un kilo, pero ha salido adelante gracias al esfuerzo de los médicos, a sus ganas de vivir, y al amor de unos padres que la deseaban con toda el alma. Cuando ayer la contemplaba, no pude por menos de recordar cuántos niños con esas semanas de gestación se siguen abortando cada día. Los datos son escalofriantes. Acabo de ver que los datos oficiales del 2006 sobre número de abortos en Madrid ascienden a 17.425. Y que en toda España –sigo con datos oficiales- se elevó el número de abortos a cerca de 90.000. Y sabemos incluso que estos abortos se realizan hasta estados de gestación bastante avanzados. Reportajes de prensa explicaban hace no mucho cómo clínicas británicas, en donde es legal abortar hasta las 24 semanas de gestación, enviaban pacientes a Barcelona porque saben que de hecho en algunas clínicas españolas se puede abortar prácticamente sin límite de semanas de embarazo.

Es decir, ¿cuántos bebés tan formaditos ya como Inés, están siendo arrojados a los cubos de basura? Es decir, por un lado nos volvemos locos por salvar a una niña con apenas seis meses de embarazo, y nos volvemos igual de locos por abortar lo que venga. Todo depende de la voluntad de la madre. Inés no tenía nada que decir. Los demás niños, menos. Simplemente no eran deseados. Y se acabó.

Sin embargo los toros sí tienen derecho a ser protegidos. Ya ven. Podemos permitirnos el lujo de provocar 90.000 abortos al año en España. Se puede recurrir a sedaciones de pacientes con una calidad de vida dudosa según el médico de turno. Y cada vez se favorece más la eutanasia, porque pobrecitos pacientes con enfermedades terminales, que no tienen calidad de vida y además hasta posiblemente estorben en algunos casos. Y no nos escandalizamos de que se negocie con terroristas sin exigir nada a cambio, por lo que se va viendo.

Pero, ¿no les dan pena esos pobrecitos toros y a esos toreros malvados que les pinchan y les hacen esas cosas tan desagradables? ¡Ay pobrecitos toros! Menos mal que ha salido la ministra de medio ambiente en su protección. Es tan caritativa, sensible y misericordiosa, que no puede soportar la imagen de un animal que sangra en la plaza. Y sugiere que no se les dé muerte. Muy bien, como debe de ser. Y un montón de gente aplaudiendo a la ministra.

Y yo me estoy volviendo tonto, o es que lo era hace tiempo, y ahora está saliendo todo a la luz. ¿De verdad que estamos bien de la cabeza?

Yo creo que hay que ir por partes. Vamos a empezar por proteger a las personas, comenzando por las no-nacidas, siguiendo por las que sufren discapacidades o especiales dificultades, luego hay que ver qué hacemos por conseguir un mundo en el que la pobreza vaya siendo combatida, luego... y al final, cuando nos aburramos, nos vamos a los toros, y a lo mejor hasta entendemos que les gustasen a gente tan bruta, insensible o borrica como Picasso, Lorca, Zuloaga o Joaquín Sabina..

Que sigo diciendo que estamos tontos. Y yo me entiendo.

 

El beso de José

No me los hagan inaccesibles. No quiero ver a María fuera de mi alcance. Ni a José como un pasmado con quién no van las cosas. Por favor, sáquenme a Jesús de los apócrifos. Los quiero, los necesito muy normales. Quiero a María temblando de emoción y de miedo ante el anuncio del ángel, entregada, pero inquieta. Imagino a José roto por la duda, retorciéndose entre el amor a María y la necesaria fidelidad a la ley. Dos chiquillos enamorados en cuya vida se coló la VIDA y que lo viven con más confianza que inteligencia del misterio.

Y un parto de Jesús en Belén en el que sólo puedo imaginar la mano de José agarrando la de María mientras el Emmanuel llega y abre los ojos a este mundo irredento, pero ansioso por la luz que viene de lo alto. Lo más bonito de la noche, el beso sereno, emocionado, enamorado, que José dejó en la frente de María cuando tuvieron al niño entre los dos.

Un portal en Belén. Una madre casi niña. Un hombre de bien que cuida de los dos. Y un canto de ángeles que rompe el cielo porque se han cumplido las promesas.

Y un mundo en tinieblas que no quiere la luz, o que no es capaz de ver la luz allí donde se encuentra. Y el Emmanuel abriendo los ojos ante la atenta mirada de apenas unos pobrecillos, los pastores, que han sido capaces de entender justo porque eran pobrecillos.

Víspera de Navidad. María empieza a estar molesta. José se lo ve venir. Y Belén es demasiada ciudad para los que nada tienen. Y Madrid. Y Barcelona. Y Nueva York. Y Los Angeles. Y Shangai. Llega la Navidad a nuestro mundo. Y el Hijo de Dios ha sido borrado de la tierra. Como entonces. Su presencia sigue siendo terriblemente molesta. Y está siendo borrado de la tierra por, paradojas de la vida, los mismos adornos que deberían celebrar que un día se hizo hombre. Mirad los adornos de calles y escaparates: no está Jesús. Tal vez en algún rinconcillo para no molestar demasiado, como en Belén, en el pesebre. Está siendo borrado del mapa. Hay hombres que dicen que no puede recordarse su nacimiento ni con belenes ni cantos. Que es algo que no existe.

No importa. El portal tiene una ventanita –todos los portales la tienen- y por ella puedes asomarte sin hacer ruido. Una mujer acaba de dar a luz y necesita descanso. El niño está tomando el pecho. José llora de emoción y de alegría. Se miran los padres. Paz en la tierra, gozo sereno de una vida que es la VIDA. Gloria a Dios que hace el regalo del amor hecho carne por nosotros.

Los animales rumian sin prisas. Y un ratoncillo se asoma asustado ante la novedad de lo ocurrido. Gloria a Dios en el cielo. Y mientras Herodes y los suyos, celebran sus grandes festejos olvidados de los hombres, en Belén de Judá, un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Y el anuncio ha sido escuchado, como siempre, por los pobres.

María y José de la mano. Jesús, cambiados los pañales, ha expulsado el aire en brazos de mamá y duerme en paz. Una legión de ángeles baila en Belén.

Y el mundo es otro desde entonces. Aunque nos lo quieran negar.

En la realidad de un portalillo, entre un buey y una mula, de una madre virgen, querido por José como el mejor padre, nos ha nacido el Hijo de Dios. Y el mundo se vuelve loco de amor.

Aunque quieran negarlo, aunque se resistan a aceptarlo, Dios está aquí. Viene. Sigue viniendo. Y está hoy llegando al portal. Feliz Navidad. 

 

"MIEDO ME DA"

Sanidad acaba de aprobar los primeros tres “bebés medicamento” que podrán salvar la vida de sus hermanos hoy víctimas de raras dolencias. Es decir, lo que se aprueba es la fecundación de varios óvulos de la madre con espermatozoides del padre. A continuación de hace un diagnóstico genético de los embriones conseguidos, se elige uno o dos con la genética necesaria
para un futuro tratamiento para el hermano enfermo y se implantan a la madre. Y el resto se tira a la basura porque no son útiles o se emplean para investigación o…

Miedo me da. Acabamos de aprobar la discriminación de embriones por determinadas características. Y que no me digan que es por salvar a un hermano. Porque me da igual. Yo creo, y lo que creo lo creen muchísimos biólogos y médicos, que un óvulo fecundado es un ser humano. Y que andar jugando con seres humanos a tú me vales y a ti te arrojo a la basura me da
bastante miedo. Soy de esos que siguen pensando que a la vida, ni tocarla, que es lo más frágil que hay. Si puedo rechazar un embrión no implantado, ¿es demasiado distinto rechazarlo recién implantado, o a la semana, o a las dos semanas, o a los tres meses, o…? ¿Y es realmente diferente acabar con alguien a los tres meses de gestación, a los cuatro, a los seis, a los ocho... al mes de nacer? Y si podemos elegir en función de la genética, elijamos en función de posibles discapacidades. Y habrá algún hijo de mala madre que dirá que para que un niño nazca ciego, o sordo, o cojo, o con síndrome de Down… y sufra, mejor es que no nazca y rematarlo en el vientre de la madre. Sí, que sólo vivan los perfectos. Es una pena que en el diagnóstico prenatal no puedan distinguirse ya los hijos de p*, los violadores y asesinos, los terroristas, o los corruptos económicos, porque se les podía aplicar la misma historia y a lo mejor acabábamos con mucho imbécil que no hace más que incordiar a base de tonterías.

Así que hemos decidido quien vive y para qué. Y que Manolito, o Tamara van a nacer, no porque una pareja quisiera alguien tener un hijo, sino porque son una medicina que hace falta, como antaño se buscaba la penicilina. Y además un día contaremos a Manolito, o a Tamarita, que en el lote iban otros hermanitos, pero… no eran útiles para lo que se necesitaba, así que no les dejamos vivir.

Y me vendrán ahora los puristas distinguiendo entre embrión y óvulo fecundado, entre niño y mórula, entre persona y pre-embrión. Y estos, que lo de Dios no lo tienen muy claro, resulta que lo que han decidido es ser ellos mismos dioses, como en el paraíso, y decidir qué es lo bueno y lo malo basándose tan sólo en lo que se les ha ocurrido.

Miedo me da. Cualquier día me viene a ver alguno de estos científicos de nuevo cuño, descubre en mí algo que no le parece bueno, o directamente malo, y me aborta con carácter retroactivo de más de cincuenta años, que es lo que nos espera si siguen fomentando la eutanasia.

Pues conste que pienso atrincherarme. A mí la vida me la dio Dios y sólo se la devuelvo a El cuando buenamente me la pida. ¿Me explico?