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MARIANO CALVO 

 
 

 

 

 

MONÓLOGO TOLEDANO

 Mariano CALVO

  

Esta unidad de destino en lo local que llamamos Toledo tiene, como todas las ciudades del mundo, su praxis cotidiana a base de niños que van al cole, repartidores de butano, señoras con carrito de la compra y cabinas que no funcionan. Pero Toledo, además de praxis también tiene teoría; sobre todo teoría, porque, Toledo, más que una ciudad —la verdad sea dicha— es un concepto cultural con gente dentro.

            El primer elemento a considerar es el gafe. Porque hay que saber, si se quiere hallar explicación al carácter de lo toledano y averiguar la etiología de cuanto aquí se padece, que Toledo se halla bajo la influencia del número 13. No es afirmación gratuita ni injuria talaverana, sino que así lo proclama el diccionario, que define sin más consideraciones: “Toledo: nombre que por eufemismo se da a veces al número 13”. He aquí que toda la vida Toledo alardeando de ser la Primada, y, según el diccionario, sólo somos la decimotercera. El número 13, como se sabe, es signo de mal agüero y puerta a la desgracia, lo cual nos pone en camino de sospechar que el mal fario de Toledo no es tanto cosa de sus gobernantes como solemos creer sino consecuencia de ese fatal guarismo que los toledanos llevamos a la espalda como sísifos de la mala suerte. Como si no tuviéramos bastante con nuestra leyenda de ciudad nigromántica y nuestro Papa Negro, además el diccionario nos deja gravitando el número 13 sobre nuestras cabezas como un Pentecostés cenizo y gafe.

            Tal vez de esa conciencia de gafados nos nazca la apatía y ese tan toledano estribillo del “tendrá que ser así”. A los siete pecados capitales, los toledanos sumamos un octavo y más condenable, el de la apatía, con un enunciado propio: “tendrá que ser así”. Quizá no sea invento autóctono, pero es innegable que la sentencia del “tendrá que ser así” ha florecido entre nosotros como en terrero abonado. Entre los toledanos, la resignada máxima adquiere ecos de letanía; muchas frustraciones; desencantos y dolidas experiencias hay en ese triste eslogan, moraleja nihilista y pasivo corolario que llama a la desmovilización y a la apatía, tan toledana ella.

            Sin embargo, no se engañe el transeúnte: esa apatía toledana, síntesis tricultural de la resignación cristiana, el fatalismo árabe y el victimismo judío, no se contradice con elevadas dosis de orgullo. Y es que, como dijo el embajador de Venecia, Andrea Navagero, a los toledanos nos sobra “fantasía”, es decir, hinchazón de ínfulas generalmente baratarias.

            La culpa de este orgullo a la toledana la tienen, en buena medida los escritores y su panegirismo desbordado para con Toledo, lo cual no sería malo si no fuera porque todo acaba revirtiendo en los precios. Es indudable que la inflación de adjetivos provoca la inflación de los precios. Aquí, por cada elogio que se añade al acervo literario de la ciudad, se incrementa un punto el índice de precios al consumo. El tendero de la esquina, cada vez que oye en un discurso lo de “Gloria de España y luz de sus ciudades”, va y sube el precio de la lata de berberechos. Y el constructor que escucha eso de “Solar de Civilizaciones”, por el mismo impulso indomeñable, corre a poner el metro cuadrado por las nubes.

            La verdad es que la ciudad parece hecha para diana de poetas de verbo diarreico y adjetivación incontinente. “Gloriosa”, “insigne”, “célebre”, “regia”, “imperial”, “universal” y hasta “celeste” y “divina”, son algunos de los epítetos que luce Toledo, donados generosamente por los mil literatos que por aquí han pasado. Ante el paisaje panorámico de Toledo no ha habido plumilla que se haya resistido a subirse a los andamios de la hipérbole para construir un párrafo desmedido: “Cíñela el río casi toda alrededor no sin grande maravilla de la naturaleza”, dijo en su lejano siglo el padre Juan de Mariana. “Tan en punta parece, que amenaza el cielo y aspira a taladrar las estrellas”, escribió Gracián. “El enorme peñasco que soporta a una ciudad tan gloriosa, está magníficamente proporcionado para servir de montura a tal diamante”, dejó apuntado Maurico Barrés. “Emperatriz de Europa, Roma segunda y corazón de España”, la llamó Lope de Vega. “La montaña toledana es el monte Gólgota mismo”, llegó a decir Ramón Gómez de la Serna. “Toledo es como un sueño inalcanzable, como un espejismo”, poetizó García Nieto. Y así la pléyade toda, hasta que vino a hacer resumen Ortega y Gasset: “Toledo es alucinante y desmesurado”… Sobre todo en su cosecha de adjetivos, decimos nosotros.

            Así las cosas, cabe preguntarse a qué llamamos Toledo. Porque sucede que muchos seguimos llamando Toledo en general a su caso histórico en particular, sin percatarnos de que eso ya sólo les va pasando a los turistas. Para las generaciones jóvenes, el nombre de Toledo evoca una ciudad allende las murallas, con rotondas y largas avenidas, semáforos y bloques con ascensores. En cambio, nuestra idea de Toledo es ya un viejo cliché trasnochado que no responde a la realidad del Toledo vivo y coleante, contante y sonante, del aquí y del ahora. La antigua ciudad ensimismada en sus despojos es hoy una urbe desbordada por un magma de pisos colmeneros que le afloran por la sisa de sus murallones. Si la infancia es la patria del hombre, como dijo el poeta, algunos tenemos que reconocer que nuestra patria estuvo llena de estrechuras de callejón, patios umbríos y fachadas descangayadas. Cuando salíamos a jugar al fútbol a la calle, la estrechura de la misma sólo nos permitía imaginarnos que jugábamos en el pasillo del linier.

            Entre toda la escombrera acumulada en los desvanes de la memoria, uno añora, como símbolo del Toledo que se fue, el Café Español. En el Café Español tenía Toledo su salón de estar, su “hall” para las citas, su mirador de ver pasar y un foro de tertulias bajo un techo sixtiniano que distraía con su lección de paganismo la mirada perdida de los aburridos. Aquel viejo café era el centro del cosmos toledano, el punto en torno al cual giraban los epiciclos de nuestro universo local. Si alguien quería auscultar el pulso ciudadano, no tenía más que asomarse por las cristaleras de El Español y contar las pulsaciones de Zocodover entre el sístole del Arco de la Sangre y el diástole de la Calle Ancha. Además, llegado el caso, incluso se podía tomar café. Hoy, los que lo conocimos, llevamos al viejo Café Español como un Titánic naufragado en el fondo marino de nuestra memoria.

            Después de que cerraran el Español, Zocodover vio abrirse un Mcdonalds. Todo un símbolo del tránsito entre dos épocas. Nuestra generación de toledanos se podría definir como la de la transición entre El Español y el Macdonalds; o sea, entre el café con churros y la hamburguesa. Nuestra generación, en efecto, es una generación de cambio, si bien un cambio en calderilla: De niños, cuando quisimos ser boy-scout, nos hicieron de los tarsicios y a punto estuvimos de ser de la OJE. Luego no nos dejaron ser ye-yés porque las melenas estaban mal vistas y además no teníamos para guitarra eléctrica. Más tarde no nos atrevimos a ser hippys, y cuando quisimos emular a los beatniks ya estaban pasados de moda. Ahora, en la postmodernidad, para ser yuppi nos falta nómina, de manera que sólo podemos ser cocoon y quedarnos en casa a disfrutar del zapping.

            Imaginábamos el futuro cargado de poesía, y nos hemos dado de bruces con esta era de marketing triunfante y neoliberalismo rampante sobre campo de goles. De pronto, por milagro económico (que no es milagro, sino industria), hemos pasado de una sociedad de analfabetos funcionales a funcionar con ordenador, del vino con tapa al video-tape y de la reivindicación al restaurante. Un nuevo fantasma recorre el mundo: el fantasma del consumismo. Un fantasma que arrastra cadenas de televisión, ulula en inglés y baila al ritmo de las cajas registradoras. Hoy, el mundo ya no se rige por banderas sino por marcas, y la vieja dicotomía moral de “lo bueno-lo malo” ha sido sustituida por la de “lo caro-lo barato”. No es que las ideologías hayan muerto, como dicen algunos, es que se han ido de compras.

            La Postmodernidad nos hecha un cable a los toledanos en esto de la arquitectura y el urbanismo, quién nos lo iba a decir. En esta época de confusión reinante (la confusión reina pero no gobierna) Toledo tiene pendiente su particular debate sobre cuál debería ser el estilo predominante en las nuevas edificaciones, capaz de dar pautas de actuación al gremio de los arquitectos, con frecuencia presos irredentos del más fiero despiste. Esa búsqueda de la identidad arquitectónica de Toledo probablemente arrojaría como conclusión lo que sencillamente salta a la vista: que Toledo tiene su estilo consolidado, tras nueve siglos de tradición continuada, en el mudéjar. El mudéjar hace bandera del ladrillo, y Toledo, en consecuencia, debería hacer del ladrillo su bandera de identidad; a condición de que sea un ladrillo de buen ver y no sólo ladrillo visto.

            Se puede correr detrás de la moda o esperar a que la moda le alcance a uno. Este es el caso de Toledo, que con el advenimiento de la Postmodernidad se encuentra de manos a boca en la vanguardia del último grito estético. La Postmodernidad ha venido a introducir un renacido amor por la rehabilitación de lo antiguo., de modo que según los expertos el retorno a la historia es la característica que define a la arquitectura postmoderna. Una tendencia ésta que le sienta como a medida a nuestra histórica urbe milenaria. Entérense, pues, los defensores de la arquitectura vanguardista para el casco histórico, que si su idea fue siempre un dislate propio de un Don Suero Galdosiano, ahora ya no es ni siquiera un dislate moderno, o por mejor decir: postmoderno.

            Retrata Galdós en su novela Ángel Guerra a un personaje, Don Suero, en el que se dan citan todas las características de este abundoso e inextinguible partido de los modernizadores a la brava: “Respetando—dice Don Suero los grandes monumentos: catedral, alcázar, San Juan y poco más, debemos meter piqueta por todas partes, y luego alinear, alinear bien…, demoler murallas y puertas, pues con el producto de la piedra de sillería que en ellas hay levantaríamos de nueva planta un palacio de hierro para exposiciones de caldos y otros productos agrícolas. ¡Figúrate —seguía diciendo— qué hermoso sería aislar completamente la Catedral, ensanchar la calle del Comercio y poner un tranvía de punta a punta!”.

            Lo que más entristece en estos “donsueros” toledanos, de entonces y de ahora, no es que sean multitud sino que pretendan justificar su disparate desde planteamientos que se les figuran progresistas.

            Si mi sueño en lo urbanístico es una ciudad bien conservada, en lo demás mi deseo es el que Toledo fuese una ciudad reconocida por sus aportaciones científicas. Sin embargo, he aquí que lo que ha acabado definiendo la imagen de marca de esta ciudad es esa de total postración que se encargaron de difundir viajeros como Gautier, Andersen, de Amicis, Dumas y muchos otros de la generación e la tisis y el pistoletazo. La verdad es que no nos favorece nada la imagen oscurantista y decadente de Toledo que nos dejó fijada la vieja generación romántica. Toledo carga como ninguna otra ciudad española con un aura de la leyenda negra, cimentada en su pasado de sede inquisitorial, y a la que no es ajena su nimbo universalmente famoso de prácticas nigrománticas. Incluso Azorín se hizo eco de esta imagen aludiendo a Toledo como el “laboratorio universal de la magia”. Frente a esta imagen oscurantista quisiera uno ver alzarse la imagen luminosa del Toledo que fue vanguardia del progreso científico con Azarquiel y pionero del Renacimiento con Garcilaso.

            Ya antes de que Neil Armstrong pusiera el pie en la Luna, dos toledanos habían conseguido poner allí sus nombres en sendos cráteres lunares, Azarquiel y Alfonso X el Sabio, elevando con ello la gloria toledana, literalmente, a los mismísimos cuernos de la Luna. Pero si hay un campo desatendido por la historiografía toledana, ése es el de la ciencia. Toledo, que luce con orgullo turístico tantas glorias más o menos reales, calla en cambio la más notable de todas: el haber constituido el foco de estudios y observaciones astronómicas más importante del Occidente Medieval, poniendo las bases del Renacimiento científico del siglo XVI.

            Sea porque la ciencia ha tenido entre nosotros escasos degustadores o porque lo científico aquí ha levantado tradicionalmente sombras de herética sospecha, lo cierto es que la gloria científica de Toledo yace sepultada debajo de oropeles de menor cuantía, eclipsada por leyendas turístico-parroquiales de tres al cuarto.

            Contra lo que muchos creen, Toledo es mucho más que una postal funeraria de caballeros de la mano en el pecho o un lóbrego museo de turbulenta historia. Pero ocurre que esas glorias científicas se asocian con nuestro pasado árabe, y los toledanos en general, llevan mal su mestizaje. A diferencia del andaluz, que sazona su memoria histórica con orgullosas evocaciones hispanoárabes, el Toledo oficial reniega con desdén de converso de su pasado musulmán, aun a costa de renunciar a sus más altas cotas de gloria científica. Si Almamún o Azarquiel hubiesen nacido en Córdoba, figurarían sobre pedestal berroqueño en el callejero cordobés, pero en Toledo, donde, salvo excepciones, sólo se alzan monumentos a cristianos de probada estirpe y monjas fundadoras, a Almamún y a Azarquiel sólo les alcanzan las injurias del olvido.

            Los discursos oficiales, que tanta retórica tricultural destilan a la hora del canapé, ignoran que eso tan socorrido de las Tres Culturas es cosa del tiempo de los moros. Otra expresión de que el arabismo no es nuestro fuerte, son los mozárabes. Ser mozárabe suponer para muchos todo un timbre de alcurnia que se trasmite de padres a hijos como orgullosa presea hereditaria. Pero un mozárabe, como su propio nombre indica, es un “arabizado”, y consecuentemente, lo propio sería que los mozárabes salieran en la procesión del Corpus vestidos con turbantes y chilabas. Pero lo último que querría un neomozárabe toledano es aparecer de arabizado en el Corpus. Hasta ahí podíamos llegar, que esto no es Alcoy. Aquí lo serio, tradicional y cristiano ha sido vestirse de caballero de la mano en el pecho con golilla escarolada, pañosa de domingo y luto sin alivio.

            Toledo, en la frontera de Alándalus con Castilla, ha confundido desde antiguo a los viajeros europeos, que no sabían si se hallaban ante una ciudad andaluza o castellana. Si la sobriedad de sus naturales les remitía al carácter típicamente castellano, en cambio el marco urbano mudéjar les daba pie para pensar que se hallaban en una ciudad andalusí. Este despiste geopolítico perdura en muchos turistas de hoy, que a la primera de cambio te preguntan por el típico tablao flamenco, y cuesta trabajo hacerles entender que lo andaluz es cosa de mas abajo y casi tan exótico aquí como en Hamburgo. En común con Andalucía, en este celebrado lugar sólo tenemos el “quejío” y la Hermandad del Rocío. Todo lo demás es despiste de turistas y leyenda romántica de gabachos fantasiosos.

            Nos imaginamos el devenir histórico como una progresión lineal de atrás hacia delante, como un camino que avanza desde lo antiguo hacia lo presente en dirección al futuro. Creemos que lo pasado es algo que dejamos atrás, capítulos rebasados cuyos ecos se debilitan poco a poco. Pero en Toledo esto se aprecia así. Aquí comprobamos que las llamadas etapas históricas van engrosando el árbol del presente con anillos sucesivos, pero el árbol es siempre el mismo. El presente está siempre en el mismo sitio, alimentándose de sucesivas generaciones. Porque la historia no se mueve: la historia sólo engorda. Más que una línea que progresa, la historia hay que imaginarla como una olla donde cada día vierte su particular condimento y cuyo guiso se va enriqueciendo con todos los sabores del pasado. En el caso toledano, por ejemplo, el caldo de nuestro presente sabe a condimentos árabes, judíos y cristianos, tiene el toque amargo de la intolerancia inquisitorial, guarda el gusto escéptico de dos mil años de vapuleo político y pose el toque acíbar de siglos de decadencia acumulada.

            Y si la Historia tiene importancia en la definición de lo toledano, la Lingüística también tiene algo que decir. “Habla para que te vea”, dijo el filósofo, y dijo bien, pues nada hay que fotografíe mejor a cada cual que sus palabras. Y palabras tenemos los toledanos que nos retratan con la fidelidad de una polaroid y que alcanzan categoría de santo y seña. Si, por ejemplo, alguien viene a nosotros diciendo que ha estado mirando al Tajo desde “el Mirador”, automáticamente se nos denuncia como foráneo. Otrosí, si nuestro interlocutor nos dice que ha pasado por la Puerta de La Bisagra, el personaje en cuestión se retrata de forastero. O si al pronunciar la expresión “Puerta del Cambrón” vemos que asciende un cierto rubor a su rostro, se nos desvela nacido más allá del alfoz. Un roro, que en el resto de las Españas puede ser denominado con adjetivos que van del guapo al precioso, aquí será ni más ni menos que una “alhaja”, y si usted comete una tontería, aquí no pasará por tonto sino por “bolo”. Los foráneos no se atreven a tildar a nadie de bolo porque extramuros el adjetivo tiene carga ofensiva desconocida entre nosotros, que hacemos de él ligera contumelia más cercana al elogio que al reproche.

            Un bolo es una cosa y un bolonio otra, pongamos las cosas en su sitio y tengamos la fiesta en paz. El bolo es epíteto que el toledano tiene asimilado con más o menos gusto, pero hasta ahí llegó la riada. Lo de bolonio, en cambio, es trato un tanto burlón y una pizca acre que aquí no se admite como propio.

            Nuestro bolo toledano sugiere parentesco con el argentino “boludo”, pero permítasenos decir que bolo es palabra de más elegante concisión y armónica eufonía que ese término criollo de vocales oscuras y rima grosera. El término bolo, en su acepción toledana, sigue siendo un reto para etimologistas. El bolo toledano no tiene la rotundidez y agravio que el bolo nacional. Aquí el epíteto tiene la connotación de un cariñoso espaldarazo, tónico de carla coloquial y adereza de la conversación entre colegas. Más que un baldón filológico es una seña de identidad dialectal: una bandera léxica.

            Y, a propósito de banderas, diremos que en Toledo la lucha derecha-izquierda ha pasado tradicionalmente por la riña de don Carnal contra doña Cuaresma, y desde el Arcipreste de Hitra hasta ayer, como quien dice, aquí ha sido un puro triunfo penitencial donde nunca ha faltado media docena de dueñas magras para echar a don Amor por la puerta de Bisagra. Y, junto al amor, el humor, del que se dice que es especie exótica en Toledo. Marañón opinaba que era más difícil hallar humor en Toledo que oro en el Tajo. Por su parte, Azorín definió Toledo como una ciudad sombría y trágica. Y no es precisamente risa lo que Toledo ha inspirado a autores como Edgar Alan Poe y todos cuantos, antes y después, han hallado inspiración literaria en el murado peñón. Por algo es un pintor místico-tenebrista como El Greco nuestro artista emblemático.

            Henry Bergson concluyó que en lo cómico había casi siempre algo de subversivo. Tal vez por eso la alegría ha escaseado aquí tanto. Y aún hoy, la alegría es vista como algo antitoledano. Sólo el turismo, con su festiva contaminación, nos salva de la severidad y grave continente que son las señas de identidad de lo toledano. La risa y la alegría veraniega que aporta el turismo es toda una mangarriega de cacucas tristezas y viejas roñas ideológicas.

            Mucho antes de que aprendiéramos que el verano que el verano es el tiempo comprendido entre un solsticio y un equinoccio, sabíamos por propia experiencia que el verano comprendía los días más gozosos del año, bendecidos por la gracia de las vacaciones. Lo que nunca olvidaremos de la escuela es, precisamente, el sabor de las vacaciones.

            En Toledo, decir verano es decir turistas. Con el verano llega a Toledo la riada de la foraneidad llevándose en su aluvión de colores la grisalla inverniza. Es como si las puertas de la muralla cedieran al asalto de una bienhechora turbamulta de bárbaros risueños, blandiendo divisas sólidas y desnudeces blandas bajo el colorín escaso de la tela. El verano ha salvado a Toledo no sólo de su ruina material sino, sobre todo, de su total decadencia espiritual: porque aquí empezamos a recuperar el interés por nosotros mismos a medida que vimos a los turistas haciendo fotos a nuestras antiguallas. El verano ha europeizado a Toledo más que ningún tratado de adhesión, y nos ha hecho ciudadanos del mundo sin salir de casa ni gastar un euro.

            En el turismo tiene Toledo su pan y también su circo. El turista es el espectáculo y además paga la entrada. Y alguna que otra vez, propina erótica. La alegoría del verano la representan como una bella diosa de pechos desnudos abrazada a un haz de doradas espigas. De ahí que nosotros, si fuéramos consecuentes, deberíamos colocar como monumento al verano, en la puerta de Bisagra, a una turista en short, abrazada a aun haz de espadas de damasquino.

            Pascal decía que las desgracias le sobrevenían a la gente por no saber quedarse en casa. Por suerte para nuestro producto interior bruto, frente a los pascales de sedentarismo cauto y comodón, siempre ha existido el partido de los viajeros vocacionales, esos que no vacilan en arrostrar peligros e incomodidades en obediencia a un poderoso instinto migratorio. En nuestros días, el viajero clásico toma cuerpo en la figura del turista, a la que, si bien no parecen destinadas las glorias de los antiguos argonautas, en cambio integra un sector al que sonríen los augurios de un largo porvenir.

            En Toledo el turista es mucho más que un curioso en tránsito: es la materia prima de nuestra principal industria. Lo que ocurre es que el toledano no lo sabe o, mejor dicho, actúa como si no lo supiera, y la amabilidad, que es uno de los pilares del reclamo turístico, es en Toledo una “rara avis” que no acaba de poner huevo. Por lo regular, la simpatía no es algo de lo que andamos sobrados por estos pagos de adustez mesetaria y dolorido sentir. Por lo demás, el turista que visita Toledo recibe, apenas pisa el peñón, tal lección de arte e historia, que muchos se van de aquí creyendo que han hecho un máster en humanidades. Será por eso que el turista de Toledo no tiene el aspecto sandunguero que el turista de otros lares, sino que aquí se le ve con el gesto grave y concentrado de los opositores a cátedra.

Como lo nuestro no es el comercio, que no es propio de cristianos viejos, aquí al turista se le maltrata con hidalgo desdén y, si se deja, con precios de bandolerismo monteño. El hecho de que, a pesar de todo, el turista de Toledo muestre atracción por la ciudad y un general deseo de volver, nos parece que hay que cargarlo a la cuenta del instinto masoquista de la especie.

            Hoy como ayer, el “escenario de católicas ceremonias” que no ha dejado de ser Toledo sirve también para el ceremonial profano de la picaresca. Pero aquella tropa desarrapada y gallofera de los pícaros del llamado Siglo de Oro anda hoy reciclada y puesta al día, y se ha metido toda ella en el sector turístico. En el Toledo de hoy, el Lazarillo ya no conduce ciegos sino turistas y en lugar de hacerles dar calabazadas en toros berroqueños o meterles por lo más hondo del arroyo, les conduce por vericuetos inverosímiles para hacerles pasar por el aro de sus comisiones y estamparles contra el precio más alto. La Ilustre Fregona ha abierto un hostal y dice con orgullo que si en el imperio de Felipe II no se ponía el sol, en su hostal nunca se pone el desayuno. Por el Zocodover donde se pavoneaba Guzmán de Alfarache haciendo guiños a las damas, hoy otros guzmanes renovados de modernidad se sientan en las marquesinas a ver a las turistas y, llegada la ocasión, probar la suerte del “bolo-lover” con guiños en esperanto si es necesario. El Donado Hablador, que en Toledo del XVII encontró gentilhombre al que servir, hoy en el XXI ha encontrado puesto de camarero en una terraza de verano. Por su parte, a la Niña de los Embustes le han hecho un contrato-basura de tres meses para vender damasquinos, y la Pícara Justina, que en su día no tuvo rival como reina del engaño meloso, hoy es relaciones públicas en una discoteca al aire libre. Estebadillo González, aquél que opinaba que Toledo era una “oficina de esplendores”, hoy tiene en la puerta de Bisagra su oficina de información free-lance en seis idiomas mímicos y una canción desesperada: “¿Busca hotel, míster?”. El Bachiller Trapaza de nuestros días cuelga un panel de pins a veinte duros en una farola de Zocodover, y un actualizado Pedro de Urdemalas despliega su tenderete de postales viejas en el poyete de las Cuatro Calles, al tiempo que Rinconte y Cortadillo, con acento portugués y piel agitanada, andan al descuido de los guiris a la puerta del Entierro del Conde.

Y es que, siguiendo al clásico, podríamos decir que en Toledo la picaresca ni se crea ni se destruye, solamente se transforma. Y tampoco mucho.

Los que vivimos Toledo desde dentro nos hemos acostumbrado a verle sólo como el escenario de nuestras cuitas diarias, pero los que vienen de fuera la ven con ojos de turista —que es un estado de gracia en que toda bienaventuranza cabe— y eso salen ganando. Muchos de estos visitantes han hecho de Toledo su excursión favorita, extrayendo del viejo peñón toda una baraja de gratas posibilidades. La primera y más destacada es la de la escapadita erótico-festiva de fin de semana, verdadero maná provisorio de nuestro sector hotelero. El egregio nombre de Toledo, que evoca tantas páginas de gloriosa historia, evoca a muchas parejitas otras historias, no menos gloriosas, vividas entre sábanas de hotel, con cuyo argumento, incluso, anda por ahí una vieja película.

También es el caso —mutatis mutandi— de algunos escritores con afición de toledanistas de wee-end, que en el entorno sombrío de las calles toledanas, al socaire de sus muros trágicos y en sus callejones tenebrosos, han sabido hallar un disfrute de ensoñaciones románticas que a los nativos pocas veces se nos alcanza.

Decía un autor griego llamado Hehondias que quienes no eran capaces de extasiarse ante ciertas obras de arte merecían ser colgados por los pies en casa de un tundidor de alfombras. Hehondias parecía estar pensando en los toledanos y en el poco aprecio que demuestran, en general, por sus museos. Para el toledano, los museos son zona acotada para turistas, y no pisa en ellos como no sea en papel de obligado cicerone. La abundancia es enemiga del aprecio, y Toledo tiene más museos de los que el toledano precisaría para valorarlos debidamente. Con las tradiciones parece que ocurre otro tanto. Sin ir más lejos, la antigua tradición de los alfileritos, con toda su aura de leyenda y su virtud propiciatoria de novios casaderos, es costumbre que ha venido a menos. Aquella jaula de prodigios fue en otro tiempo como el cajero automático del novio a la desesperada. Hoy, será porque la toledana confía más en los poderes provisorios de las discotecas o porque las modistillas de otrora estudian empresariales y cosas así de agnósticas, el caso es que la capillita ya no recibe el antiguo homenaje multitudinario. Y, a decir verdad, ni falta que hace.

En cambio, otras tradiciones han venido a sustituir a las antiguas. Por ejemplo, el  “valling”. Si el “footing”, el “puenting”, el “jumping” y demás deportes de moda son —reconozcámoslo con humildad— inventos extramuros, el “valling”, en cambio, es un deporte genuinamente toledano, honrosa aportación de la Ciudad de los Concilios al acervo deportivo internacional. En sus modestos comienzos, el “valling” empezó denominándose simplemente “dar-la-vuelta-al-valle” y era práctica minoritaria, con más de paseo campestre que otra cosa. Hoy, en esta generación de ocio generalizado y culto al cuerpo, ha alcanzado cualificación de práctica deportiva y empieza a ser seguido por toda una marea creciente de vallincistas devotos.

El “valling” resume su aún inédito reglamento en recorrer a pie y ritmo variable la distancia que separa el puente de Alcántara del de San Martín, sin más norma que la de mirar el paisaje panorámico, quejándose de los sucio que está todo. Hay una modalidad de “valling” para atletas de músculo brillantoso y cinta al pelo que pasan velozmente dejando una estela de admiración y sudorina, pero los más asiduos practicantes del “valling” son los penitentes del régimen calórico, papada sudorosa y gesto exhausto. Según parece, la mayor parte de los cuerpos que se aprestan al “valling” lo hacen a instancias del michelín irreductible y por consejo de su báscula de baño.

Como queda dicho, hay una modalidad de “valling” en solitario y a la carrera, pero lo más corriente es el “valling-tertulia” en parejas o grupos, cuya falta de expectativas olímpicas queda perfectamente compensada con el placer de una parleta entre amiguetes.

También existe —todo hay que decirlo— un “valling” nocturno para parejas en coche. Pero de esa modalidad erótico-deportiva se comprenderá que no profundicemos en un monólogo como éste que pretende ser faro de virtudes y cauce de edificantes exhortos.

Y así, haciendo “valling”, hemos llegado a la piedra del rey moro, que desde la leyenda de Abul Walid es un buen lugar para las despedidas.

 

            Que ustedes lo pasen bien. Y, cuando vengan por aquí, no duden en avisarme.