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cortesia de miarroba.com

MARIANO CALVO 

 
 

 

 

 

  

LA LUCIANA ANDALUZA

(Este manuscrito fue encontrado en un contenedor de basuras
 a las puertas del Psiquiátrico de Leganés
 durante las obras de traslado del hospital en 1999)

 

Proemio al curioso lector

 

Para mi disculpa diré que no es por vigorexia del ego u otras veleidades relacionadas con la vanidad y sus ridículos afluentes por lo que emprendo la redacción de los recuerdos de mi vida, sino por prescripción del psicoterapeuta, pues así conviene, en su opinión, a la ventilación y limpieza de mis maniguas neuronales.

 

Al decir de mi expediente médico, en mis días de crisis me despierto creyéndome la Lozana Andaluza, de parecida manera a como Alonso Quijano se creía Don Quijote. Esto, si bien se mira, está lejos de ser una insólita extravagancia, pues en el mundo es corriente cosa que, quien más quien menos, todos se crean o se hagan pasar por lo que no son.

 

Esta es, pues, la historia de mi vida, de cómo llegué a ser lo que soy y de los tortuosos caminos que hasta este hospital psiquiátrico me han conducido. Y, por esto que dejo escrito, juzgará el curioso lector qué parte de culpa o disculpa pueda yo tener en todo el devenir de mi azaroso currículum.

 

 

CAPÍTULO PRIMERO

En que se da cuenta de mi nacimiento

con algunos otros sucesos de mi crianza

que alcanzará a saber el lector que lo leyere

 

 

Diré para empezar que me nacieron en Getafe, cuna de la aviación y sus trastazos, a media legua entre Toledo y Madrid, una noche de enero de cuya fecha no quiero acordarme, en conjunción de Saturno con Mercurio, lo que probablemente determinó mi carácter pizpireto y notablemente díscolo. De nacer unos años más tarde me habrían tildado con el nombre de Vanessa, estoy segura, pero al menos de esa pude librarme. No pude escaparme, sin embargo, de llamarme como mi madre y aun mi abuela, Luciana, si bien la piedad de vecinos y allegados terminó transmutando tan bizarro nombre por el más piadoso de “Luci”.

 

Cuando llegué a esa edad en que los botones de la blusa tiran inexorablemente hacia adelante y la luz de la razón se filtra por la crencha de las coletas, eché un vistazo en derredor y lo que descubrí no me gustó ni un pelo. Encontré que había nacido en el escalón hortera de la pobreza, en el segundo interior izquierda de un bloque de extrarradio con olor a potaje en los rellanos y a orín de gato en el portal. Mis padres habían emigrado de Gotarrendura, un pueblo de Ávila sin paisaje ni paisanaje donde cinco siglos atrás nació un árbol y una santa. La santa se fue de allí en cuanto pudo y el árbol lo talaron pronto. También mis padres hicieron las maletas en cuanto pudieron y se vinieron a Madrid, acariciando un único sueño: comer.

 

Según oí contar a mi madre, yo fui una muñequita inquieta como rabo de lagartija, más rebelde que un emético y refractaria a toda reprimenda. Confundía las bolas de alcanfor con las peladillas, arrojaba los peines a la olla del cocido, me pasaba la mano a contrapelo por la cabeza recién peinada y de cuando en cuando tiraba la plancha al patinillo. Naturalmente, cada una de estas especialidades era seguida de la correspondiente punición, por lo que mi culo solía estar al rojo vivo.

 

–Alma rebelde, culo colorado –decía mi madre, enarbolando la zapatilla, que era la pedagogía aceptada de la época.

 

De los seis miembros que componían el censo familiar, gato aparte, a mí me había correspondido el terrible puesto de la hermana mayor, ese pensado por el Maligno para que las hijas de familia echen una manita a sus madres y presten servicio a todos los demás. La personalidad de mi padre oscilaba entre la de Sardanápalo y Barbarroja, y se regodeaba de su tiranía como si de ella dependiera el prestigio de su virilidad. A falta de más honrosa empresa en que proyectar su autoridad, aquel sultán de mesa camilla profería sus órdenes –“¡tráeme el tabaco!”, “¡acércame la cerveza!”– con el señorío de ese generalísimo de barriga fajada que veíamos en blanco y negro por la tele, saludando como un torero embarazado.

 

 

CAPÍTULO SEGUNDO

Donde se prosigue con la relación de mis años familiares

y los peligros de mi pubertad rampante.

 

 

La mayoría de las niñas, al llegar a la adolescencia, se vuelven tiernas y sensibleras, yo en cambio me volví arriscada y erotómana. Por arte de birlibirloque, el cambio hormonal me suministró aderezos de curvas bien palpables. Imposible el recato con aquella orografía torácica y aquellas exuberantes nalgas. Yo no tuve que recurrir, como muchas de mis amigas, a frotarme los senos con cebolla o rellenar el sujetador con algodones: Los míos crecían imparablemente como dos esferas nutricias ante las miradas hambrientas de la muchachería. Me desarrollé moza de constitución mollar y brava incontinencia, un despeñadero de peligros que la divina providencia procuró remediar dotándome de no poca astucia y una personalidad nada pacata.

 

Todos los veranos mis padres me mandaban al pueblo con los primos porque desconfiaban de los peligros y asechanzas de la ciudad para con un alma tierna como la mía, que empezaba a abrirse al mundo. Pero aquello era saltar de la sartén al fuego, porque mis primos iban cuatro pasos por delante de mí en materia de procacidades sexuales y artes afines. A su cátedra debo mis primeras lecciones en la materia, acompañadas de sus correspondientes ejercicios prácticos.

 

Aunque el roído presupuesto familiar me dificultaba ciertas costumbres al uso, como vestir “levi-strauss" o ir de discotecas, no faltaba quien me prestase unos vaqueros y siempre surgía alguna invitación para esos sucedáneos de bombilla floja que eran los guateques. En ellos sucumbí al primer beso linguo-palatal y a todos los otros tropiezos que suelen seguirle, excepto el último y más verecundo: ese le reservaba para mi príncipe azul o sucedáneo apropincuante. En uno de tantos guateques conocí a Ramiro. Su manía de arrancarme las bragas a tirón me reveló un mundo de sensaciones que, propiamente, eran de rompe y rasga. De vez en cuando mi madre echaba en falta alguna de mis prendas íntimas, pero no me resultaba difícil desviar las sospechas hacia el vecino del sexto, presunto, a sus dieciséis años, de toda suerte de atentados contra la castidad.

 

Un día mi padre leyó una carta suya embuchada en el libro de matemáticas: “Querida Luci: No sabes cuánto echo de menos tu culo respingón y tu sonrisa triste desde que nos echamos aquella siesta espléndida en la terraza..." Aquel fogoso lirismo convocó la furia desatada de mi progenitor, y digo bien, “desatada”, porque tuvo como instrumento su cinturón claveteado.

 

 El otro frente de hostilidades abierto contra mi natural inclinación sicalíptica fue el catolicismo y sus admoniciones escatológicas. Cuando confesé al cura una parte sucinta de mi reciente iniciación sexual, desde el fondo del confesionario brotó una arenga de azufres infernales que me dejó sobrecogida. Resultaba que aquella ansiedad mía por los bultos de Ramiro estaba reñida con la patrística y era contraria a toda la bibliografía divina desde el Génesis al Apocalipsis. Me quedó claro que la religión y yo nunca nos íbamos a llevar bien.

 

–¿No sabes, calamidad –me exhortó el cura–, que Dios ve todo lo que haces?

 

Hallé algo difusamente honroso en saber que Dios me cotilleaba, y desde que fui consciente de ello cada caricia de mis sucesivos partenaires se benefició de una plusvalía de morbo que en nada contribuyó al fomento de mi castidad.

–Esta niña –informó el psicólogo del instituto a mis padres– carece de una noción clara de lo que es moral e inmoral. En toda mi carrera profesional no me he encontrado un caso parecido.

Recién cumplidos los dieciséis, conocí al hijo de un tipógrafo del “Arriba”, que me invitó a conocer el periódico de su padre, y mientras nos morreábamos detrás de una linotipia, sentí nacer mi gusto por las redacciones, de modo tal que cuando su mano llegó a mi entrepierna, mi cerebro explotó en una idea orgásmica: “¡Sería periodista!”. 

Mi insaciable curiosidad, fuente continua de disgustos, a veces me reportaba buenos dividendos, como aquella vez que logré abrir el cajón secreto de mi padre y descubrí que en él guardaba el dedo amojamado de mi abuelo, con el que seguía firmando y cobrando su pensión.

Un día, en la pausa publicitaria del “Un, dos, tres”, mi padre me dijo que me había buscado un trabajo de cajera en un supermercado.

–¡Antes muerta que cajera! –exclamé, como tocada por la chispa de un rayo–. ¡Yo quiero estudiar periodismo!

La mano de mi padre voló sobre el nido del cuco de porcelana que decoraba la cómoda y fue a estrellarse contra mi mascarilla de Clerasil. Desde la baldosa en la que aterricé, solté mi amenaza:

–¡O hago periodismo, o me voy a la comisaría a contar lo del dedo del abuelo!...

 

 

CAPÍTULO TERCERO

De lo que me aconteció en la Universidad,

donde entré con más fortuna que salí

 

Entré en la Facultad de Periodismo como Charlton Heston bajó del Sinaí: con la bibliografía en la cadera y cara de haber visto a Dios. Me sentía ligera y feliz como una cometa sin cordel. Aquello era pisar la cumbre del mundo, donde se respiraba el oxígeno puro de la libertad, descontando a los grises a caballo, la brigada político-social y los de la secreta.

Como no contaba con más ayuda paterna que el corte de mangas con el que me despidió, tuve que sostenerme a base de vender sangre en el Clínico, hipotecar mi esqueleto en el Instituto Anatómico Forense, buzonear de sargazos publicitarios medio distrito de la Arganzuela y otros cien empleos de similar estofa. Entre mis méritos figura el de haber sido pionera de los “trabajos-basura” cuando a eso se le llamaba simplemente “una-mierda-de-trabajo”.

Por recomendación de un compañero de clase, al que retribuí con una ración de gratitud erótica –que de bien nacidos es ser agradecidos- encontré trabajo en una guardería de Móstoles, habilitada en un garaje con trastero que un concejal de la UCD, tío de mi recomendante, había transformado en kirdergarden como Dios Nuestro Señor transformó el agua en vino. Me matriculé en el turno de noche, y todas las tardes iba a la facultad en la moto de otro meritorio que me salió, chapista de un taller mecánico, y que, por cuatro carantoñas en el portal, me llevaba y me traía en su vespa de la Complutense a Móstoles, donde yo compartía piso con dos dependientas de Simago recién venidas de Almendralejo.

El día de la huelga universitaria, un bote de humo le pasó rozando el occipucio a mi motorista y desde entonces se negó a llevarme más allá de Princesa. Para reconquistar su voluntad tuve que concederle la preciada joya de mi virtud, la que conservaba para ocasión más sublime. El evento acaeció de noche contra la puerta de Derecho, y sólo recuerdo que a cada arrechucho se me clavaba entre los omóplatos la balanza de la Justicia, circunstancia de transparente significado augural, sin duda alguna.

Descubrí que lo mío eran las asambleas multitudinarias y las arengas de pasillo. Mi actitud liberal y mis palabras desprejuiciadas causaron estragos en la progresía militante. Durante una manifestación en Malasaña me subí a los hombros de Daoíz con una bandera republicana y un pecho fuera. Desde ese momento no había manifestación en que los convocantes no contasen con mi presencia en primera línea, yo creo que con el secreto anhelo de volverme a ver la teta.

Conseguí afiliar a un sindicato obrero a la mitad de la plantilla del supuesto kindergarden, y el empresario, incontinenti, me puso de patitas en la calle. Casi al mismo tiempo, el catedrático de Deontología me ofreció un trabajo de ayudante a cambio de ciertas insinuadas contraprestaciones, y no me hubieran ido mal las cosas por ese camino pero ocurrió que por entonces conocí a Emilio, con lo que el rumbo de mi vida se desvió, a empujones del amor, por una trocha imprevisible. Por algo al amor lo pitan como un loco bajito, ciego y con cara de lelo.

 

CAPÍTULO CUARTO

Que trata de mi enamoramiento de un maoísta

y de la hippy con la que se fugó

 

Desde la primera vez que vi a Emilio entre la turbamulta de pancartas y banderas, decidí que haría mía su causa, cualquiera que ésta fuese. La clave de su atractivo eran sus ojos de perro perdiguero detrás de sus redondas gafas, su barba de poeta beat y su chaqueta de pana socialcomunista. Era un líder nato, uno de esos seres nacidos para no estar callados nunca y ponerse al frente de todo lo que se mueve. Un día, al verme lanzar un tomo de Historia del Derecho a un grupo de grises desde una ventana de la biblioteca, vino hacia mí y me dijo:

–Nena, no sabes lo que vales.

Con aquella sencilla frase me hizo su esclava. Yo, la rebelde come-progres caí a sus pies con vocación de ser su alfombra y vivir para forrar de besos la planta de sus zapatos. Unos días después ya me había instalado con aquel despendolado maoísta en su buhardilla de Malasaña. Es sorprendente la basura que pueden acumular cuatro metros cuadrados. Las latas vacías fermentaban debajo de la cama, las telarañas colgaban como cortinas y el armario vertía una marea nauseabunda cada vez que alguien, por estricta necesidad o estricta inconsciencia, se arriesgaba a abrir sus puertas. Por fortuna, el aroma a marihuana mitigaba algo el miasma general, a modo de sahumerio.

Como luchábamos por una buena causa, nos arrogábamos la impunidad de Robin Hud y ejercíamos la rapiña con no menos ardor guerrero. En los supermercados vaciábamos los tambores de detergente y los rellenábamos de embutidos; engañábamos a las cabinas telefónicas con chispazos de “magiclic”; nos colábamos en el metro y mangábamos en los probadores. Lo nuestro era una forma expeditiva de redistribución de la riqueza.

–La mayor rebelión contra el sistema consiste en no pasar por caja –me aleccionaba Emilio–. Además, los supermercados cuentan en sus presupuestos con un cuatro por ciento en concepto de pérdidas por robo. Por eso, ese cuatro por ciento nos pertenece a quienes legítimamente les robamos.

Un día, al regresar a la buhardilla encontré que Emilio se había ido a Ibiza con una hippy que hacía pendientes con miga de pan. Ya no volví a verlo nunca más. Unos años después supe que se había casado y llevaba vida de familia con su mujer y tres hijos en Betanzos, y que había rebautizado el negocio familiar como “Tahona de La Larga Marcha”.

Yo por entonces me sentía como una barca sin remos en un océano de llanto, pero busqué fuerzas en ese fondo corajinoso que da sustancia a mis raíces y pude sobreponerme en menos de tres meses. No sé por qué, inauguré una costumbre que luego he seguido manteniendo cada vez que me acongoja un desamor: me corté el pelo despiadadamente y me lo teñí de caoba fulgurante.

 

 CAPÍTULO QUINTO

Donde se declaran mis comienzos periodísticos,

y el abrupto final que la experiencia tuvo

 

En los exámenes no di pie con bola y sólo me salvé del suspenso en las asignaturas que no llegué a presentarme. Como además no tenía para la matrícula de septiembre, decidí que yo sería periodista “free-lance”, como habían sido los buenos. ¿Había tenido Larra título? ¿Lo tenía Paco Umbral? ¿Le hizo falta a Humfry Bogart en “El sueño eterno”?

Para sobrevivir de la pluma sólo tenía dos caminos: el periodismo deportivo o el periodismo del corazón. Como no estaba por la labor de pasar los domingos en los estadios, me presenté en una agencia rosa, donde me habían dicho que era fácil vender colaboraciones. El tipo que me entrevistó, argentino de acento irredento, me preguntó qué sabía hacer, y, mirándole fijamente a los ojos, le dije mientras me pasaba la lengua por los labios:

–¡Ché!, lo que haga falta.

El tipo me proporcionó enseguida un casette y una cámara de fotos, junto con un listado de teléfonos y las direcciones de unos cuantos famosos.

–Sácales toda la información que puedas –me aleccionó–, soborna a los porteros, sonsaca a los vecinos, espía por las ventanas, rebusca en sus basuras… Cuanta más mierda me traigas, mejor te pagaré. Un hijo ilegítimo son cincomil: un adulterio, tres mil; el resto, a negociar.

Comenzaron mis días de sabueso a destajo. De la mañana a la noche merodeaba las casas de los famosos y, como gata garduña, saltaba sobre ellos metiéndoles el cassete hasta la campanilla por ver si vomitaban una intimidad vendible. A veces eran ellos los que se hacían los encontradizos conmigo –“¡huy, que sorpresa, cariño”– para soplarme algún bulo cosmético, del tipo:

–Puedes decir que el Presidente Reagan va a visitar nuestra finca de Extremadura cuando venga en diciembre.

 También puedes añadir que vamos a ampliar nuestro chalet de Torrelodones y que nuestro hijo mayor sale con la hija de los duques de Medinaceli.

Si a pesar de todo no había novedades que contar, las inventaba y en paz. “También la verdad se inventa”, como dijo el poeta.

Mi jefe revendía mis colaboraciones a las revistas, cobrando por ellas diez veces más de lo que a mí me daba. Cuando le pedí un aumento, me soltó un conciso discurso keinesiano:

–¡Ché!, si a vos no te interesa, a la vuelta lo venden tinto.

Aquella misma noche me inventé un hijo secreto de Sarita Montiel en un orfanato de Trinidad Tobago. Sarita se querelló contra la revista y la revista se querelló contra mi jefe. Para cuando éste quiso echarme mano, yo ya había puesto tierra de por medio. Me quedé sin cobrar las colaboraciones que me debía, pero mereció la pena ver la foto de mi jefe con el ojo morado que le puso la manchega en los pasillos del juzgado.

 

CAPÍTULO SEXTO

En que se hace relación de mis ganas de prosperar

así como de mis escasos resultados al respecto

 

Uno de la tele a quien concedí mis favores durante unas vacaciones en Formentera, tan feo que su cara defendía su casa, me consiguió un contrato para llenar de público “palmas-palmitas” un programa de esos que debatían temas del tipo “¿El amor engorda o adelgaza?” o “¿Son los hombres más infieles que las mujeres?” Mi trabajo consistía en reclutar jubilatas y gente ociosa en los hogares de pensionistas, parques, estaciones o allá donde pudieran hallarse. Como compensación se les entregaba un bocadillo y una coca-cola, pero la mayoría estaba a régimen de sal y azúcar, así que yo me quedaba con los tiquets y los renegociaba luego con el encargado del bar.

Como los programadores dedicaron tres debates seguidos a temas de cultura, el índice de audiencia cayó en picado y el programa se fue al garete. Con él se esfumó mi empleo y el pingüe chanchullo de los bocatas excedentarios.

No había negocio, anuncio o convocatoria que no tentara mis ganas de prosperar. Me presenté a un casting de orejas para un anuncio de gotas para los oídos, pero como nunca he tenido paciencia para las medicinas, llegado el momento de que me echaran las gotas, me ponía muy nerviosa, y las tomas resultaban movidas.

Una amiga que tenía un pariente que conocía a una vecina cuya hija era compañera de una modelo de la academia de San Fernando, me animó a que siguiera sus pasos.

–Te pagan a mil pesetas la hora y sólo tienes que estar pensando en las musarañas con el culo al aire.

Aquello del culo al aire satisfacía mis impulsos exhibicionistas, ¡tantos ojos escrutando cada centímetro de tu cuerpo!, pero lo que no me dijo mi amiga es que había que estar inmóvil durante dos sesiones de tres cuartos de hora cada una. Yo no había nacido para estatua. Cuando vi que se me había dormido la pierna izquierda no esperé a que se me durmiera la derecha: Salí de allí corriendo como una Dapfne coja perseguida por el aburrimiento.

Sin embargo, aquella experiencia me sugirió nuevas posibilidades laborales, y comencé a anunciarme como modelo de pintores a domicilio con la condición de hacer sólo poses de chaise-long”. Enseguida tuve mucha clientela, pero invariablemente todos los pintores querían pagarme con cuadros, así que cuando las paredes de mi casa se saturaron de bodegones al óleo, quité el anuncio y busqué mi prosperidad por otros derroteros.

“Dadme un teléfono gratuito y moveré el mundo”, me dije. Para conseguirlo me coloqué de baby-sister, lo que me permitía, en ausencia de los dueños, usar el teléfono a pólvora de rey. Llamaba buscando trabajo aquí y allá, hacía publicidad y encuestas a comisión, y a veces también hacía entrevistas periodísticas a famosos de medio pelo que luego vendía donde fuera: a revistas de motos, de productos farmacéuticos o de agentes comerciales. También a veces usaba el teléfono para llamar a las líneas eróticas y del tarot, porque una se aburría de tanto niño llorón con insomnio. Invariablemente, al llegar el recibo de la Telefónica, me daban boleto con cajas destempladas y algún que otro epíteto de abrupta cacofonía.

El que más me duró fue un trabajo de acompañante de una señora de noventa y cinco primaveras con gato y periquito. La anciana no comprendía el recibo del teléfono, lo que me permitía la más absoluta impunidad. Pero cuando ya me había acostumbrado a aquella canongía, se le ocurrió al gato comerse al periquito y del disgusto a la anciana se le disparó la glucosa, y con la glucosa se le desmoronó el delicado equilibrio de su supervivencia. Como resultado, el gato y yo nos quedamos en la calle.

 

 

CAPÍTULO SÉPTIMO

Donde se refieren mis experiencias de agente publicitaria,

reportera y pesebrista, y de cómo se fue todo al garete

 

El destino juega a los dados con nuestras vidas, y he aquí que yo vine a parar en agente de publicidad en una ciudad de la costa andaluza. Todo fue porque leí un anuncio donde se pedía un agente de publicidad a comisión.

Dado mi particular carácter desenfadado –llamémoslo así–, yo intuía que eso de la mentirotecnica publicitaria se me iba a dar de hongos. Y en efecto, no me engañaba. Alimentando expectativas aquí y allá, con alguna que otra concesión propiciatoria, conseguía anuncios por un tubo. Ser mujer tiene sus ventajas en una sociedad machista con tipos rijosos de semen retestinado. En paralelo me fui trabajando al jefe, un cincuentón de pelo rizado e intenciones aún más retorcidas, que babeaba cada vez que me tenía delante. Al mes y medio –o sea, tres semanas después de que empezara a acostarme con él– ya estaba dada de alta en la Seguridad Social para pasmo y furia de los otros cuatro agentes de la empresa, que después de quince años seguían chapoteando en la economía sumergida.

Quizá porque había sido seminarista, donde más le gustaba hacer el amor era en los rincones de las iglesias. En una ocasión, debido a que era Semana Santa y los rincones presentaban over booking, nos entregamos a lo nuestro en una sala de la Casa de la Cultura sin advertir que desde uno de los ángulos nos observaba el ojo de una cámara de seguridad. Fue una de esas ocasiones en las que agradecí vivir en un país donde, como tantas otras cosas, las cámaras de seguridad tampoco funcionan.

En esencia, aprendí que el secreto del oficio de vendedor consistía en adelantarte a los deseos del cliente, y como solía suceder que los deseos de los clientes consistían en acostarse conmigo, ambas partes nos entendíamos bien y había pocos que se fueran descontentos. En cuanto a mi jefe, después de las primeras concesiones a cuenta de mi contrato fijo, ahora le mantenía a distancia con la excusa de remilgos de conciencia. A esas alturas prefería invertir mi tiempo en camas de más altos dividendos.

Un día el alcalde de la localidad inauguró una residencia para ancianos. Aquel hombre, en los umbrales alopécicos de su vida, con un matrimonio de aburrida contumacia, era realmente una presa fácil. Con él usé la estrategia de la pasividad engañosa. El alcalde cayó en mis redes mientras el gerente de la residencia le hablaba de no sé qué necesidades urgentes. Para necesidades urgentes las que vi en los ojos del alcalde mientras me miraba el escote. Recuerdo sus tanteos iniciales, obsequiosos y vacilantes, desplegando un ridículo ritual de atenciones y gestos galantes pasados de moda. Su intención era que accediese a introducirme en el coche oficial por ver qué pasaba. Y pasó lo que tenía que pasar. En menos de un mes me había regalado una pulsera de oro y un vídeo. En la cama yo siempre he sido un volcán –eso es un hecho  que podrían refrendar cientos de testigos–, y aquel demoliberal alopécico recibió en el primer trimestre de lo nuestro más tralla erótica que en toda su vida anterior.

Con el paso del tiempo, la almohada se convirtió en el confesionario de sus politiquerías y chanchullos. Yo le sonsacaba en el potro de las adulaciones y él exhibía su ego triunfal contándome orgullosamente sus manejos. Me refirió las mordidas a la empresa concesionaria del agua, de los pelotazos inmobiliarios fruto de las recalificaciones de suelo, de los trapicheos a cuenta del club de fútbol local y de muchos otros tejemanejes político-finacieros que omito para no embarazar mi historia, amén de un viaje de negocios a Taiwán, con geishas maniobrando debajo de las mesas, a la manera de no sé qué dinastía de mandarines.

–En política, el que no come a dos carrillos es porque espera turno –me decía como fina destilación de su experiencia.

Al principio nos reuníamos en hoteles de la periferia, pero luego acabó alquilando un ático en una calle discreta, no lejos del ayuntamiento. Entre audiencia y audiencia, nos reuníamos previo acuerdo telefónico, del tipo: 

-¿Puedes en veinte minutos?

-Que sea en media hora.

-Vale.

Pero el destino vino a desmadejarlo todo en dos zancadas de mala suerte. Primero fue la disidencia internas de dos ediles que querían más parte del pastel y echaron las patas por alto en los papeles; y luego el fracaso electoral, que nos pilló por sorpresa porque las encuestas le daban ganador al alcalde, bien es verdad que las encuestas las había pagado él.

Tras la debacle, mi amante abrió despacho de abogado para rentabilizar los favores que le debían, y como estaba en clave de renovación, el puñetero metió en el bufete a una secretaria cinco años más joven que yo y dos tallas menos de cintura. A mí pretendía dejarme tirada como a un kleenex.

En el rebufo de la furia, ¨metí en una carpeta los documentos comprometedores que poseía de sus negocios y me dirigí a su despacho dispuesta a defender mis fueros.

–Si abres esa boquita –me amenazó–, haré que caiga sobre ti tal plaga de abogados que te vas a pasar en los juzgados lo que te queda de vida.

Así las cosas, hice oídos a la prudencia y vinimos a un civilizado entendimiento por el que le saqué un pellizco consolador para pasar la pena. Su única condición fue que me desintegrase de su vista para siempre jamás. Y así me dispuse a hacerlo. Pensando que sólo se es libre donde no te conocen, vendí mis trastos y saqué billete para Sevilla, donde a la sazón acababa de inaugurarse la Expo. “Muy mal se me tienen que dar las cosas –me dije– para que la Expo no me ponga en casa”.

 

CAPÍTULO OCTAVO

De cómo persiguiendo mi primer millón

me asenté en un club de alterne y me convertí

 en la “Lozana Andaluza”

 

De mis andanzas con el alcalde había descubierto que la palabra negocio me ponía a cien, y que ver despatarrarse un talonario me producía sensaciones orgásmicas. El problema era conseguir los diez primeros millones. Con ese dinero podía emprender un negocio de fotocopiadoras o un video-club, que entonces eran lo más de lo más. Los diez millones primeros eran como ese empujoncito en el culo que los ciclistas necesitan para empezar la contrarreloj. Yo tenía culo, ¿no?, pues sólo necesitaba que alguien me diera el empujoncito.

La Visi, una compañera de pensión que trabajaba en un club de alterne, me propuso hablarle a su jefe de mi.

–No es un mal sitio –me animó–. Conozco yo a más de una que ha ahorrado para retirarse como una reina. Eso si un marqués no se te encapricha. Y ahora, con eso de la Expo…

Empecé a acudir al club ¨Las palmeras”, donde trabajaba la Visi, y por mi capacidad innata de calar a la gente al primer vistazo me hice enseguida con la clave del oficio. En pocas semanas me di arte en engatusar a una galería de personajillos de toda laja y condición. Uno de la televisión me prometió un trabajo de azafata en el “Un, dos tres”; otro quería ponerme una mercería, alguno hubo que me hacía de inversor en bolsa y hasta tres o cuatro decían que querían casarse conmigo. Pero, para mi desgracia, vine a enamorarme del que menos me convenía, un torero de Sevilla al que una mala cornada había retirado de los toros, o al menos eso decía. Se llamaba Francisco Heredia, alias “Francisquito”, y era lo más rumboso y pinturero que ha conocido el barrio de Triana.

Quien dijo que los hombres marcan los cambios en la vida de las mujeres, sabía lo que decía. La mía dio una voltereta torera cuando conocí a Francisquito. ¿Quién me iba a decir a mi que caería rendida a los encantos estrafalarios de aquel muerto de hambre? Pero esa es la historia de mi vida: en cuestión de amores, nunca mi corazón pidió permiso a mi cabeza. Su gracia charlatana y sus ojos negros me calaron hasta el tuétano. Y qué bien hacía sonar los muelles del somier el condenado. Lo conocí el día que acababa de vender un busto en bronce de un diputado de Izquierda Republicana a unos del Opus, haciéndoles creer que se trataba de un retrato de José María Escribá de Balaguer. Era tan generoso que se gastó todo el dinero de la venta invitándome a cenar con champán y luego a dar una vuelta en calesa por el parque de Maria Luisa.

Me preguntó quién era yo, y le contesté:

–Me llamo Luciana, y como .se es de donde se pace, andaluza soy de “pacimiento”.

-¡Tóma ya! –exclamó riendo–¡”La Luciana andaluza”!

Desde entonces comenzó a llamarme “la Lozana”, y como a todos les hizo gracia, así vine a quedar rebautizada, y no sin gusto por mi parte porque yo ya conocía la historia de aquella brava hembra que conquistó el mundo con la sola herencia que Dios la puso entre las piernas.

Francisquito era de los que huelen donde se guisa y andaba metido en multitud de negocios ni muy sensatos ni honrados casi ninguno. Vendía un bronceador de su invención de supuestas propiedades anticelulíticos y buscaba patrocinador para un mando a distancia, patentado por él, con forma de pistola, que cambiaba de canal con ruido de disparo. Por Navidad lo que más beneficio le reportaba era lo de las cestas de regalo. Simulaba ser un mensajero que llevaba una cesta de navidad, supuestamente enviada por algún cliente agradecido. Unos minutos después regresaba, y con cara de infeliz, decía:

–Ustedes perdonen pero me he confundido. El regalo es para la casa de al lado.

Recuperaba la cesta pero se olvidaba de devolver las suculentas propinas.

Cuando estaba de mala racha hacía de gancho para unos trileros o se dedicaba al truco de la pluma, que consistía en que acudía a la casa de un reciente fallecido y les vendía a sus familiares una estilográfica que supuestamente había encargado el difunto pocos días antes de su muerte.

Como, a pesar de todo, su estado natural era, según decía con acento guasón, de “crónica inopia pecuniaria”, a menudo acudía a mí en demanda de socorro urgente, y nunca le faltaba mi concurrencia generosa. Comenzó a tomarle afición a mis auxilios y cada vez me pedía dinero con más frecuencia y naturalidad, hasta que, sin darme cuenta, pasó a ser el administrador de mis ganancias, lanzándome reconvenciones y amenazas cuando no recaudaba lo que a él le parecía. Yo se lo permitía porque el corazón enamorado nos convierte en idiotas, y encima se lo reía como un rasgo más de su gracejo.

Apenas ahorré mi primer millón, Francisquito me los pidió prestados para financiar uno de sus negocios. Y yo, tras un orgasmo de esos que obnubilan el sentido, se lo presté sin firma ni recibo. Una semana después, le sorprendí en mi cama con la Visi, a la que, según me dijeron, había comprado un cientoveinticuatro con mi dinero. Y como puse el grito en el cielo, aún recibí dos bofetadas de grado seis en la escala de Richter.

Aquel soponcio me convulsionó de arriba abajo, y, según los médicos, desató los lazos de mi cordura. Me dio por no comer, apenas dormía y perdí el gusto por salir a la calle. Caí en el señuelo de las drogas, y en poco tiempo mi estado de salud se resintió tanto que empecé a sufrir de palpitaciones y apenas podía sostenerme en pie. Mis finanzas se fueron a pique, y cuando acabé con mis últimos ahorros, me vi en la calle, tirando de un carrito y durmiendo entre cartones.

 

CAPÍTULO NOVENO

Que trata del extraño caso de las apariciones,

así como del presente estado de mi vida

y los medios con que la entretengo

 

Fue entonces cuando comencé a ver las apariciones. La primera que se me apareció fue la Virgen del Rocío. En días sucesivos se me aparecieron San José y el Niño, pero en este caso sobre sendas carretas de romería muy bien aparejadas y un angelito del tipo “milupa” bebiendo manzanilla en el pescante.

Lo de creerme la reencarnación de la Lozana Andaluza vino luego, justo antes de que me internaran. Me subía a los bancos del parque y lanzaba spots de subido tono con ejemplos prácticos de propia mano.

–¡Soy la Lozana Andaluza! –gritaba, agitando un cartón de Pescanova a modo de coqueto abanico–. Vive Dios que por diez maravedises les hago a vuesas mercedes tocar el cielo con las manos!

Desde entonces, ha pasado el tiempo y ya con el tratamiento me encuentro mucho mejor. Aquí, en el hospital, nada me falta y las monjitas son un encanto. Fue una suerte encontrar ingresadas en la misma planta a La Pícara Justina, a la Niña de los Embustes y a una tal Elena que dice que es la hija de Celestina, con las que paso las tardes divinamente, jugando a las cartas.

Cuando me paro a contemplar mi estado, comprendo que mi negra suerte me ha sobrevenido por una sucesión de torpes pasos. Pero lo cierto es que las biografías son más fruto del azar que de la voluntad, con ser la voluntad cosa ya de por sí nada ajena a la naturaleza de las suerte.

En la actualidad, ya digo, me encuentro bien, aunque sin ganas de volver a pisar la calle. He encontrado la paz entre estos que el mundo llama locos, y sólo pido a la dirección de este benemérito hospital que tenga a bien prolongarme la estancia en él, donde al fin he hallado la cordura que al mundo le falta.

  

Hospital Psiquiátrico de Leganés.

Pabellón de internos.

4 de mayo de 1997.