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En Puntos de vista | F.J. DÍAZ REVORIO  hoy 

redacción

EL MIRADERO

F.J. Javier DÍAZ REVORIO

 

Denuncia a Baltasar

 

Una señora de Huelva ha denunciado al Rey Baltasar, alegando que recibió el impacto de un caramelo arrojado por él en un ojo, en la cabalgata del año 2010. El Juzgado de Instrucción número 4 de esa localidad ha archivado la denuncia, en un auto al que he podido tener acceso, y que es un prodigio de fundamentación jurídica, pues resuelve con buen criterio las muy complejas y espinosas cuestiones que plantean los hechos. Para empezar, el juez se plantea si sería procedente abstenerse de conocer el asunto, pues el Rey Baltasar, junto a Gaspar y Melchor, le han venido ofreciendo regalos cada 6 de enero desde su infancia, pero decide no nacerlo al considerar que no es exactamente un caso de “amistad íntima”, eso sí dejando abierta la puerta a la recusación. Luego plantea otras dificultades notorias para determinar su propia competencia, y ello porque al no poderse determinar con precisión cual es la nacionalidad del Rey Mago (más allá de saber que procede de “Oriente”), no es fácil saber la normativa aplicable. Y además, dada la condición del denunciado, el juez se cuestiona incluso si sería aplicable alguno de los supuestos conocidos de inmunidad de jurisdicción. Finalmente, el juez señala que, aunque pudieran superarse todas esas dificultades, en ningún caso se podría derivar responsabilidad penal, “ni del Rey Mago Baltasar ni de nadie”, porque en ningún caso puede hablarse de dolo ni imprudencia. De manera que, quien asiste a una cabalgata de los Reyes Magos, debe aceptar como riesgos consustanciales a la misma los que puedan derivarse del hecho de que se arrojen caramelos a las espectadores, aunque sea con cierto “ímpetu”.


El auto, por tanto, acierta, si bien añade que la decisión sería la misma incluso en la hipótesis de que la persona denunciada “no fuera el Rey Baltasar, sino otra”. Este es, sin embargo, el punto más débil del razonamiento, pues aunque la denunciante insinúa que alguien podría estar representando ese papel, ¿acaso cabe en cabeza humana que otra persona de color, o incluso untada de betún, esté representando a Baltasar? El auto parece dar crédito a especulaciones y maledicencias tendentes a buscar una condena que hubiera sido injusta, y tal vez incluso discriminatoria por razón de raza, porque ¿cómo está tan segura la denunciante de que el caramelo lo arrojó Baltasar, y no Gaspar o Melchor? Así que si alguna vez un Rey Mago le arroja a usted un caramelo al ojo, toca fastidiarse, que para eso los Reyes, sobre todo si son magos, son inviolables.

 

Amundsen y Scott

 

Ciertas proezas y conquistas humanas suponen un avance tan significativo que pertenecen de alguna manera a toda la especie, trascendiendo lo que supondría un mero logro individual. En un sentido figurado y simbólico, todos acompañábamos a Aldrin, Collins y Amstrong a su llegada a la Luna, o a Hillary y Tensing Norgay cuando pisaron por primera vez la cumbre del Everest. Pero acaso por esa misma trascendencia, en no pocas ocasiones surge una indeseable rivalidad entre personas, grupos o incluso naciones por lograr “ser el primero” en hacer algo. Se van a cumplir ahora cien años desde que, el 14 de diciembre de 1911, el equipo del noruego Roald Amundsen alcanzó por primera vez el Polo Sur, y es una fecha tan oportuna como cualquier otra para recordar aquellos acontecimientos, y acaso extraer alguna enseñanza de los mismos.

Porque aquella expedición estuvo marcada por la rivalidad con otra de nacionalidad británica, dirigida por Robert Falcon Scott. Amundsen inició su salida antes de la primavera polar (lo intentó incluso en septiembre de 1911, para iniciar finalmente el recorrido en octubre), para evitar que se le adelantase Scott, pero el tiempo aún no era soportable y ello implicó la pérdida de algunos valiosos perros, y congelaciones en los pies de algunos de sus hombres. Abriendo un ruta totalmente nueva, su equipo recorrió 1300 kilómetros antes de llegar al objetivo, y luego retornó al punto de partida en enero de 1912. Scott, en cambio, reiteró una ruta ya conocida e intentada, iniciando el camino en noviembre de 1911. Pero una sucesión de errores y fatalidades desencadenaron el fracaso: tras enormes dificultades, solo el 17 de enero de 1912 la expedición logró alcanzar el Polo Sur, comprobando entonces que no habían sido los primeros. Lo peor fue que, en su regreso, les tocó vivir la tragedia, encontrando la muerte Scott y buena parte de su equipo poco antes de alcanzar de nuevo el punto inicial.

Creo que en este centenario convendría no solo reconocer el mérito de Amundsen, sino también poner en valor el sacrificio aparentemente infructuoso de Scott y su equipo, porque ellos también contribuyeron a esta significativa gesta de la Humanidad. Por lo demás, el hombre no debería para lograr estos objetivos intentar vencer a otros hombres, sino solo a las dificultades consustanciales al reto emprendido.

 

Palabras y cosas

 

“¡Intelijencia, dame/ el nombre exacto de las cosas!/ Que mi palabra sea/ la cosa misma,/ creada por mi alma nuevamente”. A veces no podemos saber, en efecto, si las palabras sirven simplemente, como tendemos a creer, para denominar realidades externas a ellas, o más bien, como nos sugieren los citados versos de Juan Ramón Jiménez, es la propia palabra la que crea –o acaso “recrea”- la realidad, de tal modo que, si no fuera por el lenguaje, nuestro mundo no existiría en los términos en los que es comprendido, aprehendido y asumido por cada uno de nosotros. Quizá por eso la objetividad pura no puede existir nunca, pues el objeto no tiene relevancia ni puede ser entendido hasta que un sujeto se aproxima a él, con lo cual la realidad termina por ser necesariamente subjetiva. En este sentido, las palabras, el lenguaje, constituyen el necesario envoltorio de esa aproximación ineludiblemente subjetiva.

Así, por ejemplo, uno puede pensar en abstracto en el concepto “lluvia fina”, pero cada pensamiento será diferente, personal, exclusivo y único, y cualquier intento de referirse a esa idea implica utilizar un término o denominación, de tal modo que, cuando ese concepto es descrito, acaso la denominación forme parte ya de su esencia. Por ello no es fácil saber si “chirimiri”, “orbayo”, y “garúa” son tres denominaciones para una misma realidad, o tal vez en el País Vasco, en Asturias y en Lima la lluvia fina es diferente. Lo mas probable es que el fenómeno sea sentido de forma distinta por cada ser humano, y en cada instante, y ni siquiera un idioma tan rico en variantes tiene registros suficientes para definir esa percepción individual. En la capital peruana, en realidad, ni siquiera puede hablarse propiamente de lluvia, sino de un cielo permanentemente encapotado y de una humedad omnipresente, que se siente pero no se ve, aunque da un tono especial al suelo y al mismo aire. Y en esta mañana, gris como casi todas hasta que el sol, si se siente generoso y amable, decida mostrarse más o menos tibiamente durante un breve rato, nadie diría que está lloviendo, nadie vería llover, si no fuera porque unas gotas diminutas, cuya procedencia es difícil de determinar, aparecen lenta pero constantemente en el cristal del coche que me lleva al aeropuerto. No sé cómo cada una de las miles de personas que van y vienen a mi alrededor denominaría a estas gotitas del cristal, pero yo hoy creo que se llaman “melancolía”. O, tal vez, más exactamente, “te echo de menos”.

 

Siete mil millones

 

Dicen que hace muy pocos días nació el habitante número siete mil millones en nuestro planeta, lo que sin duda supone retos muy importantes para el ser humano. Uno de ellos es aprender a contarnos correctamente, ya que otras voces señalan que no se puede saber con precisión cuántos somos, ni mucho menos cuándo se alcanza exactamente la mencionada cifra, lo que puede haber sucedido hace una semana o acontecer dentro de seis meses. Aun dando por cierto que en el día y minuto indicados haya nacido el habitante que completaba tan elevada como redonda cantidad de seres humanos, resulta que hay distintos candidatos a “habitante número 7 000 000 000”, y diversos países que se disputan el honor de albergar a ese ser humano en el momento de su nacimiento. Así, a la niña “Danica”, nacida en Filipinas, le han salido rivales en Rusia e India. Y aunque la discusión podría ser algo más de simbólica, ya que parece que hay algún premio o reconocimiento en juego, no deja de resultar bastante ridícula. Por un lado, porque no deja de tratarse de una estimación hecha por Naciones Unidas, que ha calculado que el privilegio corresponde al nacido exactamente a las cero horas del 31 de octubre; y, por otro, porque naciendo en el mundo muchos habitantes al minuto, creo que será imposible resolver con criterio científico la cuestión. Pero sobre todo, porque el reconocimiento no debería atribuirse a uno u otro país, sino a la especie humana, que es la que podría celebrar (o lamentar, pues no es seguro que estemos hablando de una buena noticia) el acontecimiento.

Yo, que soy más o menos dado a curiosidades, conmemoraciones y efemérides, y tiendo a tener una visión positiva de la condición humana (en la que confío, acaso más con el corazón que con la razón) comprendo que es un dato significativo. Por ello, y por lo que pueda tener de acicate para concienciar a personas, Estados y organizaciones internacionales de los retos a los que hemos de enfrentarnos, creo que estamos ante una noticia relevante. Pero me cuesta considerarla digna de celebración, sobre todo porque huyo de las grandes concentraciones humanas, y el solo hecho de imaginarme a siete mil millones de personas me agobia. Lo que hace valiosa a la persona es su propia calidad o condición humana, y no la cantidad, ya que la mera asimilación de una persona en un colectivo o conglomerado tiende a deshumanizar, mientras que es la individualidad la que nos hace a cada uno único, irrepetible y radicalmente humano.

 

De corbatas
 

Nunca hay que minimizar la trascendencia de llevar una corbata adecuada. O de no llevar corbata. Ahora que se acerca la campaña electoral, los políticos –y sobre todo sus asesores de imagen- se vuelven especialmente cuidadosos en este aspecto. Hace poco leía un artículo en prensa sobre el significado de los distintos colores o tonos que puede tener una corbata, como forma de transmitir valores como fuerza, sosiego, reflexión, entre otros. Por eso en un debate televisivo, ese aspecto jamás es fruto de la casualidad o de una elección espontánea. Nadie cree votar basándose en el aspecto del candidato, pero lo cierto es que la cuestión estética se analiza mucho porque se sabe de su trascendencia, sobre todo a partir de un histórico debate entre Kennedy y Nixon, que según todos los análisis este perdió por su aspecto fatigado y descuidado. En determinados actos públicos como los mítines, la corbata (al igual que el traje con americana) parece desterrarse como si fuera un signo de distinción que alejase al político del ciudadano medio, cuando creo yo que hace ya mucho tiempo dejó de tener ese significado. En un hombre la corbata es importante porque, a diferencia de lo que le sucede a la mujer, que tiene mil y una opciones de variar o de expresar su personalidad y su estado de ánimo con la ropa, es casi la única prenda que, con su gran variedad de colores y diseños, permite salirse de una cierta uniformidad que termina por expresar poco. Y en fin, todos recordamos algún debate (extraoficial) en el Congreso de los Diputados sobre las ventajas e inconvenientes de llevar corbata en verano en la Cámara baja u otros lugares públicos.

Yo llevo corbata más o menos habitualmente, pero el verdadero motivo de ello es que, exceptuando a mi esposa (y empiezo a pensar que no es del todo objetiva) lo más parecido a un piropo estético que suelo recibir son comentarios del tipo “¡qué corbata más bonita!”, o “qué elegante te queda esta corbata”. Me gustan todo tipo de corbatas, y aunque esto parezca irrelevante, lo digo para que mis lectores más allegados sepan acertar si quieren hacerme un regalo. En tal caso, por supuesto, que sea en condición de amistad y sin esperar nada a cambio, no vayan a meterme en un lío...