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Francisco Javier Díaz Revorio
Ciudades de Latinoamérica
Esporádicamente he utilizado este "miradero" semanal para incorporar pequeñas "miniseries" dedicadas a aspectos variados, ya sea vinculados a Toledo y su fisonomía urbana, ya a otros lugares del mundo o situaciones. El verano me parece momento propicio para este tipo de "excursiones" por el terreno de los viajes más o menos lejanos, o por el paseo por las calles y plazas de nuestra capital. No sé exactamente porqué aprecio esta vinculación entre estío y "miniseries" variadas de "El Miradero". Acaso porque la mayor relajación y tranquilidad propia del calor toledano invita a detenerse en aspectos menos vinculados a la actualidad informativa, o porque el verano es siempre buen momento para el paseo, el cambio de aires, el desplazamiento o el viaje. Lo cierto es que ya en su momento escribí la serie "destinos veraniegos", que ahora podría muy bien proseguir, pero por dar una cierta unidad geográfico-temática a los artículos que siguen, me parece preferible centrarme en algunas ciudades de América latina.
¿Por qué Latinoamérica? Creo que no son necesarias demasiadas razones, pero cabría apuntar, su evidente relación con España y, como consecuencia de lo anterior, encontramos en estas ciudades notorias similitudes culturales con muchas ciudades españolas, además de compartir el idioma. Pero ello hace más llamativas las peculiaridades, las diferencias, la personalidad propia de cada una de las ciudades a las que aquí nos vamos a referir. Todas ellas tienen, al menos para mí, un atractivo muy especial, el que las hace al tiempo tan próximas a nosotros, y tan diferentes y peculiares, porque en definitiva América latina es, al tiempo, la región del mundo culturalmente más próxima a España, y una de las zonas con más acusada personalidad propia. Lo indígena, que casi siempre está en el fondo y en la esencia de estas ciudades, confluye en curiosa simbiosis con los elementos coloniales españoles, que tan presentes están en la forma de América Latina. Inicio ahora, queridos lectores, esta serie, que pretende ser mucho más una mera transmisión de sensaciones y sentimientos que una descripción o una "guía de viajes", pero que en todo caso quiere suponer una abierta invitación a conocer estas ciudades y, a través de ellas, comprender la misma esencia de lo hispano. |
Los
Ángeles
Me apetece comenzar esta "miniserie" dedicada a algunas ciudades interesantes de América latina, y cuya justificación intentaba realizar la pasada semana, precisamente con la ciudad de Los Angeles. Y ello porque es ésta buena manera de recalcar su carácter principalmente latino, y más en particular hispano. Dimensión que se manifiesta no sólo en su origen histórico y en su misma denominación, sino sobre todo, de forma cada vez más acusada desde las últimas décadas, por la creciente cantidad de población de origen mexicano que la habita, incluyendo a su actual alcalde, y que va convirtiendo sus calles y sus comercios en lugares donde el español es un idioma habitualmente hablado, y en los que las tradiciones y costumbres mexicanas adquieren cada vez más protagonismo.
Pero Los Angeles es también anglosajona y asiática, europea y americana, hasta el punto de haber logrado hacer de esa mezcla de culturas, razas y religiones el que quizá sea su rasgo más definidor. Ello se manifiesta en muy numerosos aspectos, pero quizá la gastronomía sea uno de los más representativos: no hay (más allá de las hamburguesas, perritos calientes y otras variadas formas de "fast food") nada parecido a una "gastronomía californiana", pero pueden encontrarse muy numerosos y buenos restaurantes asiáticos, libaneses, mexicanos, y de los más variados lugares del mundo. Es una muestra más de que estamos ante una de las ciudades más cosmopolitas y variopintas del mundo, donde el acusado carácter individualista tiene como saludable manifestación la absoluta indiferencia hacia todo tipo de formas de vestir y actuar -y hacia la tendencia aparente de muchos a llamar la atención- siempre que se respete a los demás.
Por lo demás, la ciudad como tal no tiene a mi juicio demasiado carácter, más allá de los consabidos atractivos (todos ellos diseñados "a lo grande") del universo cinematográfico de cartón-piedra de Hollywood, los estudios de la Universal y parques temáticos y de atracciones variados (incluyendo el originario Disneyland), museos de todo tipo, playas también de película, y millas y más millas de anchísimas carreteras saturadas que transcurren entre zonas residenciales en las que se aprecia la fachada del "american way of life", pero que no logran configurar una ciudad con personalidad.
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Ciudad
de México
La segunda ciudad más poblada del mundo, detrás de Tokio, es también una de las más caóticas, vivas, activas y desbordantes. Es como es, con sus ventajas e inconvenientes; puede gustar o no, depende del criterio de cada cual, pero incuestionablemente tiene una fuerte personalidad y a nadie le deja indiferente. A mí me fascina y me apasiona. Habitualmente se han destacado sus problemas de contaminación, tráfico rodado e inseguridad. Sin que quepa negarlos, hay que destacar que todos ellos han ido mejorando en los últimos años. Pero sobre todo, esos elementos darían una imagen parcial y distorsionada de esta megápolis. Puede que México sea una ciudad de grandes atascos y aglomeraciones, pero muy por encima de eso es una ciudad maravillosa en la que los contrastes son seña de identidad. Es tradicional y moderna, hispana e indígena, histórica y al tiempo plenamente actual. Es enorme pero no tiene prácticamente rascacielos, ocupa una extensión inmensa de territorio, pero algunos barrios tienen aún un cierto aire clásico y provinciano, mientras otros nos muestran lo más pujante de una ciudad poderosa y en pleno desarrollo social y económico...
Hay que verla. No sólo realizar las clásicas visitas al Zócalo (una de las plazas más grandes del mundo y la principal imagen de la ciudad), Avenida de la Reforma, Xochimilco (residuo de la laguna sobre la que se ubicó la ciudad) o el mundialmente conocido santuario de Guadalupe, sin olvidarse del muy próximo yacimiento arqueológico de Teotihuacán; no sólo -aunque también- disfrutar de las visitas a mil y un museos interesantes, encabezados en mi opinión por el completísimo e imprescindible Museo Nacional de Antropología. Sino sobre todo recorrer sus más variadas calles y barrios, recorrerla sin preocuparse por los agobios del tráfico, saborear la variadísima y exquisita gastronomía (que va mucho más allá de la imagen reducida y distorsionada de puritos chiles que aquí tenemos), visitar alguno de los mercados en los que puede comprarse (previo "regateo", como nos gusta a los españoles) la mejor artesanía del continente, y en suma, disfrutar de la amabilidad y del carácter de las gentes de esta macrociudad que es la capital del que quizá sea el país del mundo más parecido a España, y al tiempo uno de los que más personalidad propia posee.
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La
Habana
La Habana Es, para mi gusto, la ciudad con más sabor del continente. Es un lugar único e irrepetible por todo un conjunto de factores. Por un lado, por su pasado colonial reflejado sobre todo en un centro histórico bien interesante, "la Habana Vieja". Por otro, porque su historia más reciente, a partir de la llamada "revolución", si bien ha dañado al país al privarlo durante décadas de un régimen democrático y garantista de los derechos, ha tenido en La Habana el curioso y paradójico efecto de "congelar" el tiempo en muchos aspectos. De este modo, la ciudad muestra una extraña e irrepetible fisonomía, donde son comunes los edificios y los coches de los años 50 del siglo XX, y es así fácil contemplar increíbles "Cadillacs" o "Chevrolets", que en otros lugares del mundo sólo pueden verse ya en las películas, y que siguen funcionando gracias al increíble ingenio de los cubanos para -entre otras muchas habilidades- cuidar y mantener motores. Todo ello se conjuga con el estilo sorprendentemente soviético de otros edificios y espacios, en particular los próximos a la Plaza de la Revolución, que parecería un entorno propio de una ciudad ubicada más allá del telón de acero en los años 60, de no ser porque el clima y la mítica silueta del Che nos recuerdan que estamos en la mayor de las Antillas.
Sólo con lo anterior, La Habana sería ya una ciudad única e irrepetible. Pero por encima de todos esos factores, son sus gentes los que crean un lugar fantástico, lleno de encanto, de romanticismo, de pasión. Ese carácter abierto e ingenioso, esa amabilidad, esa simpatía y ese cariño innato dan a la ciudad su más marcada personalidad, contribuyendo -junto al mismo clima- a que el comunismo haya resultado mucho más llevadero en el Caribe que en Siberia. Esa forma de ser, unida al exotismo propio del lugar, hacen que La Habana sea la ciudad del color, del sabor y del olor. En efecto, es ésta una ciudad para oler... y para saborear. Para paladear cada uno de sus encantos, desde el mojito o el daiquiri hasta el Tropicana, desde el "Floridita" o "la bodeguita de en medio" hasta el fascinante Malecón, acaso el paseo más hermoso del mundo, donde el encanto del mar se une a la vitalidad exuberante y contagiosa de sus gentes. Y es que, tratándose de "saborear" ciudades, primero está La Habana, segundo La Habana, y luego todas las demás. |
Lima
Conviene viajar a Lima sin demasiadas pretensiones. A diferencia otras ciudades que enamoran a primera vista -incluso en el mismo Perú-, a mí Lima me ha ido atrayendo poco a poco. Si llegamos con grandes ilusiones y esperanzas, acaso volvamos decepcionados. Si no le pedimos mucho, esta ciudad sabrá recompensarnos cumplidamente con no pocos encantos y sorpresas. Por eso conviene asumir que viajamos a una ciudad enorme, caótica, gris y desangelada, compuesta por una enorme masa de edificios, en su mayoría absolutamente anodinos, separados por calles más bien desordenadas -y repletas de un tráfico rodado sencillamente disparatado-, configurando un lugar que alberga de forma abigarrada a ocho millones de personas, sin una comunicación interna funcional, cómoda o razonable.
Si aceptamos esta imagen previa, que es cierta pero también parcial, descubriremos con sorpresa el atractivo de un centro histórico pequeño pero precioso, con una de las plazas coloniales más atractivas del continente y no pocas iglesias y edificios valiosos y bien conservados; de un barrio chino muy llamativo y con restaurantes bien interesantes; de modernas zonas residenciales y de servicios, no exentas de cierto estilo y elegancia, como Miraflores o Barranco; de una gastronomía variadísima y muy selecta, desde los ceviches hasta las carnes en mil y una formas; de un amplio elenco de atractivos culturales, sin descartar la cantidad de locales en los que uno puede deleitarse con música y bailes tradicionales, bien sean criollos o -como es mi preferencia- los inolvidables y profundos sones andinos, que llegan al corazón y relajan el alma. Y cómo no, descubriremos que es posible aprovechar la visita para hacer compras de calidad a precios más que razonables, sobre todo en el terreno de la artesanía y en el de las pieles de alpaca o vicuña, de extraordinaria categoría. Pero cada uno tiene su debilidad, y a mí lo que más me gusta de esta ciudad es su línea costera, un tramo de varios kilómetros de playas prácticamente desiertas y abandonadas, porque parece que Lima no quiere mirar a su mar, a ese Pacífico infinito y siempre gris, que se funde con un cielo del mismo color, siempre cubierto a pesar de que nunca llueve, en una soledad impresionante, sólo rota por algún que otro surfista y bastantes pelícanos...
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Managua
No suele estar recomendada en las mejores guías. No aparece en las rutas turísticas más atractivas de la zona. Hay en Centroamérica otras ciudades más llamativas y sin duda más atractivas por sus valores históricos, arquitectónicos o artísticos (aunque lo cierto es que esta zona del continente se caracteriza más por sus impresionantes riquezas naturales que por el valor de sus ciudades, en especial si hablamos de las capitales). Incluso sin salir de Nicaragua son León o Granada las ciudades que suelen considerarse imprescindibles, y obviamente merecen una visita. Pero para esta serie prefiero elegir la capital de este país, porque como ya dije no se trata de una miniguía turística, sino de una selección absolutamente personal de algunas de las ciudades latinoamericanas que me han llamado la atención o me han impresionado, que de alguna manera han despertado mis sentimientos o sensaciones. Y en este terreno, he de decir que Managua no me ha dejado indiferente.

Ciertamente, es Managua una ciudad más bien discreta y humilde. Se diría casi es una "ciudad fantasma", sobre todo en el centro, pues a raíz de un violento terremoto acaecido en 1972, buena parte de la ciudad fue devastada y nunca se reconstruyó, quedando muy numerosos solares que no se han vuelto a edificar, de tal modo que la ciudad fue expansionándose alrededor de un centro semivacío. Esa circunstancia, así como la existencia de varias lagunas y volcanes en la misma ciudad -situada sobre varias fallas geológicas- dan a Managua una configuración absolutamente original. Quizá la vista más impresionante de esta ciudad se obtiene desde el mirador en el que estuvo el antiguo palacio presidencial de Somoza, ubicado justo sobre la laguna de Tiscapa, que ocupa el cráter de un volcán. Desde ese lugar, al lado de una gran silueta de Sandino en negro, se puede ver, a un lado, el "esqueleto" de la vieja catedral y la plaza de la República, junto al hermoso lago de Managua; al otro, la nueva catedral construida en 1994 (no me atrevería a decir que bonita, pero sí moderna y llamativa) y un reducido barrio moderno de hoteles y servicios; y luego, todo el resto de la ciudad, formado por extensiones sin edificar y casas prácticamente desaparecidas entre los árboles y la vegetación. Como configuración sorprendente, la ciudad no tiene parangón.
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Quito
Hace algunos años que no voy, pero guardo el recuerdo de la capital ecuatoriana como una ciudad relativamente tranquila y apacible, ubicada en las faldas de la cordillera andina, con un clima bien agradable aunque algo fresco por las noches, y con un patrimonio histórico-artístico absolutamente apabullante. Lo primero no sé si seguirá siendo del todo cierto, aunque sí me parece que la ciudad es menos bulliciosa y ajetreada que Guayaquil, la otra gran ciudad de Ecuador. Lo demás me parece incuestionable, dado que su emplazamiento, en un valle entre montañas, al pie del volcán Pichincha, obviamente no se ha alterado a pesar de su crecimiento imparable. Y en cuanto al clima, que desde luego se relaciona enormemente con esa ubicación, baste decir que sus 2.800 metros sobre el nivel del mar, que en nuestras latitudes configurarían una ciudad extremadamente fría, en el mismo Ecuador provocan un clima maravilloso, regido por una especie de eterna primavera, eso sí con noches algo frescas y con algunas nieblas, que le han valido el calificativo de la "Londres de América".
Pero Quito ha merecido también otros apelativos, como la "Florencia de América", debido no precisamente a su clima sino a su impresionante patrimonio monumental. Aunque la historia de la ciudad, o de la población ubicada en este valle, se remonta a milenios atrás, fue la época colonial la que le ha dado un esplendor que prácticamente no tiene parangón en el continente. Un paseo por el centro histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1978, es suficiente para darse cuenta del enorme valor artístico e histórico de esta capital. La catedral, la iglesia de San Francisco, o la extraordinaria y valiosísima iglesia de la Compañía, cuyo interior se muestra íntegramente recubierto de pan de oro, o sus bien cuidadas plazas Grande o de Santo Domingo son sólo algunas muestras del valor de esta ciudad. Pero además conviene disfrutar de sus restaurantes, de su gastronomía, y de ese inconfundible sabor andino que se respira en sus mercados callejeros, donde es notoria la presencia de indígenas de Otavalo y otras zonas del país. A lo que hay que añadir su ubicación envidiable para realizar excursiones a lugares como el "centro del mundo" o a impresionantes volcanes como el Cotopaxi.
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Cuzco
Aunque los peruanos prefieren decir "el Cusco", que es su nombre oficial, derivado del quechua Qosco o Quscu y utilizado por los conquistadores españoles, hoy en España seguimos diciendo y escribiendo "Cuzco", denominación utilizada en los siglos XIX y XX. Dejando a un lado las dudas sobre denominaciones y etimologías (se supone que su nombre quechua significaba "ombligo", lo cierto es que estamos ante una ciudad absolutamente inolvidable, que deja huella en todo visitante, no solo por su espectacular monumentalidad, sino especialmente por las sensaciones que transmite al viajero. Es una ciudad cargada de historia y de sentimiento, y eso es algo que se respira en cada rincón. Yo tuve la suerte de que la que también es llamada (como Toledo) "ciudad imperial" me declarase visitante distinguido, y siempre la llevo en el recuerdo.
Sin duda estamos ante una de las ciudades coloniales más espectaculares de Hispanoamérica. La Plaza de Armas es una verdadera maravilla, cuyo encanto se acentúa todavía más con la iluminación nocturna. La Catedral o la iglesia de la Compañía son, como en otras ciudades coloniales, algunos de sus templos más significativos. Pero a diferencia de lo que sucede en otros lugares cuya historia comenzó con la conquista, en Cuzco uno se pregunta constantemente por el esplendor previo a la época de la colonia, del cual en la misma ciudad quedan sólo algunos vestigios, como en la calle Hatum Rumiyoc, sobre los cuales se alzan majestuosos templos o palacios de época colonial. Y así, paseando por sus callejuelas llenas de encanto, contemplando sus atractivos miradores, cabe imaginar como sería la ciudad más llamativa y rica del continente, la capital del poderoso imperio inca, antes de la llegada de los españoles. No muy lejos de la ciudad se encuentran algunos importantes yacimientos arqueológicos que nos ayudan a representarnos aquel pasado, y en especial el archiconocido Machu Pichu, cuya visita, incluyendo el viaje el tren desde Cuzco, es acaso el recorrido más imprescindible de toda América latina.
Al llegar allí, las emociones desplazan a los pensamientos, y es posible que las lágrimas empañen una vista que parece casi increíble, acentuando una cierto aire de irrealidad.
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Guayaquil
No suele enumerarse entre las ciudades más turísticas del continente, e incluso en Ecuador su atractivo histórico-artístico parece palidecer ante la importancia que en este sentido representan Quito o la misma Cuenca. Sin embargo, la ciudad fundada por los españoles como Santiago de Guayaquil, hoy la más poblada del país, tiene motivos sobrados de interés, no sólo por su urbanismo o su emplazamiento natural, sino también por su alegre y bulliciosa vida, que la convierten seguramente en la ciudad más activa de Ecuador. Por lo demás, en los últimos años la ciudad ha experimentado un considerable empuje hacia su modernización, superando la imagen de ciudad insegura, descuidada o con cierta tendencia a los excesos, para ofrecer una cara limpia, moderna, desarrollada y extremadamente vital.
Aunque no sea el monumental su aspecto más destacado, pues sucesivos incendios destruyeron parte de su valioso patrimonio, hay algunas visitas interesantes como la misma catedral neogótica, ubicada en la popularmente llamada "plaza de las iguanas" por las muchas que tranquila y libremente pasean por sus árboles o por el mismo suelo, o el museo de la ciudad. Sin embargo, mayor atractivo ofrece el barrio ubicado en el llamado "cerro de Santa Ana", formado por pequeñas construcciones que de lejos recordarían humildes casas del tipo de las favelas, pero que hoy se encuentran rehabilitadas y pintadas en vivos colores, ofreciendo un hermoso encanto, así como atractivas vistas de la ciudad y del impresionante golfo junto al que la misma se asienta, en la desembocadura del río Guayas. Otro de los recorridos imprescindibles de la ciudad se encuentra en el malecón, desde el que se divisa igualmente esa zona en la que el río o "estero" da lugar al golfo con su gran isla central, y sobre el que se ha llevado a cabo también una fructífera labor de recuperación y modernización, en el llamado "malecón 2000". Pero la ciudad ofrece muchos más lugares de interés, que conviene descubrir con calma, mediante un pausado y tranquilo paseo que permita, a la par que disfrutar de su cálido clima (pero no en las horas centrales del día, en las que el calor será excesivo), descubrir los mil y un olores y colores, los mercados, las tiendas, los restaurantes, hoteles y bares, las llamativas escenas con las que Guayaquil puede sorprendernos en cada calle o esquina.
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Buenos Aires.
Lo confieso: cuando hace pocos años conocí Buenos Aires, la primera impresión que me produjo fue algo decepcionante. Me pareció una gran ciudad venida a menos y un tanto decaída. Una ciudad que debió ser una preciosa y elegantísima metrópolis hace cinco o siete décadas, pero que se ve cada vez más vieja y peor cuidada. Algo así como una señora mayor que fue muy hermosa en su juventud, pero a la que el paso del tiempo ha ido marcando inexorablemente.
Pero pronto me di cuenta de que éste es el encanto de Buenos Aires, lo que le da su personalidad propia y la hace exclusiva. Es esa ciudad creada por italianos y "gallegos", que siempre ha soñado con ser París, aunque en realidad parece más una Roma sin monumentos o una Madrid modernista y envejecida a un tiempo. No tiene mentalidad ni fisonomía latinoamericana; quisiera ser europea pero tampoco puede. En realidad vive distante de cualquier otro lugar, distante en definitiva de cualquier tiempo. Pero al igual que esa mujer mayor que fue guapa, retiene un atractivo profundamente irresistible, aunque no evidente o explosivo.
Esta sensación general se superpone a los concretos lugares y barrios de la ciudad: la Avenida 9 de julio con su aire un tanto retro, la Boca con su inconfundible estilo de pueblo italiano, el cementerio de Recoleta, con su absurdo ambiente señorial, como si tratase de exhibir glorias irremediablemente pasadas; la Plaza de Mayo con su insólita Catedral y la bastante hortera Casa Rosada, y tantas y tantas calles y plazas que conviene pasear tranquilamente. Pero en Buenos Aires mucho más importante que lo que se ve es lo que se siente. Por ello no hay que perderse "la Bombonera", esto es, la "cancha de Boca Juniors", uno de los "santuarios futbolísticos" del mundo, y al tiempo el mayor "templo" dedicado al inolvidable "pelusa" Maradona. Ni, por supuesto, una noche de tangos en algunos de los locales tradicionales, por ejemplo el Café Tortoni, donde aún podemos contemplar a Gardel y a Borges sentados en sus mesas, mientras escuchamos historias musicales que nos remiten a lamentos y amores no correspondidos para acompañar al baile más potente y hermoso que existe. Después de eso, esta ciudad que primero me había decepcionado un poco, me envolvió con ese característico manto de nostalgia por volver, que todavía está presente cada vez que pienso en ella. |
Hispanoamérica
Algunos lectores (y yo tiendo a creer que mis lectores siempre tienen la razón, o al menos juzgan mis artículos con más objetividad y mejor criterio que yo mismo) me han realizado diversos comentarios sobre la serie "ciudades de Latinoamérica" recientemente finalizada, al menos por una temporada. Algunos han valorado -seguramente en exceso en relación con los méritos de mis breves comentarios- estas sintéticas descripciones de ciudades y sentimientos. Otros me han realizado propuestas para futuras "miniseries" vinculadas al continente americano o a otros lugares. Más de uno me ha señalado amablemente que debería recuperar la preocupación por temas toledanos y por los diversos problemas que afectan a nuestra ciudad. Tiempo habrá, espero, para éstas y otras ideas.
Hoy quiero aludir a una interesante precisión terminológica. En efecto, algún lector me ha recordado, con acierto, que debería haberme referido a "Hispanoamérica" en el encabezamiento de la serie recién ultimada. En realidad me decanté por el término "Latinoamérica" porque me da la sensación de que es el más usado al otro lado del "charco". Sin embargo, desde luego existen también los términos "Hispanoamérica" e "Iberoamérica", que sólo en parte serían coincidentes con aquél. El "Diccionario panhispánico de dudas" nos explica estas diferencias: Latinoamérica engloba a todos los países del continente americano en los que se hablan lenguas derivadas del latín, como el español, portugués y francés, y por ello, en puridad, incluiría también lugares que me parece no conforman una significativa unidad cultural, por ejemplo Canadá (o, por lo menos, Québec). Iberoamérica sería término más idóneo para referirse a esa región con elementos culturales comunes, pero con dos idiomas, español y portugués, pues abarca el conjunto de países americanos que formaron parte de los reinos de España y Portugal.
En fin, Hispanoamérica es el término más restringido, al referirse al conjunto de países americanos de lengua española. Dado que en los artículos anteriores no he incluido ninguna ciudad brasileña, éste habría sido el término más correcto y preciso (lo de Los Ángeles, ya se dijo, es una pequeña licencia o exceso, si bien cada vez más ajustado a la realidad lingüística de esa ciudad). Gracias a Manuel por la acertada precisión. |
Despedidas
En toda vida hay siempre muchas despedidas. Muchas veces he escrito en este mismo espacio sobre mi afición por los viajes, pero es lo cierto que cuanto más se viaja (o más se convive con personas que lo hagan) más veces hay que despedirse de las personas a las que se aprecia o con las que se ha trabado una buena amistad, o acaso de seres humanos a los cuales sólo de forma efímera se ha conocido, pero que de una u otra manera han pasado a ocupar un lugar en nuestra vida, dejando en la misma una huella más o menos permanente. Huella que, con independencia de su profundidad, puede que dure mucho tiempo, o tal vez se diluya antes de que volvamos a reparar en su existencia. Cuando nos despedimos de una persona, muchas veces desconocemos cuándo volveremos a verla, y ese desconocimiento cobija al tiempo la esperanza de que el reencuentro pueda producirse pronto, y la incertidumbre sobre cuándo realmente tendrá lugar, o incluso si llegará a producirse. Y así como esa duda hace muchas veces triste a la despedida, la esperanza de que se produzca un próximo saludo personal suele hacer más soportable ese momento casi siempre difícil y emotivo.
En otras ocasiones, más bien hay una certeza de que no habrá en el futuro posibilidad de volver a ver a esa persona a la que hemos conocido y con la que se han compartido momentos de nuestra vida, aunque acaso su recuerdo pueda persistir en nuestra memoria, acompañado de la posibilidad de imaginar diversas hipótesis sobre lo que hará o dónde estará.
No soy muy aficionado a las despedidas; en general, me parece que constituyen momentos más bien tristes que es preferible pasar rápido. Pero a veces una despedida genera un sentimiento que permanece en el recuerdo tanto o más que el tiempo que antes hemos pasado con la persona que se despide. En muchas ocasiones he pensado en lo que harán personas a las que conocí y no he vuelto a ver, seres de los que me despedí sin saber cuándo volvería a encontrarlos, gente que quizá no se acuerde de mí, o tenga ese mismo recuerdo vago y difuso. En realidad, ninguna despedida es realmente tal cuando quienes se despiden intercambian mutuas influencias y huellas, y se encuentran recíprocamente en el futuro a través del recuerdo. En fin, ahora debo despedirme de mis queridos lectores... pero sólo -si Dios quiere- hasta la semana que viene. |
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