Virginia Almenara Espallargues
PENTAGRAMA
EN EL AGUA
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El cielo
no tenía mácula, la mar lisa, no existía bruma, ni un suspiro de
brisa que hiciese sacar del letargo a una hoja. Brillaban como
recién llovidas. Podía mirar a lo lejos, nada perturbaba la
vista;
así de radiante era la tarde de aquel día.
Desde el
mirador del monte Hacho veía al norte el Estrecho, detrás la
costa de España, con el Peñón de Gibraltar de centinela. Al Este
se abría el Mediterráneo. Al Sur, en Marruecos Cabo Negro
sobresalía, y en el centro, Ceuta entre dos mares,
española y cosmopolita.
En aquella
atalaya, los buques parecía miniaturas de madera colocadas a
mano sobre el cristal de una maqueta. Tanta quietud aparentaban
que sólo les delataba la estela, que como sutil línea quedaba
después de que los grandes cargueros partiesen el agua.

El sol se
fue ocultando tras la Mujer Muerta, antes de perderse en el
Atlántico. Los matices caminaron entre toda la gama de rojos, la
luz cambiaba por momentos y con ella el panorama, cuando del
oeste llegaron jirones de nubes que, desde lo más alto,
atrapaban los colores suspendidos en el limbo del espacio. En
ese instante me sentí pájaro, girando la cabeza de arriba abajo,
ahora al norte, luego al sur, después al este, también a Ceuta.
La ciudad
se iluminaba mientras el cielo pasaba de rosa a violeta, en el
Estrecho se dibujaban pentagramas en el agua y a su paso lento
se fue haciendo la noche.
Cuando el
relente penetraba por la costa de los dos continentes las
luminarias temblaban. |
EL CIGARRAL
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El camino
es de cantos, a los lados lavandas, al pasar se cimbrean las
plantas y el murmullo que provocan las piedras al pisarlas,
evocan el rumor del mar arañando la playa.

La pequeña
cuesta que lleva a la casa, la entretienen los rosales
silvestres y los geranios grana. Al llegar a la cima, sobre un
lecho de verde estampa, descansa un estanque repleto de agua
cristalina. Elevados setos impenetrables como murallas lo
abrazan, protegiéndolo del viento que le riza el agua.
Desde la
terraza del Cigarral, los ojos se agrandan, la vista se
extiende, la mirada se alarga. Al borde, el declive del monte,
abajo Toledo en la distancia, iluminado por la luz, que roja en
su agonía, expira entre los tejados y el Alcázar, mientras en el
porche de la entrada, juega indiferente una niña que lleva en el
rostro, dos pinceladas de cielo de La Mancha. |
HILOS Tanto te quería, que no me importó perder mi libertad, amigas, familia y hasta el día de mañana. Mientras tú, con tu bagaje callabas.
 Han pasado los años. El tiempo me ha dejado sin brillo la mirada, poblado de surcos el rostro, las manos, abotargadas. ¿Y entre tú y yo? Palabras hirientes, silencios que hablan, ni tan sólo un ¡Buenas noches, hasta mañana!. Hoy, que no tengo nada, veo con estupor lo poco que me has querido, que me querías anulada.
Atastes hilos dorados de tus lamentos a mi alma, para asegurarte que iba por donde tú
quieras que vaya. Sin darme cuenta que eran hilos de telaraña. |
MI TERRAZA
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Los
nísperos están floreciendo y envuelven la terraza de un suave
olor a miel. Los abejorros, peludos y gordos, revolotean
zumbando de una a otra buscando su néctar. A veces, los
encuentro muertos, quizás de frío.
En
febrero, cuando las ramas de los albaricoqueros, aún desnudas,
se cubran de flores, volverán con las abejas a por el festín que
les prepara la primavera. Se posan sobre ellas haciendo caer sus
pétalos blancos, el aire los dispersa dejando cuajado el suelo
con los restos de la fiesta. A mi, se me antojan copos de nieve,
y me deleitan.
Las
salamanquesas ya no se ven ¿Estarán invernando?. Al comenzar el
verano aparecerán sus crías, trepando por el muro, correteando
entre las macetas. El gato vigilante intentará cazarlas. Cuando
consigue alguna, la mete dentro de la casa. Se la quito y la
suelto fuera, entre las matas.
Del miedo se les cae la cola que continúa coleando como si
tuviera vida propia. Me protesta con maullidos, volviendo a su
guarida, para cogerla de nuevo en un descuido.
Pero no
consigo que coja a las hormigas, puede ser que no las vea, no lo
sé. Pero lo que de verdad le desconcierta es oír a los grillos y
no poder atraparlos. Se esconden en los macizos. ¡Menos mál!,
porque disfruto oyendo el "crí-crí" monótono de su sonido.
Veo venir
a un mirlo. Va dando saltos de la palmera al ciruelo, del
ciruelo al manzano, y de éste al lilo. Se ha posado en el
pretil, está limpiándose su pico amarillo como si estuviese
harto de haber comido. Últimamente aparecen muchas urracas. Sin
ningún miedo se acercan tanto que se diría que quieren estar con
el gato, porque ni unas ni el otro se inmutan.
A mi me
inquieta que en septiembre acudan en busca de las uvas que
cuelguen de la parra. Hasta ahora, no las han tocado. Veremos que
sucede el año que viene, el invierno aún no ha llegado.
Mañana
recogeré las últimas hojas caducas, podaré los rosales, los
crisantemos, las hortensias, fumigaré el pino y esperaré
impaciente que pase el frío para ver el despertar a la vida que se
produce en mi terraza, de un octavo piso. |
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